sábado, 28 de marzo de 2020

VIDEO: VÍA CRUCIS.- Escrito por Plinio Corrêa de Oliveira








     Video original del Centro Cultural Cruzada.

     Esta meditación fue publicada por primera vez en marzo de 1951 en la revista brasileña Catolicismo, y desde entonces se han hecho numerosas ediciones en varios idiomas, de tal forma que podría decirse que este Viacrucis es uno de los más divulgados en el mundo católico.

miércoles, 25 de marzo de 2020

ORACIÓN ADAPTADA A ESTOS TIEMPOS CRÍTICOS, COMPUESTA POR PLINIO CORRÊA DE OLIVEIRA







     "Aquí está, Señor Jesús, un hijo más de la Iglesia militante traído por la gracia que vuestra Madre celestial, por sus oraciones, obtuvo de Vos. Aquí está este batallador, arrodillado delante de Vos, ante todo para agradeceros.

     Os agradezco la vida que me disteis, el momento en que creasteis mi alma, el plan eterno que teníais a mi respecto, por el cual debería haber en los designios de Dios, alguien que, dentro de la colección de los hombres, había de ocupar este lugar, por mínimo que fuese, en el enorme mosaico de criaturas humanas destinadas a subir al Cielo.

     Os agradezco por haber puesto una lucha en mi camino, para que yo pudiese ser héroe, y la fuerza que me disteis para rezar, resistir y apalear al demonio.

     Os agradezco todos los años de mi vida pasados en vuestra gracia, y aquellos a los que, aunque no transcurridos en vuestra gracia, Vos pusisteis fin y, abandonando el camino de la desgracia, regresé a vuestra amistad.

     Os agradezco todo lo que hice de difícil para combatir mis defectos, por no haberos impacientado conmigo, y por haberme conservado vivo para que yo aún tuviese tiempo de corregirme antes de morir.

     Y quiero haceros un pedido en estos momentos, Señor Jesús, aquí está, adaptando un poco el versículo de un Salmo que dice “No me llevéis en la mitad de mis días” (Sal 101, 25): No me quitéis los días en medio de mi obra, y concededme que mis ojos no se cierren por la muerte, no falte el vigor a mis músculos, mi alma no pierda su fuerza y agilidad, antes de que yo haya, para vuestra gloria, vencido todos mis defectos, subido todas las alturas interiores que me designasteis que subiese, y haya prestado a Vos, en vuestro campo de batalla, por hechos heroicos, toda la gloria que esperabais de mí cuando me creasteis. Así sea."



sábado, 21 de marzo de 2020

MARIA VINCIT







     Ante los castigos divinos provocados por los pecados del mundo actualy para obtener la conversión de los hombres, Nuestra Señora pidió redoblar el fervor en la devoción a Ella, la oración insistente y hacer penitencia. Sólo así conseguiremos caminar en medio de las desgracias que tan gravemente nos amenazan.

     Han pasado casi ochenta años desde que Nuestra Señora del Buen Suceso dispensara sus misericordias de manera tan maravillosa, apartando del panorama internacional el peligro de la guerra en el año de 1941, que habría sido desvastadora para nuestro país. No obstante, poco después en el Ecuador, - y en todo el mundo - no se dio otra cosa sino la acentuación pavorosa de la impenitencia y de la apostasía, lo que conduce a temer que el castigo divino se vaya haciendo cada vez más inevitable.

     Hoy, el mundo entero gime en medio de la angustia y en el dolor, pero también en medio de las tinieblas, precisamente como el hijo pródigo cuando llegó a lo último de la vergüenza y de la miseria, lejos del hogar paterno.

     La equiparación gradual de los sexos rumbo a la igualdad absoluta y el libertinaje completo. La aceptación de la cada vez más agresiva pornografía en la TV, en los diarios, revistas, cines, teatros, internet; las innumerables blasfemias que a manera de cataratas, derraman por doquier caudales de escarnios de los más infames, especialmente en contra de Nuestro Señor Jesucristo y de su Santísima Madre; el uso de trajes extravagantes tanto por hombres y mujeres; las prácticas contra la finalidad del sacramento del matrimonio; la eutanasia; la matanza de los niños con el aborto y de su alma con la perversa ideología de género; la drogadicción, la legalización del divorcio y de las uniones homosexuales son hechos, entre muchos otros, a la vista de cualquier persona en la vida cotidiana, que levantan la interrogante: ¿vivimos los días del inminente triunfo de la iniquidad?


Feministas atacan iglesia en Chubut, Argentina


     La vista de tantos crímenes sugiere naturalmente la idea de la venganza divina, y cuando miramos para este mundo pecador, gimiendo en las torturas de mil crisis y de mil angustias, y que a pesar de eso no se penitencia; cuando consideramos los terribles progresos del neo paganismo, que está en las vísperas de ascender como gobierno de la humanidad entera; cuando vemos, por fin, la pusilanimidad, la imprevisión, la desunión de aquellos que aún no se pasaron para el mal, nuestro espíritu se llena de pavor en la previsión de las catástrofes que acumula sobre sí misma: los días de la impiedad están contados! 

     Si Dios dejase actuar exclusivamente su justicia, cabe preguntarse si el mundo habría llegado hasta el presente siglo. Pero, como Dios no es solamente justo, sino también misericordioso, no se cerró aún para nosotros la puerta de la salvación. Una humanidad perseverante en su impiedad tiene todo para esperar de los rigores de Dios. Pero Dios, que es infinitamente misericordioso, no quiere la muerte de esta humanidad pecadora, pero sí ‘que ella se convierta y viva’. Y, por esto, su gracia procura insistentemente a todos los hombres, para que abandonen sus pésimos caminos y vuelvan para el aprisco del Buen Pastor.
          
     Si no hay catástrofe que no deba temer una humanidad impenitente, no hay misericordias que no pueda esperar una humanidad arrepentida. Y para tanto no es necesario que el arrepentimiento haya consumado su obra restauradora. Basta que el pecador, aunque esté en el fondo del abismo, se vuelva hacia Dios con un simple comienzo de arrepentimiento eficaz, serio y profundo, que él encontrará inmediatamente el socorro de Dios, que nunca se olvidó de él.
         
     Estas dos imágenes esenciales de la justicia y de la misericordia divina deben ser constantemente puestas delante de los ojos del hombre contemporáneo. De la justicia, para que él no suponga temerariamente salvarse sin méritos. De la misericordia, para que no desespere de su salvación, desde que desee enmendarse.

     En Quito, el 27 de Julio de 1941, Nuestra Señora del Buen Suceso alcanzó para nosotros los más estupendos milagros. ¿Tienen fin las misericordias de una Madre, y de la mejor de las madres? ¿Quién osaría en afirmarlo? Si alguien dudase, el Milagro del 41 le serviría de admirable lección de confianza. La Virgen nos ha de socorrer. En realidad Ella ya comenzó a socorrernos. En el mismo momento en que la impiedad parece triunfar hay algo de frustrado en su aparente victoria. Los días del dominio de la impiedad están contados. Confiemos pues en María Santisima del Buen Suceso.
           
     Más allá de las tinieblas, y de los castigos, para los cuales caminamos, tenemos ante nosotros las claridades. Si, son las claridades sacrales de la aurora bendita del Reino de María: 

     “Destronaré al soberbio Satanás, encadenándole en el abismo infernal, dejando por fin libre a la Iglesia y a la Patria de esa cruel tiranía”.

     Es una perspectiva grandiosa de universal victoria del Corazón regio y maternal de la Santísima Virgen. Es una promesa apaciguadora, atrayente y sobre todo majestuosa y que entusiasma. 


El presente artículo toma su inspiración en extractos de una ponencia ofrecida en Sao Paulo, Brasil, por el intelectual católico Plinio Corrêa de Oliveira, para jóvenes católicos de varias naciones.

domingo, 1 de marzo de 2020

CASTIGO DIVINO, Sufrimiento, Amor a la Cruz y Misericordia








     A lo largo de la historia, se han abatido sobre el mundo incontables epidemias que han causado infinidad de muertes terribles. La Iglesia, a través de los siglos, las ha considerado como flagelos de Dios, para mover a los hombres a enderezar sus caminos. Ante estas manifestaciones del desagrado divino, los remedios oportunos son la oración y la penitencia. Un ejemplo de esto es la peste que asolo Roma durante el pontificado de San Gregorio I, conocido para la posteridad como Magno.

     En el año 590, Roma estaba sumergida en la corrupción y la degradación moral. De repente, se desencadenó una peste tan exterminadora, que sus habitantes vieron en ella un castigo divino. Ante la evidencia del castigo, San Gregorio Magno organiza de inmediato una procesión, encabezada por la imagen de Nuestra Señora de Araceli, pintada por el evangelista San Lucas. Muchos seguían sucumbiendo a la peste en el transcurso de la procesión. El papa pidió no detenerse, mientras clamaba: «Mirad a vuestro alrededor y ved la espada de la ira de Dios desenvainada sobre todo el pueblo. La muerte nos arrebata repentinamente del mundo, sin concedernos un instante de tregua. ¡Cuántos en este mismo momento están en poder del mal a nuestro alrededor, sin poder pensar siquiera en la penitencia!». Esta fue la imprecación que hiciera San Gregorio a los romanos, pidiéndoles imitar contritos y penitentes el ejemplo de los ninivitas. De pronto, casi al final, el aire se volvió más puro, cesó su pestilencia, se sanaban las llagas de los apestados, y hubo una serie de hechos sobrenaturales, señal que indicaba que Dios había escuchado las súplicas de piedad. El papa comprendió que la peste había desaparecido.




    En Paray-le-Monial, Borgoña, en 1675, Santa Margarita María de Alacoque, religiosa del convento de la Orden de la Visitación, recibe directamente de Nuestro Señor Jesucristo mensajes de profundo dolor por los sacrilegios y la irreverencia con su Sagrado Corazón.  Tiempo más tarde, Nuestro Señor le encarga confeccionar un escudo del Sagrado Corazón: el Detente. En 1720 empieza una epidemia terrible en Marsella.  Millares de detentes fueron repartidos donde se había propagado la peste. La historia registra que, una vez que todos los habitantes llevaban el detente, la epidemia cesó asombrosamente.





     En los días que corren, se cierne sobre nosotros una amenaza de epidemia. Si bien es cierto que existe la esperanza de que pueda ser superada, no deja de ser una señal para estos tiempos libertinos. Debemos estar atentos a estos signos y elevar al cielo oraciones impetratorias, y ofrecer actos reparadores de ayuno y penitencia. 

     “Dios no castiga; Él es misericordia”. Este es el alegato de la generalidad del mundo, y se les antoja que así es. Buscan miles de argumentos para exaltar la misericordia de Dios a expensas de su justicia, de la que nadie se podrá retraer en sus postrimerías: muerte, juicio, cielo, infierno. 

     Sin embargo, por su caridad insondable, Dios desea que todos se salven, abriéndose al conocimiento aquiescente de la Verdad (1 Timoteo 2:4). Pues a quien ama el Señor le corrige; y azota a todos los hijos que acoge (Hebreos 12:6). Dichoso el hombre que ha encontrado la sabiduría, y el hombre que alcanza la prudencia (Proverbios 3:13).

     Ciertamente, ninguna corrección parece agradable   en el momento de recibirla, sino más bien, penosa. Sin embargo, después produce una cosecha de justicia y paz para quienes han sido entrenados por ella (Hebreos 12:11).


    Pero Dios, queriendo nuestro bien, no espera hasta las postrimerías para que corrijamos nuestro rumbo. Sería cínico negar que nuestra sociedad ha entrado en connivencia con pecados gravísimos, como la sodomía, que motivo a la justicia divina a llover fuego del cielo sobre Sodoma y Gomorra. Seguir por propia voluntad esta inclinación contraria al orden natural creado por Dios, contrariando su derecho soberano de ser obedecido; tomar a la ligera, permitir o, peor aún, solidarizarse con tales prácticas abominables; todo esto es abusar de la paciencia de Dios. Si bien es cierto que la ira de Dios es temperada por su misericordia, nacida de su magnanimidad (tardo a la cólera y lleno de amor, Salmo 103:8), es igualmente verdad que la misericordia tiene un límite: el punto en que la justicia sería como suprimida por la misericordia, lo que es un imposible por la misma inmortalidad del Ser de Dios (la supresión de uno de sus atributos implicaría la supresión de Él todo entero). Pero en su eterna sabiduría, y justamente por misericordia, en no pocas oportunidades, en lugar de hacerlos sufrir el castigo eterno sin remedio, Dios ha optado por enviar castigos a los hombres para que vuelvan sus corazones al Señor y corrijan su proceder.





     Al grave pecado de la sodomía presente en todas partes, se añaden otros mucho más recientes que van colmando la paciencia divina: alentar la idolatría dentro del templo de Dios, permitiendo signos, símbolos, rituales como si se tratara de una inocente expresión cultural. Según la Agencia de Prensa Católica y otros medios, informan que la dictadura China impone a los obispos la anticoncepción, el aborto y la eutanasia, muy a pesar del acuerdo “secreto” firmado entre el Vaticano y el Partido Comunista Chino, sin mencionar la persecución implacable contra los fieles chinos, o la destrucción de Iglesias y —por medio de los actuales obispos de la Iglesia Oficial China reconocidos recientemente por el Vaticano— exaltar la primacía del Partido Comunista Chino sobre la fe católica. El cine también hace su parte con obras blasfemas, algunas dirigidas a los niños, otras lesionando gravemente la dignidad divina de Nuestro Señor y la pureza de María Santísima. También tenemos manifestaciones públicas obscenas, que van creciendo en número como en grado de depravación y en ofensas a la Iglesia, el Carnaval de Río, Mardi Gras en New Orleans, las frecuentes protestas en favor de grupos LGTBI y el aborto, que incluyen desnudos públicos.



Ídolo de la Pachamama

     Aquellos que dicen que no existe un Dios que no castiga, conscientes -o inconscientemente- están cambiando el pecado por un concepto modernista: “el pecado es una debilidad”, una caída, por tal razón “Dios no castiga”, “Dios te ha hecho así, no es tu culpa, y así te quiere, por lo tanto no debemos esperar cambiar”. Pareciera que estos criterios se inclinan a una visión luterana del pecado: “Sé un pecador y peca fuerte pero deja que tu fe sea más fuerte.” En oposición a estos pensamientos, leemos las palabras saludables en la primera epístola de San Juan: “Hijos míos, que nadie os engañe. Quien obra la justicia es justo, como Él es justo. Quien comete el pecado es del Diablo, pues el Diablo peca desde el principio. El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del Diablo. Todo el que ha nacido de Dios no comete pecado porque su germen permanece en él; y no puede pecar porque ha nacido de Dios. En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del Diablo: todo el que no obra la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano” (1 Juan 3:7-10). 



Persecución religiosa en China


     Dios se manifiesta en conducirnos como sus ovejas, a veces imponiendo su caritativa disciplina porque nos ama. Igual, del mismo modo, los fieles debemos amar a nuestro prójimo, advirtiendo y disciplinando —si nos corresponde hacerlo— a quien se desvía. Quizás podría la Autoridad imponer legítimamente la excomunión, como una demostración caritativa a quien miserablemente se desvía gravemente. 

     Cabe diferenciar, para evitar confusión, que el castigo no es lo mismo que los sufrimientos o la Cruz que nos llevan a Dios. Recordemos que en la Iglesia conocemos innumerables Santos que pasaron por el sufrimiento, como los mártires, Dios lo permitió para que sean santos en grado altísimo. Otros, como Santa Jacinta y San Francisco Marto, los pastorcitos de Fátima, o la Venerable Madre Mariana de Jesús Torres, religiosa concepcionista que vivió en Quito,
se ofrecieron en calidad de víctimas expiatorias sufriendo la fiebre española. Muchos de estos Mártires llevaron una vida intachable, pero quisieron entregarse a la palma del martirio, muchas veces con gran gozo sobrenatural, por amor a Dios, en defensa del Santo Nombre de Nuestro Señor Jesucristo, por no dar culto a falsos dioses o ídolos de madera, metal o piedra. Llevaron con alegría sobrenatural —no la que da el mundo— toda clase de sufrimientos por amor a Dios, en reparación por la iniquidad del mundo, por la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana. 



Penitentes en Procesión de Semana Samta, España


     De ésta manera hay una diferencia grandísima entre el castigo divino reparador y los padecimientos de la Cruz, el sufrimiento y el dolor expiatorios. Su diferencia es tan grande y profunda como el abismo que separa el Cielo del infierno.


                      Guillermo Cajas Lermanda

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