domingo, 24 de noviembre de 2024

El judío Alfonso de Ratisbonne relata su propia conversión conseguida por la Medalla Milagrosa







Cayó hebreo, se levantó cristiano 

     El 20 de enero de 1842, en la parroquia de  Sant'Andrea delle Fratte, en Roma. dirigida por los PP. Mínimos, el israelita de 27 años, Alfonso de Ratisbona, natural de Estrasburgo, se convirtió al catolicismo instantáneamente, iluminado por la gracia, al recibir una aparición de la Inmaculada tal como aparece en su imagen en la Medalla Milagrosa. Lo que sucedió en aquella hora de gracia, lo describe el mismo Alfonso en algunas cartas y en la deposición jurada en el vicariato de Roma, para certificar la veracidad del acontecimiento. Alfonso de Ratisbona fue bautizado y recibido en la Iglesia Católica por el Cardenal Patrizi, el 31 de enero de 1842. Fue ordenado sacerdote en 1847.

     Publicamos a continuación un resumen de la carta autobiográfica donde Alfonso narra el viaje que le llevó a Roma y cómo fue su experiencia interior.

Colegio de Juilly, 12 de abril de 1842 

       Empecé los estudios en el Colegio Real de Estrasburgo, donde progresé más en la corrupción del corazón que en la cultura. Era aproximadamente hacia el año 1825 (nací el 1 de mayo de 1814). Entonces mi hermano Teodoro, en el que se tenían muchas esperanzas, se declaró cristiano; y poco después, a pesar de la desolación causada, fue más lejos: fue ordenado sacerdote y ejerció su ministerio en la misma ciudad, ante la mirada inconsolable de la familia.

      Yo era joven; esa conducta de mi hermano me disgustó y comencé a odiar su hábito y su persona. Educado entre jóvenes cristianos indiferentes, yo no había sentido hasta entonces ni simpatía ni antipatía por el cristianismo, pero la conversión de mi hermano que consideraba como una inexplicable locura, me hizo creer en el fanatismo de los católicos y les tuve horror. Me sacaron del Colegio para mandarme a un Instituto protestante cuyo programa había entusiasmado a mis familiares… y allí obtuve el bachillerato en letras.

¿Alfonso banquero?…

El tío banquero 

      Yo entonces era dueño de mi patrimonio porque había perdido de pequeño a mi madre y luego a mi padre, pero me había quedado con un tío muy ilustre, que no teniendo hijos, dio todo su cariño a los hijos de su hermano. Este tío mío hizo que me aficionara a la hacienda bancaria de la que él era jefe. Yo estudié Derecho en París y luego fui llamado a Estrasburgo por mi tío, que hizo todo lo que pudo para que estuviera con él. No sabría contar sus regalos: caballos, coches, viajes; me había colmado de generosidad y no me negaba ningún capricho. A estas pruebas de afecto, añadió un signo muy positivo de su confianza: me dio la firma de la hacienda y me prometió además los beneficios como socio..., promesa que cumplió el 1 de enero de 1842, mientras yo me encontraba en Roma.

      Una sola cosa me reprochaba mi tío: mis frecuentes viajes a París. «Te gustan demasiado los Campos Elíseos», me decía con bondad, y tenía razón. Yo no pensaba más que en los placeres. Los negocios me ponían nervioso, el aire de las oficinas me sofocaba; pensaba que se estaba en el mundo solamente para gozar de él; y a pesar de que un cierto pudor natural me alejaba de los placeres y compañías innobles, no soñaba más que en fiestas y diversiones, y por ellas me dejaba llevar con pasión.

      Afortunadamente, una buena obra se me presentó entonces como necesaria, y la cogí muy a pecho. Era la 'regeneraciónde los israelitas pobres, como se la llamaba impropiamente: porque hoy entiendo que se necesita algo más que dinero y loterías de caridad para regenerar a un pueblo… Pero entonces creía en la posibilidad de esta renovación, y me convertí en uno de los miembros más celosos de la Sociedad de Animación al trabajo en favor de los jóvenes israelitas. Sociedad que mi hermano sacerdote había fundado en Estrasburgo, hacía unos quince años, y que ha sostenido siempre, no obstante la escasez de medios a su disposición.

      Por tanto, me ocupaba activamente de la suerte de mis correligionarios pobres, a pesar de que yo no tenía ninguna religión. Era hebreo de nombre solamente, pues no creía ni siquiera en Dios. No había abierto jamás un libro de religión, y en casa de mi tío, como en las de mis hermanos y hermanas, no se practicaba la más mínima prescripción del judaísmo.

Entre el amor de Flora, la prometida esposa…

Flora, la novia 

      Un vacío existía en mi corazón y nada me hacía feliz. No obstante tanto bienestar, me faltaba algo: pero esto también me fue dado… así lo creía yo.

      Tenía una sobrina, hija de mi hermano mayor, que me había sido prometida desde cuando ambos éramos niños. En ella, quien se deslizaba graciosa ante mis ojos, veía todo mi porvenir y toda la esperanza de la felicidad que me estaba reservada. No me parece conveniente hacer aquí el elogio de lo que era mi novia. Sería inútil para los que no la conocen; para los que [la] han visto saben que sería difícil imaginarse una joven más dulce, más amable y más graciosa. Para mí era una criatura muy particular, que parecía hecha solo para llenar mi existencia; y cuando los votos de toda mi familia, de acuerdo con nuestra recíproca simpatía, fijaron al fin este matrimonio tan largamente deseado, creí que ya nada faltaba a mi felicidad.

… y la aversión a Teodoro

Teodoro Ratisbonne,
el hermano sacerdote
 

     Odiaba solo a uno de mi familia: a mi hermano Teodoro. Él sin embargo, me amaba; pero su hábito me repelía, su presencia me fastidiaba, su palabra grave y seria excitaba mi cólera. El año anterior a mi compromiso matrimonial, no pude retener más mis resentimientos y se los expresé por medio de una carta que debería romper para siempre nuestras relaciones. He aquí en que ocasión: un niño estaba en agonía: mi hermano Teodoro no tuvo temor en pedir abiertamente a sus padres el permiso para bautizarlo, y quizás iba a hacerlo, cuando lo supe. Yo veía este procedimiento como una indigna cobardía: escribí al sacerdote que se dirigiese a hombres y no a niños, y acompañé estas palabras con tantos reproches y amenazas, que aún hoy me admira que no me respondiese ni palabra.

      No tuve después ninguna relación con Teodoro, y no pensé más en él, lo olvidé: mientras tanto él rezaba por mí. Ya lo he dicho: yo no creía en nada, y en esta total negación de toda Fe me encontraba perfectamente en harmonía con mis amigos católicos o protestantes. 

En espera de la boda

     No podía darme cuenta de mis sentimientos; Consideraba a mi prometida como a mi ángel custodio; a menudo se lo decía; y en realidad su recuerdo elevaba mi corazón a Dios que no conocía, a quien no había jamás ni rezado ni invocado, más aún me puse instintivamente a rezar a Dios, le daba gracias por mi buena suerte y todavía no era feliz…

     Considerada la corta edad de mi novia, se creyó conveniente retrasar el matrimonio. Tenía 16 años. Yo debía hacer un viaje de placer en espera de la boda. No sabía adónde ir. Mi hermana que estaba en París me quería con ella. Un amigo muy querido me invitaba en España. Resistí a las insistencias de otros muchos que me presentaban proyectos verdaderamente seductores. Por fin me gustó la idea de ir a Nápoles, pasar el invierno en Malta para tonificar mi delicada salud y volver por oriente. Tomé también cartas para Constantinopla y partí a fines de noviembre de 1841. Debía volver para el verano siguiente.

     ¡Oh!, ¡qué triste fue mi despedida! Dejar a mi estimada novia, dejar a un tío mío que no se expansionaba sino conmigo; dejar hermanos, hermanas, sobrinos cuya compañía me era tan querida. 

     Recuerdo dos particulares que marcaron los últimos días de mi despedida. Hoy estos recuerdos me conmueven vivamente. Antes de salir de viaje quise firmar muchos recibos de la Sociedad de animación al trabajo… Los feché con anterioridad al 15 de enero y, a fuerza de escribir esta fecha en tantos documentos me cansé, y al dejar la pluma dije para mí: Dios sabe dónde me encontraré el 15 de enero, y si ese día será el de mi muerte.

     ¡Aquel día me encontraría en Roma y sería para mí la aurora de una nueva vida!

     Otra circunstancia interesante fue la reunión de muchos israelitas notables que se encontraban para estudiar la manera de reformar el culto judío y actualizarlo con el espíritu actual del siglo. Fui a la asamblea donde cada uno daba su parecer sobre las reformas propuestas. Eran tantas opiniones como individuos presentes: se habló mucho, se cuestionaron todas las conveniencias humanas, las exigencias del tiempo, los imperativos de la opinión pública, las ideas de la civilización; se valoró toda clase de consideración; no se omitió más que una cosa, la ley de Dios. De ella no se habló ni una palabra; sé que el nombre de Dios no se pronunció ni una vez; tampoco el nombre de Moisés ni la Biblia.

Etapas de un viaje de placer

     Por fin me despedí. Al dejar Estrasburgo lloré mucho: estaba agitado por muchos temores, por mil extraños pensamientos. Llegado al primer puesto de cambio de los caballos, gritos de alegría, entremezclados con música al aire libre, me sacaron de mis sueños. Era un cortejo nupcial pueblerino que salía de la iglesia, alegre y ruidoso al son de flautas y rústicos violines, cuyos participantes rodearon mi coche para invitarme a tomar parte de su alegría. «Pronto me tocaría a mí», exclamé. Y este pensamiento reanimó toda mi alegría.

     Me quedé algunos días en Marsella, donde familiares y amigos me recibieron con fiesta. No sabía cómo separarme de esta elegante hospitalidad.

     Antes de llegar a Nápoles, el buque hizo escala en Civitavecchia. A la llegada al puerto el cañón del fuerte tronaba con fuerza. Me informé con maligna curiosidad cuál era el motivo de ese ruido de guerra en las pacíficas tierras del Papa. — Me respondieron: «Es la fiesta de la Inmaculada». —Me encogí de hombros y no quise bajar.

     Al día siguiente, con un sol magnífico que doraba el humo del Vesubio, arribamos a Nápoles. Jamás me había impresionado tanto un espectáculo de la naturaleza: entonces contemplé con avidez las imágenes luminosas del cielo que artistas Y poetas me habían ofrecido.

     Permanecí un mes en Nápoles visitando y anotando todo; sobre todo escribí contra la religión y los sacerdotes que en aquella ciudad me parecían fuera de su sitio. ¡Oh, cuántas blasfemias en mi diario! Si hablo de ellas es para dar a conocer la perfidia de mi alma. Escribí a Estrasburgo que en el Vesubio había bebido el Lacryma Crhisti a salud del reverendo Ratisbonne, y que estas lágrimas me gustaban.

     No me atrevo a escribir los horribles juegos de palabras que me permití en esta circunstancia.

     Mi novia me preguntó si era de la opinión de los que dicen: "ver Nápoles y después morir"Le respondí: «no; sino "ver Nápoles y vivir para volver a verla"». 

     Este era mi estado de ánimo.

¡A Roma, no!

     No tenía ningún deseo de ir a Roma, a pesar de que dos amigos de la familia, que veía con frecuencia, me invitaban con insistencia: eran el señor Coulmann, protestante, exdiputado de Estrasburgo, y el barón de Rothschild, cuya familia me prodigó toda clase de comodidades y placeres en Nápoles. No podía ceder a sus consejos… Mi novia deseaba que yo fuese directamente a Malta, y me envió una prescripción de mi médico que me recomendaba pasar allí el invierno, prohibiéndome en absoluto ir a Roma por las fiebres malignas que, decíase, allí reinaban.

     Había más motivos todavía que me disuadían de viajar a Roma, si este viaje entraba en mi itinerario. Pensé ir allí al regreso. Por en cuanto iría a Sicilia, a bordo del Mongibello. Un amigo, el señor Rèchecourt, me prometió que volvería al momento de la salida para saludarme. Él sí que vino, pero no me encontró. Si él supiera el motivo de mi falta a la cita, comprendería mi descortesía y sin duda me perdonaría.

     El señor Coulmann había encontrado a una amable y digna persona para acompañarme en el viaje, el señor Vigne, quien iba a viajar a Malta como yo, por lo que me alegré de ello y pensé: «¡He aquí el amigo que me ha mandado el cielo!». 
     
     El día de Año Nuevo la nave no había salido aún. Ese día se presentaba muy triste para mí. Me encontraba solo en Nápoles sin recibir las felicitaciones de nadie, sin tener a nadie a quien abrazar: pensaba en mi familia, en las felicitaciones y fiestas que rodeaban a mi querido tío por esa fecha: y lloré. La alegría de los napolitanos acrecentaba mi tristeza.

     Salí para distraerme siguiendo desinteresadamente a la gente. Llegué a la plaza de Palazzo y me encontré, sin saber cómo, a la puerta de una iglesia. Entré. Celebraban la Misa, me parece. No sé por qué me quedé apoyado en una columna. Mi corazón parecía abrirse y respirar una atmosfera desconocida. Oraba a mi modo, sin preocuparme de lo que pasaba a mi alrededor: rezaba por mi novia, por mi tío, por mi difunto padre, por mi querida madre, de la que había quedado huérfano tan joven, por todos mis seres queridos, y pedía a Dios que guiara mis proyectos para mejorar la suerte de los hebreos. Este pensamiento me perseguía siempre.

     Mi tristeza se había alejado como una nube negra que el viento aleja y diluye; en todo mi interior, inundado por una calma inexplicable, sentía una consolación semejante a la que hubiese sentido si una voz me hubiera dicho: «Tu oración ha sido sido escuchada». ¡Oh, sí, se cumplió al ciento por uno y más allá de todas las expectativas, porque el último día de ese mismo mes, debía ser bautizado solemnemente en una iglesia de Roma!

     Pero ¿cómo llegué a Roma?

Roma, meta de una gracia


     No puedo decirlo, no puedo explicarlo. Creo que me equivoqué, pues en lugar de dirigirme a la sala de las salidas para Palermo, donde quería ir, me encontré en las oficinas de diligencias para Roma. Entré y reservé el billete. Mandé decir al señor Vigne, el amigo que debía acompañarme a Malta, que no había podido evitar un breve viaje a Roma, y que estaría ciertamente de vuelta en Nápoles para salir de nuevo el 20 de enero. Me equivoqué al comprometerme, porque es Dios quien dispone, y esta misma fecha, 20 de enero, debía estar señalada de diferente manera en mi vida.

     Dejé Nápoles el día 5 y llegué Roma el seis, día de los Reyes Magos.

     Mi compañero de viaje era un inglés de nombre Marshall, cuya original conversación me había divertido mucho durante el viaje.

     Al primer impacto Roma no me causó la impresión que esperaba. Tenía pocos días reservados para esta excursión improvisada: por lo cual me apresuraba por devorar del modo que fuese las ruinas antiguas y modernas que la ciudad ofrece a la avidez del turista. Las amontoné desordenadamente en mi memoria y en mi diario. Visité con monótona admiración las galerías, los circos, las iglesias, las catacumbas, las innumerables maravillas de Roma. Me acompañaban casi siempre un inglés y un guía, que no sé qué religión practicasen, pues ninguno de los dos se manifestaba cristiano en las iglesias visitadas: quizá yo me comportaba con mayor respeto que ellos.

     El 8 de enero, mientras caminaba por la ciudad, oí que me llamaban: era Gustavo de Bussières, amigo de infancia. Me alegró aquel encuentro, pues me pesaba la soledad. Fuimos a comer a casa de su padre, y con esta agradable compañía hallé alguna alegría en tierra extranjera con el recuerdo vivo de nuestro país.

Marie-Théodore Renouard,
vizconde de Bussière (1802 - 1865)

     Cuando yo entraba en la casa, salía el señor Teodoro de Bussières [Marie-Théodore Renouard, vizconde de Bussière], primogénito de esta distinguida familia. Yo no lo conocía personalmente, pero sabía que era amigo de mi hermano, su homónimo, y que había abandonado el protestantismo para convertirse al catolicismo. Esto era suficiente para inspirarme una profunda antipatía. Me parecía que tuviese los mismos sentimientos conmigo. Pero habiéndose revelado por sus viajes a Oriente y a la Isla de Sicilia, me pareció conveniente antes de emprender yo los viajes pedirle alguna sugerencia. Sea por esto o por mera educación, le expresé mi intención de volver a conversar con él y despedirme antes del viaje. Me respondió amablemente, y añadió que había recibido cartas del reverendo Ratisbonne, y que me daría la nueva dirección de mi hermano. «La recibiré gustoso —le dije— aunque no la use».

     Estando allí y despidiéndome de él, murmuraba interiormente sobre la inutilidad de la visita y del tiempo perdido.

Visitas a los monumentos…

     Continuaba recorriendo Roma todo el día, excepto dos horas por la mañana que pasaba con Gustavo y la distracción del teatro o baile por la tarde. Mis encuentros con Gustavo eran animados, pues entre dos exalumnos el más pequeño recuerdo era motivo de reír y charlar. Pero él era un protestante celoso y entusiasta, como lo son los pietistas de la Alsacia. Ensalzaba la superioridad de su secta sobre todas las otras sectas cristianas y buscaba el modo de convertirme, lo cual me divertía mucho porque creía que solo los católicos tenían la manía del proselitismo. Yo respondía normalmente con chistes, pero una vez para consolarlo en sus vanas tentativas le prometí que, en caso de que me diese la idea de convertirme, me haría pietista. Se lo prometí, y él me prometió que vendría a la fiesta de mi matrimonio en agosto. Su insistencia porque me quedase en Roma fue inútil. Otros amigos se habían unido a él: Edmond Human y Alfredo Lotzbeck, empeñados en convencerme a pasar el carnaval en Roma. Pero no podía decidirme: temía disgustar a mi novia; además, el señor Vigne me esperaba en Nápoles, desde donde teníamos que salir el 20 de enero.

     Por tanto, aproveché las últimas horas de estancia en Roma para ultimar mis recorridos. Fui al Campidoglio y visité la Basílica de Santa María en l’Aracoeli. El aspecto imponente de esta iglesia, los cantos solemnes que resonaban en la nave del templo y los recuerdos históricos despertados en mí por el mismo suelo que pisaban mis pies, todo me causó una profunda impresión. Me sentí conmovido, penetrado y transportado y mi guía, al notar mi confusión, me dijo, mirándome fríamente, que había notado más de una vez esta emoción en los extranjeros que visitaban el l’Aracoeli.

     Al bajar del Campidoglio mi guía me hizo atravesar el Ghetto (barrio de los hebreos). Sentí allí una emoción completamente distinta de piedad y de indignación. ¡Y qué! Me preguntaba viendo este espectáculo de miseria: ¿es esta la caridad tan ensalzada de Roma? Estremecido de horror me preguntaba si ¡por haber matado a un solo hombre hace 18 siglos, todo un pueblo merecía un tratamiento tan bárbaro y prejuicios tan interminables!… ¡Oh! ¡Yo no conocía entonces a este hombre singular! E ignoraba el grito sanguinario que este pueblo había levantado… grito que no oso repetir aquí ni quiero mencionar. Prefiero recordar este otro grito exhalado desde la Cruz: — ¡Dios mío! ¡Perdónales, porque no saben lo que hacen!

     Informé a mi familia de lo que había visto y experimentado. Recuerdo haber escrito que prefería estar con los oprimidos antes que con los opresores. Volví al Campidoglio, donde había muchos preparativos para una ceremonia del día siguiente en l’Aracoeli. Pregunté el motivo de tales preparativos. me respondieron que se preparaba la ceremonia del bautismo de dos hebreos: los señores Costantini, de Ancona. No sabría expresar la indignación que sentí ante estas palabras, y cuando mi guía me preguntó si quería asistir:

     «¡Yo!, grité, ¡yo!, ¿asistir a tal infamia? No, no. ¡No podría aguantar sin enfrentarme a los baptizadores y contra los bautizados!». 

     Tengo que decir, sin miedo de exageración, que jamás en mi vida había sido tan duro contra el cristianismo como después de la visita al Ghetto. No me frenaba en burlas y blasfemias.

... y las visitas de despedida

     Tenía que hacer las visitas de despedida, pero la del barón de Bussières la recordaba siempre como un maldito deber que me había impuesto gratuitamente. Por fortuna no había pedido su dirección y este particular me parecía importante. Había encontrado una excusa para eximirme de mantener la promesa.

     Era el 15 (de enero) y tenía que reservar el billete para Nápoles; la salida estaba fijada para el día 17 a las tres de la mañana. Me quedaban todavía dos días y los empleé dando vueltas. Pero saliendo de una librería, donde había visto una obra sobre Constantinopla, me encuentro en la calle del Corso con un empleado del señor de Bussières-padre; se acerca y me saluda. Le pido la dirección de Teodoro de Bussières y me responde con acento alsaciano: Plaza Nicosia, N. 38.

     Tenía que hacer esta visita, me gustara o no, y, sin embargo, me resistí una vez más. Finalmente, me decidí escribiendo un p.p.c. en mi tarjeta.

     Buscaba la Plaza Nicosia, y después de dar muchas vueltas llego al número 38. Era exactamente la puerta contigua a la oficina de las diligencias donde había reservado mi billete. Había andado mucho para llegar al punto de salida; ¡itinerario superior a una existencia humana! ¡Pero desde aquel mismo punto donde me encontraba, una vez más salí para hacer un camino totalmente distinto!

     Entrando en la casa del señor de Bussières me disgusté un poco, pues el criado en lugar de tomar la tarjeta de visita que llevaba en la mano me anunció y me introdujo en el salón. Disimulé lo que pude mi contrariedad con una sonrisa y fui a sentarme junto a la baronesa de Bussières que estaba rodeada de sus niñas graciosas y hermosas como los ángeles de Rafael. Al principio la conversación fue vaga y superficial, pero pronto se coloreo de la pasión con que contaba mis impresiones sobre Roma…

La "Medalla Milagrosa" 

     Yo veía al barón de Bussières como un "beato", en sentido peyorativo; yo gozaba de tener la ocasión de contradecirlo en cuanto a la situación de los hebreos romanos. Esto me animaba, pero los argumentos aducidos llevaban la conversación al terreno religioso. El señor de Bussières me hablaba de las grandezas del catolicismo, y yo respondía con ironía y las acusaciones que había leído o escuchado con mucha frecuencia. Sin embargo, frené mi lengua impía por respeto a la señora de Bussières y por la Fe de las niñas que jugaban junto a nosotros.

     «De todas formas, me dijo el señor de Bussières, ya que usted detesta la superstición y profesa doctrinas muy liberales, que tiene un espíritu valiente y muy ilustrado, ¿tendrá el valor de someterse a una prueba inocente?». 

     — ¿Qué prueba?


     — Sería esta: de llevar consigo un objeto que le quiero regalar… ¡Helo aquí! Es una medalla de la Santísima Virgen. Le parecerá ridículo, ¿verdad? Sin embargo, yo doy un gran valor a esta medalla. 

     Confieso que la propuesta me sorprendió por su pueril originalidad. No esperaba esta ocurrencia. La primera reacción fue la de reírme, encogiéndome de hombros; pero pensé que esta escena me proporcionaría un capítulo agradable de mis impresiones de viaje. Y accedí a tomar la medalla como prueba del reato que ofrecería a mi novia. Dicho y hecho. Me pongo la medalla al cuello con cierta dificultad porque el lacito no pasaba y el nudo estaba bastante cerrado. Pero a fuerza de tirar tenía la medalla sobre mi pecho y exploté de risa; «¡ja! ¡ja! ¡Ya soy católico, apostólico y romano!» Era el demonio que profetizaba por mi boca.

     El señor de Bussières exultaba ingenuamente por su victoria, y quiso celebrarla mucho.

     «Ahora, me dijo es necesario completar la prueba. Se trata de rezar por la mañana y por la tarde el Memorare (Acordaos), oración muy breve y muy eficaz, que San Bernardo dirigía a la Virgen María» —«¿En qué consiste este Acordaos?, exclamé; ¡dejemos estas tonterías!». 

     En aquel momento sentí que rebullía por dentro toda mi animosidad. El nombre de San Bernardo me recordaba a mi hermano, que había escrito la historia de este santo, obra que jamás quise leer; y este recuerdo también despertaba todos mis resentimientos contra el proselitismo y el jesuitismo, y contra los que yo llamaba hipócritas y apóstatas.

     Rogué, pues, al señor de Bussières que se detuviera allí; y, burlándome de él, me quejaba de no tener también yo una oración hebrea para ofrecérsela como contra partida; ¡mas no sabía ninguna!

     Pero mi interlocutor insistía, y decía que recusando recitar esta breve oración hacía inútil la prueba y con ello probaba la verdad de la obstinación voluntaria de que se acusa a los hebreos.

     No quise dar mucha importancia a la cosa, y dije: «Está bien. !Le prometo recitar esta oración, pues aunque no me beneficie, creo que tampoco me perjudique!». El señor de Bussières fue a buscarla, y me invitó a copiarla. «Accedí con la condición —le respondí— que se quede usted con mi copia y yo con el original». Mi intención era enriquecer mis apuntes con este elemento justificativo.

     Los dos nos quedamos perfectamente satisfechos. En verdad nuestra conversación había parecido extrañamente original y divertida. Nos separamos y fui al teatro, donde me olvidé de la medalla y del Acordaos. Pero cuando volví, encontré una tarjeta del señor de Bussières que había venido a devolverme la visita. En ella me indicaba a encontrarnos otra vez antes de marchar. Tenía que restituirle su Acordaos antes de partir. Al día siguiente hice mis maletas y los preparativos; después me puse a copiar la oración que estaba redactada en estos términos precisos:

     «Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorado vuestra asistencia y reclamado vuestro socorro, haya sido desamparado de Vos. Animado con esta confianza, a Vos acudo, oh Madre, Virgen de las vírgenes; y, aunque gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana, no desechéis ¡oh! Madre de Dios mis humildes súplicas: antes bien, inclinad a ellas vuestros oídos y dignaos atenderlas favorablemente». 

     Había copiado mecánicamente estas palabras de San Bernardo, casi sin ninguna atención. Era tarde, estaba cansado, y tenía necesidad de descansar.

     Al día siguiente, 16 de enero, hice sellar mi pasaporte y ultimé las modalidades de la vuelta; pero durante el camino repetía sin parar las palabras del Acordaos. Pues, ¡en qué modo, Dios mío, estas palabras se habían grabado tan viva y profundamente en mi espíritu! No podía desentenderme de ellas: me venían constantemente a la memoria: las repetía continuamente, como ciertas melodías musicales que te persiguen sin quererlo.

     Hacia las once fui a visitar al señor de Bussières para devolverle su inexplicable oración. Le hablé de mi viaje a Oriente y me dio óptimas informaciones. Pero exclamó de improviso: «Es raro que usted deje Roma en un momento en el que todos vienen para asistir a las celebraciones de San Pedro. Quizá no vuelva más, y se arrepentirá de haber dejado pasar una ocasión que tantos otros la buscan con tanta ansiedad».

     Le respondí que había reservado y pagado el billete, que ya había informado a mi familia, que esperaba noticias en Palermo, que era ya demasiado tarde para cambiar de opinión y que ciertamente partiría.

     La conversación fue interrumpida por la llegada de un criado que llevaba al señor de Bussières una carta del reverendo Ratisbonne. Me la puso en las manos y la leí sin ningún interés, pues en ella se hablaba de una publicación religiosa que el señor de Bussières estaba imprimiendo en París. Por otra parte, mi hermano no sabía que yo estuviera en Roma. Este episodio inesperado debía abreviar mi visita, pues yo evitaba hasta el recuerdo de mi hermano. Sin embargo, no sé por qué motivo decidí prolongar mi estancia en Roma. Accedí a la insistencia de un hombre que apenas conocía, y que hubiera rechazado a mis amigos más íntimos.

Un misterioso motivo... 

     ¿En qué consistía, pues, Dios mío, este impulso irresistible que me obligaba a hacer lo que no quería? ¿No era el mismo que me trajo de Estrasburgo a Italia, a pesar de que tuviera invitaciones para ir a Valencia y a París? ¿El mismo que de Nápoles me trajo a Roma a pesar de que tenía el propósito de ir a Sicilia? ¿El mismo que en Roma a la hora de partir me llevó a visitar a quien no deseaba, de tal forma que no encontraba el tiempo de hacer lo que prefería? !Oh divina providencia! ¿Pero existe una misteriosa providencia que acompaña al hombre durante su vida? Al nacer se me impuso el nombre de Tobías y el de Alfonso. Yo me olvidé de mi primer nombre, pero el ángel invisible no lo olvidó. Era mi verdadero amigo enviado desde el cielo, pero yo no lo conocía. ¡Ah, existen en el mundo tantos Tobías que no conocen a su guía celestial ni quieren escuchar su voz!

     No era mi intención pasar el carnaval en Roma, pero quería ver al Papa, y el señor de Bussières me había asegurado que le vería el primer día en San Pedro. Hicimos varios paseos juntos. Se hablaba de todo lo que impresionaba nuestros ojos: un monumento, una pintura, las costumbres del país, etc., y a tan diferentes asuntos siempre se mezclaban temas religiosos. El señor de Bussières los introducía con mucha naturalidad, insistía en ellos con tan encendido entusiasmo que más de una vez pensé: si algo pudiera alejar a un hombre de la religión era la misma insistencia que se ponía para convertirlo. Por mi carácter jovial yo me reía de las cosas más serias, y unía a los tiros de mis burlas el fuego infernal de las blasfemias. Hoy me aterrorizan tanto que ni me atrevo a recordarlas.

     Apenado el señor de Bussières permanecía tranquilo y tolerante. Una vez llegó a decirme: «A pesar de su comportamiento, estoy convencido de que un día usted será cristiano. Hay en usted un fondo de honestidad que me asegura y convence de que un día será iluminado, aunque para ello el Señor tuviera que enviarle un ángel del cielo».

     «En buena hora, le respondí, porque de otra manera sería difícil». 

     Pasando por delante de la Escalera Santa, el señor de Bussières se emocionó. Se puso de pie en la carroza, se quitó el sombrero y exclamó: «¡Salve Escalera Santa! ¡He aquí un pecador que un día subirá de rodillas tus peldaños!».

     Me resulta imposible expresar lo que produjo en mí este gesto inesperado, y tanta veneración por una escalera. Me reí de ello como de una acción insensata y cuando poco después pasamos por delante de la encantadora villa Wolkonski, cuyos jardines siempre floridos son regados por el acueducto de Nerón, elevé yo también la voz y parodiando la anterior exclamación dije:

     «¡Oh, verdaderas maravillas de Dios! ¡Ante vosotras es necesario postrarse y no ante una escalera!»

     Estos paseos en carroza se repitieron los dos días siguientes durante una o dos horas. El miércoles 19 encontré otra vez al señor de Bussières; parecía triste y abatido. Por discreción me retiré sin preguntarle el motivo de su tristeza. Lo supe al día siguiente, a mediodía, en la iglesia de Sant'Andrea delle Fratte. 

… y una extraña cruz

     Debía partir el día 22 para Nápoles, pues por segunda vez había reservado el billete. Las preocupaciones del señor de Bussières habían moderado su entusiasmo proselitista, y pensé que hubiera olvidado su medalla milagrosa. Yo mientras tanto rumiaba la invocación de San Bernardo constantemente y con rara impaciencia. Pero a medianoche, entre el 19 y el 20, me desperté sobresaltado: veía fija delante de mí una gran cruz negra, de una forma particular y sin el Cristo. Me esforcé por alejar esta imagen, pero no podía evitarlo. A cualquier lado que me volviese siempre la tenía delante. No puedo decir cuánto tiempo duró esta lucha. Me volví a dormir y, a la mañana siguiente, cuando me levanté, no pensé más en ella.

     Escribí muchas cartas, y me acuerdo de que una de ellas, dirigida a la hermana más pequeña de mi novia, terminaba con estas palabras: ¡Dios la proteja! … Después recibí una carta de mi novia, fechada también el 20 de enero, y, ¡qué coincidencia!, terminaba con las mismas palabras: ¡Dios te proteja!…

     En efecto, aquel día estaba señalado con la protección de Dios.

     Sin embargo, si alguien la mañana de aquel día me hubiera dicho: "Tú te has levantado hebreo y te acostarás cristiano…", si alguien me lo hubiera dicho, yo lo hubiera reputado como el hombre más loco.

¡20 DE ENERO DE 1842!

     El jueves 20 de enero, después de desayunar en el hotel y de echar mis cartas al correo, fui a casa de mi amigo Gustavo, el pietista que había regresado de caza, y por cuya excursión había estado fuera algunos días.

     Se extrañó mucho de encontrarme aún en Roma. Yo le expliqué el motivo: era el deseo de ver al Papa. «Pero me iré sin verle, le dije, porque no ha asistido a las ceremonias de la Cátedra de San Pedro, donde me habían asegurado poder verlo». 

     Gustavo me consoló irónicamente, hablándome de otra ceremonia verdaderamente curiosa, que creo debía tener lugar en Santa María la Mayor. Se trataba de la bendición de animales. Y sobre ella, se desató un desafío de burlas y chistes, como se puede imaginar entre un hebreo y un protestante.

     Nos separamos hacia las once, después de habernos citado para el día siguiente, porque debíamos ir juntos a examinar un cuadro que había mandado pintar nuestro compatriota, el barón de Lotzbeck. Entré en un café de la Plaza de España para dar un repaso a los periódicos y, apenas me había sentado, se puso junto a mi Edmondo Humann, hijo del ministro de hacienda. Hablamos muy alegremente de París, las artes y la política. Poco después se me acercó otro, Alfredo de Lotzbeck que era protestante, y con el que mantuve una conversación todavía más baladí. Hablábamos de caza, de placeres, de las fiestas de carnaval y de la espléndida velada que había dado la víspera el duque de Torlonia. La fiesta de mi matrimonio no podía ser olvidada, e invité a ella a Lotzbeck, el cual me prometió asistir.

     Si en aquel momento —era al mediodía— un tercer interlocutor se me hubiera acercado y me hubiera dicho: —«Alfonso, dentro de un cuarto de hora tú adorarás a Jesucristo, como tu Dios y Salvador, y estarás de rodillas en una pobre iglesia, y te golpearás el pecho a los pies de un sacerdote en un convento de Jesuitas; en él pasarás el carnaval preparándote para el bautismo, dispuesto a inmolarte por la fe católica; y renunciarás al mundo, a sus grandezas, a sus placeres, a tu fortuna, a tus esperanzas, a tu porvenir: y, si fuera necesario renunciarás también a tu novia, al afecto de tu familia, a la estima de tus amigos, al apego por los hebreos… y no aspirarás a otra cosa que a seguir a Jesucristo y a llevar su cruz hasta la muerte…»; quiero decir que si algún profeta me hubiese hecho tal profecía, le hubiera juzgado el hombre más insensato del mundo, por haber creído en la posibilidad de semejante locura.

Con el Ángel de María 

Augusto, conde de La Ferronays

     Sin embargo, es precisamente esta locura la que constituye hoy mi sabiduría y mi felicidad. Saliendo del café me encuentro casualmente con la carroza de Teodoro de Bussières. Se para, y me invita a subir a ella para dar un pequeño paseo. El tiempo era estupendo y acepté con mucho gusto, pero el señor de Bussières me pidió el favor de detenernos unos minutos para hacer un recado en la iglesia de Sant'Andrea delle Fratte, que se encontraba casi a nuestro lado: me propuso esperarlo en la carroza, pero yo preferí bajar para ver esta iglesia. Se estaban haciendo los preparativos para un funeral y me informé del nombre del difunto que debía recibir las últimas honras. El señor de Bussières me respondió: «Era uno de mis amigos, el conde de Laferronays; su muerte inesperada, añadió, es el motivo de esta tristeza que has notado en mí estos dos días».

     Yo no conocía a Laferronays; no lo había visto nunca, y no experimenté sino la impresión de una pena muy indefinida, como se siente siempre ante la noticia de una muerte repentina. El señor de Bussières se apartó para ir a reservar una tribuna destinada a la familia del difunto. «No os impacientéis, me dijo entrando en el claustro, será cosa de dos minutos…».

¡Oh, era Ella! 

     La iglesia de San Andrés es pequeña, pobre y desierta. Creo que me quedé casi solo. Ninguna obra de arte atraía mi atención. Caminaba mecánicamente, mirando a mi alrededor, sin pensar en nada. Solo me acuerdo de un perro negro que retozaba y saltaba delante de mí… En seguida este perro desapareció, toda la iglesia también desapareció; ya no vi nada más… o mejor, ¡oh Dios mío!, ¡vi una sola cosa!



 
La aparición

     ¿Cómo podría hablar de ello? ¡Oh, no! La palabra humana no puede expresar lo inefable. Toda descripción, por muy sublime que sea, no sería sino una profanación de la inefable verdad. Estaba allí, arrodillado, llorando, con el corazón fuera de mí, cuando el señor de Bussières me llamó de nuevo a la vida.

     No podía responder a sus preguntas apresuradas. Pero tomé la medalla que había puesto sobre mi pecho, besé con gran afecto la imagen de la Virgen deslumbrante de gracia… ¡Oh, era Ella! 



     Yo no sabía dónde estaba. No sabía si era Alfonso u otro. Experimentaba un cambio tan grande que me creía otra persona. Intentaba encontrarme y no lo conseguía… Una inmensa alegría llenaba toda mi alma. No podía hablar. No quise revelar nada. Sentía dentro de mí algo grandioso y sagrado que me hizo llamar a un sacerdote… Fui hacia él. Y solo después de habérmelo expresamente ordenado, hablé como pude de lo acaecido, estando de rodillas y con el corazón tembloroso.

     Mis primeras palabras fueron de agradecimiento al señor Laferronays y a la Archicofradía de Nuestra Señora de las Victorias. Sabía con certeza que el señor Lafferronays había rezado por mí; pero no sabría decir cómo llegué a conocerlo, como tampoco podría dar cuenta de las verdades de las que había adquirido fe y conocimiento. Todo lo que pude decir es que en el momento del prodigio se cayó una venda de mis ojos. O mejor, no una sola, sino muchas vendas que me habían cubierto y que fueron desapareciendo una detrás de otra rápidamente, como la nieve, el fango y el hielo bajo la acción de un sol abrasador.


Vidente y convertido


      Yo salía de una tumba, de un abismo de tinieblas, y estaba vivo, perfectamente vivo… ¡y lloraba! Veía en el fondo del abismo las enormes miserias de las que había sido arrancado por una infinita misericordia. Me estremecía a la vista de todas mis iniquidades y estaba estupefacto, enternecido, sumergido en admiración y gratitud… Pensaba en mi hermano con una alegría indescriptible; pero a las lágrimas de amor se unían lágrimas de compasión. ¡Oh, cuántos descienden tranquilamente a este abismo con los ojos cerrados por el orgullo y por la falta de reflexión…! ¡Se precipitan en él y se entierran vivos en las horribles tinieblas…! ¡Y mi familia, mi novia, mis pobres hermanas! ¡Oh, desgarradora ansiedad! ¡Cuánto pienso en vosotros que tanto amo! Por vosotros ofrezco mis primeras oraciones… ¿No elevaréis vuestros ojos al Salvador del mundo, cuya sangre ha borrado el pecado original? ¡Oh, qué terrible es la huella de esta mancha! Hace completamente irreconocible la criatura formada a imagen de Dios.


     Se me preguntará cómo he aprendido estas verdades sin haber abierto jamás un libro de religión, pues nunca he leído una página de la Biblia; que el dogma del pecado original olvidado por completo o negado por los hebreos de nuestros días jamás ocupó mi pensamiento un instante: incluso dudo de haber oído su nombre. ¿Cómo he negado, pues, a este conocimiento? No sabría decirlo. Solamente sé esto: que al entrar en la iglesia ignoraba todo, y que al salir de ella todo lo veía claro. No puedo explicarme este cambio de otra forma que con la imagen de uno que se despertara de un sueño profundo o con la de un ciego de nacimiento que en un instante viese la luz de golpe: ve, pero no puede definir la luz que lo ilumina y en la que contempla los objetos de admiración.


     Sea lo que fuere de este lenguaje inexacto e incompleto, el hecho evidente es que yo me encontraba en cierto modo como un ser desnudo, como una tabula rasa… El mundo ya no significaba nada para mí; los prejuicios contra el cristianismo habían desaparecido; también todos aquellos de mi infancia se habían borrado totalmente; el amor a mi Dios había ocupado de tal forma el lugar de todos los demás amores, que hasta mi misma novia la contemplaba bajo otro aspecto. La amaba como un ser que Dios tiene en sus manos, como un don precioso que hace amar todavía más al donante. Yo suplicaba a mi confesor, el Rvdo. P. Villefort, y al señor de Bussières de mantener secreto absoluto sobre lo que me había acontecido. Quise encerrarme en el monasterio de los trapenses para ocuparme solamente de las cosas eternas. Confieso que pensaba también en mi familia, y en mis amigos: me creerán haber enloquecido, o haber caído en ridículo, y que por eso más valdría huir totalmente del mundo, de sus comentarios y de sus juicios.in embargo, los superiores eclesiásticos me hicieron entender que el ridículo, las injurias y los falsos juicios formaban parte del cáliz de un auténtico cristiano. Me invitaron a beberlo, diciéndome que Jesucristo había predicho a sus discípulos penas, tormentos y suplicios. Estas palabras tan fuertes, lejos de desanimarme, avivaron mi gozo interior. Me sentía dispuesto a todo; y pedí con insistencia el bautismo. Ellos quisieron retrasarlo. Entonces yo exclamé: “Pero ¡cómo! Los hebreos que escucharon la predicación de los apóstoles fueron bautizados inmediatamente ¿y vosotros queréis retrasarlo después de haber escuchado yo a la Reina de los apóstoles?” Mis sentimientos, mis vehementes deseos, mis súplicas conmovieron a los piadosos hombres que me habían acogido y me prometieron el bautismo que me haría feliz para siempre.

Catecúmeno en la iglesia del "Gesù" 

     Casi no podía esperar más el día fijado para el cumplimiento de esta promesa. “¡Tan deforme me veía delante de Dios! Pero ¡cuánta bondad, cuánta caridad se me demostró en los días de mi preparación! Había ido al convento de los padres jesuitas para estar en retiro bajo la dirección del P. Villefort, el cual alimentaba mi alma con todo lo que la divina palabra tiene de más suave y persuasivo. Este hombre de Dios es todo corazón, personificación de la caridad divina. Me bastaba abrir los ojos para descubrir en seguida a mi alrededor a otras muchas personas tan santas que el mundo no puede apreciar. ¡Dios mío, cuánta bondad, cuánta delicadeza y gracia en el corazón de estos verdaderos cristianos! Todas las tardes durante mi retiro el Revdmo. superior general de los Jesuitas me hablaba, y derramaba sobre mi alma un bálsamo de cielo. Me decía pocas palabras que me abrían nuevos horizontes y resonaban dentro de mí a medida que las escuchaba, inundándome de alegría, de luz y de vida.


     No era necesario que este padre, tan humilde y a la vez tan posante, me hubiera hablado: bastaba mirarlo para producir en mí el efecto de la palabra. Todavía hoy, su recuerdo es suficiente para evocar la presencia de Dios y elevarme a la más sincera gratitud. No hay palabras para expresar este agradecimiento. Necesitaría un corazón mucho más grande y cien bocas para expresar el amor que siento por estos hombres de Dios, por el señor Teodoro de Bussières, que ha sido el ángel de María, por la Casa de Laferronays, por la cual tengo una veneración y afecto que no puedo expresar con palabras.


Gracias inefables

     


     Finalmente llegó el 31 de enero. Ya no solo eran algunas almas sino una multitud de almas piadosas y caritativas que me rodeaban con especial ternura y simpatía. ¡Cómo quisiera conocerlas para agradecérselo! ¡Ojalá rueguen siempre por mí como yo ruego por ellas! 


     ¡Oh, Roma, que gracia he encontrado en tu seno!


     La Madre de mi Salvador había preparado todo; hasta me ha proporcionado un sacerdote francés para hablarme en lengua materna en el momento de mi bautismo: ha sido Mons. Dupanloup, cuyo recuerdo durante toda mi vida irá unido a las emociones tan fuertes que experimenté. ¡Bienaventurados los que le escucharon! Porque el eco que tuvo su palabra enérgica jamás volverá a tener el mismo efecto. Efectivamente, sentí que era sugerida por Aquella que era objeto del discurso. Omito todo lo concerniente a mi bautismo, confirmación y primera comunión; fueron gracias inefables que recibí en un mismo día de manos de su Eminencia, el Cardenal Patrizi, vicario de su Santidad.


Audiencia pontificia


     Me reservaron otra consolación para el final. Usted recuerda que yo tenía el deseo de ver al Santo Padre; más que deseo era cierta curiosidad la que me había entretenido en Roma. ¿Quién podía imaginar el modo como se realizaría este deseo?


Papa Gregorio XVI,
quien recibió a Alfonso en audiencia
 

     Fue en calidad de recién nacido en la Iglesia como me presentaron al Padre de todos los fieles. Me parece que desde que fui bautizado profesaba sentimientos de respeto y de amor filial hacia el Santo Padre. Por tanto, me sentí muy feliz cuando me anunciaron que sería acompañado a la audiencia y presentado por el P. General de los Jesuitas. Sin embargo, estaba temblando porque nunca me había presentado ante los grandes de este mundo que entonces me parecían tan pequeños ante la verdadera grandeza. Confieso que las majestades de este mundo me parecía verlas reunidas en aquel que aquí abajo posee el poder de Dios, es decir, el Pontífice que, por una sucesión ininterrumpida, se remonta a San Pedro y al gran sacerdote Aarón: ¡el sucesor del mismo Jesucristo que conserva la Cátedra inquebrantable!

     Jamás olvidaré el temor y el estremecimiento que sentí al entrar en el Vaticano, al recorrer los largos pasillos y las imponentes salas que llevan al departamento del Pontífice. Pero todas estas ansiedades cayeron y cedieron el paso a la sorpresa y al asombro, cuando lo vi tan sencillo, tan humilde y tan paternal. No era un monarca, era un padre cuya bondad grandísima me trataba como a un hijo querido…

     ¡Agradecimiento! Este será en adelante mi ley y mi vida.



Tomado de pliniocorreadeoliveira.info 

Mons. Schneider: Actualmente, es un puñado de fieles laicos, el que aún conserva el instinto de la Fe católica






ENTREVISTA CON MONSEÑOR ATHANASIUS SCHNEIDER TRAS LA PUBLICACION DE SU LIBRO ‘CREDO’

Conservar la fe en tiempos oscuros

     El prelado, una de las voces más relevantes en defensa de la tradición católica, fustiga los males causados por la secularización materialista. Y reconoce que ese espíritu mundano lleva decenios infiltrado en la Iglesia. 

     Unos diez años atrás, en medio de una gran confusión entre los fieles católicos provocada por innovaciones y declaraciones altisonantes de la más alta jerarquía eclesiástica, un comentario anónimo en las redes sociales fue tan lacerante que aún cuesta olvidarlo. "Ustedes -decía, en alusión a los católicos-, para encontrar hoy un obispo ortodoxo tienen ir a buscarlo hasta Kazajistán". El obispo aludido, por supuesto, era monseñor Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astana (Kazajistán). Desde entonces, monseñor Schneider ha encontrado algo más de compañía y su voz ya no se alza sola en el desierto para recordar la doctrina tradicional. Pero tampoco ha de creerse que existe tal cosa como una resistencia, como pretende la prensa mundial. No son más que cinco cardenales sobre 240 y un puñado de obispos sobre los más de 5.000 que tiene la Iglesia. Esto puede dar una idea aproximada del estado de las cosas.

     Mons. Schneider, que nació en Tolmok, ciudad de la entonces república socialista soviética de Kirguistán, en el seno de una familia de alemanes del Mar Negro provenientes de Odesa (de allí su apellido), se crió bajo el yugo soviético y por lo tanto vivió su fe en la clandestinidad, antes de emigrar con su familia a Alemania Oriental. Una clandestinidad a la que parecen ahora ser empujados en todo el mundo los católicos que quieren vivir seriamente su fe.

     Sobre estas cuestiones, sobre cómo conservar la fe en un período de oscuridad y persecución, un tiempo que refleja una crisis sin precedente en la Iglesia, La Prensa conversó por vía telemática con monseñor Schneider, cuyo último libro, Credo, un compendio de la fe católica publicado el año pasado, acaba de estrenar su primera edición hispanoamericana, que ya se distribuye en la Argentina (Ediciones del Alcazar), Chile y Perú, y en los próximos días lo hará también en Ecuador, Colombia, México y Paraguay.


NUEVO PAGANISMO

     -Excelencia: En el mundo hay un abandono masivo de la fe. No se trata ya de una apostasía individual, sino que son poblaciones enteras las que se alejan de la fe, las que dejan de impregnar el orden social y político con criterios cristianos. A medida que se incitan todos los apetitos, las modas y rupturas con el pasado, va quedando un tendal de hogares en ruinas y las familias duraderas y felices pasan a ser la excepción y no la regla. Usted habló de un nuevo paganismo que va marginando a los cristianos como en los primeros siglos de la historia. ¿Podría abundar en esa comparación?

     -Sí. Este proceso de abandono de la fe cristiana y de la vida moral, la vida que se conformaba al espíritu cristiano y a la ley natural, se observa ya desde algunos siglos. Este espíritu, al que puede llamarse secularismo, quiere hacer la vida social, política, pública, sin una referencia a la fe, a la religión. Se trata de una inmersión completa en una vida materialista, de consumo, y nada más. Este estilo de vida social y pública es promovido desde la Revolución Francesa. Progresivamente se fue extendiendo este espíritu de materialismo práctico. Tenemos dos fuerzas: el espíritu secular del movimiento masónico, y el espíritu del comunismo, del socialismo, en la vida pública. Durante el tiempo del comunismo oficial en la Unión Soviética, el bloque Oriental estaba sumergido en el materialismo formal, la ideología del Estado. Pero al mismo tiempo, en el Occidente llamado "libre" se hacía un proceso paralelo hacia el materialismo práctico. Y ahora, después del colapso del sistema soviético-comunismo, este movimiento de la vida sin Dios, sin religión, ya abarca a todos. Luego se dio otro paso: un ataque frontal a la ley natural misma, y al sentido común, desde organizaciones públicas y privadas. La ideología de género quiere abolir eso: la familia y el matrimonio mismo, constituido por un hombre y una mujer. Y ahora tenemos el último paso, más peligroso: un ataque y una manifestación pública de pura blasfemia contra Dios, más específicamente contra Cristo y contra la fe católica, a través de filmes, teatros y actos públicos. Se ve mucho en Europa. No se hace contra el islam ni contra los hebreos, ni contra Buda, sino contra Cristo, contra Nuestra Señora, la Virgen Purísima, contra el Santísimo Sacramento. Este es un fenómeno similar a lo ocurrido hace dos mil años, durante el tiempo de persecución a los cristianos. Fíjese que en los primeros siglos de la persecución de la Iglesia los cristianos eran considerados como enemigos del género humano. Eran objeto de odio. Y ser cristiano era al mismo tiempo casi idéntico a ser una persona de odio en la sociedad romana.

     -Como hoy...

     -Lo que vemos hoy es similar. Si usted hoy defiende que hay solamente dos sexos naturales, si usted defiende el matrimonio natural o dice que los actos homosexuales son contrarios a la naturaleza humana, usted será acusado de odio. Esto lo viví en la Unión Soviética. Conozco bien lo que significa el totalitarismo ideológico. En la Unión Soviética, si una persona era contraria a la ideología pública, era acusada de ser el enemigo del pueblo. ¿No es interesante verlo a la luz de lo que hoy sucede? Hoy, como los primeros cristianos, somos una pequeña comunidad en medio de una sociedad moralmente ya corrupta. Debemos ser testigos y defender la dignidad humana según la ley natural.

UNA MINORIA

     -Esta reducción de la comunidad de fieles católicos a un extremo comparable al de la Iglesia primitiva, es sugestivo. Admite ser visto en términos escatológicos. ¿No es así? Parecen resonar las palabras de Nuestro Señor diciendo "cuando vuelva, ¿encontraré fe en la tierra?"

     -Exactamente. Es así. En el libro del Apocalipsis, el último libro de la Biblia, vemos que el mundo es siempre más anticristiano, siempre más lleno de odio contra los cristianos, y siempre son más los ataques. Y en ese libro, las comunidades cristianas quedan en minoría. Cristo mismo habló en el Evangelio del pequeño rebaño. Pero debemos evangelizar y llevar a nuestro tiempo, nuestra sociedad, el espíritu de Cristo y la esperanza.

     -Hablamos antes de ese nuevo paganismo en el mundo. Y era esperable que esa mentalidad entrara en la Iglesia. Hoy cuesta reconocer a los sacerdotes por la forma en que visten o hablan, o por su desapego doctrinal. Llegamos al punto de tener que decirles a nuestros hijos que lo que acaban de oír en una homilía no está bien, o que las niñas no deben ser monaguillas, o que los laicos no deberían distribuir la Eucaristía. ¡Debemos defender a nuestros hijos de lo que les dicen nuestros propios pastores! Es inconcebible. ¿Es un tiempo de oscuridad este?

     -Sí, sin duda. Estoy de acuerdo con su observación. Me recuerda que Joseph Ratzinger, el futuro Papa Benedicto XVI, cuando era aún profesor de teología, hace 60 años, escribió un artículo donde decía que arribaría el tiempo en que la Iglesia tendría personas bautizadas, es decir, formalmente católicas, pero paganas. Interesante esta reflexión. Profética. El espíritu mundano penetró ya dentro de la Iglesia. Esta crisis empezó con el Concilio Vaticano II hace 60 años y gradualmente penetró, creció en la vida de la Iglesia. Es un movimiento de adaptación al mundo. San Pablo ya advirtió a los cristianos, en la Carta a los Romanos, que no debían adaptarse al espíritu del mundo. Esto ya sucedió. Es un espíritu naturalista, es decir, sin una visión sobrenatural. Es una visión antropocéntrica, centrada sólo en el hombre. Y el mundo no quiere una doctrina clara en religión, sino la ambigüedad. El mundo quiere una religión de supermercado donde usted pueda servirse lo que desea. Debemos dejar el lenguaje eclesiástico, teológico, y usar uno fluido, vago, para complacer al mundo. Lo mismo en la liturgia. Entonces la liturgia tiene que ser un encuentro humano, no sacro, no sobrenatural, no sublime. Este rebajamiento de la liturgia que usted mencionó es una adaptación a las comunidades protestantes, que no tienen una liturgia solemne. Usted habló de las homilías: hay que defender a nuestros hijos de las prédicas de los malos sacerdotes. Todo esto es una manifestación de una crisis muy grave, interna, de la iglesia. Pero no hay que perder de vista que la iglesia está siempre en las manos de Cristo. También en los tiempos más desastrosos. No hay que olvidar que, en estos tiempos, los fieles laicos, los simples, los pequeños en la Iglesia, conservan el instinto de la fe católica que han recibido en el bautismo y en la confirmación: es el deseo de una fe católica pura, el deseo de una liturgia digna, sacra, de sacerdotes dignos, de sacerdotes que sean hombres de Dios. Gracias a Dios, este fenómeno está creciendo en muchas partes del mundo.

     -¿Lo observa usted también?

     - Puedo observar esto en la juventud y esto es un motivo de esperanza. Hay una renovación de la iglesia. Los cristianos son ya una minoría en el mundo entero, y estos verdaderos católicos que le digo son, a su vez, una minoría dentro la minoría. Pero Dios ama a los pequeños y siempre confundió a los poderosos en la historia con los pequeños. Así Dios opera en nuestro tiempo.

EN LA IGLESIA

     -Junto con estos signos reconfortantes, se aprecia también, desgraciadamente, que la crisis en la Iglesia avanzó un paso más. Y el problema ahora es que aquel totalitarismo y aquel odio a la fe tradicional del que hablamos antes ya no llega sólo desde el mundo, sino que llega desde la propia estructura de la Iglesia. Es el odio a la tradición, a la liturgia y a la doctrina tradicional. Es una situación novedosa y terrorífica.

     -Estoy de acuerdo.

     -Esta observación me lleva a pensar si no estamos yendo a una situación por usted ya conocida. Usted, que ha crecido en la Unión Soviética y que ha experimentado el totalitarismo, sabrá lo que es la vida de fe clandestina. Me pregunto si no estamos marchando hacia una fe y una liturgia vivida de modo clandestino para escapar del alcance del odio de la propia Iglesia.

     -No diré de la propia Iglesia. La iglesia es siempre nuestra madre y santa. Solamente habrá que protegerse de aquellos infiltrados, aquellos que están animados por el espíritu mundano, que han ocupado altos cargos eclesiásticos, no tienen más la fe y por eso odian la verdad, en la doctrina, en la liturgia. Estos cardenales, obispos y sacerdotes, abusan de su cargo eclesiástico. Abusan de nuestra madre católica, apostólica, romana. Y, por eso, sí, puede ser que en algunos lugares los buenos fieles católicos que quieren simplemente la fe de los santos, la fe de siempre, la liturgia de siempre, de sus antepasados, de los santos, deban celebrar la misa en forma clandestina, o semiclandestina, incluso dentro de la estructura de la Iglesia oficial.

     -¿Reconoce antecedentes de este fenómeno?

     -Este es un fenómeno muy raro que acontecía en el siglo IV, cuando el arrianismo ocupaba también los cargos eclesiásticos altos y los buenos fieles eran también expulsados de las iglesias. Pero siempre este tiempo es relativamente breve. Después acabó y Dios de nuevo intervino. Y también lo hará hoy. Pero estos sacerdotes y fieles, aun si deben celebrar la misa de esa forma, siempre deben conservar el espíritu eclesiástico verdadero, católico. Es decir, rezar por el Papa, reconocerlo, no ir a estos movimientos llamados sedevacantistas u otras derivas sectarias. Siempre rezar por el obispo del lugar. Y conservar un amor también por estos pastores, por, infelizmente, que los persigan. Este es el verdadero espíritu católico cristiano. Se deben evitar también esos sacerdotes de la doctrina tradicional, de la liturgia, que se tornan líderes de un gueto eclesiástico sin ningún superior. Esto no puede ser. Hay que buscar sacerdotes con sentido común, con amor por la Iglesia, que tengan un superior, un sacerdote o un obispo de referencia. Esta es una situación de emergencia. Pero debemos continuar trabajando dentro de las estructuras oficiales de la Iglesia cuanto sea posible. Porque los enemigos han ocupado una gran parte de los cargos eclesiásticos. Pero son nuestros cargos, nuestra Iglesia. Pienso que esta crisis solamente será resuelta por medio de una intervención divina. No sabemos cuándo ni cómo. Pero Dios debe intervenir y nos dará papas que sean fuertes, corajudos, defensores de la fe católica.

     -Usted se refirió hace un momento al arrianismo. En otra oportunidad señaló también otras dos posibles comparaciones con lo que sucede hoy en la Iglesia. Mencionó el siglo décimo o "siglo oscuro" y la crisis de Avignon. ¿Cómo es eso?

     -Sí, porque la crisis arriana estaba talmente generalizada en toda la Iglesia. La mayoría del episcopado aceptaba la herejía. Entonces, los católicos defensores de la divinidad de Cristo eran una minoría pequeña y eran marginados. Es muy similar a lo que vemos hoy. Lo que ocurrió durante el siglo oscuro, el siglo décimo, fue una gran crisis del papado mismo. El papado, la Santa Sede, estaba en las manos de grupos de la mafia romana. ¡La mafia ocupaba la Santa Sede y metía a los hijos depravados, indignos, a la cátedra de Pedro! Por eso se lo llamó el siglo oscuro. Pero esos papas fueron considerados válidos y también nombraron obispos. La Iglesia sobrevivió ese tiempo. Y luego, una vez más, Dios intervino y nos dio papas santos, como Gregorio VII, y hasta la reforma gregoriana en el siglo XI. Respecto de la otra crisis, la de Avignon, ahí la Santa Sede abandonó Roma. Esto también es algo contrario a la estructura de la Iglesia, porque la cátedra de Pedro está en Roma, no en otro lugar. Entonces ese exilio fue una anomalía muy fuerte que duró 70 años. Y cuando los papas retornaron a Roma, tampoco la crisis quedó resuelta. Comenzó el tiempo del Renacimiento, de un Humanismo neopagano, y después vinieron los papas del Renacimiento, también inmorales. No fueron tantos, pero algunos casos fueron muy tristes, como Alejandro VI. Estos tres tiempos, diré, fueron crisis muy profundas que duraron unos 70 años, o a lo sumo 80. Hoy esperamos que Dios intervenga ya porque esta crisis es espectacular, única. Porque hoy la crisis penetra todos los niveles, la doctrina, la vida moral, la liturgia, todo. Especialmente el relativismo doctrinal, que destruye la base misma de nuestra fe. Si no hay una verdad constante, si la verdad cambia, se muda, entonces no tenemos nada seguro para creer. Esta es hoy la enfermedad básica de la vida de la Iglesia, el relativismo doctrinal, moral, litúrgico.

VERDAD EN CRISIS

     -Este relativismo doctrinal es más grave porque se monta sobre una crisis previa: la crisis de la verdad. La noción de verdad está disociada del mundo real. Usted acaba de disertar por teleconferencia en un congreso organizado aquí, en Bella Vista, por el Círculo de Formación Católica San Bernardo de Claraval, cuyo título fue, precisamente, "Amor y Verdad en tiempos de definiciones". ¿Hay una crisis de la verdad?

     -Exactamente. Es el espíritu de la filosofía moderna. No somos capaces de reconocer una verdad como es la realidad, entonces no podemos hablar y hacer afirmaciones de verdad en el nivel filosófico y menos teológico. El kantismo, después de la filosofía de Hegel, penetró mucho en la vida de la Iglesia y hoy está muy presente en muchos seminarios y facultades teológicas. Pero nuestra fe se basa en la capacidad humana de reconocer y hablar de la Verdad constante tal como es, inmutable. Esto es Dios, Cristo, que es la Verdad misma. La Verdad, el camino, la vida. La única verdad estable para el mundo de hoy son las finanzas, la matemática. Todos los otros conceptos de verdad están en el aire. Pero la Iglesia es la roca firme. Debemos rezar para que la Santa Sede, los papas, puedan mostrarse así, con firmeza, por amor a Cristo, por amor a las almas, para salvar las almas de la ignorancia y llevar la única luz, la verdadera luz de Cristo. Esa es la verdad. Y nosotros debemos también llevar esta liberación verdadera, la liberación de las tinieblas, y aportar la felicidad y la alegría de la verdad. 

EL LIBRO

     -Por todo lo que venimos hablando no puede sorprender su último libro, ‘Credo’, que es un compendio de la fe católica, ni que lo haya presentado en una disertación titulada "Guardad la Fe". ¿Por qué se decidió a escribir este libro? ¿Por qué un catecismo, cuando ya está el de Juan Pablo II?

     -No fue iniciativa mía escribirlo. Fui casi impelido por laicos fieles que me han pedido hacer eso. Lo acepté porque me di cuenta de la necesidad que había en vista de esta confusión tan generalizada y profunda con respecto a la doctrina en la Iglesia. Y lo hice como un gesto de amor a los fieles. Por eso resolví hacerlo en una forma más tradicional, de preguntas y respuestas, porque el catecismo oficial de la Iglesia no es de esta forma, sino un tratado que es más difícil de entender para algunos fieles. Y también hay nuevos temas y problemas que mencioné, así como algunas pequeñas ambigüedades que se encuentran también en algunas partes del catecismo oficial de la Iglesia, y que yo intenté resolver, presentar de una forma más clara, con citas del Magisterio tradicional. Esta era mi intención y espero que pueda ser una ayuda para la vida de la fe, para los fieles, los seminaristas y toda persona que busca sinceramente la verdad.

     -¿Cuáles son esos temas nuevos?

     -La ideología de género, por ejemplo. La masonería...

     -¿En su libro se ocupa también de algunas ambigüedades del Concilio Vaticano II?

     -Menciono expresiones ambiguas que hay en los textos del Concilio Vaticano II. Son solo una o dos. Y también expresiones ambiguas del catecismo mismo. Están referidas a esta tendencia de relativizar la unicidad de la fe católica. La unicidad significa que la fe católica es la única religión verdadera querida por Dios. Algunas expresiones del Concilio relativizan esta verdad, y conceden que también otras religiones cristianas son un camino. Esto crea una confusión y debilita la validez de la fe católica, de la Iglesia católica. Después abordo algunas afirmaciones relativistas del papa Francisco sobre todas las religiones y el problema de que los divorciados pueden recibir la comunión, algo que el papa Francisco ha concedido a la región de Buenos Aires formalmente. Es un problema que no podemos callar. Debemos hablar sobre eso en forma respetuosa, pero clara, porque es algo que afecta a toda la Iglesia. Y finalmente trato sobre la deficiencia que hay en algunas partes de la misa nueva desde un punto de vista doctrinal. No podía dejar esto en la oscuridad.

     -Usted en otras ocasiones ya mencionó el problema de la forma en que se recibe hoy la Eucaristía. ¿A qué problemas de la misa nueva alude en el libro?

     -Me refiero a la misa misma, a la estructura de la misa nueva. Menciono lo más crítico, las oraciones del ofertorio de la misa nueva, que son básicamente oraciones protestantes, judías, que expresan la intención de celebrar una cena, un banquete. Es algo muy peligroso porque el ofertorio debe expresar la intención con que celebramos el sacrificio de la cruz de Cristo. Eso es lo que expresaban las oraciones precedentes, que fueron abolidas. Y esto es un defecto serio. No es una herejía, pero sí un defecto serio que mina el carácter sacrificial de la misa.

     -Y ya sabemos que la liturgia incide en la fe, por aquello de "Lex orandi, lex credendi" (así como oras, así crees)...

     -Exactamente. Y, en este caso, estas oraciones no expresan claramente la fe. Al contrario, minan, subvierten, la fe recta.



Entrevista extraída de laprensa.com.ar publicada el 17 de noviembre de 2024 

Cruzada del Rosario Público por la Restauración del espíritu católico en Ecuador






 

domingo, 22 de septiembre de 2024

San Pío de Pietrelcina: enteramente riguroso contra el aborto y contra el comunismo





     En cierta ocasión el Padre Pellegrino le dijo al Santo Padre Pío: "Esta mañana Ud. le negó la absolución a una señora porque había abortado. ¿Por qué fue tan riguroso con esa pobre infeliz?"

     El santo le respondió: "El día que la gente (…) pierda el horror al aborto, será un día terrible para la humanidad. (…) El aborto no es sólo un homicidio, sino también un suicidio. Y, para aquellos que están a punto de cometer un crimen u otro de un solo golpe, debemos tener el coraje de mostrarles nuestra Fe".

     "¿Por qué lo de suicidio?", preguntó el padre Pellegrino.

     Embargado por una de esas insólitas furias divinas, compensada por una dulzura y una bondad ilimitadas, el Padre Pío respondió: "Ud. comprendería este suicidio del género humano si, con el ojo de la razón, lograse ver la tierra quemada por un desierto al estar poblada de ancianos y despoblada de niños. Si reflexionara de ese modo, entendería la doble gravedad del aborto, el cual, también mutila la vida de los progenitores.

     "A estos padres les esparciré las cenizas de sus fetos destrozados, para mostrarles sus responsabilidades y negarles la posibilidad de apelar a su propia ignorancia. Un aborto inducido no puede tomarse con falsas consideraciones y con una lástima que no es legítima. Sería una hipocresía abominable. Esas cenizas deben ser arrojadas a la cara de sus padres asesinos. Si los dejo sintiéndose culpables, me sentiré involucrado en sus propias fechorías".

     "Mire, añadió– yo no soy un santo y tampoco me he sentido nunca cerca de la santidad, pero cuando digo palabras, tal vez un poco fuertes, pero justas y necesarias para quienes cometen este crimen, estoy seguro de haber obtenido la aprobación de Dios para mi rigor".

     Luego, el padre Pellegrino objetó que, si no es posible eliminar las fijaciones obsesivas en la mente de quienes han abortado, sería inútil tratarlas con el rigor de la Iglesia. A esto el santo respondió: "Mi rigor, al defender la venida de los niños al mundo, es siempre un acto de fe y de esperanza. 

***

     Cierto día, en la sacristía, frente al confesionario en el que el Padre Pío atendía a los penitentes, un hombre llamado Mario Tentori esperaba su turno. Mientras examinaba su conciencia, escuchó al decir con muy fuerte voz: "¡Vete, animal, vete…!". Las palabras del santo iban dirigidas a un hombre que, recién arrodillado, salió del confesionario humillado, agitado y confundido.

     Al día siguiente, Mario tomó el tren a Foggia para regresar a Milán. Se sentó en el compartimiento donde había un solo viajero que comenzó a observarlo y le expresó el deseo de entablar una conversación. Finalmente, el viajero le preguntó: "¿Estuviste ayer en San Giovanni Rotondo, en la sacristía, para confesarte con el Padre Pío?"

     "¡Sí!" respondió Tentori.

     El otro hombre prosiguió: "Fui yo a quien el Padre Pío llamó de 'animal'. ¿Te acuerdas?". 

     "Sí", dijo Mario.

     El compañero de viaje continuó: "Tú y los demás que estaban cerca del confesionario tal vez no escucharon las palabras que motivaron al Padre Pío a echarme de esa forma. Ora, él me dijo: 'Vete, animal, vete, porque has abortado tres veces'. Él dijo '¡abortaste!', porque fui yo quien tomó la iniciativa para que a mi esposa le sean practicados ¡tres abortos!". 

     Y comenzó un llanto que expresaba –como él mismo confesó– el dolor, el deseo de no pecar y la firme determinación de regresar donde el Santo Padre Pío para recibir la absolución y cambiar de vida.

     El rigor del santo había salvado la vida de un padre que, después de negar la vida de tres de sus hijos, corría el peligro de perder su propia alma por toda la eternidad, si el Padre Pío hubiera trivializado el horrendo pecado que cometió. 

San Pío de Pietrelcina
en el confesionario
 

San Pío de Pietrelcina condenó el comunismo y defendió la propiedad privada y la moral

     El Santo Padre Pío siempre decía palabras muy severas contra los seguidores de la diabólica ideología marxista:

El comunismo combate la propiedad, la moral y la autoridad legítima

     "Los comunistas amenazan con la ruina de la sociedad y del país. […] Sus principios son insostenibles e inadmisibles, tanto a respecto del orden temporal, porque va contra el derecho de la propiedad privada, dejando como secuela una infinidad de males, como también a respecto del orden moral, pues va contra todos los principios de la sana moralidad y contra la legítima autoridad". 

 También condenó la "mano extendida" con el comunismo

     Fue igualmente duro con los católicos –especialmente los sacerdotes– que argumentaban que el diálogo y la colaboración con los comunistas no sólo eran posibles, sino incluso obligatorios, para superar la pobreza material y construir un mundo más justo.

    Particularmente importantes y proféticas son las palabras que pronunció en una amonestación pública a sus hijos espirituales en 1963:

La condena incluyó las doctrinas de la izquierda católica

     "Debido a la injusticia rampante y al abuso de poder, hemos transigido con el materialismo ateo, negando los derechos de Dios. Este es el castigo anunciado en Fátima... Todos los sacerdotes que apoyan la posibilidad de un diálogo con los negadores de Dios y con los poderes luciféricos del mundo, ¡están locos, han perdido la fe, ya no creen en el Evangelio! Al hacerlo, traicionan la palabra de Dios, porque Cristo vino a traer a la tierra una alianza perpetua sólo para los hombres de buena voluntad, pero no se alió con los hombres sedientos de poder y dominio sobre sus hermanos... El rebaño se dispersa cuando los pastores se alían con los enemigos de la Verdad de Cristo. Todas las formas de poder que son sordas a la voluntad de la autoridad del corazón de Dios son lobos rapaces que renuevan la pasión de Cristo y hacen derramar lágrimas a Nuestra Señora…".

(Trechos extraídos da obra “Il Padre San Pio da Pietralcina, la missione di salvare le anime”, di P. Marcellino Iasenza Niro, Edizioni Padre Pio da Pietralcina, 2004)


Fuente:

Artículos extraídos de ipco.org.br y traducidos por nuestro blog 


domingo, 15 de septiembre de 2024

Debe venir el Reino de María para que reine nuevamente Jesucristo






     El gran San Luis María Grignion de Montfort, Doctor de la Iglesia, Profeta y Apóstol de los tiempos modernos, nos dejó dos maravillosos escritos que contienen enseñanzas y luces admirables para nuestra época: la Oración Abrasada y el Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen. A continuación, un análisis de algunos fragmentos de estas dos magníficas obras. 

     En su Oración Abrasada —quiere decir, llena de fuego y en la que pedía a Dios misioneros— podremos ver que para este santo extraordinario, su época era la precursora de una enorme crisis que se extiende hasta nuestros días, y que continuará hasta el momento en que una nueva época se inaugure para la Iglesia. 

     De un lado, es el enemigo que avanza peligrosamente, es la embestida victoriosa de la impiedad y de la inmoralidad:

     «Violada está vuestra divina ley” (Sal 118,126); abandonado vuestro evangelio; torrentes de iniquidad inundan toda la tierra y arrastran a vuestros mismos siervos. Desolada está la tierra (Jer 12,11), la impiedad se asienta en los tronos, vuestro santuario es profanado, la abominación está en el mismo lugar santo (Dan 9,27; Mt 24,15; Mc 13,14)».

     Los servidores del mal están activos, son audaces y exitosos en sus empresas:

     «Ved, Señor, Dios de los ejércitos, como los capitanes forman escuadrones completos, los potentados levantan grandes ejércitos, los navegantes equipan flotas enteras, los mercaderes acuden en gran número a ferias y mercados.

     «¡Cuántos ladrones, impíos, borrachos y libertinos se juntan contra Vos todos los días tan prestos y tan fácilmente! Un simple silbido, un toque de tambor, una daga embotada que muestran, un ramo seco de laurel que prometen, un pedazo de tierra roja o blanca que ofrecen, en tres palabras: el deseo de un honor fugaz, de un miserable interés, de un mezquino placer sensual, reúne en un instante a los mercaderes y cubre tierra y mar con una turba-multa de réprobos, que, siendo divididos entre sí o por la distancia de lugares, o por los intereses opuestos, se unen sin embargo hasta la muerte para haceros la guerra bajo el estandarte y el mando del demonio».

     Capitanes, potentados, navegantes, comerciantes. San Luis María alude a los hombres claves de su siglo, todos movidos por la impiedad, por la codicia, por la sed de honor, depravados con  grandes vicios, constituyen juntamente con las masas que les siguen —salvo excepciones— ¡una multitud de borrachos, bandidos y réprobos que a lo largo de vastitudes de tierras y mares se unen para luchar contra la Iglesia! 

     Vemos en estas palabras del gran santo una claridad de conceptos y de lenguaje, de coraje de alma, de coherencia inmaculada en el modo de clasificar los hechos. Ciertamente su lenguaje le parecerá al hombre moderno como poco caritativo, imprudente y precipitado en sus juicios. El hombre actual le teme a  la lógica, le chocan las verdades radicales y fuertes, y sólo admite un lenguaje endulzado y de medias tintas.

     En cambio, en quienes aún son hijos de la luz,  S. Luis María ve campear en ellos la inercia, lo que le causa una grande aflicción:

     «¡Y Vos, Señor! Habiendo tanta gloria, dulzura y provecho en serviros ¿casi nadie tomará partido por Vos? ¿Serán tan escasos los soldados que se alisten bajo vuestra bandera? ¿No habrá alguno que otro que, celando por vuestra gloria, grite en medio de sus hermanos, como San Miguel: Quis ut Deus? ¿Quién es como Dios?».

     San Luis María quiere tantos o más numerosos paladines del lado de Dios como los que han estado del lado del deminio. Los quiere fieles, puros, fuertes, intrépidos, combativos, temibles, como el Príncipe de la Milicia celestial. No se limita a decir que deberían ser como San Miguel. Quiere que sean como que versiones humanas del Arcángel: «¿casi ningún San Miguel gritará entre sus hermanos...?».

     Esta aspiración de ver al mundo lleno de apóstoles blandiendo espadas de fuego, difiere de la miopía, de la frialdad, del sentimentalismo endulzado e incongruente de tantos católicos de hoy en día, para quienes, hacer apostolado significa cerrar los ojos ante los defectos del adversario, abréndole las barreras, entregándole las armas de guerra, aceptando su yugo y, una vez consumada la capitulación, terminar afirmando que existen motivos suficientes para estar felices, pues las cosas pudieron resultar mucho peor.

Imagen de San Luis María Grignion de Montfort en la Basílica de San Pedro 

     El santo advierte que mientras esos ardientes apóstoles no lleguen, la Santa Iglesia correría el riesgo de sufrir graves reveses. Tantos tibios e indolentes de su época no lo veían de esa forma. San Luis, por el contrario, llamó a todos a luchar:

     «¡Ah! permitidme decir a voces por doquiera: ¡fuego! ¡fuego! ¡fuego! ¡socorro! ¡socorro! ¡socorro! ¡Fuego en la casa de Dios! ¡fuego en las almas! ¡fuego hasta en el mismo santuario! ¡Socorro para vuestro hermano que lo asesinan! ¡socorro para nuestros hijos que van degollando! ¡socorro para nuestro querido padre que están apuñalando!».

     Es la devastación en la Iglesia y en las almas, es el fuego que consume a las instituciones, a las leyes, a las costumbres católicas, es la impiedad que degüella las almas y apuñala al Sumo Pontífice.

EL REINO DE MARÍA

     Al santo francés le parecía imposible que Dios no detenga la marcha de la iniquidad:

     «¿Lo dejaréis todo así abandonado, justo Señor, Dios de las venganzas? ¿Todo llegará a ser como Sodoma y Gomorra? ¿Os callaréis, siempre? ¿Seguiréis soportándolo todo? ¿No es preciso que vuestra voluntad se haga en la tierra como en el cielo, y que venga a nosotros vuestro reino?».

     Sin embargo, la intervención de Dios ¡no faltará! El gran apóstol de la devoción a Nuestra Señora, canonizado por Pío XII en 1947, predice en su famosísimo Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, el advenimiento de una nueva era para la Cristiandad:

     «Ah! ¿Cuándo llegará ese tiempo feliz —dice un santo de nuestros días, dado enteramente a María—, cuando llegará ese tiempo dichoso en que María sea establecida como Señora y Soberana en los corazones, para someterlos plenamente al imperio de su excelso y único Jesús? ¿Cuándo llegará el día en que las almas respirarán a María, como los cuerpos respiran el aire? Cosas maravillosas sucederán entonces en la tierra, donde el Espíritu Santo, al encontrar a su Esposa como que reproducida en las almas, vendrá a ellas con abundancia de sus dones y las llenará de ellos, particularmente con el don de sabiduría, para realizar maravillas de gracia. ¿Cuándo llegará, hermano mío, ese tiempo dichoso, ese siglo de María, en el que muchas almas escogidas y obtenidas del Altísimo por María, perdiéndose ellas mismas en el abismo de su interior, se transformarán en copias vivientes de la Santísima Virgen, para amar y glorificar a Jesucristo? Ese tiempo sólo llegará, cuando se conozca y viva la devoción que yo enseño: Ut adveniat regnum tuum, adveniat regnum Mariae» —¡Para que venga a nosotros tu reino, venga el reino de María!

     «Fue por medio de la Santísima Virgen María que Jesucristo vino al mundo, y es también por medio de Ella que Él debe reinar en mundo... ¡Señor, para que venga tu reino, que venga el reino de María!», esto es, el Reino de Jesucristo. Tal es el pensamiento que impregna todo el Tratado de la Verdadera Devoción, y que se expresa aquí en términos de claridad y ardor insuperables. 

     San Luis María Grignion de Montfort, anunció por tanto un diluvio de fuego del puro amor que purificará a la humanidad y será encendido «de modo tan suave y con tanta vehemencia, que todas las naciones, los turcos, los idólatras y hasta los mismos judíos obtendrán el ardor necesario para convertirse».

     San Luis María afirma que el Reino de María será un tiempo de florecimiento de la Iglesia que la historia nunca ha conocido. Añade también que, para establecer esta era, «el Altísimo y su Santa Madre suscitarán grandes Santos, de tal santidad que superarán a la mayoría de los Santos, como los cedros del Líbano superan a los pequeños árboles que los rodean».

     El modo por el cual se llevará a cabo esta unión especial de María con las almas de sus apóstoles será la práctica de la verdadera devoción, cuyo secreto el santo revela y profundiza en su Tratado. La Realeza de Nuestra Señora debe realizarse primero en las almas y a partir de ellas repercutirá en la vida religiosa y civil de los pueblos considerados en su conjunto.

     El Reino de María será por tanto, una época en el que la unión de las almas con María Santísima alcanzará una intensidad sin precedentes en la Historia (exceptuando, claro está, los casos individuales). ¿Cuál es la forma, en cierto sentido suprema, de esta unión? No conozco medio más perfecto para enunciar y realizar esta unión que la sagrada esclavitud a Nuestra Señora, como enseña San Luis María Grignion de Montfort en el Tratado de la Verdadera devoción

Plínio Corrêa de Oliveira 


Fuente:
El presente artículo es una recopilación de varios escritos del líder católico y gran difusor del Reino de María, Plínio Corrêa de Oliveira, extraídos de pliniocorreadeoliveira.info y traducidos por nuestro blog. 

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