lunes, 14 de diciembre de 2020

Con la Aparición en el Monte Pichincha, nace la devoción al Niño Jesús en el Ecuador. Novena de Navidad

 




El Niño Jesús, que la Santísima Virgen presentaba constantemente en sus brazos durante las apariciones de Nuestra Señora del Buen Suceso manifestaría también su predilección por estas tierras del Sagrado Corazón así como la ingratitud del Ecuador ante las misericordias divinas. En el año de 1628 Nuestra Señora así decía a la Madre Mariana de Jesús Torres:

“Levanta ahora la vista y mira hacia el cerro de Pichincha, donde será crucificado este Divino Infante que traigo en mis brazos. Lo entrego a la Cruz a fin de que Él dé siempre buenos sucesos a esta República, la que será muy feliz cuando en toda en su extensión me conozcan y me honren bajo esta advocación (como María del Buen Suceso), pues será buen suceso para las almas, casas y familias, y esta invocación será prenda de salvación”.

Enseguida, la Madre Mariana de Jesús vio a los tres Arcángeles, San Miguel, San Gabriel, y San Rafael que tomaron al Divino Niño de los brazos de su Santísima Madre y lo condujeron a la cima de dicho cerro, dejándolo allí con reverente acatamiento,




Toda la montaña se envolvió de una luz celestial y el Niño Jesús, vestido de una larga túnica blanca salpicada de estrellas y un manto de color rosado muy precioso, nunca visto en la tierra, encontró delante de sí una cruz de madera lisa y achatada de la cual pendía una corona de agudas espinas.

Hermoso y lleno de Divinidad, oculta en su Santa Humanidad se postró en tierra con los brazos en cruz, y rezando al Dios Padre decía:

“Padre Mío y Dios Eterno, considerad benigno esta pequeña porción de tierra, ( el Ecuador ) que hoy me das, para que en ella, reine como Señor absoluto, mi amoroso y tierno Corazón y el de mi Madre Santísima, criatura tan pura y tan bella cual no hay otra”

El Divino Niño se aproximó a la cruz, fijándose a ella con amor y por sus rosadas mejillas caían gruesas lágrimas que fueron luego recogidas por los tres Arcángeles y esparcidas por ellos por toda la nueva nación. Ciñendo la corona de puntiagudas espinas, el Divino Niño se apegó a la cruz y extendió sus manos, quedando crucificado delante del gran Pichincha. Dicha colina que domina la ciudad (de Quito) quedó santificada a partir de ese instante y quiso desde allí el Corazón Santísimo de Jesús, ejercer su dominio.





Su frente, manos y pies emanaban sangre, y mientras su triste miraba abarcaba todo el Ecuador, entre sollozos decía:

“No puedo hacer más por tí, para demostrarte mi Amor! Almas ingratas no me paguéis con desprecio, sacrilegios y blasfemias, tanto Amor y delicadezas de mi Corazón! Por lo menos vosotros mis devotos sed mi consuelo en mis soledades eucarísticas, velad en mi compañía, alejad de vosotros el sueño de la indiferencia con relación a Dios que tanto os ama"

“En medio de las amarguras y funestos tiempos que sobrevendrán a esta Patria, vuestra humilde, secreta, y silenciosa oración juntamente con vuestra penitencia voluntaria, la salvará de la destrucción a donde la conducen sus hijos ingratos, pues éstos, humillando y despreciando a los buenos, exaltarán y alabarán a los malos advenedizos satélites de Satanás”


Devoción al Niño Jesús, Símbolo de la Inocencia Espiritual

La Madre Mariana recibiría luego, en el año de 1634, el mandato de Nuestra Señora de reproducir en estampas su visión del Niño Divino:

“No fue por casualidad que viste crucificado a mi Divino Niño en el cerro del Pichincha..."

“...Ya que colocaste mi Imagen sobre el Trono de Abadesa de éste mi Convento tal como te lo pedí, para gobernarlo y defenderlo, y hacer el bien a todas las poblaciones y ciudades, así también queremos que, valiéndote del Obispo, reproduzcas en estampas esta visión que tuviste de mi Amadísimo Niño Crucificado, escribiendo en ellas las palabras que oíste de sus labios".




Nuestra Señora del Buen Suceso le ordenó entonces, “difundir dichas estampas por todo el mundo". La Providencia tenía en ello un Santísimo propósito :

“Estas estampas diría la Santísima Virgen volarán por el mundo entero y a todos impresionará santamente, sin saberse de su procedencia en el transcurso de los tiempos".

Al día siguiente, el Obispo de Quito, Don Pedro de Oviedo, acudió al Monasterio de las Conceptas, para saludar a las dos únicas sobrevivientes, en ese entonces, de la Fundación del Convento, siendo ellas, la Madre Mariana de Jesús Torres y la Madre Francisca de los Ángeles.

“Queridas Hermanas, - dijo el Prelado - en sueños me pareció ver a mi Madre Santísima, que llena de amor y ternura maternal, me indicaba la visión del Niño Crucificado en el cerro del Pichincha, pidiéndome también, mandarla a grabar en unas estampas, añadiéndole las palabras mencionadas por el Divino Niño en dicha colina".

Nuestra Señora le indicaba así al Obispo, lo mismo que le había revelado a la Madre Mariana, acerca de la difusión de la devoción al Niño Jesús Crucificado, por todo el mundo, incluso Don Oviedo tuvo la impresión también de que las referidas estampas jamás se perderían, por el contrario, serían continuamente reproducidas y tendrían el don de conquistar corazones para el amor a Dios.

El Obispo ordenó a la Santa Fundadora, elaborar un dibujo que plasmase la aparición del Niño en la Cruz, y enviarlo a España, lugar donde iban a ser editadas las estampas. Al dibujo, Monseñor Oviedo le adjuntaría una carta dirigida al Rey pidiéndole especial prontitud en la impresión. Prometió también a las Madres, encargarse personalmente, luego de su publicación, de distribuirlas a todas las religiosas del Convento, oferta que cumplió tiempo después.

En todas sus apariciones hechas a la Madre Mariana de Jesús Torres, Nuestra Señora del Buen Suceso, llevaba consigo al Niño Jesús. Y como prueba de su Amor para con el Convento de la Inmaculada Concepción, como también para con estas tierras del Sagrado Corazón de Jesús, entregó en varias ocasiones a su Divino Infante en brazos de la santa religiosa, quien complacida lo recibía con presteza inimaginable y gozo inefable.

Tres meses antes de la muerte la Sierva de Dios, en medio de uno de esos sublimes momentos, el Niño Dios, acariciándola, le dice:

“Mi querida y pobre esposa, fíjate bien y medita en tu interior, que la devoción al Niño Jesús será siempre, en todo conflicto, la salvaguardia de éste Convento. Si faltara esta devoción, desaparecerá el bello espíritu de la infancia espiritual en el que se complace mi Padre Celestial".

“Mientras dicho espíritu exista no habrá poder humano capaz de destruir este Convento mío, tan querido. Felices quienes me amen y me den culto. Yo los llenaré de Luces y Gracias para que sus almas sean preciosas ante mi Padre Celestial y la Santísima Trinidad, en ellas nos deleitaremos".

“Yo los asistiré en la última agonía y volveré suave su juicio, menor el tiempo de su purificación, y grande el grado de Gloria que tuvieren en el Cielo".

Así el Hijo de Dios, recordaba la Divina sentencia manifestada en cierta ocasión a los Apóstoles: «Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis; porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. En verdad os digo, que quien no recibiere el Reino de Dios como un niño, no entrará en él» (Lc. 18, 16-17).

La Madre Mariana de Jesús Torres consiguió así, a través de una devoción sin par al Niño Jesús de la Cruz, que aquella inocencia infantil, junto a dones de naturaleza y de Gracia embellezcan su alma por siempre.

Nace la Novena de Navidad

Con la devoción al Niño Jesús del Pichincha, Nuestra Señora quiso legarnos un verdadero y heroico amor a la vida de cruz y a la inocencia espiritual. El Niño Dios es una flor hermosísima, peregrina, esbelta y lozana, como la flor misteriosa comparada por el profeta Isaías, y que coronaba la vara que salía del tronco de Jesé. Él es la azucena fragantísima, todavía plegada, recién entreabriéndose, pero al final de cuentas vino para ser el Redentor del mundo, para sufrir y para morir.


Fray Fernando de Jesús Larrea Dávalos OFM


Quiso entonces Nuestra Señora del Buen Suceso que la inocencia y el amor a la cruz sean virtudes constantemente honradas en la devoción al dulcísimo Niño Jesús de la Cruz del Pichincha, así como también en otra devoción, muy afín con la primera, y que nacería después, en 1743, cuando Fray Fernando de Jesús Larrea,​ franciscano nacido en Quito, escribió la Novena de Navidad, o de Aguinaldos, por petición de la fundadora del Colegio de La Enseñanza en Bogotá, doña Clemencia de Jesús Caycedo Vélez. Tiempo después una religiosa de dicho establecimiento, la Madre María Ignacia Samper, le agregó los gozos.

La Navidad, el mundo de lo maravilloso




La celebración de la Navidad, era para Plínio Corrêa de Oliveira motivo de un respeto profundo y sacral.

El episodio de Nuestro Señor elogiando a los niños, incentivándolos a aproximarse de Él, no es sino un elogio a los valores de alma que el niño tiene, y que pueden encontrarse también en el hombre inocente. El alma del inocente es toda impregnada, desde las primeras luces de la razón, del sentido de lo sobrenatural y de lo maravilloso. Por esto el espíritu de un niño se encanta con el árbol de Navidad. Pero, ¿qué es el árbol de Navidad? Es algo que nos sumerge en el mundo de lo maravilloso, en el mundo de los “cuentos de hadas”, de la inocencia.

Ver al Niño recién nacido en Belén, recostado en un pesebre, significaba para el Dr. Plínio, el momento propicio para pedir al Divino Redentor la conservación o restauración de la inocencia primaveril adquirida con el bautismo. En cierta ocasión dictó la siguiente jaculatoria para pedir esa gracia muy especial:
«Dame !oh¡ Niño Jesús una centella de tu Inocencia, y seré la persona más inocente del mundo».




Novena al Niño Jesús

Oración para Todos los Días

Benignísimo Dios de infinita caridad, que tanto amaste a los hombres, que les diste en vuestro Unigénito​ la mejor prenda de vuestro amor para que hecho hombre en las entrañas de una Virgen, naciese en un pesebre para nuestra salud y remedio. Yo, en nombre de todos los mortales os doy infinitas gracias por tan soberano beneficio; y en retorno de él os ofrezco la pobreza, humildad y demás virtudes de vuestro hijo humanado, suplicándoos por sus divinos méritos, por las incomodidades con que nació, y por las tiernas lágrimas que derramó en el pesebre, que dispongáis nuestros corazones con humildad profunda, con amor encendido, con total desprecio de todo lo terreno, para que Jesús recién nacido tenga en ellos su cuna, y more eternamente. Amén.

(Se reza tres veces el Gloria al Padre)

Consideraciones Diarias

Día Primero

En el principio de los tiempos el Verbo reposaba en el seno de su Padre en lo más alto de los cielos: allí era la causa, a la par que el modelo de toda creación. En esas profundidades de una incalculable eternidad permanecía el Niño de Belén. Allí es donde debemos datar la genealogía del Eterno que no tiene antepasados, y contemplar la vida de complacencia infinita que allí llevaba.

La vida del Verbo Eterno en el seno de su Padre era una vida maravillosa y sin embargo, misterio sublime, busca otra morada en una mansión creada. No era porque en su mansión eterna faltase algo a su infinita felicidad sino porque su misericordia infinita anhelaba la redención y la salvación del género humano, que sin Él no podría verificarse.

El pecado de Adán había ofendido a un Dios y esa ofensa infinita no podría ser condonada sino por los méritos del mismo Dios. La raza de Adán había desobedecido y merecido un castigo eterno; era pues, necesario para salvarla y satisfacer su culpa que Dios, sin dejar el cielo, tomase la forma del hombre sobre la tierra y con la obediencia a los designios de su Padre, expiase aquella desobediencia, ingratitud y rebeldía.

Era necesario en las miras de su amor que tomase la forma, las debilidades e ignorancia sistemática del hombre, que creciese para darle crecimiento espiritual; que sufriese, para morir a sus pasiones y a su orgullo y por eso el Verbo Eterno ardiendo en deseos de salvar al hombre resolvió hacerse hombre también y así redimir al culpable.

Oración a la Santísima Virgen

Soberana María, que por vuestras grandes virtudes y especialmente por vuestra humildad, mereciste que todo un Dios os escogiese por madre suya. Os suplico que vos misma preparéis y dispongáis mi alma, y la de todos los que en este tiempo hiciesen esta novena, para el nacimiento espiritual de vuestro adorado Hijo.

¡Oh dulcísima Madre! Comunicadme algo del profundo recogimiento y divina ternura con que le aguardaste, para que nos hagáis menos indignos de verle, amarle y adorarle por toda la eternidad.

Amén.

(Se reza nueve​ veces el Ave María). 

Oración a San José

¡Oh, Santísimo José! Esposo de María y padre putativo de Jesús. Infinitas gracias doy a Dios porque os escogió para tan altos ministerios y os adornó con todos los dones proporcionados a tan excelente grandeza. Os ruego, por el amor que tuviste al Divino Niño, me abraces en fervorosos deseos de verle y recibirle sacramentalmente, mientras en su divina esencia le veo y le gozo en el cielo. Amén.

(Se reza Padre Nuestro, Ave María y Gloria al Padre) 

Gozos

Coro
Dulce Jesús Mío,
mi niño adorado:
¡Ven a nuestras almas!
¡Ven no tardes tanto!
1
¡Oh Sapiencia suma
del Dios soberano,
que a infantil alcance
te rebajas sacro!
¡Oh Divino Niño
ven para enseñarnos
la prudencia que hace
verdaderos sabios!

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven no tardes tanto!
2
¡Oh, Adonaí potente
que a Moisés hablando,
de Israel al pueblo
disteis los mandatos!
¡Ah, ven prontamente
para rescatarnos,
y que un niño débil
muestre fuerte brazo!

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven no tardes tanto!
3
¡Oh raíz sagrada
de Jesé que en lo alto​
presentas al orbe
tu fragante nardo!
¡Dulcísimo Niño
que has sido llamado
“Lirio de los Valles,
Bella flor del campo”!

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven no tardes tanto!
4
¡Llave de David
que abre al desterrado
las cerradas puertas
de regio palacio!
¡Sácanos, oh Niño,
con tu blanca mano
de la cárcel triste
que labró el pecado!

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven no tardes tanto!
5
¡Oh lumbre de Oriente,
sol de eternos rayos,
que entre las tinieblas
tu esplendor veamos!
¡Niño tan precioso,
dicha del cristiano,
luzca la sonrisa
de tus dulces labios!

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven no tardes tanto!
6
¡Espejo sin mancha
santo de los santos,
sin igual imagen del
Dios soberano!
¡Borra nuestras culpas,
salva al desterrado
y en forma de niño,
da al mísero amparo!

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven no tardes tanto!
7
¡Rey de las naciones,
Emmanuel preclaro.
de Israel anhelo,
pastor de rebaño!
¡Niño que apacientas
con suave cayado
ya la oveja arisca
ya el cordero manso!

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven no tardes tanto!
8
¡Ábranse los cielos
y llueva de lo alto
bienhechor rocío
como riego santo!
¡Ven hermoso Niño!
¡Ven Dios humanado!
¡Luce, hermosa estrella,
brota, flor del campo!

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven no tardes tanto!
9
Ven que ya María
previene sus brazos
de su Niño vean
en tiempo cercano!
¡Ven que ya José
con anhelo sacro
se dispone a hacerse
de tu amor sagrario!

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven no tardes tanto!
10
¡Del débil auxilio,
del doliente amparo,
consuelo del triste,
luz del desterrado!
¡Vida de mi vida,
mi dueño adorado,
mi constante amigo,
mi divino hermano!

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven no tardes tanto!
11
¡Véante mis ojos
de ti enamorados!
¡Bese ya tus plantas!
¡Bese ya tus manos!
¡Prosternado en tierra
te tiendo los brazos,
y aún más que mis frases
te dice mi llanto!

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven no tardes tanto!
12
¡Ven Salvador Nuestro
por quien suspiramos!
¡Ven a nuestras almas!
¡Ven no tardes tanto!

Oración al Niño Jesús

Acordaos, ¡oh dulcísimo Niño Jesús!, que dijiste a la Venerable Margarita del Santísimo Sacramento, y en persona suya a todos vuestros devotos, estas palabras tan consoladoras para nuestra pobre humanidad tan agobiada y doliente:

“Todo lo que quieras pedir, pídelo por los méritos de mi infancia y nada te será negado”.

Llenos de confianza en Vos, ¡Oh Jesús!, que sois la misma verdad, venimos a exponeros toda nuestra miseria. Ayúdanos a llevar una vida santa, para conseguir una eternidad bienaventurada. Concedednos por los méritos infinitos de vuestra encarnación y de vuestra infancia, la gracia de la cual necesitamos tanto. Nos entregamos a Vos, ¡oh Niño omnipotente! Seguros de que no quedará frustrada nuestra esperanza y de que en virtud de vuestra divina promesa, acogerás y despacharás favorablemente nuestra súplica. Amén. 


Consideraciones para los días siguientes

Día Segundo

El verbo eterno se halla a punto de tomar su naturaleza creada en la santa casa de Nazaret, en donde moraban María y José. Cuando la sombra del decreto divino vino a deslizarse sobre ella, María estaba sola y engolfada en la oración. Pasaba las silenciosas horas de la noche en la unión más estrecha con Dios; y mientras oraba, el Verbo tomó posesión de su morada creada. Sin embargo, no llegó inopinadamente: antes de presentarse envió a un mensajero, que fue el Arcángel San Gabriel, para pedir a María de parte de Dios su consentimiento para la encarnación. El creador no quiso efectuar ese gran misterio sin la aquiescencia de su criatura. Aquel momento fue muy solemne: era potestativo en María rehusar... Con qué adorables delicias, con qué inefable complacencia aguardaría la Santísima Trinidad a que María abriese los labios y pronunciase el "sí" que debió ser suave melodía para sus oídos, y con el cual se conformaba su profunda humildad a la omnipotente voluntad divina. La Virgen Inmaculada ha dado su asentimiento. El arcángel ha desaparecido. Dios se ha revestido de una naturaleza creada; la voluntad eterna está cumplida y la creación completa. En las regiones del mundo angélico estalla el júbilo inmenso, pero la Virgen María ni le oía ni le hubiese prestado atención a él. Tenía inclinada la cabeza y su alma estaba sumida en el silencio que se asemejaba al de Dios. El Verbo se había hecho carne, y aunque todavía invisible para el mundo, habitaba ya entre los hombres que su inmenso amor había venido a rescatar. No era ya sólo el Verbo eterno; era el Niño Jesús revestido de la apariencia humana, y justificando ya el elogio que de Él han hecho todas las generaciones en llamarle el más hermoso de los hijos de los hombres.

Día Tercero

Así había comenzado su vida encarnada el Niño. Consideremos el alma gloriosa y el santo cuerpo que había tomado, adorándolos profundamente. Admirando en el primer lugar el alma de ese divino Niño, consideremos en ella la plenitud de su gracia santificadora; la de su ciencia beatífica, por la cual desde el primer momento de su vida vio la divina esencia más claramente que todos los ángeles y leyó lo pasado lo porvenir con todos sus arcanos conocimientos. No supo nunca por adquisición voluntaria nada que no supiese por infusión desde el primer momento de su ser; pero él adoptó todas las enfermedades de nuestra naturaleza a que dignamente podía someterse, aun cuando no fuesen necesarias para la grande obra que debía cumplir. Pidámosle que sus divinas facultades suplan la debilidad de las nuestras y les den nueva energía; que su memoria nos enseñe a recordar sus beneficios, su entendimiento a pensar en Él, su voluntad a no hacer sino lo que Él quiere y en servicio suyo. Del alma del Niño Jesús pasemos ahora a su cuerpo. Que era un mundo de maravillas, una obra maestra de la mano de Dios. No era, como el nuestro, una traba para el alma: era por el contrario, un nuevo elemento de santidad. Quiso que fuese pequeño y débil como el de todos los niños, y sujeto a todas las incomodidades de la infancia, para asemejarse más a nosotros y participar de nuestras humillaciones. El Espíritu Santo formó ese cuerpecillo divino con tal delicadeza y tal capacidad de sentir, que pudiese sufrir hasta el exceso para cumplir la grande obra de nuestra redención. La belleza de ese cuerpo del divino Niño fue superior a cuanto se ha imaginado jamás; la divina sangre que por sus venas empezó a circular desde el momento de la encarnación es la que lava todas las manchas del mundo culpable. Pidámosle que lave las nuestras en el sacramento de la penitencia, para que el día de su Navidad nos encuentre purificados, perdonados y dispuestos a recibirle con amor y provecho espiritual.

Día Cuarto

Desde el seno de su madre comenzó el Niño Jesús a poner en práctica su entera sumisión a Dios, que continuó sin la menor interrupción durante toda su vida. Adoraba a su Eterno Padre, le amaba, se sometía a su voluntad; aceptaba con resignación el estado en que se hallaba conociendo toda su debilidad, toda su humillación, todas sus incomodidades. ¿Quién de nosotros quisiera retroceder a un estado semejante con el pleno goce de la razón y de la reflexión?, ¿quién pudiera sostener a sabiendas un martirio tan prolongado, tan penoso de todas maneras? Por ahí entró el Divino Niño en su dolorosa y humilde carrera; así empezó a anonadarse delante de su Padre, a enseñarnos lo que Dios merece por parte de su criatura, a expiar nuestro orgullo, origen de todos nuestros pecados y hacernos sentir toda la criminalidad y desórdenes del orgullo.

Deseamos hacer una verdadera oración; empecemos por formarnos de ella una exacta idea contemplando al Niño en el seno de su madre. El divino Niño ora y ora del modo más excelente. No habla, no medita ni se deshace en tiernos afectos. Su mismo estado, aceptado con la intención de honrar a Dios, es su oración y ese estado expresa altamente todo lo que Dios merece y de qué modo quiere ser adorado de nosotros.

Unámonos a las oraciones del Niño Dios en el seno de María; unámonos al profundo abatimiento y sea este el primer efecto de nuestro sacrificio a Dios. Démonos a Dios no para ser algo como lo pretende continuamente nuestra vanidad sino para ser nada, para quedar enteramente consumidos y anonadados, para renunciar a la estimación de nosotros mismos, a todo cuidado de nuestra grandeza aunque sea espiritual, a todo movimiento de vanagloria. Desaparezcamos a nuestros propios ojos y que Dios sólo sea todo para nosotros.

Día Quinto

Ya hemos visto la vida que llevaba el Niño Jesús en el seno de su purísima Madre; veamos hoy la vida que llevaba también María durante el mismo espacio de tiempo. Necesidad hoy de que nos detengamos en ella si queremos comprender, en cuanto es posible a nuestra limitada capacidad, los sublimes misterios de la encarnación y el modo como hemos de corresponder a ellos.

María no cesaba de aspirar por el momento en que gozaría de esa visión beatífica terrestre: la faz de Dios encarnado. Estaba a punto de ver aquella faz humana que debía iluminar el cielo durante toda la eternidad. Iba a leer el amor filial en aquellos mismos ojos cuyos rayos deberían esparcir para siempre la felicidad en millones de elegidos. Iba a ver aquel rostro todos los días, a todas horas, cada instante, durante muchos años. Iba a verle en la ignorancia aparente de la infancia, en los encantos particulares de la juventud y en la serenidad reflexiva de la edad madura... Haría todo lo que quisiese de aquella faz divina; podría estrecharla contra la suya con toda la libertad del amor materno; cubrir de besos los labios que deberían pronunciar la sentencia a todos los hombres; contemplarla a su gusto durante su sueño o despierto, hasta que la hubiese aprendido de memoria... ¿Cuán ardientemente deseaba ese día!

Tal era la vida de expectativa de María... era inaudita en sí misma, más no por eso dejaba de ser el tipo magnífico de toda vida cristiana, no nos contentemos con admirar a Jesús residiendo en María, sino pensemos que en nosotros también reside por esencia, potencia y presencia.

Sí, Jesús nace continuamente en nosotros y de nosotros, por las buenas obras que nos hace capaces de cumplir, y por nuestra cooperación a la gracia; por la manera que el alma del que se halla en gracia es un seno perpetuo de María, un Belén interior sin fin. Después de la comunión Jesús habita en nosotros, durante algunos instantes, real y sustancialmente como Dios y como hombre, porque el mismo niño que estaba en María está también en el Santísimo Sacramento. ¿Qué es todo esto sino una participación de la vida de María durante esos maravillosos meses, y una expectativa llena de delicias como la suya?

Día Sexto

Jesús había sido concebido en Nazaret, domicilio de San José y de María, y allí era de creerse que había de nacer, según todas las probabilidades. Más Dios lo tenía dispuesto de otra manera y los profetas habían anunciado que el Mesías nacería en Belén de Judá, ciudad de David. Para que se cumpliese esa predicción, Dios se sirvió de un medio que no parecía tener ninguna relación con este objeto, a saber: la orden dada por el emperador Augusto de que todos los súbditos del imperio romano se empadronasen en el lugar de donde eran originarios. María y José como descendientes que eran de David, no estaban dispensados de ir a Belén, y ni la situación de la Virgen Santísima ni la necesidad en que estaba José del trabajo diario que les aseguraba la subsistencia, pudo eximirles de este largo y penoso viaje, la estación más rigurosa e incómoda del año. No ignoraba Jesús en qué lugar debería nacer e inspiraba a sus padres que se entreguen a la Providencia, y que de esta manera concurran inconscientemente a la ejecución de sus designios. Almas interiores observad este manejo del divino Niño, porque es el más importante de la vida espiritual: aprended que quien se haya entregado a Dios ya no ha de pertenecerse a sí mismo, ni ha de querer en cada instante sino lo que Dios quiera para él; siguiéndole ciegamente aún en las cosas exteriores, tales como el cambio de lugar donde quiera que le plazca conducirle. Ocasión tendréis de observar esta dependencia y esta fidelidad inviolable en toda la vida de Jesucristo, y este es el punto sobre el cual se han esmerado en imitarle los santos y las almas verdaderamente interiores, renunciando absolutamente a su propia voluntad.

Día Séptimo

Representémonos el viaje de María y José hacia Belén, llevando consigo aún no nacido, al creador del universo, hecho hombre. Contemplemos la humildad y la obediencia de ese Divino Niño, que aunque de raza judía y habiendo amado durante siglos a su pueblo con una predilección inexplicable obedece así a un príncipe extranjero que forma el censo de población de su provincia, como si hubiese para él en esa circunstancia algo que le halagase, y quisiera apresurarse a aprovechar la ocasión de hacerse empadronar oficial y auténticamente como súbdito en el momento en que venía al mundo.

El anhelo de José, la expectativa de María son cosas que no puede expresar el lenguaje humano. El Padre Eterno se halla, si nos es lícito emplear esta expresión, adorablemente impaciente por dar a su hijo único al mundo y verle ocupar su puesto entre las criaturas visibles.

El Espíritu Santo arde en deseos de presentar a la luz del día esa santa humanidad, que El mismo ha formado con divino esmero.

Día Octavo

Llegan a Belén José y María buscando hospedaje en los mesones, pero no encuentran, ya por hallarse todos ocupados, ya porque se les deshace a causa de su pobreza. Empero, nada puede turbar la paz interior de los que están fijos en Dios.

Si José experimentaba tristeza cuando era rechazado de casa en casa, porque pensaba en María y en el Niño, sonreíase también con santa tranquilidad cuando fijaba la mirada en su casta esposa. El ruido de cada puerta que se cerraba ante ellos era una dulce melodía para sus oídos.

Eso era lo que había venido a buscar. El deseo de esas humillaciones era lo que había contribuido a hacerle tomar la forma humana. Oh! Divino Niño de Belén! Estos días que tantos han pasado en fiestas y diversiones o descansando muellemente en cómodas y ricas mansiones, ha sido para vuestros padres un día de fatiga y vejaciones de toda clase. ¡Ay! el espíritu de Belén es el de un mundo que ha olvidado a Dios.

¡Cuántas veces no ha sido también el nuestro! Pónese el sol el 24 de diciembre detrás de los tejados de Belén y sus últimos rayos doran la cima de las rocas escarpadas que lo rodean. Hombres groseros, codean rudamente al Señor en las calles de aquella aldea oriental y cierran sus puertas al ver a su Madre.

La bóveda de los cielos aparece purpurina por encima de aquellas colinas frecuentadas por los pastores. Las estrellas van apareciendo unas tras otras. Algunas horas más y aparecerá el Verbo Eterno.

Día Noveno

La noche ha cerrado del todo en las campiñas de Belén. Desechados por los hombres y viéndose sin abrigo, María y José han salido de la inhospitalaria población, y se han refugiado en una gruta que se encontraba al pie de la colina. Seguía a la Reina de los Ángeles el jumento que le había servido de cabalgadura durante el viaje y en aquella cueva hallaron un manso buey, dejado ahí probablemente por alguno de los caminantes que había ido a buscar hospedaje en la ciudad.

El Divino Niño, desconocido por sus criaturas va a tener que acudir a los irracionales para que calienten con su tibio aliento la atmósfera helada de esa noche de invierno, y le manifiesten con esto su humilde actitud, el respeto y la adoración que le había negado Belén. La rojiza linterna que José tenía en la mano iluminaba tenuemente ese paupérrimo recinto, ese pesebre lleno de paja que es figura profética de las maravillas del altar y de la íntima y prodigiosa unión eucarística que Jesús ha de contraer con los hombres.. María está en adoración en medio de la gruta, y así van pasando silenciosamente las horas de esa noche llena de misterios. Pero ha llegado la media noche y de repente vemos dentro de ese pesebre antes vacío, al Divino Niño esperado, vaticinado, deseado durante cuatro mil años con tan inefables anhelos. A sus pies se postra su Santísima Madre en los transporte de una adoración de la cual nada puede dar idea. José también se le acerca y le rinde el homenaje con que inaugura su misterioso e imperturbable oficio de padre putativo del redentor de los hombres.

La multitud de ángeles que descienden del cielo a contemplar esa maravilla sin par, deja estallar su alegría y hace vibrar en los aires las armonías de esa "Gloria in Excelsis", que es el eco de adoración que se produce en torno al trono del Altísimo hecha perceptible por un instante a los oídos de la pobre tierra. Convocados por ellos, vienen en tropel los pastores de la comarca a adorar al "recién nacido" y a prestarle sus humildes ofrendas.

Ya brilla en Oriente la misteriosa estrella de Jacob; y ya se pone en marcha hacia Belén la caravana espléndida de los Reyes Magos, que dentro de pocos días vendrán a depositar a los pies del Divino Niño el oro, el incienso y la mirra, que son símbolos de la caridad, de la oración y de la mortificación. Oh, adorable Niño! Nosotros también los que hemos hecho esta novena para prepararnos al día de vuestra Navidad, queremos ofreceros nuestra pobre adoración; no la rechacéis: venid a nuestras almas, venid a nuestros corazones llenos de amor.

Encended en ellos la devoción a vuestra Santa Infancia, no intermitente y sólo circunscrita al tiempo de vuestra Navidad sino siempre y en todos los tiempos; devoción que fiel y celosamente propagada nos conduzca a la vida eterna, librándonos del pecado y sembrando en nosotros todas las virtudes cristianas. 

viernes, 11 de diciembre de 2020

Diálogo entre la Virgen de Guadalupe y San Juan Diego: donde florece la virtud, se desarrolla la nobleza de sentimientos y la cortesía

 


Fiel retrato de San Juan Diego, de Miguel Cabrera


Hoy es la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe. En el libro de Edesia Aducci, “María y sus títulos gloriosos”, puede leerse el siguiente diálogo entre Nuestra Señora y el vidente Juan Diego:

“En la primera aparición, Nuestra Señora, hablando en el idioma mexicano, se dirige a Juan Diego: “Hijo mío, a quien amo tiernamente, como a un hijo pequeñito y delicado, ¿adónde vas?” Respuesta de él: “Voy, noble Señora mía, a la ciudad, al barrio de Tlaltelolco, a oír la Santa Misa que nos celebra el ministro de Dios y súbdito suyo”.

Ella: “Sabe, hijo muy querido, que yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios, y es mi deseo que me erijan un templo en este lugar, de donde, como Madre piadosa tuya y de tus semejantes, mostraré mi clemencia amorosa y la compasión que tengo de los naturales y de aquellos que me aman y procuran; oiré sus ruegos y súplicas, para darles consuelo y alivio; y, para que se realice mi voluntad, has de ir a la ciudad de México, dirigiéndote al palacio del Obispo que allí reside, al cual dirás que yo te envío y que es voluntad mía que me edifique un templo en este lugar; referirás cuanto viste y oíste; yo te agradeceré lo que por mí hicieres a este respecto, te daré prestigio y te exaltaré”. 




Respuesta de él: “Ya voy, nobilísima Señora mía, a ejecutar tus órdenes, como humilde siervo tuyo”.

Segunda aparición: Juan Diego vuelve del palacio del obispo, el mismo día por la tarde. La Santísima Virgen lo esperaba. “Mi muy querida Reina y altísima Señora, hice lo que me mandaste, y aunque no pudiese entrar a hablar con el señor obispo sino después de mucho tiempo, le comuniqué tu mensaje, conforme me ordenaste; me oyó afablemente y con atención; pero, por su modo y por las preguntas que me hizo, entendí que no me había creído; por tanto, te pido que encargues de eso a una persona (...) digna de respeto, y a quien se pueda creer, porque bien sabes, mi Señora, (...) que no es para mí este negocio al que me envías; perdona, mi Reina, mi atrevimiento, si me aparté del respeto debido a tu grandeza; que yo no haya merecido tu indignación, ni te haya desagradado mi respuesta”.

La Santísima Virgen insiste con Juan Diego. Este vuelve al obispo y el prelado exige una señal de la aparición. Vuelve el buen indio [al Tepeyac] y Nuestra Señora manda que regrese al día siguiente, al mismo lugar, que Ella satisfaría el deseo del obispo; pero Juan Diego, necesitando llamar un sacerdote para asistir a su tío, que enfermara gravemente, se desvía del camino combinado, seguro de que la Santísima Virgen no lo vería. Pero he aquí que Nuestra Señora le aparece en otro local. “¿Adónde vas, hijo mío, y por qué tomaste este camino?” Juan Diego: “Mi muy amada Señora, ¡Dios te guarde! ¿Cómo amaneciste? ¿Estás con salud?... No te fastidies con lo que te voy a decir: está enfermo un siervo tuyo, mi tío, y yo voy de prisa a la iglesia de Tlaltelolco, para traer un sacerdote para confesarlo y ungirlo, y después de hecha esta diligencia volveré a este lugar, para obedecer tu orden. Perdóname, te pido Señora mía, y ten un poco de paciencia, que mañana volveré sin falta”.

Respuesta de Ella: “Oye mi hijo, lo que te voy a decir: no te aflija cosa alguna, ni temas enfermedad ni otro accidente penoso. ¿No estoy aquí yo, que soy tu Madre? ¿No estás debajo de mi protección y amparo? ¿No soy yo vida y salud? ¿No estás en mi regazo y no andas por mi cuenta? ¿Tienes necesidad de otra cosa?... No tengas cuidado alguno con la dolencia de tu tío, que no morirá de esta vez, y ten certeza de que ya está curado”. 




Acerca de este acontecimiento pueden hacerse varios comentarios. De ellos, creo que el más interesante es aquel en que se ha hecho menos insistencia, sobre la actitud de Juan Diego delante de Nuestra Señora, y el lenguaje que él usa para dirigirse a Ella.

Digo esto porque los otros aspectos de la cuestión —a saber: que Nuestra Señora se complace en aparecer a los humildes, que Ella procura las personas simples para mandar recados a las grandes, que busca las almas castas para que sean Sus portavoces— se han resaltado en tantas apariciones, que me parece que no hay una razón especial para que insistamos sobre eso en la noche de hoy.

Pero el lenguaje y la actitud del indio para con Nuestra Señora tiene un sabor extraordinario. Ella lo trata como a un hijo de una nación que está en decadencia, de un pueblo que está desapareciendo, pero es un alma pura, un alma simple. Ella lo trata, entonces, con un cariño extraordinario, casi como se hace con un niño. Vemos, de un lado, la predilección que Nuestra Señora tiene no sólo por las almas grandes, heroicas, que realizan hechos históricos sino, por otro lado, cómo Ella ama todas las formas de belleza, todas las formas de virtud, el amor que también tiene por las almas simples, pequeñas, que le son enteramente dedicadas y que ignoran su propia virtud, cómo Ella habla a esas almas con una ternura completamente particular.

Después, tenemos la actitud de Juan Diego para con Nuestra Señora: él le dirige la palabra como un verdadero cortesano, saluda a Nuestra Señora, le pregunta cómo Ella se encuentra, si está bien... y después de haber descrito el fracaso de la misión que tuvo, se porta como un verdadero diplomático y le explica la razón humana de su revés. Al mismo tiempo, manifiesta su deseo de no aparecer, de no brillar. Ustedes están viendo todas las cualidades de alma que entran en eso.

Resultado: La Virgen aprecia su actitud, sonríe para el consejo diplomático, pero no lo acepta. Al contrario, exige que él regrese. Juan Diego, obediente, vuelve, pues no tiene pereza, no le hace resistencia, es hijo de la obediencia. ¿Recibió una orden? ¿La Virgen así lo quiere? ¡Él vuelve de nuevo!...

Nuestra Señora reprodujo su imagen en el manto de Juan Diego, quien murió en olor de santidad.

Aquí tenemos un principio que deseo resaltar: donde existe la verdadera virtud, aparecen la delicadeza, la cortesía, las maneras nobles. Por el contrario, donde la virtud muere, las maneras nobles, la delicadeza y la cortesía van desapareciendo...

Juan Diego, como tiene delicadeza de alma, sabe tener delicadeza de maneras, y sabe tratar a Nuestra Señora con respeto, con una verdadera hidalguía. Al contrario, si no tuviese delicadeza de alma, él podría ser un hidalgo, pero no trataría a Nuestra Señora con verdadera hidalguía.

Lo que a su vez, prueba lo siguiente: si la civilización occidental desarrolló las buenas maneras, la hidalguía de trato, el señorío, el garbo, el tono aristocrático hasta un punto donde nunca ninguna civilización llegó, eso se debe a que hubo una Edad Media, donde esas cosas nacieron y continuaron a desarrollarse incluso después del fin de esa época. Hubo un momento de alta virtud, de alta piedad, donde las almas estuvieron ávidas de nobleza de trato, de delicadeza, de grandeza. Y como las costumbres nacen de la avidez de las almas buenas o malas, de ahí germinó, en el suelo sagrado de la Europa Cristiana, toda la cortesía occidental, hija precisamente de esa piedad y de esa virtud.

Cuando estalla la Revolución, que partió la vida espiritual de Europa, cuando entraron los principios igualitarios en el espíritu del europeo, comenzó inmediatamente la decadencia. ¿Por qué? Porque bajo este punto de vista, Revolución, igualitarismo, falta de delicadeza de sentimientos y falta de nobleza de maneras son cosas completamente relacionadas. Y no puede tener nobleza de maneras, ni delicadeza de sentimientos, quien es igualitario. Quien es igualitario tiene dentro de sí lo contrario: es egoísta, brutal, tiende para el régimen de masas, no quiere reconocer los méritos y las cualidades de los demás sino, al contrario, quiere sujetar toda la vida social y toda convivencia humana —y por lo tanto, todo el trato de las almas— a una dura, fría y ruda igualdad.

Entonces, tenemos la decadencia del tono aristocrático de Europa y la aparición de esa cosa monstruosa que es el estilo hollywoodiano, que es exactamente el igualitarismo y la falta de elevación de trato. Pero tenemos, más allá de eso, como etapa posterior de la Revolución, el igualitarismo total soviético, la crueldad soviética, la brutalidad soviética que es el extremo opuesto de aquella delicadeza que germinaba en el alma virginal, sobrenatural y tan delicada de nuestro buen Juan Diego.

Así, comprenderemos bien hasta qué punto la cortesía y el tono aristocrático son hijos de la Iglesia Católica, Apostólica, Romana. Y, por el contrario, las maneras triviales, bajas, igualitarias, brutas son – precisamente – el fruto de la Revolución y del demonio.



Plinio Corrêa de Oliveira
Extracto de conferencia para jóvenes cooperadores de la TFP brasileña, del 12 de diciembre de 1966. 

lunes, 7 de diciembre de 2020

La Estrategia Apostólica de Pio IX

 




"Yerran los que condenan las manifestaciones vigorosas de la Fe, y que juzgan imprudente y contraproducente cualquier gesto de firmeza y de vigor combativo 
de los hijos de la Luz 
contra los hijos de las tinieblas".



Pio IX con el Rey de las Dos Sicilias, Francesco II (a la izquierda, de frac oscuro) en 1862

 

     Muchos fueron los comentarios de carácter litúrgico y piadoso que se hicieron de la Fiesta de la Inmaculada Concepción. En medio de esto, una de las reflexiones que el asunto suscita, quedó completamente de lado. Cabe recordarla, porque ella conserva hoy una actualidad palpitante.

     No es fácil para quien vive en nuestros días, tener una idea de la devastación que el racionalismo y el modernismo hicieron en la sociedad europea y americana en el transcurso del siglo XIX.

     El espíritu humano, profundamente trabajado por los materialistas y por los revolucionarios de todos los matices, sentía dentro de sí una rebelión ardiente contra lo sobrenatural, que lo llevaba a rechazar todo cuanto no pudiese estar directamente bajo la acción y control de los sentidos. Por esto, todas las religiones, y principalmente la católica, en la cual lo sobrenatural se verifica de forma visible y auténtica, fueron como que puestas en cuarentena por la opinión pública. Y todos los espíritus procuraban, en la medida de lo posible, liberarse de la creencia de un orden de fenómenos que no se encuadrase rigurosamente dentro de las leyes de la naturaleza.

     Siendo más claro, tal vez nueve décimos de la opinión europea estaba impregnada de racionalismo y de modernismo. Evidentemente, esa contaminación no era igualmente extensa ni igualmente profunda en todos los espíritus. Entonces, más visibles en unos, menos en otros, ella se había insinuado de tal manera que incluso entre los católicos legos de los más eminentes, se podía notar una y otra infiltración de aquellas formas de herejías.

     Cuatro eran las posesiones principales tomadas por la opinión pública frente a la gran crisis religiosa de la época:

     1- aquellos, que corroídos a fondo por el virus racionalista y modernista, habían sido atraídos a los extremos de la irreligiosidad, esto es el ateísmo radical seguido de un anticlericalismo militante y no raras veces sanguinario;

     2- aquellos, que sin tener el coraje de romper con toda y cualquier convicción religiosa, estaban explícitamente colocados fuera de la Iglesia, admitiendo tan solamente un espiritualismo o un cristianismo vago, bastante acomodado a los principios modernistas y racionalistas;

     3- aquellos, que sin tener el coraje de romper con la iglesia, ni con el espíritu del siglo, se reconocían católicos, pero sostenían su derecho de profesar, en uno u otro punto, doctrinas contrarias a las de la iglesia;

     4- aquellos, que sin tener el coraje de sostener que divergían de la iglesia, y mucho menos de separarse de ella, intentaban sin embargo, interpretar capciosamente la doctrina católica, para alterarle en algunos puntos el contenido auténtico y tradicional, y acomodarla con los errores de la época.

     A decir la verdad, los que estaban enteramente fuera de esta clasificación, los que habían roto por entero con el espíritu del siglo y que se conservaban sin ninguna influencia de racionalismo o de modernismo, eran tan pocos, que podían ser contados con los dedos, en las filas del laicado, especialmente en los círculos intelectuales y sociales elevados.

     El aspecto que la Iglesia presentaba, era entonces la de un inmenso edificio que se desmorona en pedazos. De sus millones de hijos, poquísimos conservaban su espíritu auténtico. Casi en su totalidad, ellos conservaron apenas rastros de Fe, como el horizonte del crepúsculo que conserva rastros de luz, evidencia de un día que está llegando a su fin. Y la noche absoluta no habría de tardar.

     En vista de esto, ¿Cómo debería actuar la Santa Iglesia?

     Las opiniones estaban divididas y efectivamente, el asunto era de los más delicados.

     Por un lado, una reacción clara y definida habría de generar una inmensa opinión, arrastrando hacia la herejía explicita y categórica, muchos espíritus que aún se sentían unidos, más o menos, a la Iglesia Católica. Por otro lado, si no se opusiese un dique formal y categórico a la ola de la herejía que iba subiendo, sería inevitable que, tarde o temprano, los desastres asumiesen proporciones tales, que la Iglesia llegase a conocer los más tristes y más angustiosos días de su existencia.

     Pio IX optó por un gesto de energía, y resolvió convocar el Concilio Vaticano a fin de estudiar y decidir sobre la infalibilidad papal y el dogma de la Inmaculada Concepción. Con un gran gesto de audacia la Iglesia enfrentaba el espíritu del siglo, en un desafío que parecía loco. Realmente, hablar de dogmas en aquella época, ya era una temeridad. Definir dogmas nuevos, temeridad mayor. Y definir como dogmas exactamente la Inmaculada Concepción y la infalibilidad papal, en una época tremendamente racionalista y democrática, parecía una verdadera locura.

     Por esto mismo, una inmensa conmoción se levantó en los propios medios católicos cuando se conoció la deliberación del Pontífice. Se discutió ampliamente. Y para ser objetivo, manda la verdad que se diga, que la oposición fue tan fuerte que casi la totalidad de los obispos franceses se opuso claramente a la definición de aquellas dos verdades de Fe.

     ¿Por qué esto? ¿Por qué discordaron de ellas? Porque les parecía que, con el espíritu desviado del siglo XIX, el redil sólo podría ser atraído con una larga sonrisa de concesión y de tolerancia; que no es con golpes de audacia sino con una invariable blandura que se consigue la conversión de las masas; que sería una locura de las más declaradas, procurar desafiar el espíritu público. Realmente, con esta actitud osada, todos se irritarían y se confirmarían en el error. Sería necesario contemporizar y conquistar por la persuasión y por la dulzura. Sólo esta táctica sería viable.

     En el Concilio Vaticano I, se reunió la Santa Iglesia a través de sus Obispos, iluminados por el Espíritu Santo, y además de la cuestión doctrinaria, este gran problema de estrategia fue discutido. La verdad, era tal vez la primera ocasión en que este problema estratégico se presentaba al examen del Episcopado con tanto rigor, después del Concilio Tridentino.

     Los hechos parecían darles entera razón a los Obispos de opinión contraria al Papa. Una conmoción inmensa se levantaba por Europa. Las apostasías se multiplicaban. Las discusiones en el Concilio eran largas y apasionadas. En último análisis, junto con la cuestión doctrinaria, se discutía el siguiente problema:

     1- un gesto de vigor tendiente a preservar a las masas del error, ¿conseguirá realmente inmunizar los elementos no contagiados?

     2- ese gesto, ¿no tendrá como consecuencia exacerbar los espíritus que vacilan, y llevarlos a la herejía?

     3- sobre todo, ¿no producirá este el efecto de arraigar en el error, individuos que podrían tal vez, por la persuasión, ser conducidos a la Verdad?

     A la primera cuestión, el Concilio respondió “sí”. A las otras dos, dijo “no”. Este fue el significado de la promulgación solemne de aquellos dos grandes dogmas.

     Aparentemente, el Concilio erraría. Continuaba la irritación de la incredulidad. El Arzobispo de París fue asesinado en plena Catedral, por un individuo irritado por el dogma de la Inmaculada Concepción. Ríos y ríos de tinta se gastaron para probar que el Concilio era retrógrado y oscurantista. Ruy Barbosa escribió su famoso “El Papa y el Concilio”. La rebelión contra la Iglesia era franca y declarada...

     Mientras, los resultados esperados por el Concilio no se hicieron esperar mucho.

     En primer lugar, todos los católicos militantes dieron su adhesión incondicional. En el seno del pueblo, las verdades definidas por la Iglesia fueron aceptadas gracias al vigor con que la Iglesia las promulgara. Hasta en los círculos intelectuales, dicho vigor con el que actuara el Papa le atrajo el respeto general, y todo el mundo comenzó a respetar e interesarse por una Iglesia dotada de tal vitalidad. El racionalismo y el modernismo fueron decayendo gradualmente. Y, hoy en día, la Iglesia aplastó con su vigorosa autoridad el dragón que amenazó devorarla en el siglo XIX.

     Evidentemente, nadie puede negar el alcance de este acontecimiento histórico. Yerran los que condenan las manifestaciones vigorosas de la Fe, y que juzgan imprudente y contraproducente cualquier gesto de firmeza y de vigor combativo de los hijos de la Luz contra los hijos de las tinieblas.

Portada del libro de autoría del Sr. Gonzalo Larraín, en el que hace una historia a su vez, del libro En Defensa de la Acción Católica, en el que el Dr. Plinio denunciaba en 1943, los errores del modernismo infiltrado ya en la Acción Católica de Sao Paulo y del Brasil. PUEDE ADQUIRIRLO AQUÍ
 


     E
l triunfo formidable y definitivo de Pio IX así lo demuestra. A lo que quedó dicho recién, sólo una acotación tenemos que agregar. Y es que si el modernismo y el racionalismo fueron enfrentados y aplastados en su forma incipiente, ellos aún se disimulan bajo la forma de mil errores distintos, y necesitarán aún ser vigorosamente combatidos. Fue para la extirpación de estos y otros errores, que Pio XI constituyó la Acción Católica. Y a nosotros, sólo nos cabe apoyarla y prestigiarla con todas nuestras fuerzas, para que ella realice hoy lo que ya en el siglo XIX realizó el magnífico golpe de fe del Papa Pio IX.

Plinio Correa de Oliveira

(Legionario, 11/12/1938)

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