lunes, 25 de diciembre de 2023

Y la luz brilló en la oscuridad









     En el período histórico en que el Verbo Divino se encarnó, la corrupción moral y la depravación campeaban en toda la tierra.

     Fue precisamente en medio de esas tinieblas —caracterizadas en el Benedictus de San Zacarías, padre de San Juan Bautista, como "sombras de la muerte [espiritual]" —, fue entonces, repetimos, cuando brilló el resplandor purísimo de la primera Navidad, la fuente incipiente del orden cristiano, basado en la fe sobrenatural y en la virtud.

     Pasados dos mil años, la cultura, las leyes, las instituciones, y una enorme porción de la vida doméstica y personal de grandísimo porcentaje de la población mundial ya no se ajustan a la Ley de Dios; dicho de otro modo, ya no son de justos.

     Aparte de la insuperable ventaja de que Cristo haya dejado inexpugnablemente fundada Su Iglesia, la desolación pagana del mundo actual es espeluznantemente similar a la de la época de la primera Navidad. 

     La Iglesia existe, es verdad, pero, ¿cuál es su situación actual? Sería para llorar cada vez que oímos a alguien decir que la situación de la Iglesia es buena. ¡Nada más apartado de la realidad! Muy por lo contrario, se encuentra sumida en la más grave crisis que jamás haya experimentado. ¡Y vaya si ha tenido gravísimas crisis que conjurar desde el inicio! Ahí está su historia para atestiguarlo.

     Pero desde lo alto de esa montaña sagrada que es la Iglesia, se proyectan las promesas esperanzadoras que la Santísima Madre del Redentor hizo en Fátima: "Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará" — esperanza cuyos rayos se extienden por todo el mundo, prolongando y reafirmando aquella esperanza surgida de la noche en que nació el Salvador—.

     Efectivamente, los días de la impiedad actual, mil veces peor que la del mundo antiguo, están contados. 

     La Santísima Virgen nos lo tiene prometido, y contra Ella nada podrán ni los grandes de la tierra ni el príncipe de las tinieblas. Será el triunfo de su Inmaculado Corazón; a saber, el reinado de la Virgen María, previsto por el gran misionero francés San Luis María Grignion de Montfort, autor del célebre Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, así como por otros santos y místicos.

     Esa bendita era será la de la virtud, en la que la humanidad, reconciliada con Dios en el seno de la Iglesia, vivirá según Su ley, preparándose para las glorias del Cielo. 

     En la noche de Navidad de este convulsionado 2023, imploremos al Niño Dios la misericordia de que todos, sin excepción, estamos necesitados, y tengamos la firme convicción de que el Divino Infante conquistará para siempre el mundo y la carne, y tiene preparados días de altísima gloria para su Madre Inmaculada, que brillará después de las terribles pruebas actuales. 

     La Iniciativa Apostólica —El Inmaculado Corazón de María Triunfará y el "Rosario Público de los Primeros Sábados por la Regeneración Espiritual del Ecuador", desean a Ud. y a los suyos una Feliz Navidad y un Año 2024 cuajados de las bendiciones de la Divina Providencia.



Tomado y adaptado de Plínio Corrêa de Oliveira, "Navidad: cantan los Angeles, exultan los justos" Catolicismo, diciembre de 1957, en https://www.atfp.it/

domingo, 17 de diciembre de 2023

La respuesta católica de la madre del Dr. Plinio cuando el médico le sugirió abortarlo




Doña Lucília con su hijo Plínio en brazos

     Cuando esperaba el nacimiento de Plínio, el médico le anunció a doña Lucília que el parto sería riesgoso y que probablemente ella o el niño morirían, y le preguntó si no preferiría abortar para no arriesgar su vida. Ella le respondió con calma pero con firmeza: "¡Doctor, ésta no es una pregunta que se le debe hacer a una madre! ¡Ni siquiera debió pensarlo!". 

     Este acto de heroísmo refleja lo que fue la vida de virtud de doña Lucília y que se la trasmitió al hijo que llevaba en su vientre. Mons. Trochu, escribe al respecto lo siguiente:

     "La virtud pasa fácilmente del corazón de las madres al corazón de sus hijos". 

     Y el padre Lacordaire, escribe sobre su propia madre:

     "Educado por una madre cristiana, valiente y fuerte, la religión pasó de su pecho hacia mí, como leche virgen y sin amargura". 

     En términos análogos, Plínio Corrêa de Oliveira atribuyó a su madre, doña Lucília, el cuño que selló su vida desde la infancia. 

     "Mi madre me enseñó a amar a Nuestro Señor Jesucristo, me enseñó a amar a la Santa Iglesia Católica. Recibí de ella algo que tomé en serio profundamente: la fe católica apostólica romana, y las devociones al Sagrado Corazón de Jesús y a Nuestra Señora". 

     En tiempos en que León XIII había exhortado a poner "toda esperanza en el Corazón de Jesús, y pedirle y esperar de Él la salvación", la devoción que caracterizó la vida de doña Lucília fue la del Sagrado Corazón de Jesús, quien es por excelencia la devoción de los tiempos modernos. No lejos de la casa de los Ribeiro dos Santos – los padres de ella –, se encontraba una iglesia dedicada al Corazón de Jesús. La joven madre la visitaba todos los días, llevando consigo a sus hijos Plínio y Rosée. Absorbido por la atmósfera sobrenatural que caracterizaba a las iglesias de otrora y viendo rezar a su madre, se formó en la mente de Plínio esa visión de la Iglesia que lo marcó profundamente. "Me di cuenta – recordó él – que la fuente de su modo de ser era su devoción al Sagrado Corazón de Jesús, por medio de Nuestra Señora".

Imágenes del Sagrado Corazón de Jesús y de María Auxiliadora, en distintos altares de la Iglesia del Corazón de Jesús en São Paulo

     Doña Lucília siempre permaneció fiel a la devoción de su juventud. En los últimos años de su vida, cuando las fuerzas ya no le permitían acudir a la iglesia, permanecía largos ratos en oración, hasta altas horas de la noche, delante de una imagen del Sagrado Corazón de Jesús, hecha de alabastro y entronizado en la sala principal de su casa.

     Las notas dominantes del alma de doña Lucília fueron la piedad y la misericordia. Su alma se caracterizaba por una extraordinaria capacidad de afecto, bondad y amor maternal, que se extendía más allá de los dos hijos que la Providencia le dio. 

     "Tenía una ternura enorme, – comentó Plínio – era muy afectuosa como hija, como hermana, como esposa, como madre, como abuela e incluso como bisabuela (por los hijos y nietos de Rosée). Llevó su cariño hasta donde le fue posible. Pero tengo la impresión de que algo en ella marcó la pauta de todos esos afectos: fue el hecho de ser ante todo, ¡madre!". 

     "Tuvo un amor desbordante no sólo por sus dos hijos, sino también por los hijos que no tuvo. Se diría que fue hecha para tener millones de hijos, y su corazón palpitaba con el deseo de conocerlos". 

Doña Lucília, madre de Plínio Corrêa de Oliveira


     Quienes no conocieron a doña Lucília pueden intuir su fisonomía moral a través de expresivas fotografías y de los numerosos testimonios de quienes la recuerdan en los últimos años de su avanzada edad. Representaba el modelo de una perfecta dama, que habría encantado a un San Francisco de Sales en su búsqueda de la figura ejemplar que inmortalizó con el nombre de Filotea. 

     Se puede imaginar que doña Lucília educara a Plínio en el espíritu de aquellas palabras que san Francisco Javier le dirigió una noche a su hermano, cuando lo acompañó a una recepción: "Tengamos buenas maneras, ad majorem Dei gloria". 

     La perfección de las buenas costumbres es fruto de una ascesis que sólo se logra con una educación refinada durante siglos o con un excelente esfuerzo de virtud, como el que se encuentra a menudo en los conventos contemplativos, donde las jóvenes novicias reciben una educación que, desde este punto de vista, podría considerarse rígida. Además, el hombre está compuesto de cuerpo y alma. La vida del alma se manifiesta de manera sensitiva a través del cuerpo, y la caridad se expresa en actos externos de cortesía. La cortesía es un rito social alimentado por la caridad cristiana, que también está ordenado a dar gloria a Dios. 

     "La cortesía es para la caridad  enseña el padre Roger Dupuis – lo que la liturgia es para la oración: el rito que la expresa, la acción que la encarna, la pedagogía que la suscita. La cortesía es la liturgia de la caridad cristiana". 

     Lucília Ribeiro dos Santos encarnó lo mejor del espíritu de la antigua aristocracia paulista. Y en la cortesía de su madre, expresión de su caridad sobrenatural, el joven Plínio vio un amor por el orden cristiano llevado hasta sus últimas consecuencias y una repulsión igualmente radical por el mundo moderno y revolucionario. Desde entonces, los modales aristocráticos y la afabilidad en el trato con él fueron una constante en su vida. 

     Plínio Corrêa de Oliveira, que en sus modales recordaba al cardenal Merry del Val, el gran Secretario de Estado de San Pío X, famoso por su humildad de alma y la perfección de sus modales, supo comportarse magníficamente en sociedad. Su compostura era ejemplar, su conversación inagotable y fascinante.

     La Providencia dispuso que estas cualidades se alimentaran y renovaran en una convivencia diaria con su madre, que se prolongó hasta 1968, cuando ella murió, a los 92 años de edad.



Notas:
Este artículo fue extraído de pliniocorreadeoliveira.info y traducido por este blog. 

El artículo contiene segmentos del libro El cruzado del siglo XX: Plínio Corrêa de Oliveira, de autoría del Prof. Roberto de Mattei.

domingo, 10 de diciembre de 2023

INVITACIÓN AL ROSARIO PÚBLICO POR NAVIDAD






Este sábado 16 de diciembre, a las 12h00, en la Plaza de San Francisco, Guayaquil 

Rezaremos el rosario y el primer día de la novena de la Natividad de Nuestro Salvador. 

Pidamos al Divino Niño que infunda en nuestros corazones la mentalidad de la era del Inmaculado Corazón de su Madre Santísima, que Ella anunció en Fátima. 

Los esperamos con sus familiares y conocidos para honrar al Niño Jesús. 

COLABORE CON EL ROSARIO PÚBLICO. SU CONTRIBUCIÓN NOS ES MUY NECESARIA 

Verdades poco difundidas de la Inmaculada Concepción

 




Columna de la Inmaculada Concepción en Roma. En el centro a la izquierda,
retrato fotográfico del Papa Bienaventurado Pío IX

     La definición del dogma de la Inmaculada Concepción encerraba dos notas particularmente contrarrevolucionarias. 

     Como sabemos, el dogma enseña que la Madre de Dios fue concebida sin pecado original, desde el primer momento de su existencia. Lo que significa que nunca tuvo mancha alguna de pecado original. La ley inflexible por la cual todos los descendientes de Adán y Eva, hasta el fin del mundo, tendrían pecado original, quedó suspendida respecto de la Santísima Virgen y naturalmente respecto de la humanidad santísima de Nuestro Señor Jesucristo.

     Por tanto, la Virgen no quedó sujeta a las miserias a las que están sujetos los hombres. No quedó sujeta a los malos impulsos, a las malas inclinaciones, a las malas tendencias que tienen los hombres. Todo en Ella discurría armoniosamente hacia la verdad y el bien; todo en Ella era el movimiento continuo hacia Dios. Ella fue el ejemplo perfecto de libertad, en este sentido de la palabra, que todo lo que la razón, iluminada por la fe, le indicaba, Ella lo deseaba plenamente y no encontraba en sí misma ningún tipo de obstáculo interior.

     La gracia en Ella se acumulada; estaba llena de gracia. De modo que el ímpetu con el que todo su ser se volvía hacia todo lo verdadero, hacia todo lo bueno, era verdaderamente indescriptible.

     Ahora bien, definir que una mera criatura humana como María Santísima,  – Nuestro Señor Jesucristo no era una mera criatura humana, era la naturaleza humana unida a la naturaleza divina formando una sola persona – que una mera criatura como Ella, tuviese este privilegio extraordinario, era algo fundamentalmente anti igualitario. Y definir eso como dogma, significaba definir una tal desigualdad en la obra de Dios, una tal superioridad de la Virgen sobre todos los demás seres, lo que evidentemente haría espumar de odio a todos los espíritus igualitarios.

    Pero había una razón aún más profunda por la que la Revolución anticristiana odiaba este dogma, y era que siendo el revolucionario amante del mal, simpatizante del mal, se alegra cuando encuentra en alguien un vestigio de mal; por el contrario, siente malestar delante de una persona en la que no percibe un rastro de maldad. Como es malo, siente simpatía por lo malo y trata de encontrar lo malo en todo. Ahora bien, la idea de que un ser pueda ser tan excelentemente bueno, tan excelentemente santo, desde el primer momento de su existencia, obviamente provocaría odio en un revolucionario.

     Consideremos a un individuo perdido en la impureza, convertido en un verdadero cerdo. Él siente las inclinaciones impuras que lo llevan a todas partes, y naturalmente siente la vergüenza, la depresión que estas inclinaciones le provocan, sobre todo porque son hechas con su consentimiento y terminó cediendo a ellas. Evidentemente se siente todo deteriorado por las concesiones que le hizo a la impureza.

     Imaginemos a un hombre así, pensando en María Santísima, quien no tenía apetito de impureza, que estaba enteramente hecha de la pureza más trascendental: evidentemente él siente un odio, una antipatía, porque siente su orgullo aplastado por la pureza inmaculada de aquella en quien está pensando.

     Entonces, definir tal ausencia de orgullo, tal ausencia de sensualidad, tal ausencia de cualquier deseo de revolución en este ser privilegiado, significaba afirmar que la Revolución fue objeto de tal repudio por parte de Ella, y entendemos que es algo que tiene que doler y provocar odio a los revolucionarios.

     Dentro de la Iglesia siempre hubo dos corrientes en relación a la Inmaculada Concepción. Una, que la combatió, y otra favorable a ella. Naturalmente, sería una exageración decir que todos quienes lucharon contra la Inmaculada Concepción lo hicieron porque estaban llevados ​​por impulsos revolucionarios, pero lo que sí es un hecho es que todo aquel que se dejó llevar por impulsos revolucionarios, luchó contra la Inmaculada Concepción. En cambio, es cierto que todos los que lucharon a favor de la Inmaculada Concepción, pidiendo su proclamación como dogma, demostraron tener, al menos en ese punto, una mentalidad contrarrevolucionaria.

     Por tanto, y de alguna forma, la lucha de la Revolución y la Contrarrevolución estuvo presente en la lucha entre estas dos corrientes teológicas. Y así podemos entender que en un momento en que la Revolución ya comenzaba a incendiar el mundo, hubo quienes se indignaron por la definición de dogma.

     Pero aún, había otra razón que hacía que la definición de este dogma resultase odiosa para los liberales. El dogma de la Infalibilidad Papal aún no había sido definido, y había una corriente en la Iglesia que sostenía que el Papa mismo no era infalible, lo era sólo cuando definía algún dogma asistido por un Concilio. Ante esto Pío IX, simplemente consultó a una serie de teólogos, luego consultó a todos los obispos del mundo y finalmente, por su propia autoridad y haciendo uso de la Infalibilidad Papal, aún definida como dogma, declaró a la Inmaculada Concepción como dogma de la Iglesia Católica.

 "Qué estupor del mundo impío, qué sarcasmo para el Papa que, en el momento en que se abrían los abismos ante sus pasos de rey temporal, se entregaba a cuestiones de pura teología. Pero antes que rey, el Papa es un teólogo, y cuando pronunciaba aquellas memorables palabras que llenaban la cúpula de San Pedro, la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción, un rayo de sol que entraba por una ventana abierta iluminaba su rostro, resplandeciente como la de Moisés en las alturas del Sinaí. El cañón del Castel Sant’Angelo tronaba, como en sus mejores días; los interminables campanarios de Roma proclamaban la noticia y Roma se iluminaba aquella noche y miles de ciudades del mundo la imitaron, y millones de almas celebraban la gloria de María, en quien Dios puso la plenitud de todos los bienes, según la tierna palabras de San Bernardo, de tal modo que si hay en nosotros alguna esperanza, algún favor, alguna salvación, sepamos que nos viene de María, porque esa es la voluntad [de Dios] que quiso que todo lo tengamos por María".


El Papa Pío IX, proclamando el dogma de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen, el 8 de diciembre de 1854

     
     Obviamente esto representaba para todo teólogo liberal, una especie de petición de principios, pues, si no estaba definido que el Papa podía definirlo, ¿Cómo entonces iba a definirlo? Definiéndolo, Pío IX afirmaba contrariamente que poseía la Infalibilidad Papal.

    Esto provocó un estallido de indignación en el mundo revolucionario. Pero también un enorme entusiasmo en el mundo contrarrevolucionario. Entonces, las niñas bautizadas con el nombre de Concepción comenzaron a aparecer por todas partes, precisamente en alabanza del nuevo dogma. De ahí, una serie de Concepciones que se han ido multiplicando a lo largo del tiempo, cuyo nombre completo era Inmaculada Concepción de tal, y que era la afirmación de que los padres consagraron a aquella niña a la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen.

     Pío IX, –muy diferente a quien luego lo sucedió–, llevó las cosas a tal punto, que durante su pontificado hizo lo siguiente y que pude verlo en Suiza: la capital del protestantismo europeo fue la ciudad de Ginebra, Suiza, y que era el foco de todo el protestantismo, o el foco de irradiación de quizás la forma más execrable de protestantismo, que fue el calvinismo.

     Debido a cambios en la legislación suiza, se permitió la construcción de una catedral católica en la ciudad de Ginebra durante la época de Pío IX, quien cuando se enteró de esto, mandó avisar que enviaría como presente una imagen de la Inmaculada Concepción para ser colocada en el centro de Ginebra, para así afirmar y proclamar este dogma que los calvinistas, luteranos y todos los demás protestantes odiaban más que nada. Pío IX lideró así la lucha contra la Revolución durante su época y durante su pontificado.

Imagen de la Inmaculada Concepción, donada por Pío IX

      Vale la pena contar aquí hecho muy significativo: Pío IX se encontraba en una situación política terrible; los ejércitos de Garibaldi amenazaban cada vez más a los Estados Pontificios, de los cuales el Papa era rey, pera un rey cuyo poder temporal estaba siendo socavado, por lo que los liberales se burlaban de él diciendo: ¿Qué rey Papa es este? ¡Qué Papa más tonto! Está perdiendo sus tierras y se preocupa por definir dogmas. Pío IX permaneció imperturbable, definió el dogma, y ​​una explosión de entusiasmo universal siguió a la definición del dogma.

     Pero él fue más allá. En 1870, cuando los Estados Pontificios estaban a punto de caer, convocó el Concilio Vaticano I y durante éste, definió el dogma de la Infalibilidad Papal. 

     Cuentan que aquello fue una verdadera belleza. Que cuando el Papa se levantó para definir el dogma, se desató una tormenta con truenos y relámpagos sobre la Iglesia de San Pedro; se diría que se desataron todos los elementos de odio del infierno, convulsionando la naturaleza. Podemos imaginar a este Papa, que muchos dicen que era un santo –y no tengo ninguna dificultad en admitirlo–, de pie, en medio de un relámpago atronador, definiendo la infalibilidad del papado.

     ¿Qué sucedió luego? Días después de que se definiera la infalibilidad papal, las tropas francesas que protegían al Papa se retiraron de Roma, y las tropas de Garibaldi penetraron en Roma y Pío IX quedó prisionero en el Vaticano. Pero tal fue el prestigio que la Infalibilidad Papal le concedió, tal fue la autoridad que le dio sobre toda la Iglesia, que todos los historiadores dijeron que ni siquiera los Papas de la Edad Media tuvieron mayor poder que él.

     Entonces, tenemos entre Pío IX y San Gregorio VII, una analogía. San Gregorio VII obligó al Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico a inclinarse ante él pidiendo perdón; Pío IX hizo algo, a mi juicio, más arduo y más extraordinario: obligó a la Revolución a inclinarse ante él, sin pedir perdón, porque la Revolución nunca pide perdón, pero babeando, rugiendo de odio, humillada y aplastada, lo que es más hermoso aún de que hacer que un emperador pida perdón.

     Y fue así, en este ambiente de victoria, que el gran Papa Pío IX, prisionero, pero más señor que todos sus predecesores, más señor de la Cristiandad y de la Iglesia Universal, entregó su hermosa alma a Dios.

     Estas consideraciones, queridos amigos, nos llevan a otra que siempre es interesante, y es el papel de la TFP – Tradición Familia Propiedad  frente al papado. Podemos ver claramente que el papado es el pilar del mundo, es el pilar de la Iglesia, es el fuego que irradia toda verdad. Cuando un miembro de la TFP oye hablar del papado no puede evitar sentirse lleno de entusiasmo desde la cabeza hasta las plantas de los pies. No hay nada en el mundo que le guste tanto a un miembro de la TFP como el papado, y la razón por la que le gustan todas las demás cosas es porque se ajustan al papado, a las doctrinas de los papas.


Notas:
Artículo extraído de pliniocorreadeoliveira.info y traducido por este blog

El articulo original, titulado O caráter fundamentalmente contra-revolucionário do Dogma da Imaculada Conceição, corresponde a la transcripción de una conferencia de Plínio Corrêa de Oliveira, realizada en São Paulo, Brasil, el 15 de junio de 1973
 

domingo, 3 de diciembre de 2023

Sábado 16 de diciembre: Rosario Público por la Navidad



SÁBADO 16 DE DICIEMBRE - 12H00

ROSARIO PÚBLICO EN GUAYAQUIL

INICIO DE LA NOVENA DE NAVIDAD 

PLAZA DE SAN FRANCISCO 



Adviento: recogimiento, discreta compunción y esperanza






Rescatando las tradiciones del adviento

     La «Corona de Adviento», fue instituida por el Papa San Gregorio I el Grande, con el fin de preparar a los fieles para la venida de Cristo, cuatro domingos antes de Navidad

     Con el comienzo del Adviento, se inicia ese período del año litúrgico que consta de las cuatro semanas que preceden a la Navidad.

     Este tiempo constituía para la Cristiandad una parte del año especialmente dedicada al recogimiento, a una discreta compunción y a la esperanza palpitante del gran júbilo que el nacimiento del Mesías traerá.Todos se preparaban así para acoger al Niño Dios, que en el virginal sagrario materno, se acercaba cada día más del bendito momento en que iniciaría su convivencia salvífica con los hombres.

     En esa atmósfera densa y vivamente religiosa, la tónica se iba gradualmente modificando. A medida que nos acercábamos a la noche entre todas sagrada, la compunción iba cediendo lugar a la alegría. Hasta el momento en que, en las pompas festivas de las celebraciones litúrgicas navideñas, las familias, los pueblos, las naciones se sentían ungidas por el júbilo sacral descendido desde lo más alto de los Cielos, y en cada ciudad, en cada hogar, en el interior de cada alma se difundía como un bálsamo de aroma celestial, la impresión de que el Príncipe de Paz, el Dios Fuerte, el León de Judá, el Emmanuel, una vez más acababa de nacer. Aquello que tan bien expresa el villancico «Stille Nacht, Heilige Nacht».

     De toda esta preparación, ¿qué quedó? ¿Quién piensa en el Adviento, salvo una minoría ínfima? Y dentro de esa pequeña minoría, ¿cuántos lo hacen bajo la influencia de la teología católica verdadera y tradicional, y no de las teologías ambiguas y desvariadas que sacuden hoy en día, como si fuesen convulsiones febriles, el mundo cristiano?

     Pero dejemos esta minoría, y pensemos en las multitudes que se agitan en las grandes ciudades.



     Para ellas, el Adviento pura y simplemente no se recuerda. Las prisas de la vida cotidiana continúan, agravadas por la perspectiva de tener gastos que enfrentar, regalos que enviar, visitas para hacer y fiestas para organizar.

     En resumen, todo el mundo se va aproximando a la Navidad, no como de una fecha para la que uno camina con esperanza, sino como a un día afanoso, dispendioso, y bajo algunos aspectos, incluso complicado, que se tendrá la alegría de «dejar atrás».

     Levantemos sin embargo nuestros corazones, quizá también un poco entumecidos, para rescatar algo del auténtico espíritu de preparación para la Navidad. Conozcamos algo más sobre alguna de las tradiciones más importantes en este tiempo. 

La Corona de Adviento, símbolo de la Navidad

     Quiere la tradición que se monte una corona de ramas de pino, o similar, adornada con flores, frutas, bolas, cintas y -lo más importante- cuatro velas.

     Esta «Corona de Adviento» (Adviento significa «venida» o » llegada»), fue instituida por el Papa San Gregorio I el Grande, con el fin de preparar a los fieles para la venida de Cristo, cuatro domingos antes de Navidad.

VIDEO

     Cómo es visto el Adviento cuando hay inocencia


     La corona está formada por diversos símbolos:

     La forma circular de la corona: El círculo no tiene principio ni fin. Es señal del amor de Dios, que es eterno, sin principio ni fin. También, representa nuestro amor a Dios y al prójimo que nunca debe de terminar.

     Las ramas verdes: Verde es el color de esperanza y vida. Dios quiere que esperemos su gracia, el perdón de los pecados y la gloria eterna al final de nuestras vidas. El anhelo más importante en nuestras vidas debe ser llegar a una unión más estrecha con Dios, nuestro Padre.Las cuatro velas: Simbolizan la obscuridad provocada por el pecado que ciega al hombre y lo aleja de Dios. Después de la primera caída del hombre, Dios fue dando, poco a poco, una esperanza de salvación que iluminó todo el universo como las velas de la corona. Así como las tinieblas se disipan con cada vela que encendemos, los siglos se han ido iluminando con la cada vez más cercana llegada de Cristo a nuestro mundo.

     Debemos vivir las tradiciones y costumbres navideñas con su significado interior y no sólo el exterior para preparar nuestro corazón para el nacimiento de Jesús.Son cuatro velas las que se ponen en la corona. Se encienden de una en una, durante los cuatro domingos de Adviento, al hacer la oración en familia. Se acostumbra usar diferentes colores: una morada, una roja, una rosa y una blanca. Hay quienes ponen tres velas moradas y una rosa o blanca. Se encienden primero las moradas que nos recuerdan que es tiempo de penitencia, de conversión. La blanca o rosa significa la alegría de la llegada de Jesucristo.

     Las manzanas rojas que adornan la corona: Representan el fruto del jardín del Edén con el que Adán y Eva trajeron el pecado al mundo. Pero, también trajeron también la promesa del más grande Salvador.El listón rojo: Representa nuestro amor a Dios y el amor de Dios que nos envuelve.

Algo que Ud. no debe olvidar

     Debemos vivir las tradiciones y costumbres navideñas con su significado interior y no sólo el exterior para preparar nuestro corazón para el nacimiento de Jesús.La Corona de Adviento: nos prepara durante los cuatro domingos que anteceden la Noche Buena.



Notas:

Artículo elaborado en base a publicaciones de Plínio Corrêa de Oliveira en diarios brasileños sobre la Navidad y  extraído de accionfamilia.org 


martes, 14 de noviembre de 2023

"Fuerzas dentro de la Iglesia no quieren la verdad del Evangelio. Quieren que se cambie. Quieren que se ignore”




     En la mañana del sábado 11 de noviembre, un boletín oficial de la Santa Sede sorprendió a buena parte de los católicos en el mundo. El comunicado apenas decía:

     "El Santo Padre ha relevado del gobierno pastoral de la Diócesis de Tyler (EE.UU.) a S.E. Mons. Joseph E. Strickland y ha nombrado Administrador Apostólico de la diócesis vacante al Obispo de Austin, S.E. Mons. Joe Vásquez" .

     En realidad era algo que ya esperaba. Desde hace algunas semanas se rumoreaba que tras la Visita Apostólica a la diócesis de Tyler, se le iba a exigir la renuncia a Mons. Strickland. El obispo, de 65 años, había adelantado que “si el Papa lo destituye, obedecerá".

     El obispo estuvo siempre empeñado en defender la fe católica en contra de los errores que hoy la acechan, en una tarea que apenas tiene parangón en el resto del episcopado mundial.

     Precisamente por cumplir el mandato que tuvo como obispo fiel a Cristo, venía siendo objeto últimamente de un ejercicio de acoso y derribo y que tuvo como desenlace su destitución como pastor de la Iglesia en la diócesis texana de Tyler.

     Recientemente, Mons. Joseph Strickland ha dicho en una entrevista a LifeSiteNews que cree que fue destituido porque "amenazó a algunos de los poderes con la verdad del Evangelio". Añadió que "si quieren que cambie [la verdad del evangelio], entonces yo soy un problema". 

     Cuando se le preguntó el por qué había sido destituido de su cargo, respondió: "La única respuesta que tengo a eso es porque las fuerzas de la Iglesia en este momento no quieren la verdad del Evangelio".  

     "Quieren que se cambie. Quieren que se ignore. Quieren librarse de la verdad que gloriosamente no va a desaparecer. La verdad que es Jesucristo, Su cuerpo místico, que es la Iglesia, todas las maravillas por las que murieron los mártires y por las que vivieron los santos a lo largo de casi 2000 años desde que Cristo murió y resucitó." 

     El Vaticano no ha dado una explicación oficial de la destitución del obispo quien indicó que no atribuye toda la culpa de su destitución al Papa Francisco porque "hay muchas fuerzas trabajando en torno a él e influyéndole para que tome este tipo de decisiones".

     Dijo además que:

     "Por eso rezamos por el Papa, por él como hijo de Dios y por su papel como sumo pontífice". 

     "Pero tenemos que reconocer que en el mundo actúan fuerzas tremendas y poderosas", subrayó. "San Pablo nos recuerda que no luchamos contra seres humanos, de carne y hueso; luchamos contra las potestades y los principados del mal". 

     "Y el mal no quiere la verdad de Jesucristo".

     Cumpliendo con su misión de verdadero pastor velando para que sus ovejas no se descarríen, Mons. Strickland había publicado en las últimas semanas varias cartas pastorales sobre la fe y la moral católica y la naturaleza de la Iglesia. En una de ellas, defiende la verdadera doctrina católica sobre la homosexualidad y la transexualidad y advierte a quienes quieren atentar contra la misma desde dentro de la propia Iglesia que la verdad no se puede cambiar.

     En una otra carta pastoral dedicada al sacramento de la Eucaristía.y tras explicar el dogma eucarístico, se centró en refutar el mayor ataque que está recibiendo dicho sacramento desde dentro de la propia Iglesia: la necesidad de estar en gracia de Dios para comulgar:

     «... debemos tener claro que la Iglesia no puede ofrecer la Sagrada Comunión a una persona si esa persona participa activamente en una relación del mismo sexo, o si una persona no vive según el sexo para el que Dios le formó en el momento de su concepción y nacimiento». 

     «Además, quiero dejar claro que la Iglesia nunca ha tolerado ni tolerará la recepción de la Eucaristía por parte de un católico que persista en una unión adúltera. Una persona debe primero arrepentirse del pecado de adulterio y recibir la absolución sacramental, y también tener la firme resolución de evitar este pecado en el futuro. En otras palabras, el adulterio debe terminar para que el individuo pueda recibir la Sagrada Comunión...».

     Defender la verdadera ortodoxia le costó el cargo a Mons. Strickland, cargo al cual no se aferró pues al fin y al cabo es efímero, pero que defendió hasta el final con honor. 

     A propósito de los poderes enquistados en la autoridad de la Iglesia y aludidos por Mons. Strickland bien vale recordar lo que Nuestra  Señora del Buen Suceso, le comunicó a la Venerable Madre Mariana de Jesús, en Quito, en 1634, de que la autoridad abusaría de su poder, cometiendo injusticias y oprimiendo a los débiles.


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