viernes, 30 de abril de 2021

ROSARIO MEDITADO DIRIGIDO A NUESTRA SEÑORA DEL BUEN SUCESO

 


ROSARIO MEDITADO DIRIGIDO A NUESTRA SEÑORA DEL BUEN SUCESO




Misterios Gozosos

1er. Misterio: La Anunciación del Arcángel Gabriel y la encarnación del Verbo en el seno inmaculado de María

— Con su alma y su discernimiento de lo sobrenatural no obnubilados por el pecado original, María Santísima, aún  doncella, había delineado en su interior un esbozo del rostro divino, del espíritu, y de la mentalidad del Mesías cuya venida Ella anhelaba y del que quería ser su esclava. En ese instante, el Arcángel Gabriel se le presentó y le anunció que justamente Ella sería la Madre de Nuestro Señor Jesucristo, el Buen Suceso por excelencia.

Por los méritos de las alegrías que tuviste en la Anunciación, te pedimos, ¡oh! Madre del Buen Suceso, que nos concedas la correspondencia a la gracia sobrenatural y el rechazo al pecado.


2do. Misterio: La Visitación de María Santísima a su prima Santa Isabel

— ¡Oh! Señora del Buen Suceso, háblanos por la gracia en lo interior de nuestras almas, y haz que ellas se estremezcan de júbilo y de devoción al escuchar tu llamado, así como San Juan Bautista al escuchar tu voz.


3er. Misterio: El Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo

— María Santísima, tú que trajiste el Buen Suceso al mundo, concédenos la admiración, la serenidad y la fortaleza que emanan del santo misterio de la Navidad.


4to. Misterio: La Presentación del Niño Jesús en el Templo y la Purificación de María Santísima

— Que los méritos de tus siete dolores, formen almas sin timidez, llenas de fuego, que --unidas al Niño Jesús, a tí, ¡oh! Virgen del Buen Suceso, a San José y a la Santa Iglesia-- sean piedras de escándalo para la ruina o salvación de muchos.


5to. Misterio: La pérdida y el hallazgo del Niño Jesús en el Templo

— En las pruebas de esta vida mortal, nuestras almas son asaltadas por múltiples perplejidades. Para superarlas, siempre esperamos de Ti la fidelidad, la confianza y la fuerza, ¡oh! Madre del Buen Suceso.


Misterios Dolorosos

1º Misterio: La oración y agonía de Nuestro Señor Jesucristo en el Huerto de los Olivos

— Pidamos a María Santísima del Buen Suceso que nos conceda un alma capaz de amar el sufrimiento y, a ejemplo de la Venerable Madre Mariana de Jesús Torres, su vidente, alcanzar la gracia insigne de sufrir por Ella y por la santa Iglesia, en unión con la agonía de valor infinito de Nuestro Señor Jesucristo.


2º Misterio: La Flagelación de Nuestro Señor Jesucristo

— Cuando los sufrimientos se abatan sobre nosotros como azotes, supliquemos a Nuestra Señora del Buen Suceso que nos comunique la fuerza invencible, la serenidad inquebrantable y una gota, siquiera, de la infinita dignidad de Nuestro Señor Jesucristo.


3º Misterio: La coronación de espinas de Nuestro Señor Jesucristo

— Cuando se burlen de nosotros, nos desprecien y nos eviten, especialmente por pertenecer al número de los católicos fieles a las enseñanzas perennes de la Iglesia, rogamos a Nuestra Señora del Buen Suceso que nos conceda la convicción de la entera sin razón de todas esas persecuciones y la gallardía de una fe inquebrantable en la santa y providencial misión de difundir su advocación y el anuncio de su Reino.


4º Misterio: La vía dolorosa de Nuestro Señor cargando penosamente la Cruz hasta lo alto del Calvario.

— Ni un paso atrás ni al costado; tal fue la determinación sobrenatural inquebrantable del Cordero sin mancha de proseguir en el camino de la cruz, aun cuando postrado por tercera vez bajo su peso. Te pedimos, ¡oh, Madre del Buen Suceso!, que nuestras almas sean semejantes a la de tu Divino Hijo y a la tuya.


5º Misterio: La crucifixión y muerte de Nuestro Señor Jesucristo

 — La víctima expiatoria ha llevado su misión redentora hasta las últimas consecuencias: lo ha hecho todo; lo ha aceptado todo; lo ha cumplido todo hasta el final. Al pie de la cruz, estaba María Santísima, que asintió a todo eso por nuestra salvación. Concédenos, ¡oh, Santa María del Buen Suceso, la gracia de llevar hasta las últimas consecuencias nuestras vocaciones personales, aceptando todos los sufrimientos que fueren necesarios, tanto en el presente como en el momento futuro de tu intervención en los acontecimientos, que has anunciado a la Madre Mariana de Jesús Torres. Concédenos que sea nuestro ideal ir al encuentro de esos sufrimientos y amarlos hasta el fin. Siendo débiles, incapaces y llenos de defectos, ¿cómo podríamos hacer eso si no es con auxilio sobrenatural? Que ese auxilio nos venga de la Sangre inocente del Cordero Divino y de tus lágrimas purísimas e inefablemente preciosas, ¡oh, María!


Misterios Gloriosos

1er Misterio:  La resurrección de Nuestro Señor Jesucristo 

— Resurge el Redentor. El bien triunfa del mal. Todo el universo se alegra.

¡Oh! Madre del Buen Suceso, que dijiste que los que breguen por la restauración de la Civilización Cristiana "necesitarán de mucha fe y gran confianza en Dios", haz que mi alma crea con la certeza que tuviste en la resurrección de tu Hijo, y que se estremezca de júbilo y devoción en la espera del triunfo de tu Inmaculado Corazón, que será el Reino de Cristo en la Tierra.


2do. Misterio:  La ascensión de Nuestro Señor Jesucristo a los Cielos

— Sube al Cielo el Justo, cercado de una gloria infinita. ¡Oh! Madre mía del Buen Suceso, que yo desee que así se eleven la Santa Iglesia y la Cristiandad, en una victoria radiante sobre todas las cosas.


3er Misterio:  La venida del Espíritu Santo sobre María Santísima y los apóstoles, en el cenáculo

— Los apóstoles --tibios, de vistas cortas, timoratos-- se transforman en un instante. Habiendo rezado en el cenáculo, con tu mediación, el Espíritu Santo descendió sobre todos como lenguas de fuego, y los transformó en el acto. Señora mía del Buen Suceso, una palabra tuya puede hacer lo mismo conmigo, tan débil, tan tibio y tan pecador. Dí una sola palabra y mi alma será transformada.


4to. Misterio:  La asunción  de María Santísima a los Cielos, en cuerpo y alma

— Tu pureza, tu fe y tu fortaleza encontraron, por fin, el premio merecido. Madre mía del Buen Suceso, hazme puro y lleno de fe, para luchar en unión contigo en la Tierra y, así, llegar a contemplarte eternamente en el Cielo.


5to. Misterio:  La coronación de la Santísima Virgen como Reina del Cielo y de la Tierra

— Desde lo alto de la gloria de donde reinas, sé para mí Madre de Misericordia, apoyándome en todas mis defecciones, levantándome de todas mis caídas, perdonándome todas mis faltas y amándome en todos los instantes, de manera que en todo te ame, ¡oh! Reina Santa del Buen Suceso, Tú, que debes ser la admiración de toda mi vida.



Las reflexiones de este Rosario Meditado han sido adaptadas por Apostolado Seglar Nuestra Señora del Buen Suceso a esa misma advocación, a partir de las compuestas el siglo pasado por el intelectual católico e infatigable apóstol brasileño Plinio Corrêa de Oliveira.

miércoles, 21 de abril de 2021

Doña Lucilia, la piadosa madre del Dr. Plínio, que le enseñó a amar a Nuestro Señor Jesucristo y a la Santa Iglesia Católica

 



Doña Lucilia y su hijo, Plínio Corrêa de Oliveira


     Todo el mundo sabe que, detrás de cada gran hombre, siempre hay una gran mujer. La historia está llena de ejemplos…

     Doña Lucilia Ribeiro dos Santos, la madre de nuestro inspirador, Plinio Corrêa de Oliveira, nació un 22 de abril, de 1876, y falleció un 21 de abril, de 1968. En la celebración de sus dos aniversarios, de nacimiento y fallecimiento, hemos querido dedicar a ella, un pequeño homenaje publicando unos trechos de dos entrevistas concedidas a la revista católica peruana Tesoros de la Fe, por dos personajes que la conocieron.

     El primero, uno de los hombres que más contribuyó al brillo y encanto de la arquitectura brasileña de nuestro tiempo, el Dr. Adolpho Lindenberg, sobrino de Doña Lucilia, y por tanto primo del Dr. Plinio, es fundador de la Constructora que lleva su nombre y que marcó época en el Brasil, logrando imponer un estilo propio —al mismo tiempo tradicional, de alta categoría y de notorio carácter— y preside hoy el Instituto Plinio Corrêa de Oliveira, que rememora y prolonga la obra del insigne varón católico.

     Esta breve reseña quizá en algo pueda a ayudar a edificar a las madres de hoy en la ardua tarea que tienen en nuestro mundo decadente.

"Si quisiésemos destacar la nota característica de su personalidad, yo diría que tía Lucilia encarnaba el ideal perfecto de la madre católica, en toda la extensión del término".

     Hablando de su recordada tía, esto dice el Dr. Adolpho:

     "Para una mejor comprensión de la personalidad de Plínio, nada más adecuado que comenzar por conocer de cerca la figura muy especial, que me es muy próxima y muy querida, que fue su madre, tía Lucilia, hermana de mi madre.

     "Si quisiésemos destacar la nota característica de su personalidad, yo diría que tía Lucilia encarnaba el ideal perfecto de la madre católica, en toda la extensión del término. No sólo de madre, sino también de esposa, hija y tía. Siendo ella la mayor de las hermanas, cuidó de la abuela durante el largo período de su enfermedad, como era la costumbre de aquellos tiempos. 'Lucilia se anuló, se alejó de todo para cuidar a su madre, día y noche, como si fuese una enfermera': este era el comentario más frecuente sobre ella, hecho por la parentela, que conservé en la memoria. Con el correr del tiempo, pude valorar cuán penosa debe haber sido esa misión, pues la abuela fue una persona con innumerables cualidades, pero la paciencia ciertamente no era la mayor de ellas.

     "La razón de su 'anulación', sin embargo, conforme pude observar a lo largo de los años, se debe al hecho de que ella, siendo católica a ultranza, monarquista y tradicionalista, no pactó de modo alguno con el relajamiento de las costumbres, con las modas extravagantes ni con la glorificación del progreso; en fin, con aquello que pasó a denominarse 'mundo moderno'. En esta postura, ella fue la fuente de la aversión de Plinio a todo cuanto era modernizante, poco ceremonioso e igualitario".


El Dr. Joao Paulo y Doña Lucilia, padres del Dr. Plínio



"Doña Lucilia fue la fuente de la aversión de Plínio por todo cuanto era modernizante, poco ceremonioso e igualitario".

     "Quien no conoció a tía Lucilia, tendrá dificultad para entender al hijo. Fueron muy próximos la vida entera, con temperamentos y gustos en perfecta sintonía. Él hacía de todo para agradarla, y ella, a su vez, tenía la atención totalmente puesta en su hijo. Me acuerdo de que todos los días Plínio, ya hombre hecho, después de la cena reservaba veinte minutos para conversar con ella, hábito ese que mantuvo hasta cuando estaba ocupadísimo con trabajos urgentes.

     "Después que él sufrió un revés en su labor apostólica, ella lo consoló con una frase que sintetizaba perfectamente su modo de sentir las cosas: 'Hijo mío, lo importante en la vida es estar juntos, mirarse y quererse bien'. Y eso ellos lo practicaban. El resto, sea lo que sea —ambiciones, éxitos, fracasos–– para ella contaba mucho menos. Plínio siempre recordó esta frase hasta el fin de su vida, edificado y nostálgico.

     "Me acuerdo muy bien de tía Lucilia, viniendo a visitarme cuando yo estaba enfermo, acometido por las clásicas dolencias de la infancia. Ella me leía Los tres mosqueteros y tantos otros libros que exaltaban el heroísmo, la fidelidad y la unión más absoluta entre los amigos. Inútil decir que la lectura era salpicada por consejos, advertencias sobre los peligros que encontraría a lo largo de mi vida, además de mil agrados. ¿Habrá ella tenido conciencia de que, haciéndolo así, me estaba preparando para convertirme en un fiel seguidor de su hijo?"

Una dama ceremoniosa y acogedora: "Tengo la certeza de que nunca vi —y creo que pocas personas vieron— una mirada tan dulce, expresiva, acogedora y profunda como la de tía Lucilia".




     "Tía Lucilia nunca tiñó ni usó corto el cabello, no se pintaba, usaba vestidos discretísimos. En otras palabras, se tenía la impresión de que era una señora de una generación anterior, ceremoniosa y acogedora. Su mayor atributo era la mirada. Tengo certeza de que nunca vi —y creo que pocas personas vieron— una mirada tan dulce, expresiva, acogedora y profunda. ¿Triste? ––se podría preguntar. A veces, sí; melancólica, no. Voy a intentar recordar, en pocas palabras, un trazo muy huidizo de esa mirada, sobre la cual nunca vi a nadie referirse: al hablar con sus sobrinos o con los jóvenes que frecuentaban la casa, se veía en su mirada como que un desafío, un reto, un convite para que enfrentasen las vicisitudes de la vida —la cruz, que todos tenemos que cargar— con gallardía, ánimo y alegría; pues no pensemos que ella, por razones de su aislamiento, enfermedades y cierta carencia de recursos materiales, se sintiera menos feliz que ellos.

     "Para ella, la resignación, la connaturalidad con el sufrimiento, la noción de que los valores fundamentales de la vida son de orden moral, hacían parte de su modo de vivir y de observar las cosas. Según ella, existe entre el bien y el mal una oposición radical, adversa a concesiones o a medios términos. Dios existe, Nuestro Señor fundó la Iglesia, que es infalible y nos debe guiar. Sus devociones principales fueron hacia el Sagrado Corazón de Jesús y hacia la Santísima Virgen. El resto le era totalmente secundario, y sólo valía en la medida en que fuese virtuoso, bello y consonante con la doctrina católica. El pecado, la fealdad, la suciedad, la anormalidad se equivalen, y deben ser rechazados con toda la fuerza del alma.

     "No tengo dudas de que las devociones de tía Lucilia y su visión del mundo —sencillas por un lado, plenas de certeza por otro— fueron transmitidas, por la leche materna, a su hijo muy querido".


Dr. Adolpho Lindenberg



Doña Lucilia reflejo de mucha bondad, de amenidad y de ceremonia en el trato.

     La otra entrevista fue hecha al Dr. Luiz Nazareno de Assumpção Filho.

     Nacido en la ciudad de São Paulo en 1931, ingresó al "grupo de Plinio" desde muy joven, en 1950; se destacó como uno de los primeros y más ardorosos propagandistas y colaboradores de la revista Catolicismo, fundada en 1951; abogado graduado en la Universidad de São Paulo, fue en 1960 uno de los signatarios del acta de fundación de la Sociedad Brasileña de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad, ejerciendo en las décadas siguientes diversos cargos de dirección en la entidad. Falleció el 16 de enero del 2009

      Tesoros de la Fe — ¿Qué impresión más especialmente guarda Ud. de Doña Lucilia?

     Dr. Luiz — La de una señora muy y muy afectiva, como jamás he visto. La "fiesta" que le hacía al hijo, cuando él entraba en casa, despertaba en mí la impresión de una relación entre madre e hijo por encima de los padrones que conocía. Me pasó cierta vez, en los ultimísimos años de Doña Lucilia, oír desde una sala contigua la lectura que el Dr. Plinio le hacía de una revista francesa, Plaisir de France, que yo compraba y se la prestaba a él para entretener a su madre los domingos en la noche. Explico por qué yo oía de lejos: Doña Lucilia estaba con la audición debilitada, y su hijo hablaba alto para que ella oyera. El diálogo del hijo adulto con su madre nonagenaria era conmovedor.


Doña Lucilia en sus últimos años de vida. Falleció a los 92 años



     Doña Lucilia encarnaba a la dama muy ponderada y celosa de su casa. Sus juicios reflejaban el aprecio por las conductas personales que juzgaba serias y adecuadas. Así es que, cierto día, le dijo al Dr. Plinio: "Hijo mío, qué buen uso hace Luizinho de su herencia, comprando revistas como ésta".

     Guardo de ella una impresión de mucha bondad, aliada a una ceremonia en el trato, sin nada de rígido. Por el contrario, muy ameno.

     Tesoros de la Fe — Disculpe Ud., por hacerle preguntas un tanto personales, pero creemos que a nuestros lectores les agradaría mucho estos aspectos poco conocidos del Dr. Plinio —por así decir, las petites histoires— episodios casi que domésticos, o a veces revestidos de alguna intimidad, que no se encuentran en los libros sobre su vida y obra.

     Dr. Luiz — Entonces registro aquí otro episodio doméstico: Doña Lucilia era una ejemplar ama de casa, y se preocupaba de mantener una mesa muy bien servida para su hijo que, a su vez, era "buen tenedor". Una persona de la familia, comentando con ella el trabajo y tiempo que le tomaba poder satisfacer al Dr. Plinio, recibió una respuesta gentil, pero firme: "Es porque Plinio cumple su deber mejor que los demás".

     Muy buen hijo, intentaba, a pesar de sus absorbentes quehaceres diarios —pues acostumbraba trabajar con ahínco en su vida profesional, además de dedicar gran tiempo a la causa católica— distraer a sus padres a la hora de las comidas. Sobre todo a su madre que, en virtud de su espíritu conservador y serio, padecía de aislamiento social. El mundo se modernizaba, pero ella no quería, con justa razón, seguir esa tendencia.

     El Dr. Plinio, como todos saben, estaba dotado de un extraordinario don de conversación. La suya era de las mejores prosas de São Paulo. Reservaba así para su madre todo el arte de entretenerla, permitiéndose, no raras veces, pequeñas y alegres provocaciones. Como respuesta recibía una simple sonrisa.


El Dr. Luiz Nazareno junto al Dr. Plínio



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sábado, 10 de abril de 2021

10 Razones para rechazar el socialismo

 



La miseria generada por el socialismo y el comunismo en todos los lugares en que se implantó. En la foto, antiguas casas de la Habana transformadas en barracones.


Debemos proteger la familia, la propiedad privada y al Ecuador de los peligros del socialismo, ya que éste comparte con el comunismo la misma ideología


1. El socialismo y el comunismo tienen la misma ideología

     El comunismo no es sino una forma extrema del socialismo. Desde el punto de vista ideológico, no hay diferencia sustancial entre los dos.

     De hecho, la Unión Soviética comunista se llamó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (1922-1991) y la China comunista, Cuba y Vietnam se definen a sí mismas como naciones socialistas.


2.  El socialismo viola la libertad personal

     El socialismo busca eliminar la “injusticia” al transferir los derechos y responsabilidades de los individuos y las familias al Estado.

     En el proceso, el socialismo realmente crea injusticia.

     Se destruye la verdadera libertad: la libertad de decidir todos los asuntos que se encuentran dentro de nuestra propia competencia y de seguir el curso mostrado por nuestra razón, dentro de las leyes de la moralidad, inclusive los dictados de la justicia y la caridad.


3. El socialismo viola la naturaleza humana

     El socialismo es antinatural. Destruye la iniciativa personal ‒un fruto de nuestra inteligencia y libre albedrío‒ y lo sustituye por el control del Estado. Donde quiera que se implementa, se tiende al totalitarismo, con su gobierno represivo y policial.


4.  El socialismo viola la propiedad privada

     El socialismo clama por una “redistribución de la riqueza”, tomando de los “ricos” para darle a los pobres.

     Establece impuestos que castigan a aquellos que han sido capaces de aprovechar mejor su talento productivo, y capacidad de trabajo o de ahorro.

     Utiliza los impuestos para promover el igualitarismo económico y social, un objetivo que podrá lograrse plenamente, de acuerdo con el Manifiesto Comunista, con la “abolición de la propiedad privada.”


5.  El socialismo se opone al matrimonio tradicional

     El socialismo no ve ninguna razón moral para restringir las relaciones sexuales al matrimonio, es decir, la unión indisoluble entre un hombre y una mujer.

     Por otra parte, el socialismo socava la propiedad privada, que Friedrich Engels, el fundador del socialismo moderno y del comunismo junto a Karl Marx, vio como el fundamento del matrimonio tradicional.


6. El socialismo se opone a los derechos de los padres en la educación

     El socialismo da al Estado, y no los padres, el control de la educación de los niños.

     Casi desde el nacimiento, los niños han de ser entregados a las instituciones públicas, donde se les enseñará lo que el Estado quiere, independientemente de las opiniones de los padres.

     La teoría evolucionista debe ser enseñada. La oración en la escuela debe ser prohibida


7. El socialismo promueve la igualdad radical

     Una supuesta igualdad absoluta entre los hombres es la premisa fundamental del socialismo. Por lo tanto, considera que toda desigualdad es injusta en sí misma.

     Los empleadores privados son rápidamente calificados de “explotadores”, cuyas ganancias pertenecen realmente a sus empleados. Como consecuencia, se descarta el sistema salarial.


8. El socialismo promueve el ateísmo

      La creencia en Dios, que a diferencia de nosotros es infinito, omnipotente y omnisciente, choca frontalmente con el principio de igualdad absoluta.

      El socialismo por consiguiente rechaza lo espiritual, afirmando que sólo existe la materia. Dios, el alma, y la otra vida son ilusiones, de acuerdo con el socialismo.


9. El socialismo promueve el relativismo

      Para el socialismo no hay verdades absolutas o moral revelada, que establecen las normas de conducta que se aplican a todos en todo lugar y en todo tiempo.

      Todo evoluciona, incluyendo la verdad y el error, el bien y el mal. No hay lugar para los Diez Mandamientos, ni en la vida privada ni en la esfera pública.


10. El socialismo se burla de la religión

      De acuerdo con Karl Marx, la religión es “el opio del pueblo.”

      Lenin, el fundador de la Unión Soviética, está de acuerdo:

     “La religión es el opio del pueblo. La religión es una especie de aguardiente espiritual de mala calidad, en el que los esclavos del capital ahogan su imagen humana, y su demanda por una vida más o menos digna del hombre…” (El socialismo y la religión escrito en 1905).

     

     Que Dios y María Santísima del Buen Suceso protejan a Ecuador del socialismo y del comunismo.

jueves, 1 de abril de 2021

La beata Ana Catalina Emmerich y las desvirtuaciones de la Última Cena

 




“La Última Cena” (1325–1330), de Ugolino di Nerio (Ugolino da Siena)


     La beata estigmatizada Ana Catalina Emmerich, beatificada por Juan Pablo II en 2004, fue un alma con dones sobrenaturales como pocas veces se han conocido en la historia de la Iglesia. Entre ellos, sus visiones, que le hicieron contemplar como una espectadora, la Pasión de Jesucristo así como la vida de la Santísima Virgen.

     Tal como nos dice el padre Angel Peña, O.P., destacando que la beata nunca estuvo físicamente en dichos lugares, «Para comprobar la autenticidad esencial de las visiones de Ana Catalina, podemos poner como ejemplo el hallazgo de la casa de la Virgen en Éfeso. Según el relato escrito en “La vida de la Santísima Virgen María”, la casa de María se encuentra a unas tres horas de Éfeso sobre una colina situada a la izquierda de la carretera de Jerusalén. La montaña cae a pico hacia Éfeso que se divisa, viniendo del sudeste.

     «El 1891, el padre Jung, sacerdote lazarista, acompañado por otro hermano y dos laicos, se dirigieron hacia Éfeso, en Turquía, para estudiar la realidad del relato de acuerdo a la visión de Ana Catalina. Encontraron una capilla en ruinas que eran los restos de un modesto y antiguo santuario que la tradición local llamaba Panaghia Kapulu (puerta o Casa de la Santísima). Ese sería el lugar donde vivió la Santísima Virgen en Éfeso los últimos años de su vida. Y los fieles acuden a él anualmente el día de la Asunción, en peregrinación.

     «Las coincidencias entre el relato de Brentano y la realidad eran tan grandes que se hicieron excavaciones arqueológicas en 1892, sacando a luz los cimientos de una casita edificada entre los siglos I y II y cuyo plano corresponde a lo que indica Ana Catalina como la vivienda de María Santísima. La noticia se extendió rápidamente y, ya en 1896, acudieron un millón de fieles en peregrinación».

     En sus visiones sobre La Pasión nos relata, visto en primera persona por ella, todo lo que aconteció en la Última Cena, y tiene detalles muy importantes para aclarar un aspecto de la misma que se presenta en la actualidad por múltiples vías de forma poco realista para avalar múltiples posiciones, sobre todo litúrgicas. 

      Hoy en día es frecuente ver y oír como se presenta la Última Cena como si fuera un acontecimiento informal, una reunión de amigos, una explosión de alegría desarrollada en un ambiente cuasi festivo de exaltación de la amistad. Esta celebración de alegría informal, según dicen, habría sido bien recogida por la liturgia de los primeros cristianos para posteriormente, a raíz de Trento, ser “adornada” de solemnidad, misterio, recogimiento, boato y espíritu sacrificial únicamente con el fin de contrarrestar los excesos protestantes, lo cual habría oscurecido durante siglos la verdadera liturgia. 

      Sin embargo, como decía el profesor Amerio, nada más lejos de lo ocurrido: 

      «En realidad la Última Cena fue un acto supremo de amor divino, pero fue un evento trágico. Se desenvolvió en el presentimiento del deicidio, en la sombra de la traición, en el espanto de los discípulos, inseguros de su propia fidelidad al Maestro, en el temor previo al sudor de sangre de Getsemaní. El arte cristiano ha representado siempre la Última Cena como un evento trágico, y no como un convite divertido.

      Y así lo atestiguan las visiones de Ana Catalina Emmerich. 

      El ambiente de la misma no parecía precisamente una alegre reunión. 

     «Durante la Cena al principio estuvo muy afectuoso con sus Apóstoles; después se puso serio y melancólico y les dijo:  ‘Uno de vosotros me venderá; uno de vosotros, cuya mano está conmigo en esta mesa’, y amenazó sin decir el nombre al traidor: ‘El Hijo del hombre se va, según esta escrito de Él; pero desgraciado el hombre que venderá al Hijo del hombre: más le valdría no haber nacido’». 


La Eucaristía y la Ultima Cena. Museo: San Marco, Florencia. Autor: Fra Angelico


      En la Cena había en todo momento un aire de solemnidad, o sea nada cotidiano: 

     — «De pie en medio de los Apóstoles, les habló algún tiempo con solemnidad». 

      La predicación no fue únicamente sobre la amistad, sino sobre «la penitencia, la confesión de las culpas, el arrepentimiento y la justificación». 

      Los Apóstoles lejos de entregarse a una alegre cena de amistad, comprendían perfectamente lo que estaba pasando y, dice la beata:

      — «Vi también que todos reconocían sus pecados y se arrepentían». 

      Cuando llegó el sagrado momento de la institución del Sacramento del Altar:

      — «El Señor estaba entre Pedro y Juan; las puertas estaban cerradas; todo se hacía con misterio y solemnidad. Cuando el cáliz fue sacado de su bolsa, Jesús oró, y habló muy solemnemente. Yo le vi explicando la Cena y toda la ceremonia: me pareció un sacerdote enseñando a los otros a decir misa». 

     De otra parte, el “cutrismo” litúrgico, que suele usar vestimentas y cálices “pobres”, sin adornos de ningún tipo, supuestamente más acordes con el cristianismo primitivo, no parece que fuera lo que vio la beata: 

      — «El cáliz que los apóstoles llevaron de la casa de Verónica [para la Última Cena], es un vaso maravilloso y misterioso. Había estado mucho tiempo en el templo entre otros objetos preciosos y de gran antigüedad, cuyo origen y uso se había olvidado” y nos atestigua además que “había servido ya muchas veces a Jesús para la celebración de las fiestas».

      Estamos pues ante un acontecimiento lleno de solemnidad, donde se usó el cáliz que solía usar Nuestro Señor Jesucristo, un cáliz especial, un vaso maravilloso lleno de misterio, un objeto precioso, y todo ello envuelto en un ambiente serio, de misterio, envuelto en el arrepentimiento de los pecados personales, al punto que la beata nos dice como conclusión:

     — «Lo que sé es que todo me recordó de un modo extraordinario el santo sacrificio de la Misa». 


Bienaventurada Ana Catalina Emmerich


     Recordemos que en época de la beata, la Misa se celebraba como la forma extraordinaria actual, es decir con todo el ritualismo, misterio y solemnidad del milenario rito que es lo más alejado que podamos imaginar a la ‘imagen’ de una alegre ‘cena’. Todo ello lo refrenda nuevamente en su relato de la subida al Monte de los Olivos donde nos cuenta:

      — «Los Apóstoles conservaban aún algo del entusiasmo y del recogimiento que les había comunicado la santa comunión y los discursos solemnes y afectuosos de Jesús». 


La Santa Misa según el rito instituido por el Papa San Pio V


     Y respecto a la Sagrada Comunión, nos dice: 

     — «Tomó la patena con los pedazos de pan y dijo: ‘Tomad y comed; este es mi Cuerpo, que será dado por vosotros’. Extendió su mano derecha como para bendecir, y mientras lo hacía, un resplandor salía de Él: sus palabras eran luminosas, y el pan entraba en la boca de los Apóstoles como un cuerpo resplandeciente: yo los vi a todos penetrados de luz; Judas solo estaba tenebroso».

      Esta narración de los hechos parece sugerir claramente una comunión directa de los Apóstoles en la boca, con efectos claramente sobrenaturales pues ‘‘entraba en la boca de los Apóstoles como un cuerpo resplandeciente’’ lo cual es la antítesis de presentar la comunión de los apóstoles como si comieran un pan más, un alimento. Lo que sucedió es muy ajeno a ese espíritu, y se dio en un ambiente sobrenatural de misterio y reverencia. ¿Se puede deducir de todo esto que esta comunión fue dada directamente en la boca? Pues es perfectamente posible y parece sugerirse. 


Contundente desvirtuación del verdadero sentido de la Misa enseñada por Nuestro Señor Jesucristo en la Ultima Cena. El Obispo Auxiliar de la Diócesis de Merlo-Moreno (Argentina), celebrando misa en una playa de Panamá. Al final de este artículo ver más fotos


     De hecho, como nos explica Mons. Schneider, aparte del propio relato de la beata: 

     — «No es para nada desdeñable la idea: Es posible suponer que Cristo, durante la Última Cena, haya dado el pan a cada Apóstol directamente en la boca y no sólo a Judas. Efectivamente existía una práctica tradicional en el ambiente del Medio Oriente en el tiempo de Jesús y que aún ser conserva en nuestros días: el anfitrión nutre a sus huéspedes con su propia mano, poniendo en su boca un pedazo simbólico del alimento”. 

     El capítulo posterior donde nos narra los acontecimientos en el Huerto de los Olivos, no puede más que dejar acongojado a cualquier católico de buena voluntad por el absoluto realismo con el que describe cómo parte del sufrimiento que hizo sudar sangre a Jesús fue por la visión de los pecados futuros de los cristianos, especialmente los cometidos contra la Santísima Eucaristía. 

     Es un episodio que merece la pena ser leído por que describe proféticamente casi milimétricamente lo que desgraciadamente vivimos hoy en día: 

     «Apareciéronse a los ojos de Jesús todos los padecimientos futuros de sus Apóstoles, de sus discípulos y de sus amigos; vio a la Iglesia primitiva tan pequeña, y a medida que iba creciendo vio las herejías y los cismas hacer irrupción, y renovar la primera caída del hombre por el orgullo y la desobediencia; vio la frialdad, la corrupción y la malicia de un número infinito de cristianos; la mentira y la malicia de todos los doctores orgullosos, los sacrilegios de todos los sacerdotes viciosos, las funestas consecuencias de todos estos actos, la abominación y la desolación en el reino de Dios en el santuario de esta ingrata humanidad, que Él quería rescatar con su sangre al precio de padecimientos indecibles.… 

     «En medio de todas esas apariciones, yo veía a Satanás moverse bajo diversas formas horribles, que representaban diferentes especies de pecados. Estas figuras diabólicas arrastraban, a los ojos de Jesús, una multitud de hombres, por cuya redención entraba en el camino doloroso de la cruz. Al principio vi rara vez la serpiente, después la vi aparecer con una corona en la cabeza: su estatura era gigantesca, su fuerza parecía desmedida, y llevaba contra Jesús innumerables legiones de todos los tiempos, de todas las razas. En medio de esas legiones furiosas, de las cuales algunas me parecían compuestas de ciegos, Jesús estaba herido como si realmente hubiera sentido sus golpes; en extremo vacilante, tan pronto se levantaba como se caía, y la serpiente, en medio de esa multitud que gritaba sin cesar contra Jesús, batía acá y allá con su cola, y desollaba a todos lo que derribaba. Entonces me fue revelado que estos enemigos del Salvador eran los que maltrataban a Jesucristo realmente presente en el Santísimo Sacramento. Reconocí entre ellos todas las especies de profanadores de la Sagrada Eucaristía. Yo vi con horror todos esos ultrajes desde la irreverencia, la negligencia, la omisión, hasta el desprecio, el abuso y el sacrilegio; desde la adhesión a los ídolos del mundo, a las tinieblas y a la falsa ciencia, hasta el error, la incredulidad, el fanatismo y la persecución. 

      «Vi entre esos hombres, ciegos, paralíticos, sordos, mudos y aun niños. Ciegos que no querían ver la verdad, paralíticos que no querían andar con ella, sordos que no querían oír sus avisos y amenazas; mudos que no querían combatir por ella con la espada de la palabra, niños perdidos por causa de padres o maestros mundanos y olvidados de Dios, mantenidos con deseos terrestres, llenos de una vana sabiduría y alejados de las cosas divinas.

      «Vi con espanto muchos sacerdotes, algunos mirándose como llenos de piedad y de fe, maltratar también a Jesucristo en el Santísimo Sacramento. Yo vi a muchos que creían y enseñaban la presencia de Dios vivo en el Santísimo Sacramento, pero olvidaban y descuidaban el Palacio, el Trono, lugar de Dios vivo, es decir, la Iglesia, el altar, la custodia, los ornamentos, en fin, todo lo que sirve al uso y a la decoración de la Iglesia de Dios. Todo se perdía en el polvo y el culto divino estaba si no profanado interiormente, a lo menos deshonrado en el exterior. Todo eso no era el fruto de una pobreza verdadera, sino de la indiferencia, de la pereza, de la preocupación de vanos intereses terrestres, y algunas veces del egoísmo y de la muerte interior. 

      

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LA DESACRALIZACIÓN DE LA MISA CONLLEVA AL IRRESPETO A LA SAGRADA EUCARISTÍA



    «Aunque hablara un año entero, no podría contar todas las afrentas hechas a Jesús en el Santísimo Sacramento, que supe de esta manera. Vi a los autores de ellas asaltar al Señor, herirle con diversas armas, según la diversidad de sus ofensas. Vi cristianos irreverentes de todos los siglos, sacerdotes ligeros o sacrílegos, una multitud de comuniones tibias o indignas. ¡Qué espectáculo tan doloroso! Yo veía la Iglesia, como el cuerpo de Jesús, y una multitud de hombres que se separaban de la Iglesia, rasgaban y arrancaban pedazos enteros de su carne viva. Jesús los miraba con ternura, y gemía de verlos perderse».   






     No nos dejemos pues influir por ese espíritu que desvirtúa la Última Cena para justificar la mundanización y desacralización de la sagrada liturgia, el culto y la reverencia debida al Santísimo Sacramento y que tanto hizo sufrir a Nuestro Señor en el Huerto de los Olivos. 

      No, no se pareció a una alegre cena de amigos informal, sino “que todo me recordó de un modo extraordinario el santo sacrificio de la Misa”. 

     Beata Ana Catalina Emmerich, ruega por nosotros.


Fuente: Infocatólica



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