miércoles, 25 de marzo de 2020

ORACIÓN ADAPTADA A ESTOS TIEMPOS CRÍTICOS, COMPUESTA POR PLINIO CORRÊA DE OLIVEIRA







     "Aquí está, Señor Jesús, un hijo más de la Iglesia militante traído por la gracia que vuestra Madre celestial, por sus oraciones, obtuvo de Vos. Aquí está este batallador, arrodillado delante de Vos, ante todo para agradeceros.

     Os agradezco la vida que me disteis, el momento en que creasteis mi alma, el plan eterno que teníais a mi respecto, por el cual debería haber en los designios de Dios, alguien que, dentro de la colección de los hombres, había de ocupar este lugar, por mínimo que fuese, en el enorme mosaico de criaturas humanas destinadas a subir al Cielo.

     Os agradezco por haber puesto una lucha en mi camino, para que yo pudiese ser héroe, y la fuerza que me disteis para rezar, resistir y apalear al demonio.

     Os agradezco todos los años de mi vida pasados en vuestra gracia, y aquellos a los que, aunque no transcurridos en vuestra gracia, Vos pusisteis fin y, abandonando el camino de la desgracia, regresé a vuestra amistad.

     Os agradezco todo lo que hice de difícil para combatir mis defectos, por no haberos impacientado conmigo, y por haberme conservado vivo para que yo aún tuviese tiempo de corregirme antes de morir.

     Y quiero haceros un pedido en estos momentos, Señor Jesús, aquí está, adaptando un poco el versículo de un Salmo que dice “No me llevéis en la mitad de mis días” (Sal 101, 25): No me quitéis los días en medio de mi obra, y concededme que mis ojos no se cierren por la muerte, no falte el vigor a mis músculos, mi alma no pierda su fuerza y agilidad, antes de que yo haya, para vuestra gloria, vencido todos mis defectos, subido todas las alturas interiores que me designasteis que subiese, y haya prestado a Vos, en vuestro campo de batalla, por hechos heroicos, toda la gloria que esperabais de mí cuando me creasteis. Así sea."



sábado, 21 de marzo de 2020

MARIA VINCIT







     Ante los castigos divinos provocados por los pecados del mundo actualy para obtener la conversión de los hombres, Nuestra Señora pidió redoblar el fervor en la devoción a Ella, la oración insistente y hacer penitencia. Sólo así conseguiremos caminar en medio de las desgracias que tan gravemente nos amenazan.

     Han pasado casi ochenta años desde que Nuestra Señora del Buen Suceso dispensara sus misericordias de manera tan maravillosa, apartando del panorama internacional el peligro de la guerra en el año de 1941, que habría sido desvastadora para nuestro país. No obstante, poco después en el Ecuador, - y en todo el mundo - no se dio otra cosa sino la acentuación pavorosa de la impenitencia y de la apostasía, lo que conduce a temer que el castigo divino se vaya haciendo cada vez más inevitable.

     Hoy, el mundo entero gime en medio de la angustia y en el dolor, pero también en medio de las tinieblas, precisamente como el hijo pródigo cuando llegó a lo último de la vergüenza y de la miseria, lejos del hogar paterno.

     La equiparación gradual de los sexos rumbo a la igualdad absoluta y el libertinaje completo. La aceptación de la cada vez más agresiva pornografía en la TV, en los diarios, revistas, cines, teatros, internet; las innumerables blasfemias que a manera de cataratas, derraman por doquier caudales de escarnios de los más infames, especialmente en contra de Nuestro Señor Jesucristo y de su Santísima Madre; el uso de trajes extravagantes tanto por hombres y mujeres; las prácticas contra la finalidad del sacramento del matrimonio; la eutanasia; la matanza de los niños con el aborto y de su alma con la perversa ideología de género; la drogadicción, la legalización del divorcio y de las uniones homosexuales son hechos, entre muchos otros, a la vista de cualquier persona en la vida cotidiana, que levantan la interrogante: ¿vivimos los días del inminente triunfo de la iniquidad?


Feministas atacan iglesia en Chubut, Argentina


     La vista de tantos crímenes sugiere naturalmente la idea de la venganza divina, y cuando miramos para este mundo pecador, gimiendo en las torturas de mil crisis y de mil angustias, y que a pesar de eso no se penitencia; cuando consideramos los terribles progresos del neo paganismo, que está en las vísperas de ascender como gobierno de la humanidad entera; cuando vemos, por fin, la pusilanimidad, la imprevisión, la desunión de aquellos que aún no se pasaron para el mal, nuestro espíritu se llena de pavor en la previsión de las catástrofes que acumula sobre sí misma: los días de la impiedad están contados! 

     Si Dios dejase actuar exclusivamente su justicia, cabe preguntarse si el mundo habría llegado hasta el presente siglo. Pero, como Dios no es solamente justo, sino también misericordioso, no se cerró aún para nosotros la puerta de la salvación. Una humanidad perseverante en su impiedad tiene todo para esperar de los rigores de Dios. Pero Dios, que es infinitamente misericordioso, no quiere la muerte de esta humanidad pecadora, pero sí ‘que ella se convierta y viva’. Y, por esto, su gracia procura insistentemente a todos los hombres, para que abandonen sus pésimos caminos y vuelvan para el aprisco del Buen Pastor.
          
     Si no hay catástrofe que no deba temer una humanidad impenitente, no hay misericordias que no pueda esperar una humanidad arrepentida. Y para tanto no es necesario que el arrepentimiento haya consumado su obra restauradora. Basta que el pecador, aunque esté en el fondo del abismo, se vuelva hacia Dios con un simple comienzo de arrepentimiento eficaz, serio y profundo, que él encontrará inmediatamente el socorro de Dios, que nunca se olvidó de él.
         
     Estas dos imágenes esenciales de la justicia y de la misericordia divina deben ser constantemente puestas delante de los ojos del hombre contemporáneo. De la justicia, para que él no suponga temerariamente salvarse sin méritos. De la misericordia, para que no desespere de su salvación, desde que desee enmendarse.

     En Quito, el 27 de Julio de 1941, Nuestra Señora del Buen Suceso alcanzó para nosotros los más estupendos milagros. ¿Tienen fin las misericordias de una Madre, y de la mejor de las madres? ¿Quién osaría en afirmarlo? Si alguien dudase, el Milagro del 41 le serviría de admirable lección de confianza. La Virgen nos ha de socorrer. En realidad Ella ya comenzó a socorrernos. En el mismo momento en que la impiedad parece triunfar hay algo de frustrado en su aparente victoria. Los días del dominio de la impiedad están contados. Confiemos pues en María Santisima del Buen Suceso.
           
     Más allá de las tinieblas, y de los castigos, para los cuales caminamos, tenemos ante nosotros las claridades. Si, son las claridades sacrales de la aurora bendita del Reino de María: 

     “Destronaré al soberbio Satanás, encadenándole en el abismo infernal, dejando por fin libre a la Iglesia y a la Patria de esa cruel tiranía”.

     Es una perspectiva grandiosa de universal victoria del Corazón regio y maternal de la Santísima Virgen. Es una promesa apaciguadora, atrayente y sobre todo majestuosa y que entusiasma. 


El presente artículo toma su inspiración en extractos de una ponencia ofrecida en Sao Paulo, Brasil, por el intelectual católico Plinio Corrêa de Oliveira, para jóvenes católicos de varias naciones.

domingo, 1 de marzo de 2020

CASTIGO DIVINO, Sufrimiento, Amor a la Cruz y Misericordia








     A lo largo de la historia, se han abatido sobre el mundo incontables epidemias que han causado infinidad de muertes terribles. La Iglesia, a través de los siglos, las ha considerado como flagelos de Dios, para mover a los hombres a enderezar sus caminos. Ante estas manifestaciones del desagrado divino, los remedios oportunos son la oración y la penitencia. Un ejemplo de esto es la peste que asolo Roma durante el pontificado de San Gregorio I, conocido para la posteridad como Magno.

     En el año 590, Roma estaba sumergida en la corrupción y la degradación moral. De repente, se desencadenó una peste tan exterminadora, que sus habitantes vieron en ella un castigo divino. Ante la evidencia del castigo, San Gregorio Magno organiza de inmediato una procesión, encabezada por la imagen de Nuestra Señora de Araceli, pintada por el evangelista San Lucas. Muchos seguían sucumbiendo a la peste en el transcurso de la procesión. El papa pidió no detenerse, mientras clamaba: «Mirad a vuestro alrededor y ved la espada de la ira de Dios desenvainada sobre todo el pueblo. La muerte nos arrebata repentinamente del mundo, sin concedernos un instante de tregua. ¡Cuántos en este mismo momento están en poder del mal a nuestro alrededor, sin poder pensar siquiera en la penitencia!». Esta fue la imprecación que hiciera San Gregorio a los romanos, pidiéndoles imitar contritos y penitentes el ejemplo de los ninivitas. De pronto, casi al final, el aire se volvió más puro, cesó su pestilencia, se sanaban las llagas de los apestados, y hubo una serie de hechos sobrenaturales, señal que indicaba que Dios había escuchado las súplicas de piedad. El papa comprendió que la peste había desaparecido.




    En Paray-le-Monial, Borgoña, en 1675, Santa Margarita María de Alacoque, religiosa del convento de la Orden de la Visitación, recibe directamente de Nuestro Señor Jesucristo mensajes de profundo dolor por los sacrilegios y la irreverencia con su Sagrado Corazón.  Tiempo más tarde, Nuestro Señor le encarga confeccionar un escudo del Sagrado Corazón: el Detente. En 1720 empieza una epidemia terrible en Marsella.  Millares de detentes fueron repartidos donde se había propagado la peste. La historia registra que, una vez que todos los habitantes llevaban el detente, la epidemia cesó asombrosamente.





     En los días que corren, se cierne sobre nosotros una amenaza de epidemia. Si bien es cierto que existe la esperanza de que pueda ser superada, no deja de ser una señal para estos tiempos libertinos. Debemos estar atentos a estos signos y elevar al cielo oraciones impetratorias, y ofrecer actos reparadores de ayuno y penitencia. 

     “Dios no castiga; Él es misericordia”. Este es el alegato de la generalidad del mundo, y se les antoja que así es. Buscan miles de argumentos para exaltar la misericordia de Dios a expensas de su justicia, de la que nadie se podrá retraer en sus postrimerías: muerte, juicio, cielo, infierno. 

     Sin embargo, por su caridad insondable, Dios desea que todos se salven, abriéndose al conocimiento aquiescente de la Verdad (1 Timoteo 2:4). Pues a quien ama el Señor le corrige; y azota a todos los hijos que acoge (Hebreos 12:6). Dichoso el hombre que ha encontrado la sabiduría, y el hombre que alcanza la prudencia (Proverbios 3:13).

     Ciertamente, ninguna corrección parece agradable   en el momento de recibirla, sino más bien, penosa. Sin embargo, después produce una cosecha de justicia y paz para quienes han sido entrenados por ella (Hebreos 12:11).


    Pero Dios, queriendo nuestro bien, no espera hasta las postrimerías para que corrijamos nuestro rumbo. Sería cínico negar que nuestra sociedad ha entrado en connivencia con pecados gravísimos, como la sodomía, que motivo a la justicia divina a llover fuego del cielo sobre Sodoma y Gomorra. Seguir por propia voluntad esta inclinación contraria al orden natural creado por Dios, contrariando su derecho soberano de ser obedecido; tomar a la ligera, permitir o, peor aún, solidarizarse con tales prácticas abominables; todo esto es abusar de la paciencia de Dios. Si bien es cierto que la ira de Dios es temperada por su misericordia, nacida de su magnanimidad (tardo a la cólera y lleno de amor, Salmo 103:8), es igualmente verdad que la misericordia tiene un límite: el punto en que la justicia sería como suprimida por la misericordia, lo que es un imposible por la misma inmortalidad del Ser de Dios (la supresión de uno de sus atributos implicaría la supresión de Él todo entero). Pero en su eterna sabiduría, y justamente por misericordia, en no pocas oportunidades, en lugar de hacerlos sufrir el castigo eterno sin remedio, Dios ha optado por enviar castigos a los hombres para que vuelvan sus corazones al Señor y corrijan su proceder.





     Al grave pecado de la sodomía presente en todas partes, se añaden otros mucho más recientes que van colmando la paciencia divina: alentar la idolatría dentro del templo de Dios, permitiendo signos, símbolos, rituales como si se tratara de una inocente expresión cultural. Según la Agencia de Prensa Católica y otros medios, informan que la dictadura China impone a los obispos la anticoncepción, el aborto y la eutanasia, muy a pesar del acuerdo “secreto” firmado entre el Vaticano y el Partido Comunista Chino, sin mencionar la persecución implacable contra los fieles chinos, o la destrucción de Iglesias y —por medio de los actuales obispos de la Iglesia Oficial China reconocidos recientemente por el Vaticano— exaltar la primacía del Partido Comunista Chino sobre la fe católica. El cine también hace su parte con obras blasfemas, algunas dirigidas a los niños, otras lesionando gravemente la dignidad divina de Nuestro Señor y la pureza de María Santísima. También tenemos manifestaciones públicas obscenas, que van creciendo en número como en grado de depravación y en ofensas a la Iglesia, el Carnaval de Río, Mardi Gras en New Orleans, las frecuentes protestas en favor de grupos LGTBI y el aborto, que incluyen desnudos públicos.



Ídolo de la Pachamama

     Aquellos que dicen que no existe un Dios que no castiga, conscientes -o inconscientemente- están cambiando el pecado por un concepto modernista: “el pecado es una debilidad”, una caída, por tal razón “Dios no castiga”, “Dios te ha hecho así, no es tu culpa, y así te quiere, por lo tanto no debemos esperar cambiar”. Pareciera que estos criterios se inclinan a una visión luterana del pecado: “Sé un pecador y peca fuerte pero deja que tu fe sea más fuerte.” En oposición a estos pensamientos, leemos las palabras saludables en la primera epístola de San Juan: “Hijos míos, que nadie os engañe. Quien obra la justicia es justo, como Él es justo. Quien comete el pecado es del Diablo, pues el Diablo peca desde el principio. El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del Diablo. Todo el que ha nacido de Dios no comete pecado porque su germen permanece en él; y no puede pecar porque ha nacido de Dios. En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del Diablo: todo el que no obra la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano” (1 Juan 3:7-10). 



Persecución religiosa en China


     Dios se manifiesta en conducirnos como sus ovejas, a veces imponiendo su caritativa disciplina porque nos ama. Igual, del mismo modo, los fieles debemos amar a nuestro prójimo, advirtiendo y disciplinando —si nos corresponde hacerlo— a quien se desvía. Quizás podría la Autoridad imponer legítimamente la excomunión, como una demostración caritativa a quien miserablemente se desvía gravemente. 

     Cabe diferenciar, para evitar confusión, que el castigo no es lo mismo que los sufrimientos o la Cruz que nos llevan a Dios. Recordemos que en la Iglesia conocemos innumerables Santos que pasaron por el sufrimiento, como los mártires, Dios lo permitió para que sean santos en grado altísimo. Otros, como Santa Jacinta y San Francisco Marto, los pastorcitos de Fátima, o la Venerable Madre Mariana de Jesús Torres, religiosa concepcionista que vivió en Quito,
se ofrecieron en calidad de víctimas expiatorias sufriendo la fiebre española. Muchos de estos Mártires llevaron una vida intachable, pero quisieron entregarse a la palma del martirio, muchas veces con gran gozo sobrenatural, por amor a Dios, en defensa del Santo Nombre de Nuestro Señor Jesucristo, por no dar culto a falsos dioses o ídolos de madera, metal o piedra. Llevaron con alegría sobrenatural —no la que da el mundo— toda clase de sufrimientos por amor a Dios, en reparación por la iniquidad del mundo, por la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana. 



Penitentes en Procesión de Semana Samta, España


     De ésta manera hay una diferencia grandísima entre el castigo divino reparador y los padecimientos de la Cruz, el sufrimiento y el dolor expiatorios. Su diferencia es tan grande y profunda como el abismo que separa el Cielo del infierno.


                      Guillermo Cajas Lermanda

viernes, 21 de febrero de 2020

Visión del 3 de enero de 1944 arroja luz sobre las advertencias de María Santísima en Fátima








     La Santísima Virgen dio inicio a sus apariciones en Fátima el 13 de mayo de 1917. En ellas, deploró la decadencia de las costumbres, pidiendo penitencia y reforma de vida, para evitar que Dios tuviera que corregir a la humanidad por medio de un castigo. También pidió la consagración de Rusia a su Inmaculado Corazón, como medio de impedir que aquella diseminara sus errores por el mundo.

     Subyugada luego, ese mismo año, por el despotismo comunista, esa nación sería un instrumento del castigo del mundo impenitente, esparciendo dichos errores y promoviendo guerras, así como persecuciones contra la Iglesia y el Santo Padre, lo que fue advertido también por María Santísima, caso el mundo no se convirtiera y no hiciera penitencia.



Misil intercontinental ruso exhibido en un desfile militar en Moscú.


     La escandalosa realidad de los hechos muestra que la humanidad no ha tomado en serio sus misericordiosas advertencias, y todo se ha ido cumpliendo tal como Ella lo anunció.  No obstante, la Santísima Virgen agregó que, después de terribles castigos, por fin su Inmaculado Corazón triunfará.

    El mensaje de Fátima incluía un secreto, cuyas dos primeras partes fueron dadas a conocer por la Hermana Lucía, una de los videntes, el 31 de agosto de 1941, dejando pendiente, por orden de la misma Virgen, la tercera parte, que debía ser revelada en 1960. Sin embargo, el Papa Juan XXIII no quiso darla a conocer.

     Cuatro décadas más tarde, en junio del año 2000, el Papa Juan Pablo II hizo conocer lo que se afirmó ser la parte aún no revelada del secreto.  Este es el texto:

     «Después de las dos partes que ya he expuesto, hemos visto al lado izquierdo de Nuestra Señora, un poco más arriba, a un ángel con una espada de fuego en la mano izquierda, que, centelleando, emitía llamas que parecían iban a incendiar el mundo; pero se apagaban al contacto con el resplandor que Nuestra Señora irradiaba con su mano derecha dirigida hacia él [mundo]. El ángel, señalando la tierra con su mano derecha, dijo con fuerte voz: “¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!” Y vimos, en una inmensa luz, que es Dios, de modo semejante a como se ven las personas en un espejo cuando pasan delante él, a un obispo vestido de blanco —hemos  tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre—, también a otros obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, subir una montaña empinada, en cuya cumbre había una gran cruz de maderos toscos, como si fueran de alcornoque con su corteza. El Santo Padre, antes de llegar a ella, atravesó una gran ciudad medio en ruinas, y medio tembloroso, con paso vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino, llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran cruz, fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas; y del mismo modo murieron, uno tras otro, los obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y diversas personas seglares, hombres y mujeres, de diversas clases y posiciones. Bajo los dos brazos de la cruz había dos ángeles, cada uno de ellos con una jarra de cristal en la mano, en la que recogían la sangre de los mártires y regaban con ella las almas que se acercaban a Dios».





Sale a la luz pública un impresionante complemento del mensaje de Fátima 

     El 13 de mayo de 2010, en una visita a Fátima, el Papa Benedicto XVI afirmó que «se engañaría quién piense que la misión profética de Fátima está terminada». Y agregó: «El hombre puede desencadenar un ciclo de muerte y de terror sin lograr interrumpirlo. La fe, en vastas regiones de la tierra, amenaza con apagarse como una llama que ya no es alimentada».

     Uno podría haber pensado que, con lo publicado el año 2000, dicha misión profética hubiera concluido. Pero no es así.

     En octubre del año 2013 apareció un documento inédito de la Hermana Lucía, que se inserta en dicho conjunto profético y fue publicado por el Carmelo de Coimbra, convento en el que vivió muchos años y donde murió el 2005. Se encuentra en su biografía («Un camino bajo la mirada de María», Carmelo de Santa Teresa, Coimbra, Ediciones Carmelo, 2da edición, 2017), redactada por sus hermanas del carmelo, y que contiene escritos inéditos de la propia religiosa.





     Dicho documento revela cosas nuevas e impactantes sobre el desenlace de la crisis de un mundo que ha abandonado la fe y las vías de la civilización cristiana. Presentamos a continuación un relato de los hechos que se sucedieron con antelación a una nueva visión y lo que a la Hermana Lucía le fue dado a conocer en ella.


El gran temor que inundó el alma de Sor Lucía antes de escribir el tercer secreto

     A partir de junio de 1943, y durante algunos meses, la hermana Lucía (aún en España como Hermana Dolores en las religiosas doroteas, antes de pasar a las carmelitas de Portugal) se vio muy afectada en su salud. Temiendo que lo peor pudiera suceder, el Obispo de Leiría le ordenó, entre septiembre y octubre, que escribiera la tercera parte del secreto. La vidente se estremeció ante la orden. Se vio entonces embargada por una gran aflicción, y un tormento interior la asaltaba e, incluso, quedaba físicamente imposibilitada de poner por escrito el contenido de la parte aún no revelada.

     En una carta escrita a Mons. Antonio García y García, administrador apostólico de Tuy y arzobispo designado de Valladolid, con quien tenía amistad, le contó los tormentos de alma que le imposibilitaban escribir el tercer mensaje: «Tres veces he intentado escribirlo, pero no sé qué me sucede, me pongo a temblar, y termino sintiéndome incapaz de escribir nada».

     Le escribió también al Obispo de Leiría, diciéndole que lo había intentado en cinco ocasiones pero no fue capaz; que podía escribir con mano firme cualquier otro asunto, pero esta temblaba cuando se decidía a relatar la tercera parte del secreto. Sería dos meses después, el día 3 de enero de 1944, que la hermana Lucía superaría el gran temor que le impedía escribir lo que le había sido ordenado.


Una nueva visión en 1944

     Relata ella: «…el día 3-1-1944… de nuevo hice el intento, sin conseguir nada; lo que más me impresionaba era que enseguida escribía sin dificultad cualquier otra cosa. Pedí entonces a Nuestra Señora que me hiciese conocer cuál era la voluntad de Dios. Me dirigí a la capilla.  Eran las 4 de la tarde, hora en que acostumbraba hacer la visita al Santísimo, por ser la hora en que ordinariamente está más solo, y no sé por qué, pero me gusta encontrarme a solas con Jesús en el sagrario».

     «Me arrodillé en el centro, al pie del peldaño del comulgatorio, y le pedí a Jesús que me hiciera conocer cuál era su voluntad. …. con las manos en la cara, esperaba, sin saber cómo, una respuesta. Sentí entonces que una mano amiga, cariñosa y maternal me toca el hombro; levanto la mirada y veo a la querida Madre del Cielo».

     La Virgen le dice: «No temas, quiso Dios probar tu obediencia, fe y humildad; estés en paz y escribe lo que te mandan, pero no lo que te es dado a entender de su significado. Después mételo en un sobre, ciérralo y lácralo, y escribe por fuera que solo puede ser abierto en 1960…».

     «Sentí —prosigue  la Hermana Lucía— el espíritu inundado por un misterio de luz que es Dios, y en Él vi y oí: “La punta de la lanza, como llama que se desprende, toca el eje de la Tierra. Ella se estremece: montañas, ciudades, villorrios y aldeas, con sus habitantes, son sepultados. El mar, los ríos y las nubes salen de sus límites; se desbordan, inundan y arrastran, en un remolino, casas y gente en un número que no se puede contar; es la purificación del mundo, por el pecado en el cual está sumergido. – ¡El odio, la ambición, provocan la guerra destructora!”



   «Después sentí, en el palpitar acelerado del corazón y en mi espíritu, una voz suave que decía: “En el tiempo, una sola Fe, un solo Bautismo, una sola Iglesia, Santa, Católica, Apostólica. En la eternidad, ¡el Cielo!”

     «Esta palabra, “Cielo”, llenó mi corazón de paz y felicidad, de tal forma que, casi sin darme cuenta, me quedé repitiendo por mucho tiempo: ¡El Cielo! ¡El Cielo!».

     Alentada por estas maravillosas palabras finales, Sor Lucía cobró fuerzas para escribir la tercera parte del secreto, tal como la Virgen le había ordenado: «Tan pronto como hubo pasado la mayor fuerza de lo sobrenatural, fui a escribir y lo hice sin dificultad, el día 3 de enero de 1944, de rodillas, apoyada sobre la cama, que me sirvió de mesa. —Ave  María». Así concluye el relato manuscrito de la nueva visión.



Facsímil del diario espiritual de la Hermana Lucía en donde narra la aparición de 1944.


     Cuanto a la tercera parte del secreto del 13 de julio de 1917 (la parte publicada por Juan Pablo II el año 2000), ella sólo escribió lo que le fue revelado, ateniéndose a las instrucciones que acababa de recibir de la Madre de Dios, que le dijo omitiera lo que se le daba a entender del secreto. Ahora bien, en la nueva visión, Dios le reveló a la Hermana Lucía, como en una película, a la humanidad atada a las cadenas del pecado y enceguecida por la indiferencia con la Ley de Dios.





   La vidente también diría, consternada: «Asusta ver el mundo de hoy, cómo en él reina el desorden, y la facilidad con que se hunde en la inmoralidad. Como remedio, resta solo una solución: arrepentirse, cambiar de vida y hacer penitencia». La advertencia divina era contundente: o la humanidad toma el camino de la enmienda, o la intervención severa de Dios será inevitable.

      Agregó además: «Pero la penitencia y la oración que más pide y exige ahora el Señor, es la penitencia pública y colectiva, junto con abstenerse del pecado... El Señor espera enviar a su ángel con la espada de fuego, para disipar los ejércitos diabólicos que invaden el mundo y destruyen la paz; la paz de la Iglesia, la paz de las naciones, la paz de las familias en los hogares, la paz de las conciencias en las almas. Falta la paz porque falta la fe, y faltan la penitencia y la oración pública colectivas».


Interpretando la visión de 1944

     De la visión, algunas consideraciones y reflexiones son necesarias:

     - En ella, la Virgen le hace «comprender» a la vidente su «significado».  Por lo tanto, no solo bastó la visión. Fue necesario que ella vea, escuche y tenga muy claro todo lo que la Madre de Dios le reveló, realzando de ese modo la grandeza y seriedad del propio mensaje de Fátima.

     - La figura de «la punta de la lanza, como una llama que se desprende» es notablemente parecida a la espada de fuego que sostiene el ángel en la visión del tercer secreto, en 1917. Sin embargo, esta vez la llama no se disipa sino que, al tocar «el eje de la Tierra», convulsiona de tal modo la naturaleza, que hasta «ciudades, villorrios y aldeas con sus habitantes son sepultados». Esto coincide plenamente con la segunda parte del mensaje anunciado por Nuestra Señora en 1917, que «varias naciones serán aniquiladas...».





     - A ese escenario pavoroso se suma la «guerra destructora», que la hermana Lucía entiende que tiene dos causas: «el odio» y «la ambición». Esto coincide de lleno con la «guerra formidable» y la «noche horrorosísima» anunciadas por Nuestra Señora del Buen Suceso en Quito, en 1634, a la Madre Mariana de Jesús Torres.

     - Es importante remarcar que a la vidente le fue dado entender que esas catástrofes son causadas por el pecado que cubre la Tierra, y tienen por objeto la «purificación del mundo». Tras la purificación viene un gran triunfo universal de la Iglesia, representado por la voz que proclama «una sola Fe, un solo Bautismo, una sola Iglesia». La consonancia con la instauración del Reino de María previsto por San Luís María Grignion de Montfort, en su Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, es total.

     La revelación de esta visión, 70 años después, se da en instancias muy oportunas, pues nos permite entender los actuales momentos tan convulsionados que vivimos, y prever —por qué no— el desenlace que estos puedan tener.

     Si el mundo actual no renuncia a la impiedad y a la corrupción moral, por fuerza de lógica se concluye que ese desenlace será el castigo advertido, por lo que la difusión de esta visión es oportuna para  comprender cuán necesaria es la purificación y, así, mover a la humanidad a adelantarse a «enderezar sus sendas» (Marcos 1: 3) por medio de una compenetrada y profunda enmienda de vida, conforme con el apelo que la Santísima Virgen hizo en Fátima.





     El mundo se haría, así, acreedor de una misericordia especial de Dios, de cara a un castigo cada vez más probable. Esto, después de la gloria de Dios, sería el mayor beneficio del celestial mensaje, que a todos debe hacernos recapacitar.


Redacción preparada junto con comentarios tomados de las siguientes fuentes:

https://aparicaodelasalette.blogspot.com 

https://www.fatima.org.pe
http://www.rainhamaria.com.br
https://www.credochile.cl

domingo, 9 de febrero de 2020

La portentosa elaboración de la Imagen de Nuestra Señora del Buen Suceso






     La Madre Mariana, relató al Obispo el pedido de Nuestra Señora de mandar a elaborar la imagen. El Prelado quedó profundamente conmovido y entró en contacto con don Francisco del Castillo.

     El escultor apenas podía contener su sorpresa, alegría y gratitud por haber sido nombrado para este santo  proyecto y rechazó cualquier pago, en vista de que ya se consideraba completamente recompensado al haber sido elegido por la misma Santísima Virgen. Pidió solamente que su familia y descendientes permanezcan siempre en los rezos de la comunidad.


     
     Se confesó, comulgó y empezó la elaboración de la imagen, en el Coro alto, el lugar donde la Virgen había aparecido la mayoría de las veces y en donde la futura efigie tendría que permanecer para desde allí gobernar el Convento. Su trabajo contó 
siempre con la orientación de la Madre Mariana, que le indicaba las facciones y la postura de Nuestra Señora. Por indicación de la santa religiosa, que anhelaba el acabado perfecto de la imagen, el artista tuvo que rehacerla muchas veces.

El escultor sale de viaje

     Al quinto mes, en enero de 1611, la imagen estaba casi terminada. El día 10, el Obispo fue al convento a presenciar el trabajo, y viendo la imagen quedó muy satisfecho por lo que felicitó al artista, quien le indicó que solamente le faltaban los retoques finales de pintura, y que siendo el acabado lo más importante, deseaba contar con los mejores materiales que existieran. Sin embargo, era necesario ir a buscarlos fuera de Quito, por lo que acordó con la Madre Mariana en que saldría de viaje, prometiendo regresar en una semana, para el domingo 16 de enero.

Fervor en el Convento

     Durante esos días en la comunidad sólo se hablaba de la santa imagen que estaba a punto de ser acabada, bendecida y coronada como Reina y Superiora del Convento.


     "Qué felices somos" decían las religiosas. "La Reina de los Cielos y su Santísimo Hijo, se quedarán con nosotras, gobernándonos. Pensemos ahora más que nunca en santificarnos de verdad. En nuestra Abadesa tenemos el mejor ejemplo... ¡Ella es una santa.! — Basta recordar su vida tan llena de padecimientos increíbles, persecuciones, cárceles e injusticias. Y todo esto lo sufrió con una paz inalterable, sin abrir sus labios para proferir quejas, mucho menos murmuraciones".


     Las monjas no podían contener su regocijo ni pensar en otra cosa. Estaban compenetradas enteramente en los trabajos del Sr. del Castillo, y pedían a Dios que lo inspire para que sus últimos retoques le den a la imagen el acabado que todas deseaban, teniendo en vista el culto que durante todos los siglos ésta recibiría. Por tal motivo, cada una se esforzaba en ser más perfecta, multiplicando sus penitencias y actos públicos de humildad en el comedor.



     El día 15, debido al encendido fervor de las monjas, le pidieron a la Madre Mariana para rezar el Oficio Parvo durante la madrugada, suplicando a la Santísima Virgen que sea Ella misma quien termine la imagen. Estaban totalmente confiadas en el poder y bondad de tal reina que nunca desampara los humildes ruegos de sus hijas, tratándose sobre todo de la veneración que ellas le rinden aquí en la tierra.


     En la mañana del 16 de enero, muy temprano como de costumbre, las religiosas se dirigieron 
al Coro alto para rezar el Oficio Matinal, llenas de santas emociones. Casi llegando, escucharon hermosas melodías. Entonces, presurosas entraron en el Coro, quedando maravilladas al verlo, 
— ¡oh milagro!  iluminado por una luz celestial, mientras que ecos de voces angelicales aun resonaban y cantaban el himno “Salve Sancta Parens” - Ave Santa Progenitora -

     Vieron que la Imagen había sido exquisitamente acabada y que su rostro emitía rayos brillantes de luz que se difundían por todo el coro y la iglesia, y que luego, pausadamente se atenuaban para que las religiosas pudiesen contemplar de cerca aquella maravilla que Dios había obrado para favorecer al Convento y al pueblo en general. 

     Rodeada de esa luz muy viva, la fisonomía de la sagrada imagen era majestuosa, serena, dulce, afable y atrayente. El rostro del Niño Jesús era un reflejo del amor que el Corazón divino dispensaba a sus esposas tan queridas por Él y por su Santísima Madre. 


La Imagen de Nuestra Señora del Buen Suceso, en el Coro Alto. Delante de Ella, religiosas de la Inmaculada Concepción de Quito


     Las monjas concepcionistas eran antorchas encendidas de amor y agradecimiento a Dios. Todas progresaron en la vida espiritual, y recibiendo luces a respecto de la vocación, se empeñaron en el pleno cumplimiento de la regla, conscientes de la división en el convento, precisamente por el relajamiento de las monjas rebeldes.

El Obispo y el artista reconocen la transformación milagrosa de la imagen

     Ya de regreso, el Sr. del Castillo se presentó en el Convento a la hora convenida luego de recibir la Sagrada Comunión, trayendo consigo los más finos esmaltes, y listo para terminar su creación.


     Sin contársele nada, fue invitado por la Madre Mariana y las Fundadoras para subir al Coro alto donde, sorprendido por la maravilla que veían sus ojos, exclamó emocionado:

     “Madres, ¿qué es lo que veo? Esta imagen tan bella ¡no es obra de mis manos! ¡No puedo describir lo que siento en mi corazón! !Esto es obra de manos angelicales! Es imposible en la tierra para cualquier escultor, por más hábil que sea, imprimir ¡tal perfección y tal extraordinaria belleza!”.

     Y llorando, en medio de sentimientos profundos de fe y piedad, cayó a los pies de la santa imagen.

     Enseguida, pidiendo papel y lápiz, juramentó por escrito
 que aquella bendita imagen no era obra suya, sino más bien de los Ángeles, pues la encontró totalmente distinta a su regreso. Jamás había visto en sus 67 años, ni en España, color de piel similar al de aquella milagrosa y bendita imagen.

    Don Francisco del Castillo, presuroso, salió del Convento, llegando donde el Obispo y emocionado le narró lo que sus ojos acababan de ver por lo que el Prelado acudió de inmediato donde las Madres, encontrando la imagen transformada pero mucho más perfecta de lo que se desprendía del relato del escultor, y arrodillándose ante ella, reconoció el prodigio, mientras que de sus grandes ojos brotaban lágrimas. Atestiguó que la imagen había sido modificada y enriquecida por manos no humanas, y conmovido y extasiado proclamó a los pies de la misma:

     “María, Madre de Gracia y Madre de Misericordia, en la vida y sobre todo en la hora de la muerte, amparadnos, Grande Señora! Alcánzame de vuestro Santísimo Hijo, Señora mía, que me conceda un tiempo más de vida (el Obispo estaba próximo a morir), pues tengo de ella necesidad
”.



Mons. Salvador de Ribera, quinto obispo de Quito


     Enseguida le pidió a la Madre Mariana para salir del Coro e ir a hablar en el confesionario, presintiendo que Dios había intervenido en el acabado repentino de la imagen, y que la santa religiosa tenía conocimiento de ello.


La Madre Mariana revela la creación milagrosa de Nuestra Señora del Buen Suceso 

     La venerable Abadesa se presentó entonces en el confesionario con la finura, dulzura y humildad que la caracterizaban, dispuesta a responder todo lo que el Obispo, con su autoridad sobre el Convento, necesitaba saber, especialmente de lo sucedido con la imagen del escultor. 

     La Madre Mariana le relató entonces que el día 15 de enero de 1611, Dios le previno que al día siguiente contemplaría sus Misericordias, pidiéndole que se prepare con penitencias y mucha oración.

    Ya en la madrugada del 16 de enero, vio el Coro alto y toda la iglesia iluminarse con luces celestiales. Luego se abrieron las puertas del Sagrario y en la santa Hostia aparecía la Santísima Trinidad, y le fue dado a conocer en ese instante el sublime misterio de la Encarnación del Verbo, así como el amor infinito de las Tres Divinas Personas a María Santísima, ahí presente, quien era aclamada como Reina y Señora por los nueve Coros Angelicales. La Santísima Virgen se dejaba ver tan hermosa, bella y atrayente.



El Coro alto del Monasterio de la Inmaculada Concepción de Quito 

     Los arcángeles San Miguel, San Gabriel y San Rafael se presentaron primero delante del trono divino, recibiendo 
una orden de Dios, que la Madre Mariana no alcanzó a entender de qué se trataba, pero pudo contemplar que luego de una profunda reverencia, se aproximaron al trono de la Reina del Cielo y saludándola, San Miguel le decía:

     “María Santísima, Hija de Dios Padre!".

     Le seguía San Gabriel, diciendo:

     “María Santísima, Madre de Dios Hijo!".

     Y San Rafael:

     “María Santísima, Esposa Purísima del Dios Espíritu Santo!".


     Finalmente, toda la milicia celestial exclamaba al unísono: 


     "María Santísima, Templo y Sagrario de la Santísima Trinidad".



Los Arcángeles San Miguel, San Gabriel y San Rafael, junto a San Francisco de Asís

     En eso apareció San Francisco de Asís, con un brillo que iluminaba sus estigmas; entonces los tres arcángeles y el Padre seráfico se acercaron a la imagen trabajada por el escultor del Castillo, y en un instante le hicieron con sus propias manos un nuevo rostro que reemplazaría al creado por el escultor.


     La Madre Mariana así se lo confesó al Obispo:

     "No tuve luces para ver de qué manera se operó esa transformación instantánea, pero la imagen quedó tan linda, como Vuestra Excelencia pudo verla"

     
     La imagen estaba totalmente iluminada como si estuviera en medio del sol. La Santísima Trinidad miraba complacida y los ángeles cantaban el himno Salve Sancta Parens -Ave Santa Progenitora-.

     En medio de esas alegrías la Reina de los Ángeles se acercó a la imagen y entró en ella, así como los rayos del sol que se reflejan en bellísimos cristales, y la santa imagen cobró vida y cantó con celestial harmonía el ¡Magnificat! Esto sucedió a las tres horas de la mañana. 

     La Madre Mariana finalmente pudo contemplar a la Fundadora del Convento, su tía, la Madre María de Jesús Taboada, quien entre otras cosas, le reveló la significativa importancia de la devoción a María Santísima del Buen Suceso, especialmente en el siglo XX, ante las grandes calamidades en el pueblo en esos aciagos tiempos.

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