domingo, 24 de noviembre de 2024

Mons. Schneider: Actualmente, es un puñado de fieles laicos, el que aún conserva el instinto de la Fe católica






ENTREVISTA CON MONSEÑOR ATHANASIUS SCHNEIDER TRAS LA PUBLICACION DE SU LIBRO ‘CREDO’

Conservar la fe en tiempos oscuros

     El prelado, una de las voces más relevantes en defensa de la tradición católica, fustiga los males causados por la secularización materialista. Y reconoce que ese espíritu mundano lleva decenios infiltrado en la Iglesia. 

     Unos diez años atrás, en medio de una gran confusión entre los fieles católicos provocada por innovaciones y declaraciones altisonantes de la más alta jerarquía eclesiástica, un comentario anónimo en las redes sociales fue tan lacerante que aún cuesta olvidarlo. "Ustedes -decía, en alusión a los católicos-, para encontrar hoy un obispo ortodoxo tienen ir a buscarlo hasta Kazajistán". El obispo aludido, por supuesto, era monseñor Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astana (Kazajistán). Desde entonces, monseñor Schneider ha encontrado algo más de compañía y su voz ya no se alza sola en el desierto para recordar la doctrina tradicional. Pero tampoco ha de creerse que existe tal cosa como una resistencia, como pretende la prensa mundial. No son más que cinco cardenales sobre 240 y un puñado de obispos sobre los más de 5.000 que tiene la Iglesia. Esto puede dar una idea aproximada del estado de las cosas.

     Mons. Schneider, que nació en Tolmok, ciudad de la entonces república socialista soviética de Kirguistán, en el seno de una familia de alemanes del Mar Negro provenientes de Odesa (de allí su apellido), se crió bajo el yugo soviético y por lo tanto vivió su fe en la clandestinidad, antes de emigrar con su familia a Alemania Oriental. Una clandestinidad a la que parecen ahora ser empujados en todo el mundo los católicos que quieren vivir seriamente su fe.

     Sobre estas cuestiones, sobre cómo conservar la fe en un período de oscuridad y persecución, un tiempo que refleja una crisis sin precedente en la Iglesia, La Prensa conversó por vía telemática con monseñor Schneider, cuyo último libro, Credo, un compendio de la fe católica publicado el año pasado, acaba de estrenar su primera edición hispanoamericana, que ya se distribuye en la Argentina (Ediciones del Alcazar), Chile y Perú, y en los próximos días lo hará también en Ecuador, Colombia, México y Paraguay.


NUEVO PAGANISMO

     -Excelencia: En el mundo hay un abandono masivo de la fe. No se trata ya de una apostasía individual, sino que son poblaciones enteras las que se alejan de la fe, las que dejan de impregnar el orden social y político con criterios cristianos. A medida que se incitan todos los apetitos, las modas y rupturas con el pasado, va quedando un tendal de hogares en ruinas y las familias duraderas y felices pasan a ser la excepción y no la regla. Usted habló de un nuevo paganismo que va marginando a los cristianos como en los primeros siglos de la historia. ¿Podría abundar en esa comparación?

     -Sí. Este proceso de abandono de la fe cristiana y de la vida moral, la vida que se conformaba al espíritu cristiano y a la ley natural, se observa ya desde algunos siglos. Este espíritu, al que puede llamarse secularismo, quiere hacer la vida social, política, pública, sin una referencia a la fe, a la religión. Se trata de una inmersión completa en una vida materialista, de consumo, y nada más. Este estilo de vida social y pública es promovido desde la Revolución Francesa. Progresivamente se fue extendiendo este espíritu de materialismo práctico. Tenemos dos fuerzas: el espíritu secular del movimiento masónico, y el espíritu del comunismo, del socialismo, en la vida pública. Durante el tiempo del comunismo oficial en la Unión Soviética, el bloque Oriental estaba sumergido en el materialismo formal, la ideología del Estado. Pero al mismo tiempo, en el Occidente llamado "libre" se hacía un proceso paralelo hacia el materialismo práctico. Y ahora, después del colapso del sistema soviético-comunismo, este movimiento de la vida sin Dios, sin religión, ya abarca a todos. Luego se dio otro paso: un ataque frontal a la ley natural misma, y al sentido común, desde organizaciones públicas y privadas. La ideología de género quiere abolir eso: la familia y el matrimonio mismo, constituido por un hombre y una mujer. Y ahora tenemos el último paso, más peligroso: un ataque y una manifestación pública de pura blasfemia contra Dios, más específicamente contra Cristo y contra la fe católica, a través de filmes, teatros y actos públicos. Se ve mucho en Europa. No se hace contra el islam ni contra los hebreos, ni contra Buda, sino contra Cristo, contra Nuestra Señora, la Virgen Purísima, contra el Santísimo Sacramento. Este es un fenómeno similar a lo ocurrido hace dos mil años, durante el tiempo de persecución a los cristianos. Fíjese que en los primeros siglos de la persecución de la Iglesia los cristianos eran considerados como enemigos del género humano. Eran objeto de odio. Y ser cristiano era al mismo tiempo casi idéntico a ser una persona de odio en la sociedad romana.

     -Como hoy...

     -Lo que vemos hoy es similar. Si usted hoy defiende que hay solamente dos sexos naturales, si usted defiende el matrimonio natural o dice que los actos homosexuales son contrarios a la naturaleza humana, usted será acusado de odio. Esto lo viví en la Unión Soviética. Conozco bien lo que significa el totalitarismo ideológico. En la Unión Soviética, si una persona era contraria a la ideología pública, era acusada de ser el enemigo del pueblo. ¿No es interesante verlo a la luz de lo que hoy sucede? Hoy, como los primeros cristianos, somos una pequeña comunidad en medio de una sociedad moralmente ya corrupta. Debemos ser testigos y defender la dignidad humana según la ley natural.

UNA MINORIA

     -Esta reducción de la comunidad de fieles católicos a un extremo comparable al de la Iglesia primitiva, es sugestivo. Admite ser visto en términos escatológicos. ¿No es así? Parecen resonar las palabras de Nuestro Señor diciendo "cuando vuelva, ¿encontraré fe en la tierra?"

     -Exactamente. Es así. En el libro del Apocalipsis, el último libro de la Biblia, vemos que el mundo es siempre más anticristiano, siempre más lleno de odio contra los cristianos, y siempre son más los ataques. Y en ese libro, las comunidades cristianas quedan en minoría. Cristo mismo habló en el Evangelio del pequeño rebaño. Pero debemos evangelizar y llevar a nuestro tiempo, nuestra sociedad, el espíritu de Cristo y la esperanza.

     -Hablamos antes de ese nuevo paganismo en el mundo. Y era esperable que esa mentalidad entrara en la Iglesia. Hoy cuesta reconocer a los sacerdotes por la forma en que visten o hablan, o por su desapego doctrinal. Llegamos al punto de tener que decirles a nuestros hijos que lo que acaban de oír en una homilía no está bien, o que las niñas no deben ser monaguillas, o que los laicos no deberían distribuir la Eucaristía. ¡Debemos defender a nuestros hijos de lo que les dicen nuestros propios pastores! Es inconcebible. ¿Es un tiempo de oscuridad este?

     -Sí, sin duda. Estoy de acuerdo con su observación. Me recuerda que Joseph Ratzinger, el futuro Papa Benedicto XVI, cuando era aún profesor de teología, hace 60 años, escribió un artículo donde decía que arribaría el tiempo en que la Iglesia tendría personas bautizadas, es decir, formalmente católicas, pero paganas. Interesante esta reflexión. Profética. El espíritu mundano penetró ya dentro de la Iglesia. Esta crisis empezó con el Concilio Vaticano II hace 60 años y gradualmente penetró, creció en la vida de la Iglesia. Es un movimiento de adaptación al mundo. San Pablo ya advirtió a los cristianos, en la Carta a los Romanos, que no debían adaptarse al espíritu del mundo. Esto ya sucedió. Es un espíritu naturalista, es decir, sin una visión sobrenatural. Es una visión antropocéntrica, centrada sólo en el hombre. Y el mundo no quiere una doctrina clara en religión, sino la ambigüedad. El mundo quiere una religión de supermercado donde usted pueda servirse lo que desea. Debemos dejar el lenguaje eclesiástico, teológico, y usar uno fluido, vago, para complacer al mundo. Lo mismo en la liturgia. Entonces la liturgia tiene que ser un encuentro humano, no sacro, no sobrenatural, no sublime. Este rebajamiento de la liturgia que usted mencionó es una adaptación a las comunidades protestantes, que no tienen una liturgia solemne. Usted habló de las homilías: hay que defender a nuestros hijos de las prédicas de los malos sacerdotes. Todo esto es una manifestación de una crisis muy grave, interna, de la iglesia. Pero no hay que perder de vista que la iglesia está siempre en las manos de Cristo. También en los tiempos más desastrosos. No hay que olvidar que, en estos tiempos, los fieles laicos, los simples, los pequeños en la Iglesia, conservan el instinto de la fe católica que han recibido en el bautismo y en la confirmación: es el deseo de una fe católica pura, el deseo de una liturgia digna, sacra, de sacerdotes dignos, de sacerdotes que sean hombres de Dios. Gracias a Dios, este fenómeno está creciendo en muchas partes del mundo.

     -¿Lo observa usted también?

     - Puedo observar esto en la juventud y esto es un motivo de esperanza. Hay una renovación de la iglesia. Los cristianos son ya una minoría en el mundo entero, y estos verdaderos católicos que le digo son, a su vez, una minoría dentro la minoría. Pero Dios ama a los pequeños y siempre confundió a los poderosos en la historia con los pequeños. Así Dios opera en nuestro tiempo.

EN LA IGLESIA

     -Junto con estos signos reconfortantes, se aprecia también, desgraciadamente, que la crisis en la Iglesia avanzó un paso más. Y el problema ahora es que aquel totalitarismo y aquel odio a la fe tradicional del que hablamos antes ya no llega sólo desde el mundo, sino que llega desde la propia estructura de la Iglesia. Es el odio a la tradición, a la liturgia y a la doctrina tradicional. Es una situación novedosa y terrorífica.

     -Estoy de acuerdo.

     -Esta observación me lleva a pensar si no estamos yendo a una situación por usted ya conocida. Usted, que ha crecido en la Unión Soviética y que ha experimentado el totalitarismo, sabrá lo que es la vida de fe clandestina. Me pregunto si no estamos marchando hacia una fe y una liturgia vivida de modo clandestino para escapar del alcance del odio de la propia Iglesia.

     -No diré de la propia Iglesia. La iglesia es siempre nuestra madre y santa. Solamente habrá que protegerse de aquellos infiltrados, aquellos que están animados por el espíritu mundano, que han ocupado altos cargos eclesiásticos, no tienen más la fe y por eso odian la verdad, en la doctrina, en la liturgia. Estos cardenales, obispos y sacerdotes, abusan de su cargo eclesiástico. Abusan de nuestra madre católica, apostólica, romana. Y, por eso, sí, puede ser que en algunos lugares los buenos fieles católicos que quieren simplemente la fe de los santos, la fe de siempre, la liturgia de siempre, de sus antepasados, de los santos, deban celebrar la misa en forma clandestina, o semiclandestina, incluso dentro de la estructura de la Iglesia oficial.

     -¿Reconoce antecedentes de este fenómeno?

     -Este es un fenómeno muy raro que acontecía en el siglo IV, cuando el arrianismo ocupaba también los cargos eclesiásticos altos y los buenos fieles eran también expulsados de las iglesias. Pero siempre este tiempo es relativamente breve. Después acabó y Dios de nuevo intervino. Y también lo hará hoy. Pero estos sacerdotes y fieles, aun si deben celebrar la misa de esa forma, siempre deben conservar el espíritu eclesiástico verdadero, católico. Es decir, rezar por el Papa, reconocerlo, no ir a estos movimientos llamados sedevacantistas u otras derivas sectarias. Siempre rezar por el obispo del lugar. Y conservar un amor también por estos pastores, por, infelizmente, que los persigan. Este es el verdadero espíritu católico cristiano. Se deben evitar también esos sacerdotes de la doctrina tradicional, de la liturgia, que se tornan líderes de un gueto eclesiástico sin ningún superior. Esto no puede ser. Hay que buscar sacerdotes con sentido común, con amor por la Iglesia, que tengan un superior, un sacerdote o un obispo de referencia. Esta es una situación de emergencia. Pero debemos continuar trabajando dentro de las estructuras oficiales de la Iglesia cuanto sea posible. Porque los enemigos han ocupado una gran parte de los cargos eclesiásticos. Pero son nuestros cargos, nuestra Iglesia. Pienso que esta crisis solamente será resuelta por medio de una intervención divina. No sabemos cuándo ni cómo. Pero Dios debe intervenir y nos dará papas que sean fuertes, corajudos, defensores de la fe católica.

     -Usted se refirió hace un momento al arrianismo. En otra oportunidad señaló también otras dos posibles comparaciones con lo que sucede hoy en la Iglesia. Mencionó el siglo décimo o "siglo oscuro" y la crisis de Avignon. ¿Cómo es eso?

     -Sí, porque la crisis arriana estaba talmente generalizada en toda la Iglesia. La mayoría del episcopado aceptaba la herejía. Entonces, los católicos defensores de la divinidad de Cristo eran una minoría pequeña y eran marginados. Es muy similar a lo que vemos hoy. Lo que ocurrió durante el siglo oscuro, el siglo décimo, fue una gran crisis del papado mismo. El papado, la Santa Sede, estaba en las manos de grupos de la mafia romana. ¡La mafia ocupaba la Santa Sede y metía a los hijos depravados, indignos, a la cátedra de Pedro! Por eso se lo llamó el siglo oscuro. Pero esos papas fueron considerados válidos y también nombraron obispos. La Iglesia sobrevivió ese tiempo. Y luego, una vez más, Dios intervino y nos dio papas santos, como Gregorio VII, y hasta la reforma gregoriana en el siglo XI. Respecto de la otra crisis, la de Avignon, ahí la Santa Sede abandonó Roma. Esto también es algo contrario a la estructura de la Iglesia, porque la cátedra de Pedro está en Roma, no en otro lugar. Entonces ese exilio fue una anomalía muy fuerte que duró 70 años. Y cuando los papas retornaron a Roma, tampoco la crisis quedó resuelta. Comenzó el tiempo del Renacimiento, de un Humanismo neopagano, y después vinieron los papas del Renacimiento, también inmorales. No fueron tantos, pero algunos casos fueron muy tristes, como Alejandro VI. Estos tres tiempos, diré, fueron crisis muy profundas que duraron unos 70 años, o a lo sumo 80. Hoy esperamos que Dios intervenga ya porque esta crisis es espectacular, única. Porque hoy la crisis penetra todos los niveles, la doctrina, la vida moral, la liturgia, todo. Especialmente el relativismo doctrinal, que destruye la base misma de nuestra fe. Si no hay una verdad constante, si la verdad cambia, se muda, entonces no tenemos nada seguro para creer. Esta es hoy la enfermedad básica de la vida de la Iglesia, el relativismo doctrinal, moral, litúrgico.

VERDAD EN CRISIS

     -Este relativismo doctrinal es más grave porque se monta sobre una crisis previa: la crisis de la verdad. La noción de verdad está disociada del mundo real. Usted acaba de disertar por teleconferencia en un congreso organizado aquí, en Bella Vista, por el Círculo de Formación Católica San Bernardo de Claraval, cuyo título fue, precisamente, "Amor y Verdad en tiempos de definiciones". ¿Hay una crisis de la verdad?

     -Exactamente. Es el espíritu de la filosofía moderna. No somos capaces de reconocer una verdad como es la realidad, entonces no podemos hablar y hacer afirmaciones de verdad en el nivel filosófico y menos teológico. El kantismo, después de la filosofía de Hegel, penetró mucho en la vida de la Iglesia y hoy está muy presente en muchos seminarios y facultades teológicas. Pero nuestra fe se basa en la capacidad humana de reconocer y hablar de la Verdad constante tal como es, inmutable. Esto es Dios, Cristo, que es la Verdad misma. La Verdad, el camino, la vida. La única verdad estable para el mundo de hoy son las finanzas, la matemática. Todos los otros conceptos de verdad están en el aire. Pero la Iglesia es la roca firme. Debemos rezar para que la Santa Sede, los papas, puedan mostrarse así, con firmeza, por amor a Cristo, por amor a las almas, para salvar las almas de la ignorancia y llevar la única luz, la verdadera luz de Cristo. Esa es la verdad. Y nosotros debemos también llevar esta liberación verdadera, la liberación de las tinieblas, y aportar la felicidad y la alegría de la verdad. 

EL LIBRO

     -Por todo lo que venimos hablando no puede sorprender su último libro, ‘Credo’, que es un compendio de la fe católica, ni que lo haya presentado en una disertación titulada "Guardad la Fe". ¿Por qué se decidió a escribir este libro? ¿Por qué un catecismo, cuando ya está el de Juan Pablo II?

     -No fue iniciativa mía escribirlo. Fui casi impelido por laicos fieles que me han pedido hacer eso. Lo acepté porque me di cuenta de la necesidad que había en vista de esta confusión tan generalizada y profunda con respecto a la doctrina en la Iglesia. Y lo hice como un gesto de amor a los fieles. Por eso resolví hacerlo en una forma más tradicional, de preguntas y respuestas, porque el catecismo oficial de la Iglesia no es de esta forma, sino un tratado que es más difícil de entender para algunos fieles. Y también hay nuevos temas y problemas que mencioné, así como algunas pequeñas ambigüedades que se encuentran también en algunas partes del catecismo oficial de la Iglesia, y que yo intenté resolver, presentar de una forma más clara, con citas del Magisterio tradicional. Esta era mi intención y espero que pueda ser una ayuda para la vida de la fe, para los fieles, los seminaristas y toda persona que busca sinceramente la verdad.

     -¿Cuáles son esos temas nuevos?

     -La ideología de género, por ejemplo. La masonería...

     -¿En su libro se ocupa también de algunas ambigüedades del Concilio Vaticano II?

     -Menciono expresiones ambiguas que hay en los textos del Concilio Vaticano II. Son solo una o dos. Y también expresiones ambiguas del catecismo mismo. Están referidas a esta tendencia de relativizar la unicidad de la fe católica. La unicidad significa que la fe católica es la única religión verdadera querida por Dios. Algunas expresiones del Concilio relativizan esta verdad, y conceden que también otras religiones cristianas son un camino. Esto crea una confusión y debilita la validez de la fe católica, de la Iglesia católica. Después abordo algunas afirmaciones relativistas del papa Francisco sobre todas las religiones y el problema de que los divorciados pueden recibir la comunión, algo que el papa Francisco ha concedido a la región de Buenos Aires formalmente. Es un problema que no podemos callar. Debemos hablar sobre eso en forma respetuosa, pero clara, porque es algo que afecta a toda la Iglesia. Y finalmente trato sobre la deficiencia que hay en algunas partes de la misa nueva desde un punto de vista doctrinal. No podía dejar esto en la oscuridad.

     -Usted en otras ocasiones ya mencionó el problema de la forma en que se recibe hoy la Eucaristía. ¿A qué problemas de la misa nueva alude en el libro?

     -Me refiero a la misa misma, a la estructura de la misa nueva. Menciono lo más crítico, las oraciones del ofertorio de la misa nueva, que son básicamente oraciones protestantes, judías, que expresan la intención de celebrar una cena, un banquete. Es algo muy peligroso porque el ofertorio debe expresar la intención con que celebramos el sacrificio de la cruz de Cristo. Eso es lo que expresaban las oraciones precedentes, que fueron abolidas. Y esto es un defecto serio. No es una herejía, pero sí un defecto serio que mina el carácter sacrificial de la misa.

     -Y ya sabemos que la liturgia incide en la fe, por aquello de "Lex orandi, lex credendi" (así como oras, así crees)...

     -Exactamente. Y, en este caso, estas oraciones no expresan claramente la fe. Al contrario, minan, subvierten, la fe recta.



Entrevista extraída de laprensa.com.ar publicada el 17 de noviembre de 2024 

Cruzada del Rosario Público por la Restauración del espíritu católico en Ecuador






 

domingo, 22 de septiembre de 2024

San Pío de Pietrelcina: enteramente riguroso contra el aborto y contra el comunismo





     En cierta ocasión el Padre Pellegrino le dijo al Santo Padre Pío: "Esta mañana Ud. le negó la absolución a una señora porque había abortado. ¿Por qué fue tan riguroso con esa pobre infeliz?"

     El santo le respondió: "El día que la gente (…) pierda el horror al aborto, será un día terrible para la humanidad. (…) El aborto no es sólo un homicidio, sino también un suicidio. Y, para aquellos que están a punto de cometer un crimen u otro de un solo golpe, debemos tener el coraje de mostrarles nuestra Fe".

     "¿Por qué lo de suicidio?", preguntó el padre Pellegrino.

     Embargado por una de esas insólitas furias divinas, compensada por una dulzura y una bondad ilimitadas, el Padre Pío respondió: "Ud. comprendería este suicidio del género humano si, con el ojo de la razón, lograse ver la tierra quemada por un desierto al estar poblada de ancianos y despoblada de niños. Si reflexionara de ese modo, entendería la doble gravedad del aborto, el cual, también mutila la vida de los progenitores.

     "A estos padres les esparciré las cenizas de sus fetos destrozados, para mostrarles sus responsabilidades y negarles la posibilidad de apelar a su propia ignorancia. Un aborto inducido no puede tomarse con falsas consideraciones y con una lástima que no es legítima. Sería una hipocresía abominable. Esas cenizas deben ser arrojadas a la cara de sus padres asesinos. Si los dejo sintiéndose culpables, me sentiré involucrado en sus propias fechorías".

     "Mire, añadió– yo no soy un santo y tampoco me he sentido nunca cerca de la santidad, pero cuando digo palabras, tal vez un poco fuertes, pero justas y necesarias para quienes cometen este crimen, estoy seguro de haber obtenido la aprobación de Dios para mi rigor".

     Luego, el padre Pellegrino objetó que, si no es posible eliminar las fijaciones obsesivas en la mente de quienes han abortado, sería inútil tratarlas con el rigor de la Iglesia. A esto el santo respondió: "Mi rigor, al defender la venida de los niños al mundo, es siempre un acto de fe y de esperanza. 

***

     Cierto día, en la sacristía, frente al confesionario en el que el Padre Pío atendía a los penitentes, un hombre llamado Mario Tentori esperaba su turno. Mientras examinaba su conciencia, escuchó al decir con muy fuerte voz: "¡Vete, animal, vete…!". Las palabras del santo iban dirigidas a un hombre que, recién arrodillado, salió del confesionario humillado, agitado y confundido.

     Al día siguiente, Mario tomó el tren a Foggia para regresar a Milán. Se sentó en el compartimiento donde había un solo viajero que comenzó a observarlo y le expresó el deseo de entablar una conversación. Finalmente, el viajero le preguntó: "¿Estuviste ayer en San Giovanni Rotondo, en la sacristía, para confesarte con el Padre Pío?"

     "¡Sí!" respondió Tentori.

     El otro hombre prosiguió: "Fui yo a quien el Padre Pío llamó de 'animal'. ¿Te acuerdas?". 

     "Sí", dijo Mario.

     El compañero de viaje continuó: "Tú y los demás que estaban cerca del confesionario tal vez no escucharon las palabras que motivaron al Padre Pío a echarme de esa forma. Ora, él me dijo: 'Vete, animal, vete, porque has abortado tres veces'. Él dijo '¡abortaste!', porque fui yo quien tomó la iniciativa para que a mi esposa le sean practicados ¡tres abortos!". 

     Y comenzó un llanto que expresaba –como él mismo confesó– el dolor, el deseo de no pecar y la firme determinación de regresar donde el Santo Padre Pío para recibir la absolución y cambiar de vida.

     El rigor del santo había salvado la vida de un padre que, después de negar la vida de tres de sus hijos, corría el peligro de perder su propia alma por toda la eternidad, si el Padre Pío hubiera trivializado el horrendo pecado que cometió. 

San Pío de Pietrelcina
en el confesionario
 

San Pío de Pietrelcina condenó el comunismo y defendió la propiedad privada y la moral

     El Santo Padre Pío siempre decía palabras muy severas contra los seguidores de la diabólica ideología marxista:

El comunismo combate la propiedad, la moral y la autoridad legítima

     "Los comunistas amenazan con la ruina de la sociedad y del país. […] Sus principios son insostenibles e inadmisibles, tanto a respecto del orden temporal, porque va contra el derecho de la propiedad privada, dejando como secuela una infinidad de males, como también a respecto del orden moral, pues va contra todos los principios de la sana moralidad y contra la legítima autoridad". 

 También condenó la "mano extendida" con el comunismo

     Fue igualmente duro con los católicos –especialmente los sacerdotes– que argumentaban que el diálogo y la colaboración con los comunistas no sólo eran posibles, sino incluso obligatorios, para superar la pobreza material y construir un mundo más justo.

    Particularmente importantes y proféticas son las palabras que pronunció en una amonestación pública a sus hijos espirituales en 1963:

La condena incluyó las doctrinas de la izquierda católica

     "Debido a la injusticia rampante y al abuso de poder, hemos transigido con el materialismo ateo, negando los derechos de Dios. Este es el castigo anunciado en Fátima... Todos los sacerdotes que apoyan la posibilidad de un diálogo con los negadores de Dios y con los poderes luciféricos del mundo, ¡están locos, han perdido la fe, ya no creen en el Evangelio! Al hacerlo, traicionan la palabra de Dios, porque Cristo vino a traer a la tierra una alianza perpetua sólo para los hombres de buena voluntad, pero no se alió con los hombres sedientos de poder y dominio sobre sus hermanos... El rebaño se dispersa cuando los pastores se alían con los enemigos de la Verdad de Cristo. Todas las formas de poder que son sordas a la voluntad de la autoridad del corazón de Dios son lobos rapaces que renuevan la pasión de Cristo y hacen derramar lágrimas a Nuestra Señora…".

(Trechos extraídos da obra “Il Padre San Pio da Pietralcina, la missione di salvare le anime”, di P. Marcellino Iasenza Niro, Edizioni Padre Pio da Pietralcina, 2004)


Fuente:

Artículos extraídos de ipco.org.br y traducidos por nuestro blog 


domingo, 15 de septiembre de 2024

Debe venir el Reino de María para que reine nuevamente Jesucristo






     El gran San Luis María Grignion de Montfort, Doctor de la Iglesia, Profeta y Apóstol de los tiempos modernos, nos dejó dos maravillosos escritos que contienen enseñanzas y luces admirables para nuestra época: la Oración Abrasada y el Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen. A continuación, un análisis de algunos fragmentos de estas dos magníficas obras. 

     En su Oración Abrasada —quiere decir, llena de fuego y en la que pedía a Dios misioneros— podremos ver que para este santo extraordinario, su época era la precursora de una enorme crisis que se extiende hasta nuestros días, y que continuará hasta el momento en que una nueva época se inaugure para la Iglesia. 

     De un lado, es el enemigo que avanza peligrosamente, es la embestida victoriosa de la impiedad y de la inmoralidad:

     «Violada está vuestra divina ley” (Sal 118,126); abandonado vuestro evangelio; torrentes de iniquidad inundan toda la tierra y arrastran a vuestros mismos siervos. Desolada está la tierra (Jer 12,11), la impiedad se asienta en los tronos, vuestro santuario es profanado, la abominación está en el mismo lugar santo (Dan 9,27; Mt 24,15; Mc 13,14)».

     Los servidores del mal están activos, son audaces y exitosos en sus empresas:

     «Ved, Señor, Dios de los ejércitos, como los capitanes forman escuadrones completos, los potentados levantan grandes ejércitos, los navegantes equipan flotas enteras, los mercaderes acuden en gran número a ferias y mercados.

     «¡Cuántos ladrones, impíos, borrachos y libertinos se juntan contra Vos todos los días tan prestos y tan fácilmente! Un simple silbido, un toque de tambor, una daga embotada que muestran, un ramo seco de laurel que prometen, un pedazo de tierra roja o blanca que ofrecen, en tres palabras: el deseo de un honor fugaz, de un miserable interés, de un mezquino placer sensual, reúne en un instante a los mercaderes y cubre tierra y mar con una turba-multa de réprobos, que, siendo divididos entre sí o por la distancia de lugares, o por los intereses opuestos, se unen sin embargo hasta la muerte para haceros la guerra bajo el estandarte y el mando del demonio».

     Capitanes, potentados, navegantes, comerciantes. San Luis María alude a los hombres claves de su siglo, todos movidos por la impiedad, por la codicia, por la sed de honor, depravados con  grandes vicios, constituyen juntamente con las masas que les siguen —salvo excepciones— ¡una multitud de borrachos, bandidos y réprobos que a lo largo de vastitudes de tierras y mares se unen para luchar contra la Iglesia! 

     Vemos en estas palabras del gran santo una claridad de conceptos y de lenguaje, de coraje de alma, de coherencia inmaculada en el modo de clasificar los hechos. Ciertamente su lenguaje le parecerá al hombre moderno como poco caritativo, imprudente y precipitado en sus juicios. El hombre actual le teme a  la lógica, le chocan las verdades radicales y fuertes, y sólo admite un lenguaje endulzado y de medias tintas.

     En cambio, en quienes aún son hijos de la luz,  S. Luis María ve campear en ellos la inercia, lo que le causa una grande aflicción:

     «¡Y Vos, Señor! Habiendo tanta gloria, dulzura y provecho en serviros ¿casi nadie tomará partido por Vos? ¿Serán tan escasos los soldados que se alisten bajo vuestra bandera? ¿No habrá alguno que otro que, celando por vuestra gloria, grite en medio de sus hermanos, como San Miguel: Quis ut Deus? ¿Quién es como Dios?».

     San Luis María quiere tantos o más numerosos paladines del lado de Dios como los que han estado del lado del deminio. Los quiere fieles, puros, fuertes, intrépidos, combativos, temibles, como el Príncipe de la Milicia celestial. No se limita a decir que deberían ser como San Miguel. Quiere que sean como que versiones humanas del Arcángel: «¿casi ningún San Miguel gritará entre sus hermanos...?».

     Esta aspiración de ver al mundo lleno de apóstoles blandiendo espadas de fuego, difiere de la miopía, de la frialdad, del sentimentalismo endulzado e incongruente de tantos católicos de hoy en día, para quienes, hacer apostolado significa cerrar los ojos ante los defectos del adversario, abréndole las barreras, entregándole las armas de guerra, aceptando su yugo y, una vez consumada la capitulación, terminar afirmando que existen motivos suficientes para estar felices, pues las cosas pudieron resultar mucho peor.

Imagen de San Luis María Grignion de Montfort en la Basílica de San Pedro 

     El santo advierte que mientras esos ardientes apóstoles no lleguen, la Santa Iglesia correría el riesgo de sufrir graves reveses. Tantos tibios e indolentes de su época no lo veían de esa forma. San Luis, por el contrario, llamó a todos a luchar:

     «¡Ah! permitidme decir a voces por doquiera: ¡fuego! ¡fuego! ¡fuego! ¡socorro! ¡socorro! ¡socorro! ¡Fuego en la casa de Dios! ¡fuego en las almas! ¡fuego hasta en el mismo santuario! ¡Socorro para vuestro hermano que lo asesinan! ¡socorro para nuestros hijos que van degollando! ¡socorro para nuestro querido padre que están apuñalando!».

     Es la devastación en la Iglesia y en las almas, es el fuego que consume a las instituciones, a las leyes, a las costumbres católicas, es la impiedad que degüella las almas y apuñala al Sumo Pontífice.

EL REINO DE MARÍA

     Al santo francés le parecía imposible que Dios no detenga la marcha de la iniquidad:

     «¿Lo dejaréis todo así abandonado, justo Señor, Dios de las venganzas? ¿Todo llegará a ser como Sodoma y Gomorra? ¿Os callaréis, siempre? ¿Seguiréis soportándolo todo? ¿No es preciso que vuestra voluntad se haga en la tierra como en el cielo, y que venga a nosotros vuestro reino?».

     Sin embargo, la intervención de Dios ¡no faltará! El gran apóstol de la devoción a Nuestra Señora, canonizado por Pío XII en 1947, predice en su famosísimo Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, el advenimiento de una nueva era para la Cristiandad:

     «Ah! ¿Cuándo llegará ese tiempo feliz —dice un santo de nuestros días, dado enteramente a María—, cuando llegará ese tiempo dichoso en que María sea establecida como Señora y Soberana en los corazones, para someterlos plenamente al imperio de su excelso y único Jesús? ¿Cuándo llegará el día en que las almas respirarán a María, como los cuerpos respiran el aire? Cosas maravillosas sucederán entonces en la tierra, donde el Espíritu Santo, al encontrar a su Esposa como que reproducida en las almas, vendrá a ellas con abundancia de sus dones y las llenará de ellos, particularmente con el don de sabiduría, para realizar maravillas de gracia. ¿Cuándo llegará, hermano mío, ese tiempo dichoso, ese siglo de María, en el que muchas almas escogidas y obtenidas del Altísimo por María, perdiéndose ellas mismas en el abismo de su interior, se transformarán en copias vivientes de la Santísima Virgen, para amar y glorificar a Jesucristo? Ese tiempo sólo llegará, cuando se conozca y viva la devoción que yo enseño: Ut adveniat regnum tuum, adveniat regnum Mariae» —¡Para que venga a nosotros tu reino, venga el reino de María!

     «Fue por medio de la Santísima Virgen María que Jesucristo vino al mundo, y es también por medio de Ella que Él debe reinar en mundo... ¡Señor, para que venga tu reino, que venga el reino de María!», esto es, el Reino de Jesucristo. Tal es el pensamiento que impregna todo el Tratado de la Verdadera Devoción, y que se expresa aquí en términos de claridad y ardor insuperables. 

     San Luis María Grignion de Montfort, anunció por tanto un diluvio de fuego del puro amor que purificará a la humanidad y será encendido «de modo tan suave y con tanta vehemencia, que todas las naciones, los turcos, los idólatras y hasta los mismos judíos obtendrán el ardor necesario para convertirse».

     San Luis María afirma que el Reino de María será un tiempo de florecimiento de la Iglesia que la historia nunca ha conocido. Añade también que, para establecer esta era, «el Altísimo y su Santa Madre suscitarán grandes Santos, de tal santidad que superarán a la mayoría de los Santos, como los cedros del Líbano superan a los pequeños árboles que los rodean».

     El modo por el cual se llevará a cabo esta unión especial de María con las almas de sus apóstoles será la práctica de la verdadera devoción, cuyo secreto el santo revela y profundiza en su Tratado. La Realeza de Nuestra Señora debe realizarse primero en las almas y a partir de ellas repercutirá en la vida religiosa y civil de los pueblos considerados en su conjunto.

     El Reino de María será por tanto, una época en el que la unión de las almas con María Santísima alcanzará una intensidad sin precedentes en la Historia (exceptuando, claro está, los casos individuales). ¿Cuál es la forma, en cierto sentido suprema, de esta unión? No conozco medio más perfecto para enunciar y realizar esta unión que la sagrada esclavitud a Nuestra Señora, como enseña San Luis María Grignion de Montfort en el Tratado de la Verdadera devoción

Plínio Corrêa de Oliveira 


Fuente:
El presente artículo es una recopilación de varios escritos del líder católico y gran difusor del Reino de María, Plínio Corrêa de Oliveira, extraídos de pliniocorreadeoliveira.info y traducidos por nuestro blog. 

miércoles, 21 de agosto de 2024

SAN PÍO X — El papa que fortaleció a la Iglesia y fulminó a la herejía







     Cuando León XIII murió en 1903, la expectativa general era saber quién dirigiría el timón de la Barca de Pedro en aquellos tiempos ya muy difíciles.

     El mundo estaba febrilmente infectado por el liberalismo anticlerical, uno de los frutos perniciosos de la Revolución Francesa que tensó las relaciones entre la Sede Apostólica y varias naciones europeas. La revolución industrial, a su vez, creó situaciones propicias para la propaganda de los principios marxistas de la lucha de clases y del anarquismo, en el naciente medio proletario.

     La situación era crítica incluso en las naciones católicas. En Italia, un gobierno usurpador y violento privó al Romano Pontífice de sus Estados, confinándolo en el Vaticano, y creó obstáculos a la acción de la Iglesia. En Francia, una oligarquía masónica —cuyos exponentes fueron Briand, Clemenceau, Waldeck-Rousseau y Combes— impuso la aprobación de varias leyes abiertamente antirreligiosas, preparando el terreno para la separación entre Iglesia y Estado en 1905.

     Portugal se encontró luchando con el fermento revolucionario que culminaría con el asesinato del rey Dom Manuel y del príncipe heredero en 1908, y con la proclamación de la República dos años después. Por no hablar de una serie de medidas contra la Iglesia, como la expulsión de los jesuitas, la supresión de congregaciones religiosas y la aprobación del divorcio.

     También, en la otrora fiel y católica España, soplaban con violencia vientos liberales y anarquistas que llevaron a un intento de asesinar al rey Alfonso XIII el mismo día de su boda. Y el imperio austrohúngaro mostró tantos síntomas de decadencia religiosa y moral temiéndose constantemente su ruina.

     No menos trágica para la Iglesia y la civilización cristiana, fue la situación en el bloque católico más grande del universo, América Latina, donde las naciones jóvenes emulaban en impiedad a las antiguas naciones europeas.

     En Brasil, la famosa "Cuestión Religiosa", logró llevar ante los tribunales al intrépido obispo de Olinda, Dom Vital Maria Gonçalves de Oliveira, y condenarlo a cadena perpetua con trabajos forzados. En Ecuador, los líderes católicos eran perseguidos y obligados a exiliarse. En México ya se perfilaban en el horizonte los nubarrones de la tormenta revolucionaria, que poco después desencadenó una de las persecuciones religiosas más crueles e implacables que conoce el mundo moderno.

     Sobre todo, dentro de la propia Iglesia, la situación era grave. Errores filosóficos muy de moda, como el naturalismo, el racionalismo y el cientificismo, junto con un fuerte liberalismo, influyeron ampliamente en la teología y distorsionaron la Fe, al mismo tiempo que enfriaron el amor a Dios en las almas.

     Tales errores habían penetrado profundamente en amplias esferas del clero, en los establecimientos educativos, incluso en los seminarios, creando un espíritu de novedad y una rebelión creciente que amenazaba con hacer zozobrar la Barca de Pedro, de no poseer ésta la promesa de su perpetuidad.

     Para afrontar este terrible panorama, se hacía necesario el advenimiento de un Papa que figuraría entre los más grandes de la historia de la Iglesia. Por obra del Divino Espíritu Santo, que no abandona a su Esposa Mística, y a ruegos de María Santísima, el mundo tuvo el Pontífice que necesitaba: Giuseppe Sarto, Patriarca de Venecia, elegido bajo el nombre de Pío X.

Entrada de Mons. Giuseppe Sarto en Venecia como Patriarca (24-11-1894)

Suave... pero fuerte

     ¿Quién era Pío X?, el nuevo papa de cuya bondad y dulzura mucho se hablaba en Venecia, de donde provenía como Cardenal-Patriarca. 

     "Es un conciliador", pensó el Gobierno italiano, entendiendo por este calificativo a un hombre débil, dispuesto a llegar a un acuerdo con la Revolución. Sin embargo, la famosa bendición Urbi et Orbi, primer acto del Pontífice, la impartió desde uno de los balcones interiores de la Basílica de San Pedro, para así ratificar la protesta de sus predecesores contra la toma de Roma por las tropas revolucionarias.

     "Un 'cura rural', no acostumbrado a la pompa del Vaticano ni a tratar con grandes personajes", pensaban en cambio los embajadores y enviados de potencias extranjeras. Sin embargo, no fue esa la impresión que dejó Pío X después de la primera audiencia general, cuando el representante prusiano, expresando el pensamiento de los demás diplomáticos, preguntó a Mons. Merry del Val, Secretario en funciones del Estado Vaticano, al salir de la  Sala del Trono: "Díganos, Monseñor, ¿qué tiene este hombre, que tanto atrae?" —"¡Es un santo, un hombre de Dios!", respondió el eclesiástico, posteriormente elevado a Cardenal y que desempeñaría un papel muy importante en ese Pontificado. 

     Para el Abad de Cigala, capellán del Cónclave, "la fuerza de los rasgos y la dulzura de la mirada del papa Sarto, eran frutos de una vida interior y de una Fe ardientes", y que hacían creer "en una resurrección del inmortal Pío IX". Sin embargo, aclara el cardenal Mercier, arzobispo de Malinas (Bélgica): "La bondad invencible del Santo Padre no tenía nada del sentimentalismo de los débiles: ¡Pío X era fuerte!". 

     Eso lo reconoció también el ex canciller del Imperio alemán, el príncipe Von Bülow, en un comentario hecho también al cardenal Merry del Val, luego de una entrevista: "He conocido a muchos monarcas y legisladores, pero pocas veces he encontrado en ninguno de ellos una percepción tan notable de la naturaleza humana o conocimiento como el que Su Santidad posee de las fuerzas que gobiernan el mundo y la sociedad moderna". Y de hecho, tiempo después, Pío XII proclamaría que, "con su mirada de águila pero perspicaz, y más segura que la corta vista de los miopes razonadores,  —San Pío X
vio el mundo tal como era, vio la misión de la Iglesia en el mundo [...] y cuál es su deber en el seno de una sociedad descristianizada [...] contaminada por los errores del tiempo y la perversidad del siglo".

"Restaurar todo en Cristo" 

San Pío X 

     El historiador R. Aubert afirma que San Pío X fue esencialmente un reformador —el mayor de todos, después del Concilio de Trento—, y que la reforma por él emprendida era bien exactamente lo contrario de la deseada hoy por tantos eclesiásticos, para quienes, reformar significa incorporar los errores modernos dentro de la Iglesia. Para el santo, reforma significó extirpar las herejías que en ella se habían infiltrado. Y el ya citado cardenal Mercier se pregunta: "Si hubiera existido en la Iglesia, en tiempos de Lutero y Calvino, un papa del temperamento de Pío X, ¿habría podido el protestantismo llevar a un tercio de Europa a romper con Roma?".

     El Pontificado de San Pio X se lo puede resumir en el guión que él mismo esbozó en su Programa-Encíclica: "Restaurar todo en Cristo". Dicha preocupación ya la había tenido cuando era obispo de Mantua. Posteriormente, como cardenal de Venecia, su primera Carta Pastoral contenía, en términos generales, el pensamiento de la futura Encíclica. 

     En ella, el papa santo expresa que la apostasía del mundo, "esa detestable y monstruosa iniquidad [...] por la cual el hombre reemplazó a Dios", representa una tal "perversión de los espíritus" que cabe preguntarse si ya no se produjo el advenimiento "del hijo de la perversión". Pues la forma en que "se lanza el ataque a la religión, en que se embiste contra los dogmas de la fe y se tiende obstinadamente a aniquilar toda relación del hombre con la Divinidad", es una de las características del Anticristo.

     Para que haya una restauración, los buenos, deben "proclamar en voz alta las verdades enseñadas por la Iglesia sobre la santidad del matrimonio, la educación de la infancia, la posesión y uso de los bienes temporales, sobre los deberes de quienes administran los asuntos públicos". Ahora bien, si no hay verdaderos sacerdotes, "revestidos de Cristo" esto no será posible. Por lo tanto, es necesario reformar los seminarios y velar por que los nuevos sacerdotes no se dejen seducir "por las maniobras insidiosas de una determinada ciencia nueva". 

     "El día en que en cada ciudad, en cada aldea, se guarde cuidadosamente la Ley del Señor [...] no faltará nada para que contemplemos la restauración de todas las cosas en Cristo". Con esto, incluso "los intereses temporales y la prosperidad pública" felizmente también resurgirán. Y habrá en la tierra "la paz de Cristo, en el Reino de Cristo". 

     No corresponde analizar aquí el pontificado de San Pío X, para ver cómo él siguió al pie de la letra este programa. Sólo lo publicado en Cartas Apostólicas, Motus Proprios, Encíclicas y discursos, superan los 350 documentos. Si a esto le sumamos los decretos de las Congregaciones Romanas y los diversos documentos emitidos por la Secretaría de Estado, a los que el Papa no estaba ajeno, llegamos al número 3322, convirtiendo a su pontificado de once años, en uno de los más fructíferos de la Historia de la Iglesia.

     Basta pensar en la monumental labor de recodificación del Derecho Canónico, que duró todo el Pontificado de San Pío X, siendo promulgada sólo durante el de Benedicto XV; en la fundación del Instituto Bíblico; en la reforma de la Curia Romana; en la institución del Acta Apostolicae Sedis, el boletín oficial de noticias del Vaticano; en la reforma del Breviario Romano; en las normas dadas para la disciplina y reforma del Clero, además de todas las medidas para facilitar la frecuente comunión de los fieles, anticipar la Primera Comunión de los niños, regular la comunión de los enfermos, preparar adecuadamente el catecismo, orientar el canto litúrgico, etc.

El Modernismo


     Al condenar el movimiento Sillón —en muchos sentidos un precursor del progresismo actual— afirma San Pío X que este "siembra [...] nociones equivocadas y funestas [...] como la de que toda desigualdad de condición es una injusticia o, al menos, una justicia menor. Princípio soberanamente contrario a la naturaleza de las cosas, generador de envidia y de injusticia, subversivo de todo orden social". 

     Sin embargo, fue la secta modernista infiltrada en la Iglesia —a la que describió como la "síntesis de todas las herejías"— la que más lo hizo sufrir y le causó más preocupaciones, debido a su profunda nocividad y sutileza. Además de numerosas acciones, de San Pío X emanaron tres importantes documentos para condenarlo: el Decreto Lamentabili sane exitu, del 4 de julio de 1907, que condena 65 proposiciones modernistas; la encíclica Pascendi dominici gregis, del 8 de septiembre del mismo año, en la que condena directamente el modernismo —la más larga de su pontificado, por lo delicado del asunto—; y, finalmente, el Motu Proprio Praestantia Scripturae sacrae, del 18 de noviembre del mismo año.

     El Santo Pontífice, que tan bien supo desenmascarar y condenar al modernismo, seguramente obtendrá abundantes gracias para los fieles de nuestro tiempo, mucho peor que la época de aquella herejía. Sí, la época trágica en la que vivimos, en la que, según Pablo VI, está en marcha un misterioso proceso de "autodemolición de la Iglesia", en el que está penetrando el "humo de Satanás"

La conspiración de los Modernistas

Padre George Tyrrell, excomulgado por San Pío X 

     La herejía modernista fue fulminada con vigor angelical por San Pío X, en 1907. Al año siguiente, el padre George Tyrrell, sectario excomulgado por el pontífice santo, escribiría a un confidente romano:

     "Viendo a mi alrededor, me veo obligado a reconocer que la ola de resistencia modernista ha terminado, ella ha agotado por ahora todas sus fuerzas. Debemos esperar el día en que, mediante un trabajo silencioso y secreto, hayamos conquistado para la causa de la libertad una proporción mucho mayor de las tropas de la Iglesia". 

     Esta "obra silenciosa y secreta" es explicada cínicamente, en los siguientes términos, por uno de los autores de la herejía modernista, Antonio Fogazzaro, en su novela Il Santo, posteriormente condenada por San Pío: "Debemos constituir una masonería católica ... la masonería de las catacumbas". ¿Y quiénes pertenecían a esta "masonería católica"? El propio Fogazzaro responde: "Su nombre es legión. Ella vive, piensa y trabaja en Francia, Inglaterra, Alemania, Estados Unidos, Italia. Viste sotana, uniforme o casaca. Enseña en las universidades, se esconde en los seminarios, difunde su lucha en los medios de prensa y reza en el silencio profundo de los claustros". 

Novela Il Santo, de Antonio Fogazzaro, condenada por San Pío X

     Tiempo después de la publicación de esta obra, San Pío X, asaltado por una repentina y extraña enfermedad, entregó su alma a Dios en 1914.

     A propósito del fallecimiento del santo Pontífice, un sacerdote italiano, el padre Genocchi, vinculado a los conspiradores modernistas, escribió: "Ahora respiramos más cómodamente ... varias víctimas de la locura y del fanatismo están siendo rehabilitadas, y otras más también lo serán".

     Un grupo de neomodernistas llevó a cabo el "trabajo silencioso y secreto" propuesto por el sacerdote apóstata Tyrrell. Este organismo sentó las bases de la corriente que luego se denominaría la Nueva Teología. 

     Los autores de estas nuevas doctrinas difundieron sus escritos en copias mecanografiadas y anónimas, que circularon de mano en mano en los seminarios europeos y en los conventículos de laicos "comprometidos", intoxicando así al futuro clero y a los laicos con nuevas ideas. Un divulgador de estos panfletos afirmó que una "ola irresistible se estaba apoderando de las nuevas generaciones del Clero". 

     De toda esa amplia infiltración, surgirían a lo largo de las décadas, el  "Movimento Litúrgico", en el campo religioso, y el llamado "Progresismo católico", en el campo sócio-político.

     Hans Küng, uno de los próceres de esa nueva orientación, rinde en los siguiente términos, homenaje a aquellos neo-reformadores, a los que considera sus precursores, en su obra Veracidad — El futuro de la Iglesia:

     "No fue nada insignificante el sufrimiento de esos precursores de una nueva veracidad [dentro de la Iglesia]... Tenemos todos los motivos para inclinarnos con respeto y gratitud ante el compromiso cristiano de esos héroes silenciosos de una lucha por una veracidad renovada, por el futuro de la Iglesia, una lucha que, en aquel momento, parecía tan poco prometedora. Gimiendo bajo el yugo de la mentira, ellos nunca la abandonaron (a la Iglesia de Dios)...

     "Lo que algunos comenzaron, con modestia e insignificancia, ahora se ha desarrollado y multiplicado muchas veces: en la renovación de la teología, de la liturgia, de la vida eclesiástica en general, en el encuentro con el mundo moderno profano. Y se demostró que aquellos exploradores eran ... las tropas de vanguardia de un ejército lento, sin duda, pero en el fondo, muy dispuesto a continuar, y  frente al cual, algunos representantes oficiales de la teología y de la dirección de la Iglesia se mostraron como una retaguardia". 

VIDEO:
LA CANONIZACIÓN DE SAN PÍO X




Artículo del Sr. Plínio María Solimeo, extraído de blogdafamiliacatolica.blogspot.com 

martes, 6 de agosto de 2024

Consternación del papa Pío IX y de católicos contrarrevolucionarios europeos luego de la muerte de Gabriel García Moreno








     Gabriel García Moreno fue asesinado por conspiradores liberales el 6 de agosto de 1875, después de haber dominado la política ecuatoriana desde 1860. Un puñado de asesinos sorprendió al caudillo en la entrada del Palacio Nacional en Quito, y le propinaron sucesivos golpes de machete y disparos de revólver. Luego, fue conducido a la Catedral, en donde falleció al pie del altar de la Virgen de los Dolores, y posteriormente a una sala del templo, en donde el médico francés Esteban Gayraud administró la autopsia. Un "fotógrafo y pintor" llamado Pérez Pinto tomó varios retratos del caudillo tendido en la plaza principal ante el palacio y en el examen post mortem. La autopsia resaltó no sólo el estado mutilado del cadáver, sino el hecho de que García Moreno portaba varias insignias religiosas. Estas incluían "un trozo de la verdadera cruz", una medalla que de un lado mostraba el símbolo del primer Concilio Vaticano, y del otro, un retrato de Pío IX, un rosario, un escapulario del Sagrado Corazón de Jesús, además del discurso con que iba a inaugurar su tercer periodo presidencial, el 10 de agosto de 1875. Posteriormente, el cadáver del presidente fue expuesto en la Catedral con uniforme militar de gala, sombrero de plumas y rodeado de una guardia de honor. La exhibición del cadáver y su captura fotográfica eran producto del género del retrato mortuorio. En estas fotografías, García Moreno fue presentado como un miles Christi (soldado de Cristo), como lo definió una de las oraciones fúnebres en las exequias. El sacerdote Vicente Cuesta subrayó en su alocución la condición de mártir de García Moreno, "acreedor de la corona de martirio por haber sido el campeón de la nación y del Santuario".

     La primera proclama de las autoridades civiles sobre la muerte de García Moreno correspondió al Concejo municipal de la ciudad de Quito. Dominado por conservadores, este concejo emitió una escueta resolución, donde se limitó a condenar el "execrable asesinato del día de ayer". Pocos días después, el 30 de agosto, el Congreso ecuatoriano promulgó un decreto más elaborado referente a la muerte del caudillo, que moldeó la memoria de García Moreno tanto en Ecuador como a escala internacional. El decreto definió al presidente asesinado como "regenerador de la patria y mártir de la civilización católica", y destacó el "cumplimiento de sus deberes de magistratura católica". En otras palabras, calificaba a García Moreno de exponente de un modelo de gobierno católico, y de mártir. La referencia a la "civilización católica" agregaba un elemento clave, pues definía al catolicismo como la fuente de progreso ilimitado material y moral, y postulaba como su adalid sin parangón a García Moreno. 

     Como indica la existencia de la revista jesuita en Roma, La Civiltà Cattolica, la civilización cristiana o católica era un concepto conocido en Europa. No obstante, el énfasis en los avances materiales como rasgo de esta civilización y su asociación con García Moreno eran productos del conservadurismo católico ecuatoriano, identificado con el progreso lineal.

     En  Francia y en el Vaticano se difundió simultáneamente la noticia del cruento asesinato, y se lamentó la muerte de García Moreno. En Europa, la primera noticia del crimen apareció en el periódico conservador parisiense Le Figaro, el 24 de agosto de 1875. La nota firmada por un conocido editor del periódico, Auguste Mercade, anunció el magnicidio y señaló que García Moreno era el cuarto gobernante en América en enfrentar ese destino desde Abraham Lincoln. 

     Así, el periodista atribuyó el asesinato del caudillo a la violencia política endémica en el continente americano. Un mes después, L’Univers, el principal diario católico francés, publicó un extenso elogio a García Moreno firmado por el periodista más célebre del campo católico en Francia, Louis Veuillot. No era la primera vez que L’Univers se había referido a García Moreno. En 1871, este periódico lo presentó como un ejemplo para la Asamblea Nacional de Francia de ese año, que "elegida para formar una monarquía se deslizó hacia la república". 


     En esta ocasión, Veuillot identificó a García Moreno como el único defensor del Vaticano ante la reciente toma de Roma por el reino de Italia. El periodista, en 1875, no escatimó palabras al elogiar al recientemente asesinado caudillo, remarcando en que García Moreno había sido un promotor del progreso. Al mismo tiempo, lo enmarcó en el contexto del legitimismo católico francés y la internacional blanca (o católica), como también en la guerra entre "las dos Francia", la desilusión de los católicos franceses con el destronado Napoleón y las teorías de gobierno católico que circulaban en ese país europeo.

     Veuillot elogió a García Moreno como gobernante cristiano, "hombre de Jesucristo en la vida pública", equiparable a los "jueces del antiguo Israel". Estas afirmaciones apuntaban a un lenguaje común existente entre conservadores católicos en Ecuador y Francia, ya que la prensa ecuatoriana también calificaba a Ecuador de "el Nuevo Israel", y a García Moreno, de gobernante católico. En cambio, con referencias basadas en el legitimismo monárquico borbónico, Veuillot contrastó la grandeza de García Moreno con los "intrascendentes presidentes de repúblicas" y con las ilusiones suscitadas por supuestos "hombres providencial es", una alusión, sin duda, al recientemente destronado Napoleón III. Así, calificó a la administración de García Moreno de su reino, "son règne", durante el cual el caudillo había actuado como instrumento de Dios. De hecho, el periodista francés movilizó la antigua metáfora monárquica y patriarcal del pastor para referirse al arte de gobernar de García Moreno. A fin de reforzar la pertinencia del presidente ecuatoriano para el contexto francés, Veuillot se refirió a los dos periodos de exilio en París de García Moreno en la década de 1850, y lo describió como "uno de los nuestros", en términos nacionales y políticos. Hizo hincapié en su vida espiritual. García Moreno, según Veuillot, había pasado los domingos en la iglesia de St. Sulpice y contempló en la capital francesa la batalla entre las dos Francias, la católica y la revolucionaria. París, según Veuillot, era a la vez una "escuela de sacerdotes y mártires" y el hogar de "una enorme fábrica de anticristos, de ídolos y de verdugos". En París, continúa Veuillot, García Moreno había decidido firmemente alinearse con el bien. Al concluir su elogio, Veuillot calificó a García Moreno de "mártir de su pueblo y de su fe" y víctima de la masonería, que habría contratado a los que perpetraron el crimen. El dinero, según el periodista, había venido "de la banca de Perú, guarida principal de la Franco masonería".

     La teoría del asesinato masónico, que fue formulada de manera directa por primera vez en este artículo de Veuillot, se convirtió rápidamente en un rasgo infaltable de la memoria transnacional de García Moreno, puesto que la masonería era la impulsora de la revolución y, por tanto, encarnación del mal. La idealización de García Moreno a manos de Veuillot no sólo exhibía al púbico francés un modelo político, el Estado cristiano de corte patriarcal, sino que reforzaba la identidad subnacional de los católicos franceses al apelar a sus anhelos y frustraciones y a su confrontación cultural y política con la Francia secularizante de la emergente Tercera República. Planteaba, en otras palabras, un proyecto nacional de una Francia católica, aunque se trataba de una aspiración perteneciente a una comunidad confesional subnacional.

     El 9 de noviembre de 1875 se anunció en el mismo L’Univers que en esos días se celebraría una misa en Saint-Sulpice en honor de García Moreno. Esta iglesia se había convertido, sin duda gracias a la nota de Veuillot, en un lugar de la memoria del caudillo católico, y lo sería por varias décadas. Asimismo, el hebdomadario católico y conservador La France Illustrée publicó una breve biografía de García Moreno acompañada de varias ilustraciones de iglesias, paisajes y escenas cotidianas de Ecuador. Las fotografías permitían al público francés situarse en el lejano contexto ecuatoriano, el "pequeño escenario" de la vida de García Moreno. Estas ilustraciones, provistas por Juan Aguirre, aliado quiteño del caudillo, permitían adecuar el relato de vida de García Moreno a un género popular del periodismo de la Tercera República, las revistas ilustradas.

     El papa Pío IX se refirió simultáneamente al asesinato de García Moreno en un discurso pronunciado en la Santa Sede ante peregrinos franceses de Laval. Al igual que Veuillot, el papa situó el asesinato de García Moreno en el contexto europeo y enmarcó el asesinato en la persecución que afrontaba la Iglesia, así como en el supuesto rol de los masones en las campañas anticlericales. "El imperio recientemente fundado", el Segundo Reich, fue señalado por el papa como "anonadar a la Iglesia católica en su seno y en toda la superficie de la tierra". Según Pío IX, "este imperio emplea toda clase de medios, escogiendo preferentemente los de destrucción" para lograr su fin de perseguir a la Iglesia. Con ello, el papa aludía al papel de Bismarck en el asesinato de García Moreno y apelaba a los sentimientos antigermánicos de una Francia humillada en la guerra franco-prusiana. Antes de su muerte, García Moreno había escrito a Pío IX una carta en la que contaba que se había enterado de que desde Alemania, se estaba impulsando a las logias masónicas en el mundo a una campaña de propaganda en su contra, y que estas estaban buscando el medio para asesinarlo. Pío IX se refirió a estas circunstancias y a la persecución de la Iglesia en América, "allí donde España y Portugal plantaron la Cruz", atribuyéndolas a la "rabia masónica". En medio de esta persecución, según el papa, se había levantado "milagrosamente" en Ecuador una "república que se distinguía por la rectitud de los que la gobiernan y la fe inquebrantable de su presidente, el cual siempre se mostró hijo sumiso de la Iglesia y lleno de inmenso afecto y amor para con la Santa Sede [...]". El papa destacó el anhelo de García Moreno de asegurar el bienestar material, moral y espiritual, aludiendo a la civilización católica. Ante este exitoso modelo de gobierno católico, según el papa,"los impíos habían organizado una asamblea en el país vecino" de Perú y "decretado su muerte". Pío IX asoció sutilmente a García Moreno con los mártires de la Iglesia temprana.

     El discurso de Pío IX es significativo, no sólo porque aludió al concepto de la civilización católica, con el cual se vinculaba a García Moreno en Ecuador, sino también porque reconoció explícitamente que una república podía ser un modelo de gobierno católico.

     El elogio de Pío IX fue seguido por conmemoraciones rituales y artísticas de la muerte de García Moreno en Roma. En la ceremonia fúnebre que tuvo lugar en la iglesia de Santa María in Traspontina, cerca de San Pedro, a la que asistió un buen número de jerarcas de la curia romana, se alzó un catafalco dispuesto en tres órdenes de escalones, y tapizados con un paño negro bordado en oro con las insignias pontificales. La imagen milagrosa de María en esta iglesia también estaba "rodeada de cortinajes de luto". La misa en honor de García Moreno fue pronunciada en canto gregoriano.

     Dos años después, en enero de 1877, L’Univers reportó la construcción de una estatua de mármol de García Moreno en el Vaticano. Según el artículo de este diario, L’Unità Cattolica, un periódico romano, realizó una suscripción para financiar el monumento en Roma. El papa Pío IX contribuyó con dos mil francos a la suscripción, es decir, la mitad del monto recaudado. El papa ordenó, de acuerdo con L’Univers, al escultor Francesco Gianfredi "la ejecución de un busto en mármol más grande que el modelo del héroe católico, siguiendo un excelente retrato del pintor (Francesco) Minoccheri". Ambos artistas eran muy conocidos en la Roma de Pío IX, lo que resaltaba la importancia que adquirió la memoria de García Moreno en la Santa Sede.

     Según el artículo de la L’Unità Cattolica, García Moreno merecía una estatua en San Pedro comparable a las de Constantino de Bernini y Carlomagno de Cornacchini, aunque se la podía colocar en la Biblioteca del Vaticano y no en la nave principal de la basílica, como las de los grandes emperadores cristianos. El busto de García Moreno, que finalmente ejecutó Gianfredi, mostraba una inscripción en su pedestal compuesta por el jesuita Salvatore Tongiorgi, renombrado filósofo del Colegio Romano. Esta inscripción en latín hacía referencia al rol de García Moreno como "defensor de la Iglesia", y a su muerte, como obra de una traicionera "mano impía". El monumento fue colocado no en la Biblioteca del Vaticano, sino en el Colegio Pío Americano en Roma, el cual recién se había constituido para formar una élite entre el clero latinoamericano, orientada hacia el proyecto de romanización de la Iglesia.

Monumento de García Moreno levantado en el Colegio Pío Latino Americano

     L’Univers, poco después, se ofreció a promover la construcción de un nuevo recinto para el Colegio Pío Latinoamericano en honor de García Moreno. "Ya que el busto no era suficiente", L’Univers se sumaba a "una suscripción para la construcción de un gran edificio donde se recogerán los hijos de la América del Sur, llamados por su vocación al servicio de los altares y deseosos de recibir al pie de la cátedra de San Pedro el don de la verdadera sabiduría".

     La construcción fue propuesta por el conde Giovanni Acquaderni, notable católico italiano, para reemplazar la entonces sede del Colegio Pío Latinoamericano, que en 1880 estaba previsto que se traspasara al Gobierno italiano. Si bien no se cumplieron los deseos de los promotores, la propuesta indica hasta qué punto García Moreno funcionaba como un ícono de la romanización de la Iglesia. No sólo que el líder ecuatoriano era recordado como el único gobernante en el mundo que protestó contra la toma de Roma por el reino de Italia en 1870, sino que era presentado como un modelo de la relación ideal entre Estado e Iglesia. Al representar la lealtad debida al Vaticano en la Iglesia universal, el busto de García Moreno reforzaba la identidad transnacional, a la vez orientada hacia Roma y América Latina, que se esperaba del clero latinoamericano.

     Otro objeto de memoria sobre García Moreno puesto en circulación por la curia, fue un retrato fotográfico de este, que Pío IX reprodujo en Roma en 1875. Al parecer, García Moreno había enviado su foto al papa cuando se negociaba el Concordato en la década de 1860. Tras el asesinato, el Sumo Pontífice la hizo reproducir con la palabra "Roma" debajo de esta, una suerte de imprimátur papal. Pío IX, que hace tiempo había asimilado la importancia de la prensa impresa, estaba consciente de los usos de la fotografía como medio para propagación de la fe, y circuló varias fotografías de él mismo. Si bien la fotografía de García Moreno tenía el aspecto de una estampa religiosa, ocupaba una suerte de espacio intermedio entre retrato fotográfico desacralizado y un objeto de culto. 

GABRIEL GARCÍA MORENO

RESIDENTE DE LA REPÚBLICA DEL ECUADOR,

CON IMPÍA MANO

MUERTO POR TRAICIÓN

EL DÍA 6 DE AGOSTO DE 1875

CUYA VIRTUD

Y CAUSA DE SU GLORIOSA MUERTE

HAN ADMIRADO, CELEBRADO Y LAMENTADO

TODOS LOS BUENOS.

EL SOBERANO PONTÍFICE PÍO IX

CON SU MUNIFICIENCIA

Y LAS OFRENDAS DE NUMEROSOS CATÓLICOS,

HA ELEVADO ESTE MONUMENTO

AL DEFENSOR DE LA IGLESIA Y DE LA REPÚBLICA

(Palabras del Papa Pío IX inscritas en el momento a García Moreno en el Colegio Pío Latino Americano) 

     El diálogo triangular entre conservadores católicos ecuatorianos y los católicos en Francia y el Vaticano se evidencia claramente en la compilación, que publicó en 1876 el clérigo ecuatoriano Eloy Proaño, de los elogios a García Moreno que se habían pronunciado en varios países del mundo en los meses posteriores a su muerte. La compilación destinada a un público ecuatoriano incluía varios artículos de L’Univers, el discurso del papa ante los peregrinos en Laval, los artículos de L’Unità Cattolica, así como textos de Ecuador, Chile y Colombia.

     Tras las primeras elaboraciones de una memoria transnacional de García Moreno entre 1875 y 1877, el culto a la memoria del caudillo católico fuera del Ecuador se profundizó entre 1883 y 1921. El reinicio de la conmemoración se debió a que en Ecuador la memoria de García Moreno fue recuperada cuando un gobierno conservador moderado se instaló tras el interludio liberal de la dictadura de Ignacio de Veintemilla (1876-1883) y la guerra civil, iniciada en 1882, que la derrocó.

     En 1883-1884, el gobierno provisional conservador moderado ratificó la consagración de la nación al Sagrado Corazón de Jesús (SCJ), operada diez años antes por García Moreno, y ordenó la construcción de un templo dedicado al SCJ denominado Basílica del Voto Nacional. Esta se inspiró en la Sacré Cœur de Montmartre, en París, también conocida como la Basílica del Voto Nacional. Así como Sacré Cœur buscaba expiar los pecados cometidos desde la Revolución francesa hasta la Comuna parisina en 1870, el nuevo templo era un acto de penitencia por los pecados colectivos en Ecuador en los años anteriores, especialmente el asesinato de García Moreno. Como declaró uno de los promotores de la nueva basílica en Ecuador, el franciscano José María Aguirre, el inicio de su construcción marcaba el fin del castigo perpetrado por el "Ángel de la Muerte", que por el asesinato de García Moreno "desenvainó la vengadora espada y la vibró con furor sobre la Nación". 


Basílica del Voto Nacional. En primer plano, monumento a Gabriel García Moreno 

     A la par del inicio de la construcción de la Basílica del Voto Nacional, en 1885 se conmemoró oficialmente el asesinato de García Moreno con una misa solemne en la Catedral, a la que asistieron importantes autoridades cívicas y religiosas. La reafirmación de la consagración al SCJ y la reactivación de la memoria de García Moreno convirtieron al caudillo católico de nuevo en objeto de admiración en Europa. Hubo en ese momento una serie de intercambios mediante las redes existentes entre los católicos europeos y los conservadores católicos ecuatorianos. El boletín católico francés Messager du Cœur de Jésus, por ejemplo, felicitó a Ecuador por la construcción del templo y recordó al "profeta García Moreno". La obra de la basílica, a su vez, fue puesta a cargo de la orden francesa de los Misioneros de los Sagrados Corazones de Jesús y María, que el obispo Ignacio Ordóñez reclutó para esta tarea en Roma. El escritor francés Eugène Villedieu, que había escrito una diatriba en contra de la Comuna parisina, elogió a la "Tierra de García Moreno", y el célebre autor francés Léon Maricourt publicó en la revista ecuatoriana La República del Sagrado Corazón de Jesús un elogio a la reafirmación de la consagración. Poco después, el Gobierno ecuatoriano obsequió al papa León XIII el discurso ensangrentado de García Moreno como una suerte de reliquia. Para León XIII, el Ecuador de la época progresista (1883-1895), dominado por gobiernos conservadores moderados, se convirtió en referente actual para su política de accidentalismo que postulaba que el catolicismo era compatible con cualquier régimen político, incluida la república.

     ¡Dios no muere!


Fuente:

journals.openedition.org

- Círculo Beato Pío IX

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