sábado, 23 de enero de 2021

La Madre Mariana de Jesús Torres, alma misericordiosa, intercesora y reparadora, a quién la Virgen afirmó que sería una especial intercesora por estas tierras

 



Cuerpo de la Venerable Madre Mariana de Jesús Torres, conservado incorrupto por casi 400 años.








Nuestra Señora del Buen Suceso quiere que todos recurramos a Ella con fervor y confianza

 






     Quiero registrar ciertos hechos históricos sobre el origen de la devoción a Nuestra Señora del Buen Suceso de Quito. Seguramente, estos hechos servirán para encender el fuego del amor en nosotros por tener una Madre tan buena, y nos motivarán a ser más fervientes en todo lo que hacemos.

     El lugar donde comienza la historia y donde se originó la hermosa devoción de Nuestra Señora del Buen Suceso es un lugar reconocido: el Real Convento de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora de Quito. Este fue el primer convento de religiosas de la ciudad, fundado el 13 de enero de 1577, según las crónicas de Rodríguez Docampo.

     El historiador Montesinos incluye en sus "anales" la historia de la fundación de este Convento. Entre otras cosas, escribió:

     "Las monjas fundadoras fueron María Taboada, que más tarde se llamó María de Jesús; Catalina Rodríguez, más tarde, Catalina de la Concepción; Francisca Xaramillo, más tarde Lucía de la Concepción; María Rodríguez, luego María de la Encarnación. Estas mujeres profesaron ante el Padre Juan lzquierdo, Vicecomisionado General de la Provincia de Quito, el 25 de enero de 1575. Con ellas vinieron Juana de Castañeda y Magdalena de Valenzuela, Juliana de Arce, Mariana de Torres y Leonor Tamay, que todavía estaban demasiado jóvenes para hacer sus votos finales, pero que luego profesaron al alcanzar la edad requerida para el noviciado". (1)

     El Convento fue fundado en la fecha indicada por Docampo en el "Libro de la Fundación", guardado en los archivos del Convento Concepción de Quito. En el mismo se lee lo siguiente:

     "Este Real Convento de Hermanas de la Concepción de Quito fue fundado el 13 de enero del año 1577, siendo su fundadora y primera abadesa María de Jesús y Taboada. Venía de la casa noble de Solariego de Galicia, pero era más admirada y famosa por su gran virtud que por su nobleza".

     Algunas de las damas que vinieron de España para fundar el convento no tenían la edad suficiente para profesar sus votos. Entre ellas estaba la sobrina de la fundadora, que todavía era una niña cuando se llevó a cabo la fundación. Sin embargo, con el tiempo se convirtió en la figura de mayor destaque del Real Convento. Nació en Vizcaya y se llamaba Mariana de Torres y Berriochoa. Permítanme contarles algunas cosas sobre ella
:(2)

     Mariana de Torres, siendo religiosa pasó a ser llamada  Mariana de Jesús, tenía solo 14 años cuando profesaron sus compañeras fundadoras, por lo que no pudo hacer sus votos sino hasta finales de 1579. En el Libro de la Fundación (pág. 4), se puede leer:

     "Mariana de Torres, profesa y toma el nombre de Mariana de Jesús; hizo sus votos el 21 de septiembre, el día de San Mateo, en el año 1579; ella es una de las primeras novicias. "El Libro de Profesiones dice lo mismo: "Mariana de Torres profesa y toma el nombre de Mariana de Jesús; hizo sus votos el día 21 del mes de septiembre del año 1579".
(3 )

     Es muy evidente que Mariana de Jesús fue un verdadero pilar del convento debido a la gran virtud que alcanzó y a los títulos que tenía. Registro aquí sólo la cantidad de veces que fue nombrada abadesa. En el Libro de las Muertes del Convento Real está registrado “Fallecido: Mariana de Jesús, 6ª Abadesa. Fue abadesa cuatro veces, durante los períodos 1598-1601, 1610-1613, 1616-1619, 1622-1625; y continuó teniendo el título de forma honorífica, de 1625 a 1628.

     Sabemos por el buen desempeño de su trabajo, según los registros de la Visita Pastoral en el año 1599, durante el primer año de gobierno de la Madre Mariana de Jesús. Fray Benito Hernández de Ortega fue el Visitante Episcopal, e hizo recomendaciones que consideró oportunas a las hermanas con palabras notables sobre la Madre Mariana. En el libro base (folio 37), registra:

     "Todos estos mandatos, junto con los de visitas anteriores, dicho visitante, bajo el mando de su señoría (el Obispo), han sido tratados y comunicados. Por la presente declaro que he ordenado y ordeno que se mantengan y se ejecuten en su totalidad, y esto incluye los castigos y censuras establecidos en ellos. Y he declarado y declaro que dicha abadesa (Madre Mariana de Jesús Torres) es una religiosa de gran virtud y ejemplo en virtud del sólido gobierno que ha ejercido y ejerce en nombre de su señoría (el Obispo), y que de su parte ha estado y está muy satisfecho ..."
(4)

Las virtudes de la Madre Mariana de Jesús Torres


Madre Mariana de Jesús Torres


     Mucho se podría decir sobre la gran virtud de la Madre Mariana, y menciono sólo uno de los muchos que darían testimonio de esto. Recuerdo las palabras encontradas en los "Procesos" de la Beata Mariana, la Azucena de Quito. Allí se afirma que siendo aún una niña, la Beata Mariana de Jesús Paredes y Flores, fue a la Iglesia de la Concepción para asistir a los ritos funerarios de una mujer religiosa llamada Mariana de Jesús (Torres) que murió en el olor de la santidad. (5)

     Más explícito es el testimonio del conocido Rodríguez Docampo que habla de este Convento en su famosa Descripción y Relación del Estado Eclesiástico del Obispado de San Francisco de Quito.

     Citando los procesos de la Beata Mariana de Jesús Paredes (pág. 250), declara: “Ha habido (en dicho convento) monjas de singular virtud y religión, como María de Jesús Taboada, la primera abadesa, y otras que la siguieron.

     
Ejemplo resplandeciente desde su juventud en humildad y obediencia, penitencia y el don de la oración, la piedad y la devoción a Nuestro Señor Jesucristo, y el amor y la reverencia por el nombre de Jesús fue Mariana de Jesús Torres, una de las primeras que tomó el hábito (en el Convento de Quito). Ella vivió y murió dando un gran ejemplo, espiritual y temporal, tanto por su piedad como por su sabio gobierno, siendo abadesa varias veces. Sus peticiones y oraciones fueron atendidas por la Divina Majestad, y recibió de Su Misericordia todo lo que pidió.

     “Ella murió con la misma gran paz y santidad con la que vivió. Sus confesores declararon en sermones durante su entierro y en sus registros anuales, cómo ella era celosa en el servicio divino y había merecido grandes revelaciones de la Divina Majestad y Su Santa Madre y el Niño Jesús, a quien llevaba en sus brazos, y cómo tenía el don de profecía. Ella recibió dones proféticos, en mi opinión y en la del Arzobispo Pedro de Oviedo, quien la trató, comunicó y confesó y, por lo tanto, conocía las profecías que había hecho, para que Dios pudiera ser alabado y bendecido, como prueba de lo que Él hace con los Santos y da su espíritu divino a quien le sirve. También relatan otras cosas particulares sobre los favores divinos que recibió, junto con su verificación, que se contará con mayor detalle en la historia encargada por mí para esta Audiencia Real, en presencia de honorables sacerdotes”(6).

     No sé si Rodríguez Docampo escribió la historia que prometió o no. Sin embargo, es un hecho conocido que la Madre Mariana, antes de su muerte en 1635, tuvo dicha revelación consoladora y maravillosa.


Nuestra Señora del Buen Suceso


Imagen de Nuestra Señora del Buen Suceso que se venera en Madrid, España



     Es de conocimiento común que una de las iglesias más conocidas de Madrid es la de Nuestra Señora del Buen Suceso. ¿Cuál es el origen de la invocación?

     Después de la muerte del hermano Bernandino de Obregón, fundador de los Hermanos Menores al Servicio de los Enfermos (la Orden de San Francisco de Paula), el Hermano Gabriel de Fontaned fue elegido su sucesor. Acompañado por Guillermo de Rigosa, se dirigió a Roma para defender el caso para la aprobación oficial de su Instituto ante el Romano Pontífice. Mientras pasaban por la ciudad de Traigueras (bajo la jurisdicción de Tortosa en el Principado de Cataluña), descubrieron milagrosamente en una cueva en las montañas una muy hermosa estatua de Santa María con su Divino Hijo en su brazo izquierdo y un cetro en a la derecha, y una corona muy preciosa en la cabeza.

     Cuando llegaron a Roma, le contaron al Papa lo que había sucedido, y el Pontífice no solo reconoció la naturaleza sobrenatural de ese descubrimiento, sino que al confirmar la nueva Orden, lo colocó bajo la protección de la misma Virgen, a quien dio el nombre de la Virgen del Buen Suceso.

     Por tanto éste nombre fue dado por el propio Vicario de Cristo. La Estatua Sagrada, que se colocó en el Hospital Real de Madrid, se hizo famosa por los numerosos favores otorgados por Dios a través de ella. En 1641, Felipe III ordenó la construcción del espléndido Santuario de la Puerta del Sol. La magnificencia de este edificio que consagra a Nuestra Señora del Buen Suceso es reconocida entre las Iglesias de Madrid.

     Las monjas españolas que cruzaron el océano para fundar el Convento de la Inmaculada Concepción en Quito trajeron consigo un ferviente amor por la advocación del Buen Suceso. Entonces no se dieron cuenta de que Santa María se dignaría favorecerlas de una manera muy especial por medio de esta advocación particular.

El milagro

     Sucedió de esta manera. Era el año 1610, Mariana de Jesús Torres, que era entonces abadesa del convento y cuya virtud ya era conocida, se distinguió por su devoción a la Virgen del Buen Suceso.

     Una noche, en el coro superior, mientras rezaba ante Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento, recomendando su comunidad a la Santísima Virgen, notó una luz suave que repentinamente apareció en el lugar. Envuelta en ella estaba la Madre de Dios acompañada de ángeles. En su brazo izquierdo llevaba al Divino Niño.


     Abrumada por la emoción, Mariana de Jesús se arrodilló ante María e, incapaz de contenerse, preguntó cuál era el propósito de una visita tan celestial. A esto, la Madre de Dios respondió amablemente: "Soy María del Buen Suceso, a quien has invocado con tan tierno afecto. Tu oración me ha agradado mucho. Tu fe me ha traído aquí. Tu amor me ha invitado a visitarte".

     La Reina Celestial también le dijo a la humilde religiosa que era su deseo, así como el de su Divino Hijo, ser honrada por esta comunidad como abadesa principal hasta el final de los tiempos. Con este fin, le ordenó que se hiciera una imagen tal como apareció ante sus ojos con el título de Buen Suceso, y que debía ser colocada por siempre sobre la silla de la abadesa. Desde allí, Ella misma quería presidir la Comunidad que había adoptado como propia.

     Sorprendida por esta solicitud, la Madre Mariana argumentó que sería imposible reproducir la majestad, la belleza, el tamaño y otras características de la Señora Celestial en una imagen de madera. En respuesta, Nuestra Señora le ordenó que se quitara el cordón que ceñía en la cintura de su hábito, para medir su estatura. De hecho, la propia Madre de Dios la ayudó en dicha medición, sosteniendo un extremo del cíngulo.

     Finalmente, la Virgen instruyó a Mariana de Jesús que la imagen 
debía sostener en su mano derecha el báculo y las llaves del Convento ya que los consideraba de Su propiedad, asegurando que los esfuerzos de Satanás para destruirlo serían en vano. Por lo tanto, la Virgen del Buen Suceso de Quito aparece con el báculo en su mano derecha, en lugar del cetro que se muestra en Madrid.

     Las hermanas del Convento de la Inmaculada Concepción de Quito siempre han tenido un gran amor por su Abadesa Celestial. Además, no sería demasiado decir que la imagen de la Virgen del Buen Suceso, una vez terminada por los tres Arcángeles, San Miguel, San Gabriel y San Rafael, ha sido una de las más queridas de Quito ante la cual la gente ha rezado durante tres siglos. Podemos decir, entonces, que la Virgen del Buen Suceso de Quito es una devoción nacional, como la devoción a la Imagen de Nuestra Señora de los Dolores del Colegio (Jesuita), la Dolorosa del Colegio. Por lo tanto, Ella ha mostrado cómo quiere cobijarnos bajo su protección especial, por lo que, en consecuencia, todos deberían recurrir a Ella con gran fervor y confianza filial.

     Una de las principales formas de volverse hacia la Celestial Señora es rezando una novena dedicada a Nuestra Señora del Buen Suceso
. ¡Espero que tomen estas oraciones en serio! ¡Que la Santísima Virgen derrame gracias sobre vuestras almas!

Fr. José M. Urrate, S.J.
Quito, Julio de 1941



1. Documento tomado de la obra Relaciones geográficas de las Indias de Marcos Jiménez de la Espada, Volumen III, p. XXXIII, Madrid, 1965.
2. Estos libros se conservan en los archivos del Convento Concepción en Quito.
3. Estos hechos están tomados del Libro de Profesiones y otros documentos guardados en el Convento Concepción de Quito.
4. Libro de la Fundación, fol. 37.
5. La Beata Mariana de Jesús es diferente de la Madre Mariana de Jesús Torres del Convento Concepción. La Azucena de Quito, como se la conocía, nació en 1618 y se hizo famosa por su santidad. Poco después de la muerte de la Madre Mariana de Jesús Torres, la joven se convirtió en ermitaña. Durante el terremoto de 1645 en Quito y la epidemia que siguió, ella se ofreció públicamente como víctima de la ciudad en la Iglesia de la Compañía de Jesús, y murió poco después a los 27 años. Fue beatificada el 10 de noviembre de 1853 por el Papa Pío. IX y canonizado en 1950 por el papa Pío XII.
6. En Jiménez de la Espada, Relaciones geográficas.

viernes, 22 de enero de 2021

La Madre Mariana de Jesús Torres, un alma con las entrañas de misericordia de Cristo, sufre por una religiosa cinco años de las penas del infierno

 





     Hace parte del flujo de gracia de la comunión de los santos no solo el que los fieles puedan rezar unos por otros, sino también ofrecer sufrimientos y expiar de diversas formas pecados ajenos, para volver a Dios propicio hacia esas almas. San Pablo se refiere a esto explícitamente cuando dice: “Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1:24).

     Estos padecimientos pueden ser de varios tipos morales y físicos. En ambos, puede jugar un papel importante la acción diabólica, permitida por Dios en su sabiduría insondable.

     Consta que es así en las experiencias corroboradas de santos de lo más célebres, como la fundadora de las carmelitas descalzas, Santa Teresa de Jesús (de Ávila), que al rodarse unas escaleras del convento, afirmó que era el demonio que la quería matar; San Juan María Vianney, el santo Cura de Ars, a quien el demonio le prendía fuego en la cama; la venerable Sor Josefa Menéndez, madrileña de la Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús, en Poitiers, Francia, en la tercera década del siglo XX, a quien el demonio chamuscaba y trasladaba contra su voluntad a recantos remotos de la casa comunal (sufría estos padecimientos en consecuencia de un pedido habitual de Nuestro Señor: “Josefa, ¿quieres ayudarme a salvar un alma?”); o el Santo Padre Pío, que algunas veces fue agredido físicamente por el demonio, que se le aparecía como un perro furioso.

     El personaje que es materia de este artículo padeció cosas semejantes, una especialmente. Se trata de un padecimiento formidable y, cabe decir, espeluznante, en el que no debemos imaginarnos en nuestro estado ordinario de la economía de la gracia.  En efecto, sin una asistencia de la gracia extraordinaria, totalísimamente fuera de lo común, absolutamente ninguna criatura humana tiene la fortaleza para soportar algo semejante.

     Nos referimos a la Madre Mariana de Jesús Torres, española del siglo XVI, que llegó muy joven con el grupo de fundadoras de Monasterio de la Inmaculada Concepción de Quito, diagonal a la Plaza Grande, y del cual fue varias veces abadesa. La orden había sido fundada por Santa Beatriz da Silva, en Toledo, a inicios de ese siglo.

     El presente relato, basado en una biografía de la religiosa escrita en Quito por el franciscano portugués Manoel de Souza Pereira, comienza con el momento en que una religiosa insubordinada, apodada de “Capitana”, conversaba con el obispo, en un recinto de penitencia del convento.



La Madre Mariana recibe luces místicas sobre el estado de alma de las rebeldes


     Mientras la “Capitana", confinada en la prisión, llena de odio y enloquecida, hablaba al obispo, la Madre Mariana se sentó silenciosamente en una esquina del recinto, desde donde vio unos simios horribles que se acercaban a dicha monja. Sus bocas, ojos y narices vomitaban fuego, vertiéndolo luego en el corazón de la rebelde y en los de sus seguidoras.

     La Madre Mariana veía que esta infeliz alma y varias de sus adeptas se condenarían. Por esto, Nuestro Señor se le apareció, presentándole la manera de salvar a la monja rebelde de las llamas eternas del infierno que bien merecía por sus numerosos pecados y por el daño que repercutiría en la comunidad en los siglos venideros. Para evitar su castigo eterno y salvarla era necesario que la Madre Mariana aceptara sufrir cinco años en el infierno. La heroica santa fundadora lo aceptó, como se verá más adelante.


La Capitana

     Un día, la Madre Valenzuela, elegida nuevamente abadesa, oyó con la Madre Mariana voces que venían de la prisión. La superiora le preguntó qué podía ser aquello.

     “Madre —le respondió la Madre Mariana— esta pobre hermana es una víctima del demonio. Vamos a asistirla y saquémosla al jardín para que no se desespere. Debemos ocuparnos de su alma”.

     Al verlas, la desgraciada criatura comenzó a correr alrededor de la prisión mientras golpeaba su cabeza contra las paredes y gritaba: “¡Estoy muriendo! ¡Estoy muriendo! El demonio va a tomarme!"  Entonces cayó cara en tierra.

     La Madre Mariana, llorando desconsoladamente, se acercó a la monja para levantarla. Sus lágrimas bañaron la cara de la desgraciada criatura, la cual botaba espuma por la boca, fluyéndole sangre de la nariz. Limpiándola, la frotó, procurando hacerla recuperar los sentidos. Entonces le pidió a la Madre Francisca de los Ángeles que fuera a la enfermería por unos remedios.

     La Madre Valenzuela permanecía en la puerta, paralizada por el pánico, por lo que la sierva de Dios, animándola, le dijo: “No se preocupe su reverencia.  ¡Jesús y María están conmigo!”


Exorcismo


     Mientras la santa fundadora esperaba, notó repentinamente a dos criaturas negras agazaparse tímidamente contra una esquina del cuarto, intentando ocultarse de ella. Indignada, las increpó con fuerte voz:

     “Bestias viles y abominables, ¿qué están haciendo aquí? Vuelvan al infierno, que éste es un lugar santo, una casa de oración y de penitencia. Todos sus esfuerzos por arrebatar el alma de mi hermana serán inútiles. Jesucristo murió por ella y, a pesar de ustedes, la salvará. Les ordeno en nombre de los misterios de la Santísima Trinidad, de la Divina Eucaristía, de la Maternidad Divina de María Santísima y de la Asunción gloriosa de su cuerpo y alma al Cielo, que salgan inmediatamente de este santo lugar. Déjenlo, y nunca más vuelvan a atormentar a cualesquiera de mis hermanas con su abominable presencia”.

     Luego de que pronunciara estas palabras, se escuchó un estruendo, la tierra se sacudió, y se oyeron gritos horribles. Entonces, los demonios se marcharon.



Enfermedad y muerte

  
     Al regresar a sus sentidos, la monja enferma estaba muy desconcertada, y seguía empecinada.  Hablaría solamente con la Madre Valenzuela. Pasó una noche terrible, sufriendo las crueldades de su conciencia criminal. Pese a eso, la envidia que sentía hacia la Madre Mariana estaba tan asentada en su corazón, que no podía atreverse a pedirle perdón ni, mucho menos, intentar concebir estima hacia ella.

     A pedido del doctor, la trasladaron a un cuarto en donde podría ser cuidada, debido a que tenía una enfermedad contagiosa y estaba muy mal. Las Madres Mariana y Francisca de los Ángeles la cuidaron con gran amor, dulzura y afecto. Aun así, la enferma las trató groseramente, quejándose por todo.

     A pesar del cuidado y tratamiento propiciado, su condición empeoró hasta el punto en que la muerte era inminente. Sintiéndose morir, gritó en medio de una agitación terrible: “Es muy tarde para mí. No puedo (refiriéndose a la Madre Mariana) apreciarla ni perdonarla. Deseo ser salvada pero no puedo. ¡Oh! ¡Hagan que esas criaturas negras salgan de aquí! ¡Ayúdenme, porque me llevarán!”

     Sin más remedio, se aferró a los brazos de la Madre Mariana. Enseguida, las monjas llamaron a un sacerdote, pero no se confesó. El clérigo se fue entristecido por esta escena de la impenitente moribunda, que poco después daba su último suspiro.

     La Madre Mariana sostenía el cadáver en sus brazos. Sus hermanas y cofundadoras españolas le pidieron que la acostara en la cama, pero la venerable religiosa respondió:

     “Mis Madres y hermanas, ¿tan pronto se olvidan del sacrificio que acepté para salvar esta alma? Roguemos a Dios fervientemente por ella. Ahora está esperando el juicio de Dios. Ya ha cometido todo el mal que ha podido. Ella vivirá otra vez. No se asusten; permanezcan en calma porque se arrepentirá y enmendará sus males por su propia voluntad. Morirá y será salvada más adelante, pero su purgatorio durará hasta el día del juicio final. Esto me lo reveló Nuestro Señor”.

     Al decir esto, el cuerpo de la monja muerta tembló y abrió los ojos. Miraba todo alrededor del cuarto como si buscara a alguien. Entonces, fijando su mirada en la santa fundadora, deseó hablar pero su voz se estrangulaba en un mar de llanto. La angelical Madre Mariana secó las lágrimas con amor maternal y le habló de la confianza en la bondad de Dios. La Capitana finalmente sintió cuánto era amada.

     Después de una confesión general, comenzó lentamente a recuperarse. Era ahora tan dócil como un niño y nunca más deseó estar lejos de su venerable benefactora.


Tenacidad contra los demonios y un sacrificio inmenso para la salvación de un alma


     Tiempo después, Nuestro Señor se le apareció a la Madre Mariana, recordándole que había llegado el tiempo de que pague el precio de la salvación del alma de la Capitana.

     "Esposa y querida mía —le dijo Nuestro Señor—, llegó ya el momento en que debes sufrir por cinco años las penas del infierno que aceptaste con caridad heroica para salvar el alma de tu pobre hermana. Entonces, prepara tu ánimo y templa tu espíritu con el don de fortaleza, que debes pedir con insistencia a mi Divino Espíritu. Desciende al fondo de tu alma y tómala con los brazos de la confianza en mi amorosa bondad; enciérrala en la llaga de mi costado, que fue abierta para en ella asilar a mis almas predilectas, colocándolas bajo el amoroso cuidado de mi hermosa Madre Virgen.

     "Purifica algo más tu alma con la gracia de la absolución que recibirás, con el aumento de fe y humildad, y mañana, después de permanecer contigo en la comunión, luego de que en ti se consuman las especies sacramentales, comenzará tu infierno".



La Madre Mariana entra en el infierno






     El relato de este hecho, nada común en la historia de los santos, recogido por el Padre Manoel de Souza Pereira, es extraordinario, y lo compartimos aquí.

     En la mañana del día siguiente, la Madre Mariana se aproximó a la mesa de los Ángeles para comulgar. Luego de la convivencia sacramental, la despedida, por el largo periodo de cinco años, de la íntima unión y trato familiar que tenía con Dios, a quien amaba con todas sus fuerzas vitales, fue como si se le arrancara el corazón.

     Quería, si le fuese posible, retener a Nuestro Señor Jesucristo por algunos momentos más. Pero su hora había llegado...

     Consumidas las especies sacramentales, la Madre Mariana sintió un fuerte dolor en el corazón, como si se lo arrancaran del pecho, y en ese instante quedó insensible a Dios. Le vino tedio en relación a Él, juntamente con una especie de odio, y una desesperación en la que no se vislumbra la más mínima esperanza. Procuraba reflexionar sobre el heroico sacrificio que había hecho en favor de la salvación de aquella alma, pero, en vez de encontrar alivio, lo que sentía era rabia, desesperación y total desconfianza en Dios. Quería recordar que el Divino Corazón la amó hasta entregarse por ella a crueles tormentos y a humillaciones infinitas, pero lo que sentía sobre sí era el peso de la Sangre de Dios derramada en vano por un alma condenada.

     Traía a su mente, también, todos los sublimes misterios de Dios humanado, de su Virgen Madre, pura e inmaculada desde su concepción, pero estos recuerdos constituían para ella una fuente incesante de rabia y desesperación; ella se sentía una hija de la Inmaculada Concepción que ahora estaba condenada.

     La noción de cinco años se desvanecía de su mente, y por delante no conseguía discernir sino una eternidad de aflicción. Quería animarse pensando que algún día terminaría su infierno, pero escuchaba voces roncas y terribles que le decían desacompasadamente: "Eternidad… Eternidad... Para siempre…  Para siempre...  ¡En el infierno, nula es la Redención! Monja que desperdició el tiempo, que disipó innumerables gracias, merece tormentos inauditos y el más terrible padecimiento de la pena de perdición..."

     Los terribles castigos de los cincos sentidos recaían sobre la Madre Mariana. Su cuerpo era como una brasa viva que ardía sin consumirse, en medio de dolores incomparables e indecibles. Del calor, pasaba inmediatamente a un frío imposible de expresar o describir, mucho más intenso que si estuviese enterrada bajo una montaña de nieve. Su respiración era oprimida por un peso inmenso que llegaba ora por el fuego, ora por la nieve.

     Delante de sus ojos aparecían horribles visiones infernales; sus oídos eran fustigados atrozmente con las blasfemias de los condenados y de los demonios; le inundaban el olfato olores repugnantes, más intensos que si tuviera encima las inmundicias de toda la humanidad; el tacto era atormentado en un como lecho en que ella parecía estar postrada, y que era duro, con la dureza del infierno, y lleno de puntas agudas que la punzaban hasta las entrañas; y el paladar era torturado por un sabor horrible, completamente desconocido para ella, además del azufre derretido que, a la fuerza, los demonios le hacían tragar, dándole duros golpes que le abrían el cerebro, removiéndole los sesos, e incitándola a la rabia, a la desesperación y a la blasfemia. Sin embargo, durante ese tiempo, nunca abrió sus labios para pronunciar siquiera una sola palabra que dejara transparentar sus amarguras delante de su comunidad. Sólo lo sabía su director espiritual.

     Su memoria era afligida por el recuerdo de las gracias recibidas de la amorosa bondad de Dios y de María Santísima, a quien, en medio de su prueba, parecía haber perdido para siempre. Le causaba también horror el recuerdo de la gracia de la vocación religiosa y de la vida monástica, en la que había sufrido grandes padecimientos pero que, comparados con los que la atormentaban, le parecían verdaderos gozos, ya que en la primera situación podía amar a Dios, lo que ya no podía en la circunstancia en que se encontraba ahora.

     Su entendimiento comprendía perfectamente, y con mayor claridad, lo que eran Dios y María Santísima, así como el Cielo y el éxtasis eterno en el que viven los bienaventurados. Pero sentía que para ella, definitivamente, estaba todo acabado, sin ninguna esperanza de poseerlos.

     Su voluntad ya no tenía libertad para hacer el mal o preferir la práctica del bien, como cuando estaba en su vida mortal, pues ahora estaba cautiva y presa, sufriendo los rigores de la justicia divina. Quería acudir a la misericordia pero, en el fondo, su alma atormentada oía ecos que le decían: "Ya es tarde. Todo terminó. Ahora sólo te queda el castigo eterno. La justicia vengadora pesa sobre ti. ¡Oh, infierno!... ¡Oh, eternidad!..."

     Y ella se decía: "¡Oh, tiempo malogrado! Ahora veo que erré el camino de la verdad".

     La Madre Mariana cargaba sobre sí todos los pecados de su hermana religiosa, por quien sufría como si fuesen pecados suyos que la atormentaban con su peso y su recuerdo, sin que hubiera esperanza de alivio, menos aún de perdón, pues veía a Dios irritado y disgustado con ella, mientras María Santísima le demostraba indiferencia, así como su Padre Seráfico San Francisco de Asís, su Madre Fundadora [Santa Beatriz da Silva] y todos sus amigos celestiales.

     Ella estaba convencida de que el castigo era justo por ser tantos los pecados de su hermana, y que debía expiarlos. Sin embargo, el pensamiento de que era un alma amada de Dios y de que la razón de sufrir por el espacio de cinco años era el haberse sacrificado heroicamente para salvar un alma hermana, escapaba de su mente, y sólo le quedaba la idea de que estaba condenada para siempre. Esas sombras tan tétricas que le inundaban todo su espíritu eran lo que constituía su mayor infierno.

     Quería amar a Dios, elevarse hasta Él, pero se sentía rechazada. Miraba hacia Dios, y contemplando su infinita hermosura, que había perdido para siempre, entraba en una desesperación tan angustiante, que le venía la idea de acabar consigo. Pero como el alma es inmortal, eso la llenaba de un furor tanto más desesperante, que hacía un infierno así algo simplemente incomprensible e inexplicable. En una palabra, no había para esa sufrida criatura el menor consuelo, la menor tregua en su dolor, ni ninguna forma de alivio, físico o moral.

     Todas las criaturas constituían para ella fuente de gran tormento. Los cuidados y atenciones que le brindaban su abadesa y las demás religiosas, le aumentaban los sufrimientos. Se consideraba sola e irremediablemente perdida. Aún más, vivía y respiraba una atmósfera de odio.

     Todos los tormentos que aquí dejo descritos, y tantos otros más que esta santa criatura padeció en ese entonces, los sufrió de día y de noche, a toda hora, en todo tiempo y lugar.

     Durante ese período de dura expiación, ella fue un ejemplo de dulzura, mansedumbre y estricta observancia de la Regla del convento. Grave [seria y solemne], digna y dulcemente amable, las religiosas tenían en ella un espejo en el cual mirarse y un modelo a imitar. Atraía el afecto y las miradas del convento. Manifestaba en su semblante una mortal y terrible tristeza, pero nadie se atrevía a preguntarle el motivo de su dolor.

     La única muestra exterior de sus sufrimientos en el infierno era que sus mejillas, normalmente atractivas y sanas, realzando su belleza natural, perdieron su color y se pusieron pálidas en extremo. Era ella como un cadáver que deambulaba.





Muerte de la Capitana


     Cinco años más adelante, mientras rezaba, la Madre Mariana gritó fuertemente y cayó como si hubiera muerto. Permaneció mucho tiempo inconsciente. Finalmente, suspirando de manera profunda, abrió los ojos, que estaban llenos de lágrimas de alivio. Su infierno había terminado, y gradualmente fue recuperando su salud y hermoso color.

     No pasó mucho tiempo de esto cuando la Capitana cayó enferma y, acercándose su fin, confesó todos sus pecados y murió tranquilamente, asistida por la Santa Madre Iglesia.

     La Madre Mariana de Jesús contempló el juicio de la monja, a quien le fue mostrado que su salvación se debía a los cinco años que su benefactora estuvo en el infierno. La Capitana llevó consigo a la eternidad esta gratitud inmensa. En el purgatorio, su benefactora la ayudó mucho, ya que no dejó de rezar nunca por ella. Después de la muerte de la Madre Mariana, esta alma del purgatorio fue olvidada gradualmente.


jueves, 14 de enero de 2021

410 años de la terminación de la Portentosa imagen de Nuestra Señora del Buen Suceso. Oración a la Madre Mariana de Jesús Torres



 




VIDEO 
(Editado en el 2010 por los 400 años de la terminación milagrosa de la imagen de Nuestra Señora del Buen Suceso)




ORACIÓN A LA SIERVA DE DIOS, MADRE MARIANA DE JESÚS TORRES




     ¡Oh Venerable Sierva de Dios, Madre Mariana de Jesús Torres, gloria de la Orden de las Concepcionistas en Ecuador, modelo eximio de obediencia, pobreza y castidad, a quien se dignó aparecer la Santísima Virgen, particularmente bajo la advocación de Nuestra Señora de El Buen Suceso, en más de un coloquio místico de gran contenido e inefable dulzura, y a quien Ella dotó de luces proféticas extraordinarias sobre lo que sucedería en nuestras días a las poblaciones sudamericanas, entonces gobernadas por la corona española! Mirad con benignidad, os lo pedimos, a vuestros devotos que os imploran una eficaz intercesión.

Contemplad a estos países, y muy especialmente a nuestro querido Ecuador, expuestos hoy a la saña agresiva del comunismo, el cual va penetrando en todos ellos, ora por la fuerza, ora por la astucia. ¡Ved cuán pocos son los ecuatorianos, y de modo general los sudamericanos, compenetrados de la gravedad de ese peligro y de la urgencia de hacerle frente mediante la oración, los sacrificios, y una acción intrépida y eficaz! Y obtened del Divino Espíritu Santo, por los ruegos de María, que difunda por estos pueblos la abnegación y la valentía con que otrora se inmortalizaron los Macabeos, los Cruzados, y los héroes de la resistencia ibérica contra los moros.

Considerad, oh Venerable Madre Mariana, la inmoralidad de las costumbres que asola toda la tierra y ved que esos pecados llevaron a Nuestra Señora a pronosticar en Fátima que terribles castigos caerían sobre la humanidad infiel.

Atended a la sangre de García Moreno, derramada en nuestra tierra para que ésta se convierta en un verdadero Reino de los Corazones de Jesús y de María.

Escuchad, oh benignísima Abadesa del Monasterio de la Inmaculada Concepción de Quito, las oraciones que os hacen tantas almas angustiadas por sus necesidades de alma y de cuerpo, y a todas dad una acogida generosa y alentadora, continuando así, en lo alto del Cielo, en favor de nuestro país, la misión tan bienhechora que en él ejercisteis en vuestra vida terrena. Así Sea.

(De autoría de Plínio Corrêa de Oliveira).

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