jueves, 12 de enero de 2023

¿Por qué el tercer secreto de Fátima no fue divulgado en 1960? (PRIMERA PARTE)

 






¿Por qué el tercer secreto de Fátima no fue divulgado en 1960?
(primera parte)


Entrevista al autor del bestseller "Fátima: ¿Mensaje de Tragedia o de Esperanza?"


     El 13 de julio de 1917, la Santísima Virgen transmitió a los tres pequeños videntes de Fátima un mensaje que no deberían revelarlo a nadie. Al ser interrogados, inmediatamente después de la aparición, sobre lo que la Madre de Dios les había dicho, respondieron que eso era secreto. De modo que desde entonces se supo que había un secreto en el Mensaje de Fátima.

     Obrando así, la Santísima Virgen obviamente estaba queriendo atraer la atención del mundo hacia algo muy importante, cuyo contenido sería hecho público tan solo en el momento en que la Providencia divina lo juzgara oportuno.





     Todo esto creó una aureola de misterio alrededor de Fátima y del secreto, el cual fue creciendo a lo largo de los años y de las décadas, resaltando con ello la importancia de su contenido.

     Las dos primeras partes del secreto fueron dadas a conocer por la hermana Lucía, por inspiración de la Santísima Virgen, en la tercera Memoria, escrita por la vidente el 31 de agosto de 1941. El 3 de enero de 1944, a instancias del obispo de Leiria y con el debido permiso de la Madre de Dios, la hermana Lucía escribió la tercera parte del secreto, que mandó entregar al obispo por medio de un portador, en sobre lacrado, con una nota que señalaba que no podía ser divulgado antes de 1960. El obispo, Mons. José Alves Correia da Silva, colocó el sobre enviado por la hermana Lucía dentro de uno mayor, que asimismo lacró y guardó en la caja fuerte de la Curia episcopal.

     A comienzos de 1957, la Sagrada Congregación del Santo Oficio, actual Congregación para la Doctrina de la Fe, pidió que el documento fuese remitido a Roma. Para ese efecto, fue entregado en la Nunciatura Apostólica de Lisboa, desde donde el nuncio, Mons. Fernando Cento, lo condujo al Vaticano, donde ingresó en el Archivo Secreto del Santo Oficio el día 4 de abril de 1957.


Dr. Antonio Augusto Borelli Machado


     Solicitado por Juan XXIII el 17 de agosto de 1959, el Papa recibió el documento de manos de un comisario del Santo Oficio, abriéndolo —por primera vez— algunos días después y leyéndolo con la ayuda del traductor portugués de la Secretaría de Estado. Habiendo decidido no publicarlo, lo devolvió al Santo Oficio.

     Esa decisión, como era previsible, provocó una gran frustración en todo el mundo, dando origen a los más sensatos e insensatos vaticinios sobre su contenido.

     Los siguientes pontífices, Paulo VI y en un comienzo también Juan Pablo II, confirmaron tal decisión.

     Finalmente, el 13 de mayo de 2000, Juan Pablo II anunció en Fátima que el tercer secreto sería revelado junto con un oportuno comentario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, lo que efectivamente ocurrió el 26 de junio de ese mismo año.

     Ese día, en una sesión solemne presidida por el cardenal Joseph Ratzinger en la Sala de Prensa del Vaticano, fue presentado a los periodistas acreditados ante la Santa Sede el texto del tercer secreto que, a partir de entonces, fue conocido en el mundo entero.

     En aquella ocasión, se facultó a los principales vaticanistas a formular preguntas de esclarecimiento.

     Una de esas preguntas versaba justamente sobre la razón que llevó a la Santa Sede a frustrar en 1960 la expectativa mundial creada por la revelación del tercer secreto en aquel año. La respuesta del cardenal Ratzinger es altamente reveladora de las graves razones que orientaron la decisión de la Santa Sede.

     Tan importante información no podía dejar de ser puesta en conocimiento de nuestros lectores. Para tal efecto, pedimos a nuestro colaborador Benoît Bemelmans que entrevistara al respecto a un conceptuado autor y especialista en el tema, Antonio Augusto Borelli Machado. En sus respuestas son abordados importantes asuntos que elucidan los grandes problemas que han afligido a la Iglesia y al mundo, en ese largo periodo de 100 años que transcurrió desde las apariciones de Fátima.

* * *

     Tesoros de la Fe — En 1960, la expectativa de que fuese revelado el tercer secreto llegó a su auge. Pero esa revelación no tuvo lugar, provocando una gran frustración. Fue solamente después de 40 años, al final del milenio, que la Santa Sede lo hizo público. Durante la presentación del mismo, periodistas presentes preguntaron sobre el porqué de tal demora. ¿Qué explicación dio entonces el cardenal Ratzinger, que presidía la sesión?

     Antonio Borelli Machado — Cuando fue dado a conocer el tercer secreto, el 26 de junio de 2000, la Santa Sede resolvió hacerlo por medio de un acto rodeado de un gran despliegue publicitario, a cargo de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Fueron invitados los periodistas acreditados ante el Vaticano. A los presentes les fue distribuido un ejemplar del opúsculo El Mensaje de Fátima, conteniendo el texto del secreto. La sesión fue presidida por el cardenal Ratzinger, prefecto de la Congregación, con la participación de Mons. Tarcisio Bertone, secretario de la misma, y del director de la Sala de Prensa de la Santa Sede, Joaquín Navarro-Valls. Emisoras de televisión de diversas partes del mundo la transmitieron en vivo. Después de las exposiciones del cardenal Ratzinger y de monseñor Bertone, el director de la Sala de Prensa franqueó la palabra a los periodistas presentes, para que formularan preguntas. Tres de ellas versaron justamente sobre los motivos que llevaron a los Papas a posponer la difusión del tercer secreto hasta exactamente 40 años después de la fecha esperada. La pregunta mejor elaborada fue la del escritor y vaticanista Gian Franco Svidercoschi, quien fue subdirector del "Osservatore Romano". Su pregunta (extraída del video de la sesión puesto a disposición por la Sala de Prensa) fue la siguiente:

     "Eminencia: Me permito hablar sobre el porqué del atraso, de esta prolongada prudencia de la Iglesia de 1960 hasta hoy. De alguna forma usted ya respondió, hablando justamente sobre la evolución de la historia. […] Está también la descripción de Mons. Bertone de las diversas decisiones tomadas por los Papas, mudadas las situaciones histórico-políticas. Pero yo le pregunto: ¿no terminó la Iglesia pagando un precio demasiado alto por este largo silencio, este largo secreto sobre el secreto? Al final de cuentas, ¿la tercera parte del secreto no contiene ya a la segunda, al aludir al obispo vestido de blanco? ¿La tercera parte no es al final sino, digamos, el corolario de lo que está dicho en las partes precedentes? Este martirio [descrito en el tercer secreto] ya existía en 1960. ¿No hay una forma diferente, de parte de la Iglesia, no apenas con relación a Fátima, de fijar una posición frente a las revelaciones privadas —que no afectan el depósito de la fe— y, por tanto, se podría haber evitado provocar toda esa serie de instrumentalizaciones y de escándalos que hubo precisamente a causa de ese silencio que duró tanto? Gracias".

     A esto, el cardenal Ratzinger respondió sin vacilación:

     "Ciertamente la decisión de los tres Papas de no publicar el secreto —porque tampoco el Papa actual [Juan Pablo II], en 1981, quiso hacerlo— fue una decisión no dogmática, sino prudencial. Y siempre se puede discutir sobre la prudencia de una decisión, si políticamente una otra prudencia no habría sido preferible. Por tanto, no se debe dogmatizar esta actitud de los Papas. Además, considerando la cuestión retrospectivamente, puedo decir: ciertamente pagamos un precio por las especulaciones que tuvimos en estos últimos decenios. Pero, por otra parte, pienso que era apropiado esperar un momento para tener una visión retrospectiva. En 1960, estábamos en el umbral del Concilio, esa gran esperanza de poder alcanzar una nueva relación positiva entre el mundo y la Iglesia, y también de abrir un poco las puertas cerradas del comunismo. Igualmente en tiempos del Papa Paulo VI: estábamos aún, por decirlo así, en la digestión del Concilio, con tantos problemas, que este texto [el tercer secreto] no habría tenido una correcta presentación. Ídem poco después del atentado [a Juan Pablo II]: salir inmediatamente en ese momento con este texto no habría producido, me parece, una correcta comprensión del mismo. Pienso, sin dogmatizar esta decisión, pero con una sincera convicción personal, pienso que estaba bien, en suma, esperar un poco más hasta el final del siglo, para tener una visión más global y poder comprender mejor el verdadero imperativo y las verdaderas indicaciones de esta visión".


Gian Franco Svidercoschi


     Tesoros de la Fe — Por tanto, el cardenal Ratzinger reconoció que la revelación del secreto en 1960 perturbaría políticas muy importantes que la Santa Sede tenía en vista… ¿Cuáles son esas metas que serían perjudicadas por la revelación del tercer secreto a tal altura del siglo XX?

     Antonio Borelli Machado — Tres metas políticas y religiosas de primera importancia marcaron la vida de la Iglesia en la segunda mitad del siglo XX, fueron mencionadas sucesivamente por el cardenal Ratzinger en su respuesta:

     1) El ralliement1 de la Iglesia con el mundo moderno: "esa gran esperanza de poder alcanzar una nueva relación positiva entre el mundo y la Iglesia",

     2) La Ostpolitik vaticana, es decir, el ralliement de la Iglesia con el comunismo: la esperanza "de abrir un poco las puertas cerradas del comunismo",

     3) La implantación de las directrices del Concilio que pretendían promover este doble ralliement, y que fueron la causa de "tantos problemas" de "digestión" de las innovaciones conciliares por el mundo católico.

     Tesoros de la Fe — ¿De qué manera el tercer secreto choca con esas metas?

     Antonio Borelli Machado — El tercer secreto consiste en una visión en que aparece "un Ángel con una espada de fuego", la cual, "centelleando emitía llamas que parecía iban a incendiar el mundo". Ahora, un mundo que Dios quiere castigar de esa manera, es un mundo que está provocando el rechazo divino… No era un mundo que justificara "esa gran esperanza de poder alcanzar una nueva relación positiva entre el mundo y la Iglesia".

     Por tanto, divulgar en 1960 el tercer secreto habría sido andar en dirección opuesta al ralliement de la Iglesia con el mundo moderno.

     Uso aquí la palabra ralliement en referencia a la famosa política de León XIII con relación a los Estados laicos que se instalaron en el mundo siguiendo el rastro de la Revolución Francesa. En particular, la república laica vigente en Francia. Como se sabe, aquel pontífice llegó a lamentar en su vejez el fracaso de sus esperanzas.2

     En el Concilio Vaticano II, influyentes Padres conciliares estaban animados por un optimismo análogo para promover un nuevo ralliement de la Iglesia con el mundo moderno, en perfecta consonancia con el de León XIII. Si ellos hubiesen consagrado la debida atención a las dos partes del secreto de Fátima ya entonces conocidas, tal vez habrían moderado su optimismo: bastaba prestar atención a la frase "varias naciones serán aniquiladas", contenida en la segunda parte del secreto. La revelación de la tercera parte en 1960, ampliamente difundida y con unos oportunos comentarios —pensemos en la "gran ciudad medio en ruinas"…— podría haberles abierto los ojos o, al menos, hacerles comprender que la opinión católica no comprendería tal ralliement, lo que posiblemente los inhibiera de dar ese paso.

     Como los hombres de la Iglesia estaban resueltos a lograr, a cualquier costo, esa aproximación con el mundo, tenían que optar por no revelar el tercer secreto y pagar el precio de la extrañeza que ello produciría entre los fieles católicos, como de hecho ocurrió.

     Tesoros de la Fe — Que un castigo tan grande penda sobre el mundo indica que la conducta de la sociedad humana actual está en contradicción con los principios que Dios querría que en ella vigorasen. ¿Es posible destacar el punto en que reside esencialmente esa contradicción?

     Antonio Borelli Machado — Para que el público de nuestros días pueda medir la distancia que nos separa de un recto orden social, viene a propósito citar un famoso texto de León XIII: "Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad. La religión fundada por Jesucristo se veía colocada firmemente en el grado de honor que le corresponde y florecía en todas partes gracias a la adhesión benévola de los gobernantes y a la tutela legítima de los magistrados. El sacerdocio y el imperio vivían unidos en mutua concordia y amistoso consorcio de voluntades. Organizado de este modo, el Estado produjo bienes superiores a toda esperanza. Todavía subsiste la memoria de estos beneficios y quedará vigente en innumerables monumentos históricos que ninguna corruptora habilidad de los adversarios podrá desvirtuar u oscurecer" (encíclica Immortale Dei, del 1º de noviembre de 1885, nº 9).


León XIII

     Ahora bien, los Estados de nuestros días, como un resultado del laicismo que profesan, se sienten libres de la obligación de ajustar las normas de conducta individual y social a los Diez Mandamientos de la Ley de Dios, y de conceder a la Iglesia "el grado de honor que le corresponde". En consecuencia, se vienen implantando en el mundo entero toda clase de transgresiones a las leyes natural y divina, como el divorcio, el aborto, la unión homosexual, etc.

     Así, el laicismo de Estado, que se proclama neutro en materia de religión y de moral, se revela como un obstinado enemigo de la Iglesia Católica y de la moral cristiana. Y eso es una constante en la historia: aquel que se declara neutro entre la verdad y el error, en realidad se coloca a favor de todos los errores contra la única verdad. Tal es la posición del laicismo frente a la Iglesia verdadera.

     El laicismo no es neutro en materia de religión, sino militantemente ateo. Lo señala León XIII en la misma encíclica: Immortale Dei: "En materia religiosa, pensar que las formas de culto, distintas y aun contrarias, son todas iguales, equivale a confesar que no se quiere aprobar ni practicar ninguna de ellas. Esta actitud, si nominalmente difiere del ateísmo, en realidad se identifica con él" (nº 14).

     El laicismo es, pues, la "no religión" del mundo moderno, es decir, el ateísmo; ateísmo doctrinario y práctico, que penetra en toda la sociedad. Sobre esta pende el mensaje de Fátima, que advierte: o la sociedad se convierte y hace penitencia, o vendrá un castigo de proporciones cósmicas.

     ¿Cómo alimentar "esa gran esperanza de poder alcanzar una nueva relación positiva entre el mundo y la Iglesia"? A quienes estaban animados con tal esperanza, no les convenía en lo absoluto que el tercer secreto fuese revelado en 1960... 

     Tesoros de la Fe — ¿Cuándo surgió en la Iglesia ese deseo de establecer una "relación positiva" con el mundo?

     Antonio Borelli Machado — La palabra mundo aparece en los Evangelios tanto en un sentido genérico, como para designar a los que no aceptaban la prédica de Nuestro Señor Jesucristo y se oponían a Él. En ese segundo sentido aparece, por ejemplo, en el Evangelio de san Juan, en los versículos 18 y 19 del capítulo 15: "Si el mundo los odia, saben que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia"

     Esta misma suerte marca a todos los discípulos de Cristo, desde entonces hasta nuestros días. De allí que la porción más tibia del campo católico siempre intente enfriar el odio del mundo entrando en composición con él. Ello está en la naturaleza caída del hombre y por eso se manifestó en todos los periodos de la historia de la Iglesia. Basta abrir los compendios para constatarlo.

     Con una característica fácil de percibir: los que ceden a esta tentación, intentan quedarse a medio camino entre la verdad y el error.

      Vayamos directamente a los tiempos modernos: Erasmo de Rotterdam (1466-1526), célebre humanista, difundía "un espíritu de reacción contra la escolástica, de libertad de pensamiento y de simplificación del cristianismo",3 que lo condujo a un intento de aproximación con Lutero; fracasado, debido al carácter belicoso de este último. Así, desde la seudo-Reforma protestante y el Renacimiento, una corriente de católicos, ampliamente inspirada en Erasmo, ha intentado entrar en composición con los errores de su época.

     La idea de una reconciliación entre la Iglesia y el mundo, resultante de la Revolución Francesa, fue preconizada por los católicos liberales del siglo XIX, a partir de Félicité de Lamennais, más tarde condenado por Gregorio XVI (1831-1846).


Pío IX

     Pío IX (1846-1878) compendió los errores del liberalismo católico en el Syllabus praecipuorum nostrae aetatis errorum ("Índice de los principales errores de nuestro siglo"), del 8 de diciembre de 1864, los cuales sintetizó en la proposición 80: "LXXX. El Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, con el liberalismo y con la moderna civilización".

     Observen, desde luego, que la oposición de la Iglesia no era contra el progreso en sí, sino contra lo que éste traía escondido de revolucionario, con el objeto de demoler lo que la sociedad de entonces, aunque decadente, conservaba de bueno y de conforme a los principios del orden natural y cristiano.

     Sin embargo, la posición firme de Pío IX fue contrapuesta por el siguiente pontífice, León XIII (1878-1903), quien promovió en Francia la política de ralliement con la república nacida de la Revolución Francesa, a la cual aludí anteriormente (cf. 2ª pregunta). Este pontífice esperaba que tal política, conducida con obstinada determinación durante todo su pontificado, fuese continuada por sus sucesores. Lo que ciertamente habría sucedido si su Secretario de Estado, el cardenal Mariano Rampolla del Tindaro, hubiese sido elegido Papa, como se creía. La imprevista elección del cardenal Giuseppe Sarto, con el nombre de Pío X (1903-1914), frustró la continuidad inmediata de esa política.


San Pío X

     Ella resurge de forma muy definida, a mediados de los años 30, en el pontificado de Pío XI (1922-1939), en las alas del optimismo y de la apertura al mundo propugnada por el movimiento de la Acción Católica.4 En el campo intelectual, alimentaban una posición análoga autores muy apreciados en esos mismos medios de la Acción Católica, especialmente Jacques Maritain con su libro Humanismo integral (1936).

     Desde entonces, la actitud de ralliement con el mundo moderno no dejó de manifestarse claramente en los ambientes católicos liberales, aunque solo fue públicamente asumida, casi medio siglo después, por el Papa Juan XXIII (1958-1963). En el discurso de apertura del Concilio Vaticano II (11 de octubre de 1962), refiriéndose a aquellos que "no ven en los tiempos modernos sino prevaricación y ruina", el Pontífice declara: "Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente" (subtítulo Opportunitas celebrandi Concilii).

     Con la promulgación de la Constitución Pastoral Gaudium et spes, de Paulo VI (1962-1978), al final del Concilio (1965), la política de ralliement con el mundo moderno fue finalmente decretada y extendida a todo el orbe. La línea pastoral preconizada por la Gaudium et spes no constituyó una novedad concebida por los Padres Conciliares del Concilio Vaticano II, sino ¡la concreción efectiva de una "pastoral" ya propugnada por el sacerdote Lamennais, en 1830!


Concilio Vaticano II

     De esa manera, en lugar de prevenir a los católicos sobre el castigo anunciado por la Santísima Virgen en Fátima, el Concilio Vaticano II propuso establecer buenas relaciones entre la Iglesia y el mundo, auspiciando el advenimiento de una era de alegría y esperanza para la humanidad de nuestros días.

     Tal fue el efecto subliminal producido simplemente por el título dado al documento conciliar —Gaudium et spes— que expresaba, independientemente de su complejo contenido, las nuevas y benévolas disposiciones que el Concilio asumía entonces ante el mundo.

     El Mensaje de Fátima, sin embargo, ¡iba en un sentido diametralmente opuesto!

     Continuará...



Notas.- 
Artículo extraído de tesorosdelafe.com
1. Acuerdo, adhesión. 2. Sobre el ralliement de León XIII, véase el libro de Plinio Corrêa de Oliveira, Nobleza y élites tradicionales análogas en las alocuciones de Pío XII al Patriciado y a la Nobleza romana, Apéndice III, 21. León XIII interviene, p. 235-239; Ed. Fernando III el Santo, Madrid, 1993. Ver también Roberto de Mattei, Il ralliement di Leone XIII – Il fallimento di un progetto pastorale, Le Lettere, Firenze, 2014, 366 p. 3. Guillermo Fraile, Historia de la filosofía, BAC, Madrid, 1991, 3ª ed., t. III, p. 74. 4. Cf. Plinio Corrêa de Oliveira, Em defesa da Ação Católica, Editora Ave María, São Paulo, 1943.

martes, 10 de enero de 2023

Los dos papas y el misterio de la Iglesia. Por Roberto de Mattei

 



Los dos papas y el misterio de la Iglesia

Por Roberto de Mattei


     Este año 2023 proyecta hacia el futuro una imagen totalmente inédita: los funerales de un papa presididos por otro pontífice. Una imagen que afecta la esencia misma del papado, que Jesucristo quiso uno e indivisible.

     En una entrevista que concedió a Bruno Vespa el viernes santo de 2005, cuando todavía era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Josef Ratzinger afirmó que el pontificado es un cargo único que da el Señor y sólo él puede retirar. Sin embargo, ocho años más tarde, el 11 de febrero de 2013, el anuncio de su abdicación cayó como un rayo en un cielo sereno, según la comparación que hizo el cardenal decano del momento, Angelo Sedano. Hay quienes están convencidos de que la renuncia al pontificado por parte de Benedicto obedeció a presiones de diversa índole de que habría sido objeto. Pero Benedicto, en sus Últimas conversaciones con Peter Seewald recalcó: «Todo eso es enteramente absurdo. Nadie intentó chantajearme. Yo tampoco me habría prestado a ello». Siempre ha repetido que la decisión la tomó con plena y consciente libertad.

     ¿Fue el debilitamiento psicofísico el motivo de la abdicación del Sumo Pontífice? Ahora bien, el postpontificado de Benedicto ha durado diez años, más que su pontificado, y con sus 95 años de edad ha sido el papa más longevo de la historia de la Iglesia. No sólo eso: Benedicto ha utilizado el título de papa emérito, y ha seguido vistiendo sotana blanca e impartiendo bendiciones apostólicas, dando a entender con ello que había una diarquía pontificia. Luego, el papa dimisionario fallece y su sucesor celebra las exequias, pero también está enfermo, en silla de ruedas, y su pontificado se acerca a su fin. Una luz crepuscular parece cernirse sobre la Iglesia. ¿Cómo se puede negar un debilitamiento objetivo de la institución del papado, que hasta los fieles de a pie perciben?

     A todo lo que hizo Benedicto XVI en sus ocho años de reinado se sobrepone el recuerdo de lo que no hizo en los diez años siguientes, dominados por la imagen de dos pontífices que los medios de prensa nos presentan en una poco menos que simbiótica sintonía. Con todo, primero estuvo el papa de la hermenéutica de la continuidad y los principios no negociables, el restaurador de la liturgia, el crítico de la dictadura del relativismo y el defensor de Occidente; luego, el papa que no soporta a los tradicionalistas y aprecia a los teólogos progresistas; el de la apertura a los homosexuales y los divorciados vueltos a casar; el papa del ecologismo, la inmigración y el Tercer Mundo. Si estas dos maneras de presentar el Evangelio al hombre de hoy han suscitado entre los fieles controversias doctrinales y hasta canónicas, se ha debido también a una cohabitación en el Vaticano que parecía proponer que se tomara partido por uno de dos bandos enfrentados, olvidándose que la historia de la Iglesia ha conocido disparidades, incluso muy marcadas, entre pontífices. Sucedió por ejemplo con León XIII y San Pío X, o entre Pío XII y Juan XXIII. Los papas son humanos, y no hay que poner de relieve sus diferencias hasta el extremo de imaginar que hay actualmente dos iglesias enfrentadas, la de Benedicto y la de Francisco, porque como sólo hay un vicario de Cristo, hay una sola Iglesia Católica, apostólica y romana.

     En todo caso, el misterio permanece y es preciso afrontarlo con reflexión y oración y no con el estruendo de los medios informativos. El verdadero filósofo cristiano posee aquello que el padre Réginal Garrigou-Lagrange (1877-1964) llamaba sentido del misterio, es decir, el ser consciente de no saber explicarlo todo rigurosamente por medio de la razón. Aunque la fe católica es razonable, la razón se detiene en el umbral de lo incomprensible. Por eso, si bien la fe católica rechaza el fideísmo, o sea la voluntad de creer contra la razón, condena igualmente ese semirracionalismo que impone a la razón el deber de explicar la fe en su totalidad.

     Otro gran teólogo, el padre Matthias Scheeben  (1835-1888), en una célebre obra titulado Los misterios del cristianismo, afirma que «cuanto más grande, sublime y divino es el cristianismo, tanto más debe ser forzosamente su contenido insondable, indemostrable y misterioso». De todos modos, explica, si no somos capaces de penetrar el misterio, ello no se debe al misterio mismo, que es una verdad de por sí luminosa, sino a la debilidad de nuestra mente. Los misterios son verdades que escapan a nuestra mirada; no por una oscuridad intrínseca, sino por un exceso de sublimidad y belleza a las que no se puede acercar el más agudo ojo humano sin quedar ciego. En unas palabras pronunciadas el 21 de noviembre de 2012, Benedicto XVI recordaba que «el misterio no es irracional, sino sobreabundancia de sentido, de significado, de verdad. Si, contemplando el misterio, la razón ve oscuridad, no es porque en el misterio no haya luz, sino más bien porque hay demasiada».

     Entre los misterios del cristianismo, de los cuales se ocupa la teología, está el de la Iglesia. Misterio, afirma también Scheeben, grande y maravilloso por su naturaleza, estructura, virtud y actividad. Tal vez más que nunca en este momento histórico el misterio envuelve al Cuerpo Místico de Cristo, realidad humana y divina al mismo tiempo, y por tanto superior a la fragilidad de la mente humana. Benedicto XVI, o más sencillamente Josef Ratzinger, ha muerto el 31 de diciembre, último día del año, en el que la Iglesia conmemora a San Silvestre (324-336), primer papa de la era constantiniana. En estos momentos de preocupación e incertidumbre, nos dirigimos a San Silvestre con las palabras de dom Prosper Guéranger (1805-1875): «¡Oh Pontífice de la Paz, desde la tranquila morada donde descansas, mira a la Iglesia de Dios, agitada por las más espantosas tormentas, y pide a Jesús, el Príncipe de la Paz, que ponga fin a tan crueles revueltas. Dirige tus miradas hacia esa Roma que amas y que guarda con tanto cariño tu recuerdo; ampara y dirige a su Pontífice. Haz que triunfe de la astucia de los políticos, de la violencia de los tiranos, de las emboscadas de los herejes, de la perfidia de los cismáticos, de la indiferencia de los mundanos, de la flojedad de los cristianos. Haz que sea honrada, amada y obedecida; que resuciten las grandezas del sacerdocio; que el poder espiritual se emancipe; que la fortaleza y la caridad se den la mano y que, por fin, comience el reino de Dios sobre la Tierra para que no haya más que un solo rebaño y un solo Pastor. Vela, oh Silvestre, por el sagrado tesoro de la fe que tú guardaste con tanta integridad; triunfe su luz de todos esos falsos y atrevidos sistemas que surgen por doquier como fantasías de la soberbia humana. Sométase toda inteligencia creada al yugo de los misterios, sin los cuales la humana sabiduría no es más que tinieblas; reine, por fin, Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María; reine por medio de su Iglesia en los espíritus y en los corazones». 






domingo, 8 de enero de 2023

El uso de teléfonos inteligentes por parte de los niños representa una revolución que destruye la sociedad

 







   
El advenimiento relativamente reciente de los teléfonos inteligentes y su rápida dominación han sido tan sin precedentes como omnipresentes. La forma en que la sociedad se ha vuelto tan dependiente de los teléfonos inteligentes en unos pocos años debería dar lugar a una considerable pausa para la reflexión. De particular preocupación es cómo los niños se han vuelto apegados, "fieles devotos" e incluso adictos a sus teléfonos, con consecuencias devastadoras.


Niños y teléfonos: los datos

     Los niños se han vuelto singularmente dependientes de los teléfonos inteligentes en poco más de una década. Según un estudio del Centro de Investigación Pew Research de 2020, el 67 % de los niños menores de 11 años estuvieron expuestos a un teléfono inteligente o lo usaron con el conocimiento de sus padres.

     La cifra de años anteriores fue aún más alarmante: un total del 62 % de los niños menores de cuatro años estuvieron expuestos al uso de teléfonos inteligentes, mientras que casi la mitad (49 %) de los niños menores de 2 años entraron en la misma categoría.

     Debido a los confinamientos relacionados con el COVID-19 hubo un gran aumento en el uso de computadoras y teléfonos inteligentes. esto llevó a Pew Research a emprender un seguimiento con los mismos padres encuestados en 2020, y descubrió que el uso de teléfonos inteligentes y otros dispositivos digitales por parte de los niños había aumentado de manera predecible en 2021, con un 71 %. de los menores de 11 años expuestos o usando un teléfono inteligente, además, el 81% de los padres dijeron que sus hijos menores de 11 años usaban una tableta.

Pasar el tiempo conectados

     Los niños más pequeños tampoco suelen usar el dispositivo de sus padres. Pew Research encontró que "el 37 % de los padres de un niño de 9 a 11 años mencionó que su hijo tiene su propio teléfono inteligente, en comparación con el 13 % de los de 5 a 8 años, el 5 % de los de 3 a 4 y el 3 % de los de dos años o menos".

Ley eterna y natural: el fundamento de la moral y la ley

     Aún más sorprendente es la cantidad de tiempo que los niños pequeños pasan con estos dispositivos electrónicos. El impactante informe de 2019 del Instituto Nacional de Salud señaló que los niños de solo 12 meses tenían un promedio de 53 minutos de tiempo al día delante de la pantalla.

     Con un uso tan intenso en los primeros años, los investigadores descubrieron que la tendencia continúa hasta la preadolescencia y años posteriores. En 2020, la Academia Estadounidense de Psiquiatría Infantil y Adolescente publicó un informe que "reveló que los niños de entre 8 y 12 años en los EE. UU. pasaban entre 4 y 6 horas al día delante de las pantallas".

     La principal fuente de recomendaciones de entretenimiento y tecnología para las familias, Common Sense Media, se hizo eco de esta estadística en 2019 al descubrir que los niños de ocho a doce años pasaban un promedio de casi 5 horas en las pantallas por día.

     Este número salta alarmantemente a medida que aumenta la edad. La Academia Estadounidense de Psiquiatría Infantil y Adolescente encontró que los adolescentes pasan hasta 9 horas diarias delante de la pantalla. Common Sense Media indicó que los adolescentes promedian casi siete horas y media por día, sin incluir el tiempo que pasan frente a la pantalla con fines escolares.

El uso del teléfono destruye la salud de los niños

     Con el acceso instantáneo al internet, un teléfono inteligente ofrece fuentes casi infinitas de distracción y supuesta diversión. Por lo tanto, los niños ya no tienen que relacionarse con amigos o usar su imaginación para crear juegos y así ocupar su tiempo. Se pierden en un mundo virtual de ficción digital a través de sus teléfonos.

     Este cambio de hábitos es el responsable del marcado descenso en el número de adolescentes que leen un libro físico con asiduidad. En la encuesta de 2019 de Common Sense, el 15 % de los adolescentes dijo que nunca lee libros, mientras que el 17 % dijo que lee solo una vez al mes.

     Los efectos dañinos del uso de teléfonos inteligentes y pantallas van mucho más allá de un descenso en la lectura de libros. Los investigadores están descubriendo que el aumento del tiempo frente a una pantalla estimula el estrés al tiempo que disminuye la capacidad del cuerpo para producir melatonina, que es necesaria para dormir bien.

      El tiempo prolongado de permanencia delante de las pantallas también está relacionado con problemas emocionales y de conducta en los niños, mientras que el tiempo que se pasa lejos de las interacciones humanas reales y la estimulación poco gratificante de las actividades en pantalla socava la formación que el niño necesita para progresar en la vida.

     Un artículo de 2017 en la revista Child Development advirtió "de las las tecnologías digitales (inalámbricas) y sus implicaciones en la salud, en las enfermedades neurológicas, la adicción fisiológica, la cognición, la falta de sueño y los problemas de comportamiento, además del cáncer".

     Child Magazine señaló cómo los niños se acostumbran al uso regular de teléfonos inteligentes al ver a los adultos volverse cada vez más adictos a ellos. También desarrollan malos hábitos cuando los padres les dan aparatos para entretenerse. Los autores del estudio destacaron los impactos en la salud poco informados y potencialmente catastróficos de este uso. Refiriéndose a un informe de 2008 presentado a la Organización Mundial de la Salud (OMS), señalaron que los niños que usan teléfonos enfrentan regularmente "interrupción de la memoria, disminución de la atención, disminución de las capacidades cognitivas y de aprendizaje, aumento de la irritabilidad, problemas para dormir, aumento de la sensibilidad al estrés y aumento de la preparación epiléptica".

     El informe de 2008 advirtió que los riesgos posibles y más remotos en el futuro de estos niños incluían tumores cerebrales, tumores nerviosos (incluso antes de los 30 años), enfermedad de Alzheimer, depresión y síntomas tempranos de demencia. El informe advirtió sobre el daño al sistema nervioso del cerebro cuando los usuarios de teléfonos llegan a los cincuenta.

Teléfonos que socavan la sociedad tradicional

     Con tales advertencias hechas en 2008 antes de la llegada del "sofisticado" iPhone, la perspectiva para los niños de hoy, que pasan hasta un tercio de cada día en la pantalla, no es particularmente esperanzadora.

     Tales advertencias no son comúnmente difundidas. Muchos artículos mayormente se limitan a advertir del aumento del tiempo de uso de los teléfonos y a aconsejar a los padres limitar dicho uso. Sin embargo, mencionar los datos más impactantes, como los contenidos en el informe de 2008 se evita cuidadosamente.

     El uso omnipresente de todo lo digital se suma a la confusión de los niños. En todas partes, las personas están en sus teléfonos, ya sea enviando mensajes mientras caminan distraídos por las calles, fotografiando religiosamente sus sándwiches antes de comerlos, usando un teléfono para guiarlos al próximo punto turístico, o empleando el estacionamiento de pago ya que muchos parquímetros ya no permiten el pago personalizado.

     De hecho, el uso de los teléfonos inteligentes por parte de los niños es parte de un círculo vicioso que está revolucionando la sociedad. Con tanto tiempo delante de una pantalla, los niños están siendo entrenados para aceptar una vida digital donde la interacción humana es reemplazada por los píxeles. Están siendo formados para que nada les parezca anormal, en pasar más tiempo en las redes sociales viendo contenido de video sin sentido, en lugar de pasar tiempo realizando tareas reales o disfrutando de eventos físicos.

     La revolución digital también está obligando a las personas a utilizar algún tipo de tecnología digital. Esta tendencia es visible en todos los ámbitos: ya sea con máquinas de autoservicio en las tiendas, el uso de códigos de contraseña digitales al intentar acceder a los servicios bancarios o incluso para comprar ciertos productos en línea.

     La era COVID empeoró las cosas al acostumbrar a jóvenes y mayores a pasar aún más de su vida diaria a la pantalla. Para las familias, las reuniones “virtuales” reemplazaron las reuniones familiares. Para los católicos, la Misa “virtual” reemplazó la asistencia a las iglesias. Los niños vieron cómo sus aulas se convertían en una colección en línea de cabezas borrosas en una pantalla. Los trabajadores de oficina experimentaron aún más la vida detrás de una pantalla de lo que antes creían posible.

     En todo ello, el avance radical de una sociedad digital se dirige principalmente a los niños. Si bien hace pocos años, solo los adolescentes parecían adictos a sus teléfonos, este apego se puede encontrar en menores de 13 años o incluso menores de 7 años.

     Los niños están siendo sacrificados en el altar del llamado progreso social en una era cada vez más digital. Los sumos sacerdotes de este sacrificio no son solo las empresas tecnológicas, que gustosos recaudan cientos de miles de millones de dólares en ganancias cada año, sino también los padres, que lamentablemente prefieren exponer a sus hijos a los daños de Internet en lugar de comprometerse con una vida familiar más tradicional, y permiten la invasión de teléfonos inteligentes y tabletas en el hogar.

      El apego a la tecnología debe frenarse rápida y firmemente para proteger a los niños de un daño mayor.


Notas: 

- Artículo de Michael Haynes, publicado por tfp.org el 28 de diciembre de 2022. La foto y los trechos en negrito son de este blog


lunes, 26 de diciembre de 2022

Nuestra Señora trajo el Buen Suceso al mundo y nos prometió el Reino de Su Inmaculado Corazón

 





     El Niño Jesús recién nacido está recostado en el pesebre en Belén en una noche fría. Nuestra Señora, previendo todo con el amor que podemos imaginar, a pesar de su pobreza, dispuso pequeñas túnicas para ponerle, apenas naciera. Evidentemente dispuso estas túnicas según las diversas temperaturas posibles de tal manera que el Niño Dios no sintiera frío.

     ¿¡Cómo sería el interior, lo íntimo de María Santísima, considerando estas cosas!? Se admite piadosamente que Nuestro Señor nació a medianoche y que antes de nacer, Ella entró en un éxtasis muy profundo durante el cual dio a luz al Niño Jesús.

     El nacimiento del Hombre-Dios se produjo de la manera maravillosa por la que su Santísima Madre permaneció virgen antes, durante y después del parto; esta verdad ha sido siempre afirmada por la Iglesia con la energía de un lenguaje del que sólo es capaz el pensamiento católico, testimoniando así categóricamente, la virginidad materna de María.

      ¿Cómo pudo suceder esto? Hay una escena en el Evangelio en la que Nuestro Señor entra en una habitación con todas las puertas y ventanas cerradas. Es costumbre citar este pasaje como una explicación de la virginidad durante el parto. Jesús puede atravesar todos los obstáculos materiales, porque, siendo Dios, su Cuerpo terrenal podría asumir las propiedades de los cuerpos gloriosos y atravesarlo todo, incluso antes de su Resurrección.

"¡A quien has concebido, lo engendrarás!"

     Siendo concebida sin pecado original, la Santísima Virgen poseía una inteligencia perfecta, exenta de las debilidades inherentes a nuestra naturaleza manchada por el pecado original. En consecuencia, al leer las Escrituras y aún más, inundada de las gracias de Dios para interpretarlas, llegó a componer la fisonomía, el espíritu, la mentalidad del Mesías anunciado por los profetas y largamente esperado por Ella.

     Y en el momento en que completó la imagen del Mesías, formada en su meditación, apareció el Ángel invitándola a ser Madre de Aquel a quien su espíritu había concebido.

     Por tanto, una primera tarea en la vida de Nuestra Señora fue concebir, a través de su inteligencia, cómo sería el Hijo de Dios, y tal concepción la haría con sumo cuidado, evitando toda distracción y descuido que pudiera hacer un poco menos clara, menos santa, la imagen que Ella estaba llamada a tener de Aquel que, sin Ella saberlo, sería su Divino Hijo.

     ¡Qué santidad se necesita para imaginar la mirada, el tono de voz, los gestos, el caminar, el reposo divino del Hijo de Dios! ¡Qué alma se necesita para intentar algo como esto y tener éxito!

     Aún más, qué alma debe poseer, para que después de haber hecho este trabajo interior de composición, Dios le diga: "¡A quien tú has ideado, tú lo engendrarás!" Qué maravilloso premio es este: "¿Lo pensaste, dedicaste tu mente a resolverlo? ¡Aquí lo tienes! Lo hiciste con tanto amor y éxito, que te aseguro: '¡Tú lo engendrarás!'". ¡Nunca ha habido ni habrá un premio igual en la historia del mundo!

Jesús se despide de su Madre

     Nuestra Señora se encargó de cuidar al Niño para que en ningún momento sintiera un pequeño sufrimiento por el frío o por el calor, y que todo su desarrollo físico y mental fuese perfecto. Ella tenía la enorme responsabilidad y obligación de llevar su tarea al punto perfecto, y ese punto perfecto fue el momento feliz y triste cuando Jesús, creciendo, le dijo:

     – Madre, estoy plenamente constituido y formado. Ha llegado mi hora; voy a predicar, para maravillar a los hombres y ser crucificado por ellos. ¡Madre mía, adiós!


Cristo se despide de su Madre, Retablo de la la Dolorosa, Centro Cultural / Arte Contemporáneo, Cdad. de México, D.F.

     Podemos imaginarnos a Nuestra Señora yendo a la puerta de la casa, viéndolo bajar por el camino, quizás al anochecer, y contemplando Su sombra que se extiende por el camino. Después, cerró la puerta y se quedó sola. ¡Quizás, para consolarla, los Ángeles comenzaron a cantar! Sin duda, era maravilloso, pero no era lo mismo que ver a Su Hijo y manifestarle su cariño y respeto. Sólo escuchar, por ejemplo, el eco de sus pies divinos en aquel piso pobre, la ponía sumamente contenta. ¿Qué sería el caminar de un rey, de un general, de un maestro, comparado con eso? !Pobres reyes, pobres generales, pobres maestros… ¿Qué es todo esto comparado con el resonar de un paso del Mesías sobre las tablas de madera de la santa casa que se encuentra en Loreto? ¿Quién remediaría esta ausencia?

     El Evangelio, a lo largo de su narración del Evangelio, cita varias veces a Nuestra Señora, sobre todo, en aquel encuentro con su Divino Hijo rumbo al Calvario. En mi opinión, es la escena más conmovedora que haya ocurrido en la Tierra.

La misión de engendrar sucede a la de cuidar

     María Santísima tenía pues, una primera misión: concebir al Hombre-Dios, y lo concibió espléndidamente y tenía también la misión de engendrarlo, y para eso se cuidó mucho de que todo saliera perfecto y que esta gestación fuera para el Divino Embrión como un sol que sale todo perfectamente correcto, adecuado, conveniente, santo. Imagínese su éxtasis cuando sintió en sus entrañas virginales que Él se movía, comunicándose con Ella cuando conversaban por medio de la oración.

     Luego, la tarea de engendrar perfectamente bien a Jesús es sucedida por la de cuidarlo, también perfectamente. Termina una tarea, comienza otra. El Niño nace, es el final de todo un período que comienza desde su primera reflexión sobre cómo sería el Salvador hasta el momento de su nacimiento. Y contempla, por primera vez, ese rostro que tanto había querido contemplar: el rostro pequeño de un niño inocente, pero ya la fisonomía de un Rey, de un Maestro, de Quien hará milagros, porque lo sobrenatural irradiaba en Nuestro Señor de tal manera que se tiene la impresión de que al acercarse a Él cualquier enfermo se curaría inmediatamente.


La Virgen confeccionando la túnica inconsútil

      Sin duda, una de las tareas de la Santísima Virgen fue vestir a su Divino Hijo. Cuando Adán y Eva pecaron, Dios les hizo las primeras vestiduras. Cuando nació el Niño, fue la criatura humana la que vistió a Dios. ¡Qué hermoso y meditativo es todo esto!

     El niño ha nacido en medio de peligros. Todo embarazo conlleva riesgos. Pero después de todo, Él nació. ¡Oh buen suceso! Es la prueba de que la gestación fue perfecta. La madre toma al niño, y lo llevará poco después al Templo y ofrece a Dios esa criatura que es de Dios, porque Él lo creó. ¡Allí estaba el Hijo de Dios!

Patrona del Reino de María en la Tierra

     ¿Qué significa un buen suceso? Un suceso es digno de mención, es algo que requiere cuidado, esfuerzo y resultados. ¡Es hijo del esfuerzo, de la dedicación y del heroísmo!

     Quienes reciben por encomienda una ardua tarea para cumplir, contraen al mismo tiempo una gran responsabilidad, una serie de cosas difíciles por hacer para llegar a un resultado, y cuando logran un buen resultado habrán obtenido un buen suceso.

     Por tanto, Nuestra Señora del Buen Suceso es la patrona de todos aquellos que buscan un buen suceso en beneficio de la causa de Ella, es decir de quienes trabajan para que el reinado del Corazón Sapiencial e Inmaculado de María sea implantado en toda la Tierra.

     ¡Cómo merece llamarse "buen suceso" el éxito de quienes, en la oscuridad de la noche del neo paganismo actual, trabajan para que nazca el sol del Reino de María!

     ¡Todos los que trabajan a favor de la Contrarrevolución, en última instancia actúan para que el sol del Reino de María aparezca sobre el mundo! Es algo parecido a una gestación, y el Reino de María será admirablemente un buen éxito, un magnífico buen suceso.

     Quizás ahí se encuentre la explicación del por qué Nuestra Señora aparece tan regia en la imagen que la representa, en el convento de las concepcionistas de Quito, esculpida milagrosamente por los ángeles.


Nuestra Señora del Buen Suceso, Real Monasterio de la Inmaculada Concepción de Quito 


     Durante una de sus apariciones a la Madre Mariana de Jesús Torres, la Santísima Virgen dio todas las indicaciones de cómo debía ser confeccionada su imagen, incluyendo el tamaño, tomando el cordón del hábito de la Madre Mariana y midiéndose a Sí misma.

     El escultor empezó a hacer la imagen y no podía plasmar la belleza incomparable de la Madre del Redentor. Un buen día llegó al coro donde estaba tallando la imagen en madera y la encontró terminada.

     Después de eso, y en incontables ocasiones, Nuestra Señora se aparecía para conversar con la Madre Mariana y caminaban juntas por aquellos claustros del Monasterio. Como prueba de la autenticidad de estas apariciones, al amanecer, el manto de la Virgen aparecía humedecido con gotas del rocío. ¡Qué maravilla! ¡El rocío cayendo sobre el manto de la Reina del Cielo y de la Tierra! ¡Ningún palacio, ninguna diadema real, nada tendría la belleza de aquellas gotas de rocío posándose y centelleando sobre el manto de la Virgen!

     Ella aparece trayendo en sus brazos al Buen Suceso por excelencia que es Nuestro Señor Jesucristo, pero aparece también para prometer al mundo la implantación del Reino de María en la Tierra, no sin antes prometer terribles castigos si la humanidad no se convierte.

      Entonces Nuestra Señora del Buen Suceso, bien puede ser una patrona señalada muy afortunadamente para el momento en que finalmente el Reino de María nazca en la Tierra, e hijos indignos de la Santísima Virgen, pero amorosos y colmados ​​de admiración, podrán decirle cuando aparezca la luz de Su Reino:

     "Señora, te presentamos el mundo que Tú iluminas; la luz de tu Reino es nuestro suceso; ¡Madre nuestra, es tu suceso! Tú hiciste todo, comenzando por hacernos a nosotros. Cuando éramos niños y nos llevaron a las pilas bautismales, ¿Qué mérito teníamos para eso? Fueron tus oraciones las que nos alcanzaron esa gracia. ¡Y qué gratitud tan grande deberíamos tener por ese asombroso regalo!".

    Fue el Hijo engendrado por Ella quién trajo esta gracia al género humano, pero esa gracia, de alguna manera, comenzó a hacerse presente en el mundo en el momento en que Ella dijo: "¡Fiat mihi secundum verbum tuum!" – "¡Hágase en mí según tu palabra!". Y brotó sobre el mundo en el momento en que el Padre Eterno le pidió su consentimiento para que Nuestro Señor Jesucristo muriera en la Cruz. Y Ella hizo algo sublimemente terrible, diciendo: "Que muera, pues, por amor al género humano y para que se haga tu voluntad".

     Nuestra Señora del Buen Suceso, ruega por nosotros.



Artículo elaborado con trechos de una conferencia de Plínio Corrêa de Oliveira para jóvenes, en la ciudad de São Paulo, el 2 de febrero de 1985.

martes, 20 de diciembre de 2022

La historia de las miradas

 



El Nacimiento del Niño Jesús. Giotto di Bandone, 1304 - 1306 — Padua


     Cómo sería bonito tener a la mano el material necesario para hacer una historia, no de la humanidad, sino de un capítulo especial de la historia de la humanidad: ¡la historia de las miradas!

     De las miradas magníficas, de las miradas esplendorosas, de las miradas suaves, de las miradas dulces, de las miradas tristes, de las miradas de esperanza, de las miradas de perplejidad, de las miradas de indignación, de las miradas de ordenación y de planeamiento, de las miradas de imprecación y de castigo.

     En la noche de Navidad sucedió aquel momento bendito en que se abrieron a la vida y al mundo aquellos ojos divinos que hacen enmudecer a todas las lenguas.

      Vamos a imaginar que la gruta de Belén fuese enorme, alta, grande, casi una catedral, que tuviera evidentemente una arquitectura definida, pero donde el movimiento de las piedras vagamente nos hiciera presentir las ojivas de una catedral como existirían en la futura Edad Media.

     Podemos imaginar el pesebre que servía de cuna para el Niño Dios, colocado en un punto majestuoso de la encrucijada de estas varias naves laterales naturales, y que una luz celestial, toda de oro, fluctuase alrededor suyo en aquel momento.

     El Divino Infante estaba allí con la majestad de un verdadero rey, aunque reclinado en su pesebre y siendo apenas un niño; Él, rey de toda majestad y de toda gloria.

     Imaginémonos aproximándonos a Él, y Él abriendo los ojos, y en su mirada emergiendo su faceta de Rey. Apareciendo en su mirada un fulgor de tal profundidad que percibiéramos en Él a un gran sabio, rodeado de una tal atmósfera, que ungiera de santidad a todos aquellos que se le acercan.

     Una atmósfera de tal pureza, que las personas no se aproximaran a aquel lugar sin antes pedir perdón por sus pecados; pero, al mismo tiempo, se sintieran atraídas a la enmienda por la santidad que emanaba del lugar.

Giotto, detalle de La Presentación de Jesus en el Templo

     Imaginemos allí, además, a la Santísima Virgen a los pies del Niño Jesús, también Ella como verdadera Reina, majestuosísima, trascendente, purísima, rezando.

     Ángeles invisibles entonando alrededor canciones de glorificación, y toda la atmósfera reinante saturada de valores tales, que, se diría existir en aquella pobreza y en aquella miseria una atmósfera de corte.

      Probablemente, todas las perfecciones del orden del Universo están contenidas en la mirada de Nuestro Señor Jesucristo, de manera que Él tiene estados de alma que corresponden a todas las bellezas de la creación.

     En el centro de todos los colores, de todas las bellezas, existe la faz adorable de Nuestro Señor Jesucristo; en el centro de la faz adorable de Nuestro Señor Jesucristo, existe su mirada, plenitud y compendio de toda la faz.

Fra Angelico - Sacra Conversazione - detalle. Convento de San Marcos, Florencia

     Nuestro Señor conversa con quien decide sumergirse en su mirada, límpida, afable, serena, casi aterciopelada, pero en el fondo con una rectitud, una firmeza y una fuerza que llenan a la persona al mismo tiempo de encanto y de confianza.

     Mirada sumamente perceptiva, pero no a la manera de una punta que perfora la realidad y ve lo que ella tiene, sino que es casi una mirada radiográfica que, sin dilacerar nada, penetra en el fondo de todo, revela y manifiesta todo, respetando todo.
En el conjunto de las miradas de Nuestro Señor Jesucristo están reflejados los principios de la lógica, las reglas de la estética y el orden del Universo.

     Están simbolizados el pulchrum —belleza, en castellano— y el significado interno de todo cuanto existe. Es una mirada que lo contiene todo, es la mejor idea que se puede tener en esta Tierra de la visión beatífica.

     Pues entonces este Rey, tan lleno de majestad, en cierto momento nos abre sus ojos. Notamos que su mirada purísima, inteligentísima, lucidísima penetra en nuestros ojos. Ve lo más profundo de nuestros defectos, pero también lo mejor de nuestras cualidades. Y en ese momento toca nuestra alma, como conmovió 33 años después a San Pedro.

      Cuando el pecador menos lo espera, por un ruego amable de la Santísima Virgen, Él sonríe. Y con esta sonrisa, a pesar de toda su majestad, sentimos que las distancias desaparecen, que el perdón invade nuestra alma y que un algo indefinible nos atrae. Y, así atraídos, caminamos hasta quedar a su lado. El Divino Infante afectuosamente nos abraza y pronuncia nuestro nombre, diciendo:
     — "¡Yo te quise tanto y te quiero tanto! Deseo para ti tantas cosas y te perdono tantas otras. ¡No pienses más en tus pecados! De aquí en adelante, piensa apenas en servirme.

     "Así, en todas las ocasiones de tu vida, cuando te asalte alguna duda, acuérdate de esta condescendencia, de esta amabilidad, de este beneplácito que ahora tengo hacia ti, y recurre a Mí por medio de mi Madre, que te atenderé.

     "Seré tu amparo, tu fuerza, y estas gracias te han de llevar al Cielo para allí reinar a mi lado por toda la Eternidad”.

— Señor, no soy digno de que me mires, pero ¡mírame!, consiente en inmergir Tu mirada en la mía y mi alma será salvada.


Notas:

Fragmentos de conferencia de Plinio Corrêa de Oliveira para socios y cooperadores de la TFP, el 23 de diciembre de 1978.


lunes, 12 de diciembre de 2022

Plinio Corrêa de Oliveira, El Cruzado del Siglo XX

 




Plinio Corrêa de Oliveira:

 El Cruzado del siglo XX

Por el Prof. Roberto de Mattei*


     Ciento catorce años han transcurrido desde el día del nacimiento de Plinio Corrêa de Oliveira, veintisiete años han transcurrido después de su muerte, un velo de misterio aún cubre la figura del gran líder católico.

     Podemos aproximarnos de ese misterio a través de la definición que el Cardenal Giuseppe Pizzardo —entonces Prefecto de la Sagrada Congregación para los Seminarios— dio, en 1963, acerca de una de sus obras, La libertad de la Iglesia en el estado comunista.

     En la carta que figura como prefacio de este importante estudio, el Cardenal Pizzardo lo define como "un eco fidelísimo del supremo magisterio de la Iglesia".

     Pero Plinio Corrêa de Oliveira no fue sólo un eco del magisterio supremo y perenne de la Iglesia apenas en sus obras, sino también, y principalmente, en su vida. Encarnó, por así decir, ese magisterio, haciendo de él una enseñanza no sólo transmitida, sino sobre todo vivida a imagen de Nuestro Señor, quien dijo sobre Sí mismo: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida". Y el Camino, la Verdad y la Vida de Nuestro Señor son los de su Cuerpo Místico, la Iglesia por Él fundada en el Calvario.

Entrañable amor por la Santa Iglesia

   

Plinio Corrêa de Oliveira en su viaje a Europa en 1988. A sus espaldas, la Catedral de Notre-dame de París 

  Plinio Corrêa de Oliveira conoció y amó la historia de la Iglesia desde sus orígenes, desde el momento en que el Cuerpo Místico vino a luz, manando, con la sangre y el agua, a través del costado traspasado de Cristo.

     Si hubiese vivido en los primeros siglos de la Iglesia, él se habría presentado de cabeza erguida ante los tribunales romanos, confesando firmemente su fe, y habría enfrentado, con valentía indómita, a las fieras en las arenas del circo.

     Si Plinio Corrêa de Oliveira hubiese vivido en la época de Constantino —a la altura en que la Iglesia, al salir de las catacumbas, tuvo que combatir contra los enemigos internos, más peligrosos que los externos—, él habría ocupado un lugar de destaque en el combate por la pureza de la fe. Habría seguido a San Atanasio cuando éste, perseguido por los arrianos, tuvo que partir para el exilio; se habría erguido públicamente contra Nestorio para defender el honor de Nuestra Señora, como lo hizo Eusebio de Dorilea, un simple laico; habría apoyado a los grandes papas como San León y San Gregorio, los cuales proclamaron la primacía de Roma en los siglos de oscuridad que antecedieron la aurora luminosa de la Edad Media.

     Su corazón habría exultado de alegría la noche de Navidad del año 800, ocasión en que Carlomagno fue coronado en Roma, dando origen al Sacro Imperio Romano.

     En la solemne ceremonia en que el Papa León III ciñó la corona imperial en la cabeza del rey de los francos, él habría vislumbrado todo el esplendor de la cristiandad naciente. Plinio Corrêa de Oliveira, que proclamó la Cruzada del siglo XX, habría sido uno de los primeros en responder al llamado del Beato Urbano II y en llevar la cruz.

     Habría llorado de alegría al aproximarse, de pies descalzos y espada en puño, a los muros sagrados de Jerusalén. Habría erguido la espada no para imponer la fe, sino para defender la civilización cristiana, al lado de Simón de Montfort, contra los cátaros, en el corazón de Francia, y al lado de los caballeros teutónicos, contra las tribus paganas en los países bálticos.

Enfrentando a las tres grandes revoluciones

     Con la pérdida del espíritu de cruzada él leyó el inicio de la decadencia de la Edad Media, substituido por el espíritu hedonista del Humanismo, que abrió el paso a la primera gran revolución: el protestantismo, que comprometió la unidad de la ecúmene cristiana.

     Plinio Corrêa de Oliveira habría saludado con entusiasmo la entrada en el campo de batalla de una orden religiosa, la Compañía de Jesús de San Ignacio de Loyola.

Lutero y otros Pseudo reformadores protestantes – Cuadro de Lucas Cranach

     No habría tenido ninguna compasión por los revoltosos de espíritu, habría participado de las controversias al lado de San Francisco de Sales y San Roberto Belarmino; habría combatido contra los protestantes, bajo la estela de Alejandro Farnesio, en las tierras de Flandes, y de Wallerstein, en los territorios de Bohemia; habría luchado contra los calvinistas holandeses, al lado del Conde de Sanfelice, en Bahía.

     El espíritu de cruzada no se identifica con el amor por la violencia, pero sí con el deseo de ofrecer la propia vida en nombre de Dios. Dentro de ese espíritu, Plinio Corrêa de Oliveira habría derramado su sangre en el tumultuoso mar de Lepanto o en las murallas de Viena asediada por los turcos.

     Nadie estudió o conoció, como él, la historia de la Revolución Francesa, la segunda gran revolución, matriz de todos los errores de nuestro tiempo. La habría enfrentado de pecho abierto, a fin de descabezarla en su origen.

Revolución Francesa: ejecución en la plaza de la Revolución (Demachu, museo Carnavalet, París)

     Habría querido ser un príncipe de sangre francés, no para emigrar, sino para liderar la insurrección antijacobina en la Vandea; habría acudido a Calabria, para juntarse al Cardenal Ruffo, y al Tirol, para colocarse al lado de Andreas Hofer.

     Quiso la Providencia que él no fuese nada de esto, sino que fuese, más aún en su persona que en sus obras, el eco fidelísimo de todas estas posiciones en el siglo XX. Un eco no apenas del magisterio perenne de la Iglesia, sino también de la vida palpitante de la Esposa de Cristo, de sus luchas, dolores y triunfos.

Un paralelo histórico con Teresa de Lisieux

     Murió el 3 de octubre de 1995, que en el antiguo santoral —el mismo que él seguía—, es el día de la fiesta de Santa Teresita del Niño Jesús. La misma que, en la Historia de un alma, escribe estas palabras tocantes: "Siento la vocación de guerrero, de sacerdote, de apóstol, de doctor, de mártir; en una palabra, siento la necesidad, el deseo de realizar por Ti, Jesús, las obras más heroicas. Siento en el fondo del alma la valentía de un cruzado, de un zuavo pontificio: quisiera morir en un campo de batalla, en defensa de la Iglesia".

     Fueron de este mismo tipo el espíritu y la vocación de Plinio Corrêa de Oliveira.

     Santa Teresita murió a los 24 años de edad realizando, con el sacrificio supremo de su breve período de vida, la aspiración a esa vocación universal.

     Plinio Corrêa de Oliveira vivió mucho más tiempo realizando, con su obra y su ejemplo personal, la misma aspiración de Santa Teresita. Tal como Teresa de Lisieux, también él sentía la vocación de guerrero y sacerdote, de apóstol, doctor y mártir. Tal como Teresa de Lisieux, también él podría haber escrito: "Quisiera morir en un campo de batalla, en defensa de la Iglesia".

El campo de batalla que Dios le asignó

     Su campo de batalla fue la larga noche del siglo XX; con espíritu de cruzado atravesó aquel que tal vez haya sido el siglo más negro de la historia, enfrentando y combatiendo hasta la muerte al comunismo, la tercera gran revolución de la historia, así como a todas las formas de totalitarismo y de progresismo, laico o católico, a las cuales opuso siempre el perenne Magisterio de la Iglesia.

La versión más actualizada del comunismo, el ecologismo

     Atravesó las borrascas que sacudieron a la Iglesia a partir del Concilio Vaticano II y sus funestas consecuencias, denunciadas por los Papas posteriores; consecuencias que él previó en el mismo momento en que recibió la noticia de su convocatoria. "Serán —afirmó— los Estados Generales de la Iglesia". No se trataba de un juicio teológico sobre documentos doctrinarios aún no promulgados. Era una lúcida previsión del desarrollo del evento histórico. Y tanto en esta, como en muchas otras previsiones, Plinio Corrêa de Oliveira fue profético.

     Plinio Corrêa de Oliveira fue un eco fidelísimo de la Iglesia, una vez que no se limitó a amar u odiar, a la luz de Ella, todo aquello con que se fue confrontando a lo largo de su vida.

"Vir catholicus, apostolicus, plene romanus"

     Amó todo lo que la Iglesia había amado, definido y promovido en el transcurso de dos mil años de existencia; detestó todo lo que la Iglesia había refutado, combatido, anatematizado en el discurrir de esos dos mil años.

     Con relación a la figura de Plinio Corrêa de Oliveira, hoy debemos amar y homenajear no a un hombre, sino a la propia Iglesia, una, santa, católica, apostólica y romana; las palabras vir catholicus, apostolicus, plene romanus, que hoy leemos en la lápida de su tumba en São Paulo, resumen su vocación.

Lápida de la tumba del Dr. Plinio, junto a la de su madre, Doña Lucilia, en el Cementerio de Nuestra Señora de la Consolación, en São Paulo

     En las palabras y en las enseñanzas de Plinio Corrêa de Oliveira debemos escuchar el eco de una voz límpida y preocupada, de una voz que viene de lejos y que no se extingue con el paso de los siglos; en su vida, en su ejemplo debemos detectar una luz que se refracta siglo tras siglo, hasta el final de los tiempos; en su figura debemos divisar una bandera, tantas veces caída, pero siempre erguida de nuevo.

     Esta misma bandera es la que hoy volvemos a erguir del suelo, con este encuentro y con nuestro trabajo diario. Roma, Italia y Europa retoman la herencia de Plinio Corrêa de Oliveira y renuevan hoy, a través de mis palabras, el empeño de hacer de su vida y de su obra nuestro futuro. 


*Presidente de la Fondazione Lepanto, profesor de Historia Moderna en la Universidad de Casino (Italia), vicepresidente del Consejo Nacional de la Investigación del gobierno italiano.

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