martes, 23 de noviembre de 2021

La conversión del hombre contemporáneo y el advenimiento del Reino de María: los grandiosos portentos a pedir por medio de la Medalla Milagrosa

 





Plinio Corrêa de Oliveira

      En 1842, un hombre judío francés, de 28 años de edad, llamado Alfonso Ratisbonne estaba de visita en Roma. Él era el hijo menor de una importante familia de banqueros de Estrasburgo con una estrecha relación con los Rothschild. Como sucede a menudo con los judíos de Europa, una familia toma el nombre de una ciudad. El francés Ratisbonne viene de Ratisbona, el nombre latino de Regensburg, una famosa ciudad alemana cercana a Munich. Alfonso era un judío por raza y religión, virulentamente anticatólico y libertino en sus costumbres.

     Alfonso Ratisbonne estaba haciendo una gira por Europa y Oriente antes de decidirse a casarse con su prima Flore y asumir una alianza con el banco de su tío. Por coincidencia terminó en Roma en lugar de Palermo como lo había previsto siendo bien recibido por el círculo diplomático francés que residía allí. A regañadientes tuvo que reunirse con el barón Theodore de Bussières, un ferviente católico. A pesar de que el judío parecía bastante lejos de cualquier conversión, el barón, sin dejarse desalentar por su sarcasmo y blasfemia, vio en él a un futuro católico y lo animó en sus visitas.

     Una tarde, durante una animada conversación en la que Ratisbonne ridiculizaba las supersticiones de la religión católica, el barón desafió a Ratisbonne a someterse a una simple prueba de ponerse la Medalla Milagrosa. Sorprendido, pero con ganas de demostrar la ineficacia de tales adornos religiosos, Ratisbonne consintió y permitió que la joven hija del barón le pusiera la medalla alrededor de su cuello. El barón de Bussières también insistió en que Ratisbonne recitase la oración "Acordaos" (Memorare) una vez al día. Ratisbonne prometió diciendo: "Si no me hace un bien, al menos no me hará ningún daño".


La Medalla Milagrosa que Ratisbonne llevaba cuando la Virgen se le apareció.

     El barón y un cercano círculo de aristocráticos amigos aumentaron sus oraciones por el escéptico judío. Es notable destacar que entre ellos había un devoto católico que estaba gravemente enfermo, el conde Laferronays, que ofreció su vida por la conversión del "joven judío". En el mismo día Laferronays entró en una iglesia y rezó más de 20 Memorares por esta intención, sufrió una ataque al corazón, recibió los últimos sacramentos, y murió.

     Al día siguiente, su amigo el barón de Bussières iba en camino para organizar el funeral del conde en la Basílica de San Andrea delle Fratte y se encontró con Ratisbonne. Él le pidió que lo acompañara y que lo esperase en la iglesia mientras organizaba algunos asuntos con el sacerdote en la sacristía.

     Ratisbonne no acompañó a su amigo a la sacristía. Deambuló por la iglesia admirando los bellos mármoles y diversas obras de arte. Mientras estaba de pie ante un altar lateral dedicado a San Miguel Arcángel, Nuestra Señora de repente se le apareció. Era 20 de enero 1842.

     De pie sobre el altar, la Virgen se le apareció con una corona y una sencilla túnica larga blanca con un cinturón enjoyado alrededor de su cintura y un manto azul-verde que le cubría el hombro izquierdo. Ella lo miró afablemente; sus manos estaban abiertas y de ellas salían rayos de gracias. Su porte era muy real, no sólo por la corona que llevaba. Su altura y elegancia daban la impresión de una gran dama, plenamente consciente de su propia dignidad. Ella transmitió su grandeza y misericordia en un ambiente de gran paz. Ella tenía algunas de las características de Nuestra Señora de las Gracias. Alfonso Ratisbonne vio esta figura y comprendió que él estaba delante de una aparición de la Madre de Dios. Se arrodilló ante ella y se convirtió.

      Al regresar de la sacristía, el barón se sorprendió al ver al judío orando fervientemente de rodillas delante del altar de San Miguel Arcángel. Se acercó a su amigo y Ratisbonne le pidió inmediatamente que fueran donde un confesor para que pudiera recibir el bautismo. Once días después, el 31 de enero recibió el bautismo, la confirmación y la primera comunión de manos del cardenal Patrizi, el vicario del papa.

     Su conversión tuvo enormes repercusiones en toda la cristiandad. Todo el mundo católico se dio cuenta de ello y quedó impresionado. Después, Ratisbonne se convirtió en sacerdote jesuita. Diez años más tarde, él y su hermano Teodoro, quien también se convirtió del judaísmo, fundaron una congregación religiosa —la Congregación de Sion— dedicada a la conversión de los judíos.

LA IMPORTANCIA DEL MILAGRO   

     Poco después de la aparición, en base a la descripción del P. Ratisbonne, se pintó un cuadro que representaba a la Virgen como se le había aparecido ese día en San Andrea delle Fratte. Cuando se completó el cuadro, él lo vio y dijo que representaba vagamente la belleza de la aparición que había visto. Esto no es difícil de creer puesto que la belleza real de Nuestra Señora debe superar cualquier mera representación. La imagen fue colocada en el lugar exacto donde se le había aparecido, y se hizo conocida como la Madonna del Miracolo, la Virgen del Milagro, en referencia al doble milagro su aparición y la conversión instantánea de Alfonso Ratisbonne.


VIDEO

La Medalla Milagrosa convierte al obstinado judío Ratisbonne


      Obviamente, esa aparición representó un gran beneficio para el alma de Ratisbonne. También representó un beneficio para la Iglesia Católica con la fundación de la Congregación de Sion, con su misión especial para trabajar por la conversión de los judíos. Esta congregación expresa bien la posición de la Iglesia hacia los judíos. Su posición no es odiar a los judíos, sino defenderse de sus ataques. En la medida en que atacan a la Iglesia, ella se defiende. Pero por encima de todo, ella desea su conversión, la erradicación del judaísmo como religión, y la entrada de los judíos en la Iglesia Católica, que es la verdadera continuación de la nación escogida.

     Pero en el contexto doctrinal y psicológico de aquellos tiempos, el milagro con Ratisbonne tuvo un significado más profundo. En el siglo XIX, la Revolución estaba promoviendo fuertemente el racionalismo, una escuela de pensamiento que hoy se ha vuelto obsoleta. En aquel entonces, la Revolución enfatizaba el siguiente punto: el hombre racional, el hombre que trata de determinar todo de acuerdo a la razón, no puede encontrar los apoyos necesarios en la razón para creer que Dios existe, que la Iglesia Católica es la religión verdadera, y que fue fundada por Jesucristo. Por lo tanto, la Revolución concluyó que todo el edificio de la doctrina católica no puede ser aceptado por la razón humana.

     Estas afirmaciones revolucionarias eran sólo mitos, como la mitología romana o las leyendas de los pueblos indígenas y africanos. La mayoría de los argumentos racionalistas eran argucias o sofismas, con sólo unos pocos procedimientos sacados de argumentos capciosos. Pero debido a que la Revolución insistió sin descanso en esos puntos y presentó un torrente de objeciones a la doctrina católica, muchas personas de ese tiempo perdieron su fe.

     Para contrarrestar esta ola incesante de ataques contra la fe católica, la Virgen se apareció e hizo milagros en varios lugares.

     El milagro de la conversión de Ratisbonne  que ocurrió en Roma impactó en toda la cristiandad. En aquellos tiempos no existía este ecumenismo maldito que estamos presenciando hoy. En ese tiempo, la separación de las religiones era mucho más profunda y, por lo tanto, era también el abismo que separa la verdad del error, y el bien del mal. Un judío rico e influyente, con absolutamente ninguna razón para favorecer a la Iglesia Católica, de repente se convirtió porque vio a la Virgen. Él dio prueba de su sinceridad al renunciar a sus posiciones en el mundo y romper con sus ventajosos compromisos. Abrazó la vida religiosa y fundó una congregación religiosa para convertir a los otros judíos y luchar contra el judaísmo. Es imposible imaginar una prueba más objetiva de la verdad de la aparición. Este episodio tuvo un enorme impacto en toda Italia y Francia, y luego en todo el mundo católico.

     Ello fue evidentemente un milagro, un milagro que cayó del cielo como una gota de agua sobre una humanidad sedienta que estaba siendo influenciada por los mitos racionalistas de la Revolución.

     La divina Providencia había hecho algo muy similar ya en 1830 con las apariciones en Rue du Bac (París) a Santa Catalina Labouré. Allí, entre otras cosas, la Virgen le dio al mundo la Medalla Milagrosa, abriendo un torrente de gracias y milagros para la humanidad. Nuestra Señora también se apareció en la gruta de Lourdes en 1858, y poco después hubo informes de muchos milagros de curaciones para los que se bañaban en sus aguas. Los milagros de Lourdes constituyen la serie más larga de milagros que se hayan producido en la historia de la Iglesia. Insertado en esta secuencia general, está la aparición de la Madonna del Miracolo a Alfonso Ratisbonne.


La Madonna do Miracolo

     Esta serie de apariciones y milagros fue el golpe que Nuestra Señora eligió para darle a la Revolución en ese momento. Ella contraatacó con una estrategia hábil, muy bien calculada. Fue su manera de aplastar la cabeza de la serpiente. La misma cabeza del judaísmo fue aplastada por el testimonio público de un importante judío que afirmó que la Iglesia Católica es verdadera.

     Debemos, por lo tanto, analizar los milagros que la divina Providencia da, para buscar la norma más alta que los rige. Los milagros se hacen más frecuentes en las épocas cuando son más necesarios.

EL MILAGRO QUE ES NECESARIO PARA HOY

     Hoy hemos llegado a la situación en la que la acción del diablo es cada vez más evidente con cada día que pasa. Me refiero no sólo a la aparición de los OVNIS y la revolución hippy. Está claro, en mi opinión, que estos fenómenos están vinculados a una invasión preternatural del demonio.

     Me refiero también a la muerte de la racionalidad en la opinión pública. Los hombres de hoy efectivamente detuvieron la manera del uso de su razón —como lo hicieron en los años 80 y 90— y actúan solamente por impulsos temperamentales, lo que es algo que no puede explicarse sino por una acción especial del diablo. Él está haciendo un enorme esfuerzo para mantener la Revolución en marcha, a pesar de su incapacidad para convencer a la opinión pública. Ya que no podemos explicar esta acción preternatural, también es difícil combatirla de manera eficiente. Esta acción demoníaca continúa creciendo y está alcanzando un ápice de tal manera que a mí me parece que es necesario un milagro asombroso.

     ¿Qué clase de milagro será? ¿Cuál sería el milagro que podría mover al hombre contemporáneo a volver a la fe católica? Los misteriosos designios de Dios van más allá del conocimiento del hombre. Pero esto no nos impide especular sobre la base de lo que Él ha hecho en el pasado.

     El hombre contemporáneo ha alcanzado una dureza tal de corazón que ya no es tocado por los milagros como el que ocurrió con Ratisbonne, ni con la serie de milagros en Lourdes.

     En mi opinión, son necesarios dos milagros:

     Primero, necesitamos de un milagro que mueva a los buenos católicos a no tener miedo a estar en desacuerdo con la opinión prevaleciente en el medio revolucionario que los rodea. Deben ser indiferentes ante esa opinión. Además, deben tomar la ofensiva en contra de ella. Esta es la primera parte de lo que es necesario. Eso fue lo que sucedió en Pentecostés. Lenguas de fuego aparecieron sobre los Apóstoles, y ellos dejaron el Cenáculo con el coraje de enfrentar a todos. Antes de esto, eran cobardes, pero con ese milagro se convirtieron en combatientes invencibles.

     ¿Fue algo interior o exterior lo que tuvo lugar allí? No lo sé. Toda la ciudad de Jerusalén escuchó una enorme explosión de sonido que venía del Cenáculo. Por lo tanto, parece que no fue sólo una acción interior dentro de sus almas, sino que estuvo precedida o seguida por algún milagro exterior. Lo que realmente sucedió allí no lo sabemos. Pero dado que hoy se conmemora a la Madonna del Miracolo, deberíamos pedirle a la Virgen que nos dé un milagro similar para transformarnos en los apóstoles de los Últimos Tiempos predicho por San Luis Grignon de Montfort.

     Segundo, esta intervención divina debería ser un castigo que caiga sobre el mundo por su aceptación y sus concesiones con la Revolución, y en especial por el pecado cometido dentro de la Iglesia Católica. Para ser más claro, por haber aceptado el progresismo dentro de la Iglesia, incluso en sus más altas cumbres.

      Me estoy refiriendo al castigo que Nuestra Señora predijo en Fátima en el que muchas naciones desaparecerán. El milagro del sol que dejó su órbita y se precipitó sobre la tierra parece prefigurar un castigo cósmico donde el equilibrio del sol puede ser modificado en obediencia a un mandato de la Virgen. ¿Cuáles serían las consecuencias en nuestro sistema solar si el sol se sacudiera y cambiara su curso por un corto período de tiempo? Tal desequilibrio cósmico podría producir todo tipo de catástrofes meteorológicas sobre la faz de la tierra, la destrucción de un sinnúmero de cosas y personas.

     Incluso después de eso, muchas de las personas que sobrevivieren a esas catástrofes todavía necesitarían el milagro de la conversión como el que experimentó Ratisbonne.

     Ambas perspectivas apuntan a grandiosos milagros necesarios para hacer que los hombres contemporáneos vuelvan al camino correcto y hagan posible el Reino de María, como Nuestra Señora predijo en Fátima.

     Con el fin de estar preparados para ese tipo de milagros, yo les aconsejaría rezar el Acordaos, la oración que rezó Ratisbonne antes de su conversión. Debemos orar a menudo, pidiéndole a la Virgen del Milagro que nos de estos dos milagros y obtenga la victoria de la Santa Iglesia sobre la Revolución.

     Múltiples fueron las formas de devoción a la Madre de Dios que el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira cultivó durante su vida. Siempre llevó consigo una Medalla Milagrosa y rezaba con mucha frecuencia el Acordaos. En cierta ocasión, en que recordó la conversión de Alfonso Ratisbona, dirigió a la Virgen María estas palabras:  

     "Oh Inmaculada Madre de Dios, Madonna del Miracolo, que quisisteis conquistar con un singular prodigio de vuestra misericordia al israelita Alfonso, acoged las súplicas que os presentamos con confianza, como un día acogisteis las súplicas de aquellos que a Vos recurrieron pidiendo la conversión del hijo judío. Obtenednos también una sincera y total conversión a la gracia y todos los bienes del alma y del cuerpo. 

     “Vuestra clemencia triunfó sobre Ratisbona, persuadiéndolo para que reciba el bautismo y se empeñe con voluntad seria en la observancia de los Mandamientos. Por esta conquista de vuestro amor, obtenednos la perseverancia en el cumplimiento de las promesas del bautismo. Haced que ningún obstáculo se interponga a nuestra observancia de los preceptos de Dios y de la Iglesia. 

     “Vuestras manos resplandecientes son el símbolo de las innumerables gracias que con maternal bondad dispensáis profusamente sobre la Tierra. Haced resplandecer también sobre nosotros un rayo de vuestra misericordia".


Fuente: Artículo original: Madonna del Miracolo, de asociacionfatima.org,ar

domingo, 21 de noviembre de 2021

¿Por qué no se condenó al Comunismo, cuando éste se encontraba en plena expansión?

 





     Juan Miguel Montes, director del “Ufficio Tradizione Famiglia Proprietà” de  Roma, explica por qué no se denunció el comunismo en el Concilio Vaticano II y qué consecuencias tuvo ese silencio.

     Durante muchos años se consideró una leyenda el pacto secreto entre el Vaticano y la URSS en el Concilio Vaticano II para no condenar el comunismo. Pero hoy ya casi nadie lo niega. ¿Cómo fue posible algo tan incomprensible?

     El pacto se ligaba al compromiso de no condenar el comunismo a cambio del permiso de presenciar el evento conciliar a representantes calificados del Patriarcado de Moscú. A nadie escapaba el hecho de que en ese momento la iglesia ortodoxa rusa estaba profundamente comprometida con el régimen soviético. Hoy puede parecer efectivamente poco comprensible, pero en las grandes maniobras geopolíticas de ese duro período de la guerra fría, este pacto tenía mucho sentido para la URSS que se encontraba en plena expansión territorial y cultural. Dos bloques se disputaban la hegemonía del mundo y la Iglesia Católica tenía una decisiva influencia, mucho mayor que la que tiene actualmente, sobre la opinión pública occidental. Su silencio sobre el comunismo significaría una especie de pasaporte para que éste pudiera continuar la fuerte penetración que llevaba adelante por medio de guerrillas y guerras en el tercer mundo y, especialmente en el primer mundo, en el ámbito de la cultura y de la educación en general.

     ¿Cómo se originó ese misterioso pacto y a iniciativa de quién se desarrolló?

     No sabría quién dijo la primera palabra, pero ambas partes tenían interés en él. Ya he hablado del interés que tenían los soviéticos. Por su parte, en vastos sectores de la Iglesia se había impuesto una mentalidad de optimismo de que la estrategia del diálogo habría encontrado comprensión en el “buen corazón” de sus adversarios, quienes podrían eventualmente corresponder a tanta buena voluntad relajando las medidas represivas contra los creyentes en los países dominados por el comunismo ateo. Eran los años en que se encaminaba la famosa “Ostpolitik vaticana”, cuya figura de proa en los años sucesivos pasó a ser el futuro cardenal Secretario de Estado Agostino Casaroli, y que de acuerdo a otro cardenal, el eslovaco Ján Chryzostom Korec, obtuvo resultados nefastos para la Iglesia. El Cardenal Korec llegó a afirmar que la Iglesia clandestina, que era floreciente en la prueba, fue “vendida” por la Ospolitik vaticana a cambio de “promesas vagas e inciertas de los comunistas”, todo lo cual era resultado del silencio sobre el comunismo de parte del Concilio. Un silencio que Plinio Correa de Oliveira, en su conocida declaración de resistencia a la Ostpolitik vaticana, calificó de “enigmático, desconcertante, asombroso y apocalípticamente trágico”, que por sus consecuencias prácticas haría que el Concilio pasase a la historia como “a-pastoral” por excelencia.

     ¿Qué consecuencias “a–pastorales” tuvo en la Iglesia dicho silencio conciliar?

     Tal vez la más grave fue la difusión de la Teología de la Liberación en sus diversas componentes “teología de la lucha de clases”, “teología del pueblo”, “teología indigenista”, etc. En países hasta entonces masivamente católicos, ésta predicación malsana tuvo dos efectos: secularizar una parte de los fieles, cambiando el mensaje evangélico de salvación por un ideal de luchas meramente políticas y sociales. De otra parte – y aquí hablamos de millones y millones de personas – favorecer la emigración hacia comunidades y sectas protestantes y neo-protestantes que rápidamente substituyeron a la Iglesia Católica romana ofreciendo satisfacción a los anhelos espirituales de esas multitudes. Este último hecho fue categóricamente denunciado en Brasil por el Papa Benedicto XVI. Y pensar que a pesar de esa devastación, hay hoy quien en la Iglesia todavía continúa glorificando la teología de la liberación…

     La URSS obtenía mucho, en plena Guerra Fría, mientras el Vaticano obtenía muy poco, más allá de la presencia de los ortodoxos. ¿No era un pacto muy desequilibrado?

     Es así. Aparte de la “estrategia del diálogo”, al Vaticano le interesaba también un aspecto estrictamente religioso: fomentar con las comunidades cristianas lo que el Cardenal Walter Kasper ha llamado el ecumenismo de las vías paralelas de una única “Iglesia de Cristo” que marcha, cada una por su senda, rumbo a la Segunda Venida de Nuestro Señor Jesucristo. Este ecumenismo de las vías paralelas debía substituir al “ecumenismo de la convergencia”, practicado hasta entonces, en el cual los cristianos a-católicos, como se decía en un tiempo, son invitados caritativamente a converger en la Iglesia Católica para formar, según dice San Juan, “un sólo rebaño con un sólo pastor”.

     Pero también en este frente, verificamos un sonoro fracaso de las ilusiones post-conciliares. Mientras las viejas denominaciones protestantes caminan hacia la completa auto-disolución e insignificancia y la inmensa mayoría de los ortodoxos orientales son reacios al diálogo con Roma, va quedando como única materia prima para continuar el diálogo ecuménico el vasto mundo nuevo de los neo-evagélicos y pentecostales. Pero esta vez son los exponentes católicos del ecumenismo post-conciliar quienes rehúsan de conversar con ellos, a causa de la frecuente oposición de éstos a doblarse ante los “signos de los tiempos” que aquellos ven en las modificaciones de la sociedad secularizada del Occidente.

     El profesor De Mattei incide, en su obra de referencia sobre el Concilio, en que Juan XXIII, se dejó manipular en la estrategia soviética, que manejaba el “pacifismo” como argumento principal. También la encíclica Pacem in Terris de Juan XXIII resultó polémica, ya que parece ser muy comprensiva con el comunismo y la URSS. ¿Qué opina usted?

     Creo que el profesor de Mattei tiene razón. El Papa Juan XXIII tenía una marcada capacidad emotiva y se dejó impresionar por los comunistas de “buen corazón”, especialmente Nikita Kruchiov, que le mandó un habílisimo telegrama de felicitación cuando el Papa cumplió sus ochenta años. A este hecho, se sucedieron muchos otros como, por ejemplo, la ya mencionada delegación de ortodoxos rusos autorizados por el Partido para venir al Concilio.

     Tal vez, lo más triste de todo, es que con esta sorprendente actitud se minimizaban casi por completo las advertencias de la Santísima Virgen en Fátima, de que Rusia esparciría sus errores por el mundo. ¿No lo cree así?

     Efectivamente. Sor Lucía de Fátima insistía que el tercer secreto debería difundirse en el año 1960. Pero ¿cómo hacerlo? Allí se hablaba de tremendas persecuciones a la Iglesia y ello se ligaba a lo ya sabido sobre los “errores de Rusia” difundidos en el mundo. Ahora bien, en 1960, no obstante la intensidad de la guerra fría movida por los soviéticos, tres figuras de líderes irradiaban un gran optimismo, el Papa Juan, el presidente americano Kennedy y el rechoncho y sonriente Kruchiov, que no obstante de su cordial telegrama al Papa, había perseguido brutalmente a los católicos en Ucrania en su precedente mandato en aquella nación. El Mensaje de la Virgen en Fátima francamente “desentonaba” con el espíritu optimista que la propaganda de los medios de comunicación social y los grandes hombres públicos de entonces representaban.

El fallecido Mons. Esteban Li Side sufrió persecución y prisión del comunismo chino. Por presión del régimen ateo, en su lápida se lo nombra como "pastor", pues los comunistas nunca lo reconocieron como obispo.

     ¿Cómo se pudieron desatender las voces de tantos obispos de todo el mundo, sobretodo de quienes procedían de países que sufrían en sus carnes las atrocidades del comunismo?

     Un día, todos delante del Divino Juez, sabremos por qué pudieron ser abandonados a su suerte en aquellos años cardenales como Mindszenty, Korec, Swiatek, enteros episcopados como el rumano, el ucraniano y otros . Es verdad que en las últimas décadas, muchos exponentes de ese martirio in odium fidei han sido reconocidos y han subido a la gloria de los altares. Pero faltan muchos en aquella lista, mientras hoy parecen ser favoritos algunos dudosos mártires de la “teología de la liberación”, que sí murieron atrozmente, pero que estaban comprometidos en causas políticas no estrictamente ligadas a la Fe.

 

Fuente: Credo Chile

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