viernes, 31 de enero de 2020

25 años de la Coronación Canónica en videos





      Para Plinio Corrêa de Oliveira, la Imagen de Nuestra Señora del Buen Suceso es una de las que más se ajustan a la idea que él se hacía de la Santísima Virgen tal como Ella se encuentra en su trono celestial.

     La Coronación Canónica de 1991 otorgó un trascendental realce a la devoción a María Santísima del Buen Suceso. Fue una autenticación tácita de las apariciones por parte del Vaticano. En el 2016, la conmemoración de los 25 años de esa fecha memorable, quedará escrita con letras de oro.

Coronación Canónica del 2 de febrero de 1991

VIDEO 1
La Portentosa Imagen de Nuestra Señora del Buen Suceso recorre por primera vez en 400 años, el centro histórico de Quito 
VIDEO 2
Flashes del Rosario de la Aurora por las Bodas de Plata de la Coronación Canónica



VIDEO 3
 Las insignias de Generala del Ejército ecuatoriano colocadas a la Virgen del Buen Suceso 


VIDEO 4


VIDEO 5


jueves, 30 de enero de 2020

Vida admirable de la Madre Mariana de Jesús Torres





La Madre Mariana de Jesús Torres, en sus primeros años de religiosa concepcionista


     La Venerable Madre Mariana de Jesús Torres y Berriochoa, fue una de las Fundadoras Españolas del Convento de la Inmaculada Concepción de la ciudad de Quito. En dicho bendito lugar - en el que vivió entre los siglos XV y XVI -, se convirtió en una gran mística que abrazó el estado de perfección conforme las enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo.

     Nacida en España, en la Provincia de Vizcaya, en el año de de 1563, su vida fue una constante sucesión de revelaciones divinas, intervenciones y milagros. Dios Nuestro Señor no le ahorró nada, que no sea para contribuir a su purificación y perfección, pues estaba destinada a una vocación extraordinaria cuál ser víctima expiatoria por los pecados del mundo, y del Ecuador especialmente.

Un alma predestinada

     Honrada con una belleza angelical, sus padres, Diego Torres y Dona María Berriochoa, ilustres de estirpe y católicos fervorosos, la bautizaron con el nombre de Mariana Francisca, y desde muy pequeña se veía arrebatada por Nuestro Señor Jesucristo oculto en el Tabernáculo. Al recibir a los nueve años su Primera Comunión, tan grande fue su alegría, que cayó profundamente desmayada. Fue entonces que vio a Nuestro Señor colocando un hermoso anillo en su dedo, reclamándola para Sí. La niña aceptó gustosa, ante las miradas de la Santísima Virgen y San José, quienes complacidos, presenciaban aquél celestial compromiso.

     En esa misma visión, la Madre de Dios le hizo conocer, que estaba destinada a pertenecer a la Orden de la Inmaculada Concepción. Para ello, le pidió abandonar la casa paterna para abrazar su cruz en una tierra remota. Dicha Orden Religiosa, había sido fundada en el año de 1490 por otra alma privilegiada, Santa Beatriz de Silva, de origen portugués y de noble linaje.

La Orden de la Inmaculada Concepción


     El gran amor de Santa Beatriz era la Inmaculada Concepción de la Madre de Dios. Después de muchos sufrimientos y dificultades, pudo fundar esta Orden que tenía como fin principal el honrar este privilegio exaltado de María Santísima, siglos antes de que fuera declarado un dogma de fe.

     La nueva Orden adoptó la regla franciscana y tomó a San Francisco de Asís como su Padre y Guía. Las religiosas, a propia indicación de Nuestra Señora, debían vestir, un manto azul, y un vestido blanco, esto es, los colores de la Inmaculada Concepción. Además, un velo en color negro.

Una petición de la entonces colonia española



Felipe II, Rey de España

     Algunas Señoras influyentes y piadosas en la colonia española de entonces (hoy Ecuador), tuvieron conocimiento de la Congregación recientemente establecida en Europa así como de la dedicación del mismo. Por esto, deseaban que se estableciera también en Quito, y para esto, enviaron su petición al rey Felipe II de España quien autorizó en 1556 la fundación del Convento, y para dirigirlo, nombró a una monja de gran virtud, la Madre María de Jesús Taboada. Se dice, que esta virtuosa mujer, era prima del propio Rey. Además, era Ella, tía de la entonces niña Mariana de Torres; debía ser acompañada por otras seis monjas, todas ellas damas de gran mérito y sólida virtud.

     Eran las Madres Francisca de los Ángeles, Ana de la Concepción, Lucia de la Cruz, Magdalena de San Juan, Catalina de la Concepción, y de María de la Encarnación.

La Fundación

     Llegando a Quito el 30 de diciembre de 1576, las fundadoras fueron recibidas con gran alegría y hospedadas en algunos sitios del convento, que aun se hallaba bajo construcción.


Iglesia perteneciente al Monasterio de la Inmaculada Concepción de Quito 

     Así, El 13 de enero de 1577, situado en la esquina colindante con la Plaza de Armas - hoy, Plaza de la Independencia -, se funda el Real Monasterio de la Limpia e Inmaculada Concepción de Quito, primer convento de monjas de clausura en el Ecuador y primero de las Conceptas en América Latina, profesando sus votos las siete fundadoras en las manos de un Fraile Franciscano. Eran las primeras esposas de Nuestro Señor Jesucristo en tierras ecuatorianas. Mariana de Jesús Torres no participó de la ceremonia pues apenas contaba con trece años.

La Virgen de la Paz

     Ocho días después de la fundación, el 21 de Enero de1577, encontrándose dichas primeras religiosas rezando en una capilla provisional, adaptada como Coro, vieron entrar tres luces por las ventanas, de las cuales, una bañaba a la Virgen de la Paz, Imagen de mediana estatura, con el Niño Jesús en sus brazos, traída desde España para ser la Patrona de la fundación, y a la cual, las religiosas la llamaban la Patronita.


Imagen de la Virgen de La Paz, donada por el Rey Felipe II para patrocinar la fundación del Monasterio

     La otra luz iluminaba el retablo del Altar, y la tercera iluminaba la ventana con gran resplandor.

     Así mismo vieron entrar una estrella que se colocó sobre la cabeza de la Imagen. Otra estrella iluminaba el crucifijo que precedía el altar.

     Entonces la Imagen empezó a moverse y las fundadoras luego de contemplar a San Francisco, Patrono de la Orden Concepcionista, oyeron cantos sonoros y gozaron de suaves olores. A partir de las siete de la noche, tras los repiques de campanas, los habitantes acudían al Convento para presenciar el portentoso hecho, entre ellos, el Presidente de la Real Audiencia, don García de Valverde. Se daba así, el primer hecho milagroso en el Monasterio de la Inmaculada Concepción de Quito.

     Poco después, varias jóvenes de Quito eran admitidas en el Convento de la Inmaculada Concepción y la vida de claustro, alcanzaba su pleno florecimiento.

Los Votos

     A los quince años, la joven Mariana se incorporó al noviciado, consagrándose plenamente el 21 de Septiembre de 1579, a los dieciséis años de edad, cambiando su nombre Mariana Francisca por el de Mariana de Jesús. Mientras pronunciaba sus votos ante su tía, Madre María de Jesús Taboada, primera Abadesa del Convento, Mariana de Jesús entró en un éxtasis sublime durante el cual Nuestro Señor Jesucristo le mostraba la cruz que debía cargar en medio de todos los sufrimientos, persecuciones, enfermedades y tentaciones enormes que ella experimentaría para su propio bien y para el nuestro. La preservó solamente de tentaciones contra la pureza. Nunca tendría un solo pensamiento o inclinación contra esta virtud angelical.


La Madre Mariana y el arcángel San Gabriel

     Todo esto irritaba a Satanás, que furioso corría tras ella, buscando causarle daño físicamente, pues le era imposible dañar su alma. La hacía rodar las gradas con crueldad, se enredaba en sus pies y la hacía caer aun durante los actos de la Comunidad. Cuando servía la comida, buscaba hacerla caer con los platos y regar los alimentos. Cuando leía le borraba las letras.

     A pesar de las embestidas del demonio, ella, valiente y siempre serena, conservaba aquella santa imperturbabilidad, propia de las almas sólidamente piadosas.

Vida de Penitencia

     Luego de tomar sus Hábitos, Nuestro Señor otra vez le apareció, revelándole las horas y las penitencias que debía realizar durante la semana. Castigos tan severos que la Madre María Taboada temió por la salud de su sobrina. Sin embargo, Nuestro Señor había colocado en los labios de la penitente, una gota del agua cristalina de su propio Costado, fortificándola tan maravillosamente para todo lo que había pedido de ella.

     Sus suplicios sólo pueden ser entendidos enteramente cuando consideremos que estaba llamada a ser una víctima por los pecados de nuestros días. Así por ejemplo, ella envolvía a excepción de sus manos y pies, completamente su inocente cuerpo en alambres con puntas de hierro, llevando así una vida penitencial y piadosa, cada vez más grande en la virtud.


La Madre Mariana con la cruz a cuestas que cargaba en Semana Santa


     Un día del año 1582, la Madre Mariana rezaba ante el Santísimo Sacramento en el Coro Alto del Convento, cuando escuchó un estruendo aterrorizante y vio la iglesia envuelta en una densa oscuridad. Solamente el altar principal seguía iluminado, como si fuera plena luz del día.

     Súbitamente, se abrió la puerta del tabernáculo, y apareció Nuestro Señor Crucificado, clavado en una cruz de tamaño natural. La Santísima Virgen, San Juan Evangelista y Santa María Magdalena permanecían juntos, como en el Calvario, mientras Nuestro Señor agonizante decía:

     “Este castigo es para el siglo XX.”

     Luego la santa religiosa vio tres espadas que pendían sobre la cabeza de Nuestro Señor, cada una con una inscripción. En la primera decía: “castigaré la herejía”; en la segunda, “castigaré la blasfemia”; y en la tercera, “castigaré la impureza”.

     Entonces la Santísima Virgen se dirigió a la religiosa: “Hija mía, deseáis sacrificarte por los pecadores?”

     La virtuosa monja aceptó. Enseguida las tres espadas, fulminándola violentamente, perforaban y se hundían en su corazón, para la salvación de muchas almas, quedando sin vida a los Pies del Dios Sacramentado.

     Al día siguiente, la joven religiosa, siempre primera en todos los actos de la comunidad, no compareció, por lo que la abadesa y las otras monjas fueron en su búsqueda, encontrando su cuerpo en el Coro Bajo y con enorme tristeza lo llevaron a su celda, colocándolo sobre su cama.

    El doctor, de nombre Sancho, y los Frailes Franciscanos - bajo cuya tutela se hallaba el Convento de las Conceptas -, fueron llamados de inmediato. Don Sancho confirmó la muerte de la santa monja recomendando un entierro apropiado.

     Afuera, los habitantes de Quito y alrededores, clamaban en las puertas del convento por ver el cuerpo de su querida benefactora, pues la Madre Mariana se había hecho muy conocida al haber ayudado a muchos con sus consejos, su penitencia, sus oraciones e incluso con sus milagros.

Su retorno a la tierra


     La Madre Mariana apareció ante el Divino Juez, Quien no encontrando ninguna falta en ella, le dijo:

     “Venid amada de mi Padre, y recibid la corona que hemos preparado para ti desde el inicio de los tiempos”.

     Se hallaba ella por consiguiente con una felicidad indescriptible, en la Corte Celestial ante la Santísima Trinidad y la Santísima Virgen.
Mientras tanto, en la tierra, las oraciones de la Madre María Taboada y de todas las religiosas, así como de los Padres Franciscanos y de los quiteños en general, se elevaron al trono del Altísimo. Las Madres del Convento, no podían concebir el vivir sin quien era el pararrayos verdadero de la Justicia de Dios para su comunidad. Suspiraban y lloraban, pidiendo a Dios para tenerla de vuelta.

     Queriendo escuchar las súplicas de sus hijos en la tierra, Nuestro Señor le presentó a la Madre Mariana dos coronas, una de gloria y otra de lirios entrelazados con espinas, instándola a elegir una de ellas. Escogiendo la corona de la gloria permanecería en el Cielo lo cual era su derecho, pero eligiendo la otra, ella volvería a la tierra y reasumiría su sufrimiento.

     La humilde concepcionista entonces pidió a su Amado Esposo que eligiera por ella.

     “No!”, contestó Nuestro Señor. “Cuando te tomé como esposa probé tu voluntad, y deseo ahora hacer lo mismo.”

     Intervino entonces María Santísima diciendo:

     “Hija mía, dejé las glorias del Cielo y volví a la tierra para proteger a mis hijos. Deseo que me imites en esto, porque tu vida es muy necesaria para mi Orden de la Inmaculada Concepción” (Según la Mística Ciudad de Dios, escrita por Santa María de Jesús de Ágreda, Religiosa y Mística Concepcionista, Nuestra Señora fue llevada al Cielo en el día de la Ascensión de Nuestro Señor y le fue presentada también la opción de permanecer o volver a la tierra para ayudar a la Iglesia, recién fundada).

     “Qué aflicción para esta colonia en el siglo XX!'' continuó Nuestra Señora, “si para entonces no hay almas que, con su vida de sacrificio y de holocausto, sigan tu ejemplo y apacigüen la Justicia Divina, el fuego vendrá del cielo y consumiendo a sus habitantes, purificará Quito.”

     Al conocer que la Voluntad Divina era su regreso a la tierra, la Madre Mariana pidió a Nuestra Señora todo el valor y el conocimiento necesarios para formar y conquistar almas para Dios dentro y fuera de su Convento.

     En ese momento en la tierra, el Superior Franciscano, inspirado por Dios, se dirige al cuerpo de la Madre Mariana que yacía en el lecho diciendo: "En nombre de la Santa Obediencia, te ordeno Madre Mariana que si estás muerta, tu alma regrese al cuerpo y recobrando la vida nos relates lo que sucedió". 

     Enseguida, tras un suspiro y ante el asombro de su tía, la Madre Abadesa y del doctor don Sancho, la Santa Fundadora abrió sus ojos procediendo luego a relatarle al Padre Director todo cuanto vivió en el Paraíso.

     Poco después retomaría la vida contemplativa pero con mayor esmero y dedicación.

Estigmas y desolación

     En la noche del 17 de septiembre de 1588, mientras rezaba, recibió las heridas santas de Nuestro Señor Jesús en sus manos, costado y pies, provocándole terribles dolores por lo que tuvo que ser ayudada a llegar a su lecho. Los estigmas aparecían en las palmas de sus manos y las plantas de sus pies, como herida de clavos; en su costado apareció una marca roja muy profunda a manera de herida de lanza.

     La enfermedad se prolongó y su cuerpo quedó transformado en una sola llaga. En medio de dolores le era imposible tragar alimentos y no podía mover ningún miembro de su cuerpo. Dios Nuestro Señor le retiró sus consuelos abandonándola a sufrir las penas de un condenado.

     Sin embargo, la Madre Mariana nunca dejó de rezar y sobre todo jamás abandonó sus oraciones de media noche y tres de la madrugada.

     Agravando sus sufrimientos, el demonio hizo lo máximo para tentarla, insinuándole que su vida había sido inútil. La rondó alrededor de su cama constantemente en forma de una horrible serpiente, visión que la atormentó de manera incesante.

     Fue en esta terrible prueba, que duraba ya cinco meses, que el demonio interpuso todo su empeño en martirizarla. La Madre Mariana fue llevada a instancias en que todos los actos de heroísmo en su lucha contra el mal le parecían crímenes, sus buenas obras le parecían obras de perdición, y su propia vocación, era para ella un engaño y una vana ilusión. Asistía a una visión del propio infierno y se creía convencida de su propia perdición, sintiendo ya desprenderse el alma de su cuerpo y la caída de éste en el fuego eterno.  Agotando un último esfuerzo, invocó a la Santísima Virgen diciéndole:

     “Estrella del mar, María Inmaculada, la frágil embarcación de mi alma está por naufragar. Las aguas de la tribulación me ahogan. ¡Sálvame, pues perezco!”.

     Entonces, sintiendo una mano acariciar su cabeza, miró hacia arriba y vio a la Reina del Cielo, hermosa, bondadosa y majestuosa en un nimbo de luz. Fue así que pudo moverse y no vio más a la horrible serpiente, la cual en medio de un estruendoso grito se precipitó en el infierno provocando un estruendo similar al de un temblor.


Iglesia de la Concepción, Quito. Cuadro de la Anunciación. En la parte inferior derecha aparece retratada la Madre Mariana de Jesús Torres 

El Santo Rosario

     Tras el pavoroso ruido, la Madre Abadesa junto a la enfermera fueron a asistirla y vieron que su cuerpo había recobrado sus movimientos. La Madre Mariana  ante las bondades inefables de Nuestra Señora para con ella, las instó a rezar el Rosario en agradecimiento a su Divina Protectora.

     La Santa religiosa entonó luego la Letanía Lauretana siendo seguida con gran alegría por las presentes quienes nunca sintieron sus corazones abrazados del amor a Dios, como en aquellos instantes sublimes en que rezaron junto a la Sierva de Dios.

Segunda resurrección


     Había ya transcurrido un año desde su recaída y su condición empeoró. El Doctor había dictaminado que debido a su vida de penitencia la médula de sus huesos se había secado y sólo tenía vida en su corazón.

     A la mañana siguiente, sucedería lo inimaginable... Al reunirse las religiosas en el Coro Alto para rezar el Oficio, encontraron ante el asombro de todas, a la Madre Mariana rezando junto a ellas..! Tal como su Divino Esposo, al cual intentó imitar en todo, había resucitado la mañana de Pascua y había sido devuelta a la vida una vez más para continuar a través de sus sufrimientos, luchando por la salvación de las almas.

Abadesa

     En 1589, la entonces Abadesa, Madre María Taboada, sintiéndose débil de salud y deseando prepararse para su muerte que se acercaba y que la Providencia se la había predicho a través de su sobrina Mariana de Jesús Torres, sugirió la elección de ésta como nueva Superiora.

     La Madre Taboada había gobernado durante dieciséis años según el deseo unánime de su convento, y las religiosas pensaban que no existía alguien lo suficientemente capaz para continuar la tarea de la Fundadora.

     Sin embargo, respetando sus deseos, eligieron unánimemente a la Madre Mariana de Jesús Torres, confiando en su exaltada virtud a pesar de tener solamente treinta años. La Madre Mariana, dirigió el convento con gran sabiduría, prudencia, caridad y calidad en las vías del Señor, satisfaciendo cada punto de la santa regla, no omitiendo absolutamente nada. Sabía que tendría a su tía con ella por un tiempo más y tomó completa ventaja de sus consejos y dirección.

Predicciones sobre el Monasterio

     Varias veces, las Madres María y Mariana, recibieron revelaciones sobre el futuro del Convento. En ellas, conocieron a cada monja que profesaría en su comunidad hasta el fin del mundo. Sabían que en las diferentes épocas, habría en esa bendita Casa, además de almas con grandes virtudes, méritos y santidad, también espíritus desagradecidos y desobedientes. Las almas santas librarían de grandes calamidades al Ecuador y mantendrían la fe ardiendo incluso durante los calamitosos siglos XX y XXI.

     Los planes del demonio de destruir este Convento fueron evidenciados muy pronto. Incitadas por el príncipe de las tinieblas, algunas monjas ingobernables y desobedientes, deseaban una regla menos rigurosa, e intentarían obtener la separación de su comunidad de la dirección de los Frailes Franciscanos. Dicha separación causará en las monjas fieles el más penoso de los sufrimientos.

Primera aparición de la Virgen del Buen Suceso

     Por ese tiempo, la Madre Mariana sufría por el cuidado del Convento. Carecían de ayuda financiera apropiada, sumándosele la cruz de la amenazadora separación de los franciscanos. Todo esto infligió en su alma un verdadero martirio.

     Antes de la Aurora del día 2 de febrero de 1594, rezaba en el Coro Alto. Prostrada, con su frente tocando el piso, imploraba por la ayuda divina para con su comunidad y por la misericordia para con el mundo pecador.

     Entonces escuchó una dulce voz llamarla por su nombre. Levantándose rápidamente, contempló en medio de una aureola de luz, a una Señora muy hermosa, la cual, sostenía en su brazo izquierdo al Niño Jesús y en su mano derecha un báculo elaborado con el oro más puro y adornado con piedras preciosas nunca vistas en esta tierra.

     Temerosa por no saber de quién se trataba la visión, la Madre Mariana preguntó: “Quién sois, hermosa Señora y qué deseáis de mi? Debéis saber que soy solamente una pobre monja, llena de amor para Dios, es verdad, pero sufriendo todo lo posible".

     La Señora respondió:

     “Soy María del Buen Suceso, la Reina del Cielo y la Tierra. Precisamente porque eres un alma religiosa con completo amor para con Dios y para con su Madre que ahora te habla, es que he venido del Cielo para consolar tu agobiado corazón”.

      Nuestra Señora realzaría luego, cómo los rezos y penitencias de la Sierva de Dios satisfacían a Dios, indicándole también que sostenía el báculo de oro en su mano derecha, porque deseaba Ella misma gobernar el Convento, que lo asumía como de Su propiedad, y que el demonio haría todos sus esfuerzos para destruirlo por medio de algunas hijas ingratas que allí vivían.

    “Él no logrará su meta”, continuó la Santísima Virgen, “porque soy la Reina de las Victorias y la Madre del Buen Suceso. Bajo esta invocación quiero, en los siglos venideros, realizar los milagros necesarios para la preservación de éste mi Convento, y para los habitantes de esta colonia".

     “Hasta el fin del mundo tendré hijas santas, almas heroicas, en la vida silenciosa de este Convento, que sufrirán persecuciones y calumnias dentro de su propia comunidad, serán muy amadas por Dios y Su Madre… Sus vidas de oración, penitencia y sacrificio serán extremadamente necesarias en todos los tiempos. Después de pasar todas sus vidas desconocidas al mundo, serán llamadas al Cielo para ocupar un elevado trono de gloria.”

     Le reveló también Nuestra Señora que su vida sería larga y sufrida, pidiéndole que jamás pierda el valor.

     Dicho esto, colocó al Niño Jesús en los brazos de la humilde religiosa, quien al abrazarlo firmemente entre su corazón, sintió fuerzas para sufrir lo indecible.


Portentosa imagen de Nuestra Señora del Buen Suceso. Iglesia del Monasterio de la Inmaculada Concepción de Quito

     

sábado, 25 de enero de 2020

Revolución y Contra - Revolución, el Ideal de lucha del siglo XXI







     En un artículo anterior mencionamos que "hace 400 años, en sus apariciones a la Venerable Madre Mariana de Jesús Torres, en el Convento de la Inmaculada Concepción de Quito, la Santísima Virgen del Buen Suceso profetizó la crisis sin precedentes que asola al mundo contemporáneo, y el embate entre las fuerzas del mal de un lado, y la Iglesia Católica y la Civilización Cristiana del otro.

     Nuestra Señora se refirió en la práctica, a los hechos del proceso revolucionario descrito por el Dr. Plínio Corrêa de Oliveira en su célebre libro Revolución y Contra-Revolución.

     Esta obra maestra del ilustre líder católico brasileño, contó con el beneplácito de destacadas figuras del ámbito católico. Una de ellas, el jesuita ecuatoriano Padre Aurelio F. Aulestia, quien consideró a Revolución y Contra-Revolución como el enfoque contemporáneo del combate entre el Bien y el Mal, sobre el cual, en sus respectivas épocas, trataron San Agustín en “Las dos ciudades” y San Ignacio de Loyola en “Las dos banderas”:

     Decía el P. Aulestia:

     "Dos amores, escribió San Agustín, fundaron dos Ciudades, a saber: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, fundó la ciudad terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, fundó la Ciudad celestial (De civitate Dei XIV, 28)...

     “San Ignacio de Loyola, en sus Ejercicios Espirituales presenta la célebre meditación de las Dos Banderas, que, en realidad, es un verdadero comentario de la visión genial de San Agustín...

     “De otra forma, pero coincidiendo en lo esencial con San Agustín y San Ignacio de Loyola, un egregio pensador y publicista moderno, Plinio Corrêa de Oliveira, brasileño, presenta la lucha eterna de las dos banderas bajo los nombres de Revolución y Contra-Revolucion"

     A continuación, presentamos una síntesis de Revolución y Contrarrevolución, en sus puntos más esenciales, para que poder 
entender el porqué de dicha crisis y cómo combatirla.



Revolución y Contra-Revolución






Crisis del mundo contemporáneo

     "¿Quién podría afirmar que la causa principal de nuestra presente situación es el espiritismo, o el protestantismo, o el ateísmo, o el comunismo? No. Ella es otra, impalpable, sutil, penetrante, como si fuera una poderosa y temible radioctividad. Todos sienten sus efectos, pero pocos sabrían darle nombre y definir su esencia.

     "Al hacer esta afirmación, nuestro pensamiento se extiende desde las fronteras de Brasil hacia las naciones hispanoamericanas, nuestras tan queridas hermanas, y de ahí a todas las naciones católicas. En todas, ejerce su imperio indefinido y abrumador el mismo mal.

     En todas produce síntomas de una grandeza trágica. Un ejemplo entre otros. En una carta dirigida en 1956, a propósito del Día Nacional de Acción de Gracias, a su Eminencia el Cardenal Carlos Carmelo de Vasconcelos Motta, Arzobispo de Sao Paulo, el Excmo. Mons. Angelo Dell’Acqua, Sustituto de la Secretaría de Estado, decía que 'como consecuencia del agnosticismo religioso de los Estados', quedó 'amortecido o casi perdido en la sociedad moderna el sentir de la Iglesia'.

     "Ahora bien, ¿qué enemigo asestó contra la Esposa de Cristo este golpe terrible? ¿Cuál es la causa común a éste y a tantos otros males concomitantes y afines? ¿Con qué nombre llamarlo? ¿Cuáles son los medios por los cuales actúa? ¿Cuál es el secreto de su victoria? ¿Cómo combatirlo con éxito?

     "Como se ve, difícilmente un tema podría ser de más palpitante actualidad.



* * * 


Lutero, Danton y Lenin personificaron al igual que otros las revoluciones protestante, francesa y comunista. De ellas se originan la cuarta y la quinta revolución: el tribalismo y la anarquía.


     "Ese enemigo terrible tiene un nombre: se llama Revolución. Su causa profunda es una explosión de orgullo y sensualidad que inspiró, no diríamos un sistema, sino toda una cadena de sistemas ideológicos. De la amplia aceptación dada a éstos en el mundo entero, se desarrollaron las tres grandes revoluciones de la Historia de Occidente: la Pseudo-Reforma, la Revolución Francesa y el Comunismo.

     "El orgullo lleva al odio a toda superioridad, y, pues, a la afirmación de que la desigualdad es en sí misma, en todos los planos, inclusive y principalmente en los planos metafísico y religioso, un mal. Es el aspecto igualitario de la Revolución.

     "La sensualidad, de suyo, tiende a derribar todas las barreras. Ella no acepta frenos y lleva a la rebelión contra toda autoridad y toda ley, sea divina o humana, eclesiástica o civil. Es el aspecto liberal de la Revolución. 

     "Ambos aspectos, que tienen en última instancia un carácter metafísico, parecen contradictorios en muchas ocasiones, pero se concilian en la utopía marxista de un paraíso anárquico en el que una humanidad altamente evolucionada y “emancipada” de cualquier religión viviría en orden profundo sin autoridad política, y en una libertad total de la que sin embargo no derivaría ninguna
desigualdad. 


Caracteristicas de esta crisis





     El autor del citado libro, afirma que todas las crisis que afectan al mundo contemporáneo son aspectos de una sola crisis de la cual es víctima principalmente el hombre occidental y cristiano. Dicha crisis es universal, una, total, dominante y procesiva. El carácter procesivo él lo describe resumidamente,  iniciado con el Humanismo, el Renacimiento y el Protestantismo (“I Revolución”), seguido por la Revolución Francesa (II Revolución) y concluido por el Comunismo (III Revolución). Finalmente, añadida a éstas, la Revolución Cultural Tribalista (IV Revolución).

     "Estas tres revoluciones son episodios de una sola Revolución, dentro de la cual el socialismo, el liturgicismo, la política de la mano tendida, etc., son etapas de transición o manifestaciones atenuadas".

     "Esta gran revolución global, cuya fase final presenciamos, no es tanto un fenómeno político o sociológico, es sobre todo, una transformación de carácter moral y religioso que abarca todos los aspec­tos de la personalidad humana. El germen revolucionario penetra, al mismo tiempo, en la Iglesia y en el Estado, en las costumbres, en el ar­te, en la cultura, en el orden políti­co y socioeconómico". (pliniocorreadeoliveira.info)





La utopía revolucionaria

La Revolución niega el pecado y la Redención

     "[...] La Revolución es, como hemos visto, hija del pecado. Pero si ella lo reconociera, se desenmascararía y se volvería contra su propia causa.

     "Se explica, así, porque la Revolución tiende no sólo a pasar bajo silencio la raíz de pecado de la que brotó, sino a negar la propia noción de pecado. Negación radical, que incluye tanto la culpa original como la actual, y se efectúa principalmente:

     "• Por sistemas filosóficos o jurídicos que niegan la validez y la existencia de cualquier Ley moral o dan a ésta los fundamentos vanos y ridículos del laicismo.

     "• Por los mil procesos de propaganda que crean en las multitudes un estado de alma en que, sin afirmarse directamente que la moral no existe, se hace abstracción de ella, y toda la veneración debida a la virtud es tributada a ídolos como el oro, el trabajo, la eficiencia, el
éxito, la seguridad, la salud, la belleza física, la fuerza muscular, el goce de los sentidos, etc.


     Es la propia noción de pecado, la distinción entre el bien y el mal, que la Revolución va destruyendo en el hombre contemporáneo. Y ella va negando ipso facto la Redención de Nuestro Señor Jesucristo, que sin el
pecado se vuelve incomprensible y pierde toda relación lógica con la Historia y la vida. [...]"


Los agentes de la Revolución

     "Una vez que estamos estudiando las fuerzas propulsoras de la Revolución, conviene que digamos una palabra sobre los agentes de ésta.

     "No creemos que el mero dinamismo de las pasiones y de los errores de los hombres pueda conjugar medios tan diversos para la consecución de un único fin, es decir, la victoria de la Revolución.

     "La producción de un proceso tan coherente, tan continuo, como el de la Revolución, a través de las mil vicisitudes de siglos enteros, llenos de imprevistos de todo orden, nos parece imposible sin la acción de generaciones sucesivas de conspiradores de una inteligencia y un poder extraordinarios. Pensar que sin esto la Revolución habría llegado al estado en que se encuentra es lo mismo que admitir que cientos de letras arrojadas por una ventana podrían disponerse espontáneamente en el suelo para formar una obra cualquiera, por ejemplo, la Oda a Satanás, de Carducci.

     "Las fuerzas propulsoras de la Revolución han sido manipuladas hasta aquí por agentes sagacísimos, que de ellas se han servido como medios para realizar el proceso revolucionario.

     "En general, pueden calificarse como agentes de la Revolución todas las sectas de cualquier naturaleza engendradas por ella desde su nacimiento hasta nuestros días para la difusión del pensamiento o la articulación de las tramas revolucionarias. Pero la secta maestra, en torno a la cual todas se articulan como simples fuerzas auxiliares —a veces conscientemente, y otras veces no— es la Masonería, según claramente se deriva de los documentos pontificios, y especialmente de la Encíclica Humanum Genus de León XIII, del 20 de abril de 1884. [...]"


Porqué el término Revolución?


     El concepto de Revolución no ha sido inventado por Plinio Corrêa de Oliveira

     La noción de lo que es la Revolución y su carácter procesivo  —que desde hace seis siglos viene atacando a la Iglesia y la Cristiandad— no son un invento de Plinio Correa de Oliveira. Sin embargo, él los ha explicitado de manera mucho más profunda que otros autores, llevándolos hasta sus últimas consecuencias. Ello quedó registrado en más de un millón de páginas en que el Autor, de modo ora implícito, ora explícito, siempre tuvo como telón de fondo la Revolución y la Contrarrevolución, al punto de consagrar un magistral ensayo con ese nombre.

     Este proceso revolucionario ha sido denunciado por destacadas personalidades del orden eclesiástico, así como también por muchos pensadores y escritores de diferentes tendencias del orden temporal.

     Así, por ejemplo:





     Pío IX, que gobernó la Iglesia entre 1846 y 1878, sustenta, refiriéndose también a sus predecesores, que muchos de los errores de su época tienen su raíz en la Pseudo-Reforma Protestante:


     “Por lo cual, nuestros Predecesores se han opuesto constantemente con apostólica firmeza a las nefandas maquinaciones de los malos, que arrojando la espuma de sus
confusiones, semejantes a las olas del mar tempestuoso, y prometiendo libertad, siendo ellos, como son, esclavos de la corrupción, han intentado con sus opiniones falaces y perniciosos escritos transformar los fundamentos de la Religión católica y la sociedad civil (…)”.

     “Pero otros, renovando los perversos y tantas veces condenados errores de los novadores [Reforma Protestante], se atreven con insigne impudencia a sujetar al arbitrio de la potestad civil la suprema autoridad de la Iglesia y de esta Sede Apostólica, concedida a ella por Cristo Señor nuestro, y a negar todos los derechos de la misma Iglesia y de la Santa Sede sobre aquellas cosas que pertenecen al orden temporal”.

    León XIII, que reinó entre 1878 y 1903, se refiere claramente a las tres Revoluciones:




     “A propósito de una serie de causas históricas bien conocidas, la llamada Reforma del siglo XVI alzó la bandera de la rebelión, intentando herir la Iglesia en pleno corazón, al combatir con rabia el Papado”.

     “La guerra movida contra la Iglesia se vuelve hoy día más decisiva que en el pasado, no sólo por su violencia, sino especialmente por la amplitud del ataque”.

     “Estas doctrinas perniciosas, desgraciadamente, saliendo del campo de las ideas, abrieron el paso, como sabéis, venerables hermanos, a la vida diaria y las organizaciones de la sociedad. Grandes y poderosos Estados las ponen continuamente en práctica y creen dar propulsión, de ese modo, al progreso de la cultura general”  [Revolución Francesa].

     “Esta aberración moral lamentable constituye un germen de intranquilidad en el organismo popular, germen de aflicción y de fuerte amargura; de ahí nacieron las continuas intrigas y perturbaciones del orden, preludio de tormentas todavía más fuertes. La situación de miseria de tantas camadas populares debe mejorar; pero, actualmente, sirve maravillosamente a los obscuros propósitos de astutos agentes, especialmente del partido socialista, quienes hacen locas promesas al pueblo para acercarse de ese modo a la ejecución de sus criminales planes”
[Revolución Comunista].


     San Pío X (1903-1914):






     Condenó los errores de Le Sillon de Marc Sangnier, al denunciar sus orígenes en la Revolución Francesa:

     “Nuestro cargo apostólico Nos obliga a vigilar la pureza de la Fe y la integridad de la disciplina católica; a preservar a los fieles de los peligros del error y del mal, sobre todo cuando el error y el mal les son presentados en un lenguaje atrayente, que, ocultando la vaguedad de las ideas y el equívoco de las expresiones bajo el ardor del sentimiento y la sonoridad de las palabras, puede encender los corazones en favor de causas seductoras, pero funestas. 

     "Tales han sido en otro tiempo las doctrinas de los llamados filósofos del siglo XVIII, las de la Revolución [Francesa] y las del Liberalismo, tantas veces condenadas; tales son también hoy día las teorías del Sillon, que, bajo sus brillantes y generosas apariencias, faltan con mucha frecuencia a la claridad, a la lógica y a la verdad, y, bajo este aspecto, no realzan
el genio católico y francés”.

     Pío XI (1922-1939) también hace referencia a un largo proceso revolucionario que llega hasta el comunismo:




     “… Pero la lucha entre el bien y el mal quedó en el mundo como triste herencia del pecado original, y el antiguo tentador no ha cesado jamás de engañar a la humanidad con
promesas falaces. Por eso, a lo largo de los siglos, las perturbaciones se han sucedido unas a las otras hasta llegar a la revolución de nuestros días, la cual en todo el mundo ya es o una realidad cruel, o una seria amenaza que supera en amplitud y violencia a todas las persecuciones que la Iglesia ha padecido anteriormente. Pueblos enteros están en peligro de caer de nuevo en una barbarie peor que aquella en la cual yacía la mayor parte del mundo al aparecer el Redentor.

     “Ese peligro tan amenazador, como habréis comprendido, venerables hermanos, es el comunismo bolchevique y ateo, que pretende derrumbar radicalmente el orden social y socavar los propios fundamentos de la civilización cristiana”.


     Pío XII (1939-1958):





     Sintetiza las tres Revoluciones refiriéndose a un misterioso enemigo de la Iglesia: “Él se encuentra en todo lugar y en medio de todos: sabe ser violento y astuto. En estos últimos siglos intentó realizar la desagregación intelectual, moral, social de la unidad en el organismo misterioso de Cristo. Quiso la naturaleza sin la gracia, la razón sin la fe; la libertad sin la autoridad; a veces, la autoridad sin la libertad. Es un ‘enemigo’ que se volvió cada vez más concreto, con una ausencia de escrúpulos que aún sorprende: ¡Cristo sí, la Iglesia no! [Protestantismo]. Después: ¡Dios sí, Cristo no! [Revolución Francesa]. Finalmente, el grito impío: Dios está muerto; o, incluso, Dios jamás existió” [Comunismo].


San Antonio María Claret (1807-1870).
 





     En su Autobiografía, el santo relata una revelación en la cual Nuestro Señor le da conocimiento de los males causados por las tres Revoluciones:

     “El día 27 de agosto de 1861, en la misma iglesia (del Rosario, en la Granja, residencia de verano de los reyes y del padre Claret, como confesor de Isabel II), durante
la bendición del Santísimo Sacramento, dada después de la Misa, el Señor me hizo conocer los tres grandes males que amenazan a Espa-
ña: el protestantismo, o mejor, la descatolización; la república y el comunismo”.


     Beato Francisco Palau i Quer, O.C.D. (1811-1872), fundador de la Congregación de las Carmelitas Terciarias, hoy Misioneras
Salesas, y director durante varios años del semanario El Ermitaño, con el cual emprendió una enérgica y declarada lucha contra las tendencias liberales y socialistas de la época.






     Para medir la importancia que la Iglesia atribuye tanto a la obra cuanto a la personalidad del Beato Palau, cumple recordar que en el 2011, para celebrar el segundo centenario de su nacimiento, se inauguró oficialmente en la Catedral de Barcelona el Año Jubilar Palausiano con una solemne ceremonia presidida por el Arzobispo Cardenal Martínez Sistach.

     El Beato Palau hizo innumerables referencias al proceso revolucionario en El Ermitaño. Él insistía en considerar a la Revolución como un proceso satánico. Citamos a continuación uno de sus textos:

     “En las altas regiones de la política han prevalecido la maldad, la anarquía, la apostasía, el paganismo, el diablo. El imperio y el triunfo del mal en las masas de todas las naciones representan un efecto producido naturalmente por la apostasía de sus reyes y gobiernos; y esta obra que reconoce por autor a Satanás ‘seducirá a las naciones en los cuatro rincones de la tierra’.

     “Para un católico que piense como tal, no necesitamos argumentos; los hechos contemporáneos que forman la historia de la sociedad actual están a la vista y no nos permiten vacilar.

     “La historia tiene una lógica terrible, invariable, inflexible: puesta la causa se siguen como agua de su corriente todos los efectos que ella produce. Los hechos están encadenados unos a los otros, pasados, presentes y futuros (…).

     “¿Cómo ha llegado a prevalecer la maldad? ¿Cómo se ha formado el imperio del mal?

     “Poco a poco, insensiblemente, a lo largo de un año, de un siglo, de muchos siglos se da un paso y no retrocede. Después otro. Después da un salto, y con el tiempo Satanás ha venido consumando su obra de maldad. Con inteligencia que no muere y superior a la del hombre, concibió un plan y lo encargó al tiempo y a los malhechores para su ejecución (…).

     “Esta es su historia: libre Satanás de las cadenas con que Cristo y Pedro lo habían atado; libre y fuera de su cárcel — ‘solvetur Satanas de carcere suo’ — por la incredulidad de los malos católicos (…). Un poco más adelante, nace en la bestia infernal otro pie, el protestantismo, que se presenta en el siglo XV en el seno mismo del catolicismo (…). El tiempo sigue su curso, y Satanás lleva adelante su empresa y, creyendo haber llegado la hora de enarbolar su propia bandera, aparece ella ondeando sobre millones de hombres con la inscripción: ¡Revolución! ¡Guerra a Dios! Eso acaeció en Francia a fines del siglo pasado (…).

     “¿Quién puede negar esta historia? Nadie. Está escrita con caracteres indelebles de la verdad. Antes que profetas, seamos lógicos. ¿Qué sucederá mañana? (…) El imperio de
la maldad llevará adelante su empresa (…)”.

     También los propios revolucionarios –aunque de diferentes matices – afirman la existencia de una Revolución igualitaria, su carácter 
unitario y procesivo, y que tiene como finalidad la destrucción de la Cristiandad. Así, por ejemplo:

     León Trotsky (1879-1940), uno de los organizadores de la revolución rusa de octubre de 1917, partidario de la llamada “revolución permanente” y fundador de la IV Internacional, en un discurso sobre los tratados de paz al final de la I Guerra Mundial
presenta las tres Revoluciones como el fondo de cuadro de su pensamiento. Afirma lo siguiente:

     “Una política larga y previsible se basa en las tendencias de desarrollo, en las fuerzas interiores que, una vez despiertas, mostrarán su poder tarde o temprano. A ejemplo de la gran Reforma del siglo XVI [Protestantismo] y la gran Revolución del siglo XVIII [Revolución Francesa], que demostraron las fuerzas creativas de los pueblos alemanes y franceses, nuestra gran revolución [Comunista], que presenta un grado mundial técnico y de cultura superior, ha despertado y descubierto las fuerzas creativas de nuestro pueblo”.

     Friedrich Engels
(1820-1895). Teórico socialista alemán, fundador del marxismo y redactor, junto con Marx, de muchos textos, entre ellos el manifiesto del Partido Comunista de 1848.

     Él sostiene:


     “La gran campaña de la burguesía europea contra el feudalismo culminó en tres grandes batallas decisivas. La primera fue la que llamamos la reforma alemana. Al grito de
rebelión de Lutero contra la Iglesia respondieron dos insurrecciones políticas: primero la de la nobleza inferior, [...] en 1523, y luego la gran guerra de los campesinos en 1525”.

     Y concluye:

     “La gran Revolución francesa fue la tercera rebelión de la burguesía, pero la primera a despojarse totalmente del manto religioso, trabando la lucha en el campo político abierto”.


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