miércoles, 6 de enero de 2021

EPIFANÍA DE NUESTRO SEÑOR y los tiempos presentes

 



Adoración de los Reyes Magos. F. Angélico - 1433


     En cuanto a la adoración de los magos, aquí tenemos un hermoso cuadro perteneciente a una persona que conocemos. Y al respecto, es necesario hacer la siguiente consideración: el valor de las cosas de carácter representativo y simbólico dentro de los planes de la Providencia. No hay comentarista sobre la adoración de los Magos, que no diga que fue conveniente que los Magos vinieran a adorar a Nuestro Señor para representar a los diversos pueblos de la gentilidad que desde el principio se acercaron a su cuna; y que también convenía que fueran magos [La palabra Mago, del latín magus, significa hombre sabio —original del griego magos y del persa magush—], para representar toda la sabiduría ancestral rindiendo homenaje a Nuestro Señor.

     Sabemos que la palabra mago aquí designa a un hombre de extraordinaria sabiduría, de sabiduría relevante, que viene de todos lados, para adorar a Nuestro Señor. Si estos magos fueran reyes, es costumbre de hoy poner en duda. En mi opinión, esta duda tiene un cierto aspecto igualitario. Porque el cristianismo, servido por una venerable tradición, creyó en todo momento que eran reyes. Y esta tradición es tan continua, y tiene cierta consonancia con partes de la Escritura que hablan de “reyes que vienen de lejos para adorar al Mesías”, esta tradición en sí misma merece fe, merece fe y no veo razón para cuestionar que no eran reyes.

     Entiendo que puede incomodar [a la llamada izquierda católica], que hombres con una profesión tan "terrible" como la de un rey, hayan sido llamados a adorar a Nuestro Señor desde que era un niño. Pero creo que es del todo razonable, veo, por el contrario, objetable poner dudas sobre esto.

     De todos modos, aquí tenemos a tres hombres de distintas razas, y uno de raza negra, que representan a todo el mundo antiguo y que representan toda la sabiduría antigua homenajeando a Nuestro Señor, en las formas ya conocidas, ofreciendo oro, incienso y mirra.

     ¿Pero a qué título representan y de qué manera? Casi nadie sabía que ellos iban a estar ahí; no recibieron ninguna delegación para ir y, sin embargo, estaban en una representación real. Porque el motivo por el que fueron no fue un motivo individual, sino por un motivo de querer representar algo.

     Los señores están viendo que todo es simbólico. Ellos representaban a todos los pueblos porque Nuestro Señor quería que así los representaran, y estaban allí porque Nuestro Señor los llamó como representantes. Quería tener representantes de esos pueblos, eligió a quién representaría y se hizo la representación. Y fue válido, con su carácter simbólico, aunque no hubo sufragio de ningún tipo para ser elegidos, ningún poder que los acreditara a los pies de Nuestro Señor.

     Y el hecho es que hubo allí uno de cada uno de estos pueblos, constituía, en el orden absoluto y profundo de los hechos, una verdadera representación. Allí, de hecho, estaban representando a todos. Esta representación tuvo un valor en los planes de Providencia. Solo habían tres, pero estos tres representaban algo en los planes de Dios.


Calvario, siglo 18. Escuela Cusqueña



     Algo así lo encontramos al pie de la Cruz. Con Nuestra Señora, San Juan y las santas mujeres que representan todo lo bueno y fiel en el género humano en el pasado, en el presente y en el futuro, también al pie de la Cruz. Representan una delegación, están representando en su calidad de fieles, están al pie de la Cruz. Y a todos los que son de cierta clase de hombres, y se hace en una ocasión muy solemne, naturalmente representan a sus contrapartes. Por eso representaban a sus contrapartes mediante divina selección y elección.

     Hoy, al pie de la Iglesia humillada, Nuestra Señora quiso que, aunque pocos, verdaderos católicos representaran la fidelidad de generaciones pasadas, presentes y futuras.

     Y podemos preguntarnos si se puede sacar algo de esta verdad que se aplica a nosotros. También somos pocos [los que aún somos íntegramente fieles], también representamos una minoría muy pequeña y tan comprimidos que cuando sentimos que somos muchos —pero muchos no en el sentido de masa de la población— sino muchos solo en relación en lo pueda normalmente las relaciones de un hombre, ya nos sentimos asombrados, que es antinatural en nuestro tiempo que seamos numerosos.

     Sin embargo, representamos aquel deber que es la fidelidad; a los pies de la Iglesia perseguida, a los pies de la Iglesia humillada, a los pies de la Iglesia desechada, en una época de la más profunda confusión de su historia, Nuestra Señora quiso que representáramos la fidelidad, la pureza, la ortodoxia, la osadía, el espíritu de iniciativa, de ataque, de acción, en un momento en que todo lo que se habla es de retirada, de hacer compromisos, de estar vencidos.

     ¿Qué representamos nosotros ahí? Al pie de esta nueva crucifixión de Nuestro Señor que vive la Iglesia, representamos a todos los fieles, representamos la fidelidad de todos los que fueron fieles en el pasado, de todos los que durmieron en la paz del Señor y que nos precedieron. Si un San Gregorio, si un San Luis de Francia, si un San Luis María Grignon de Monfort, si un San Fernando de Castilla, un Beato Nuno Alvares, si hubiesen podido conocer ellos, al morir, que en un tiempo de crisis de tal magnitud habrían aún creyentes que representarían la fidelidad de toda la Iglesia Católica, nos habrían bendecido desde lejos, se habrían sentido como nuestros homólogos, de sentirse representados, desde lejos habrían sentido una especie de alivio: “al menos están haciendo lo que yo hubiera querido hacer si yo estuviera vivo en ese momento”, seguramente pensarían.

     Somos, por tanto, representantes de todos ellos, estamos representando a todas las almas fieles esparcidas y aplastadas por este mundo y que no saben dónde depositar su fidelidad, pero que quieren hacer lo que estamos haciendo. Estamos representando las almas que vienen después de nosotros, esas almas que, mirando hacia atrás, estarán entusiasmadas con lo que hacemos. Dirán: “si estuviéramos en ese momento, haríamos lo mismo”.

     Existen estas interpenetraciones en la historia, debido a esta doctrina de la representación, algunas de las cuales son realmente impresionantes: Los señores saben que cuando San Remigio y sus ayudantes catequizaron a Clovis y sus Francos, cuando se les enseñaba la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, alzaron al instante sus lanzas y gritando fuertemente dijeron: "¿Por qué no estuvimos allí en el momento de la Pasión para defender a Nuestro Señor?"

     Y estuvieron presentes. Porque, en la Pasión, Nuestro Señor en su corazón previó lo que querían, previó que dirían eso, y fue una gran consolación para Él en ese momento. Existe, por tanto, una especie de reversibilidad en el tiempo de estas diversas acciones, y todo ello se funde en un escenario único y grandioso; en este escenario único y grandioso, los pocos fieles de esa época representan toda la fidelidad pasada, presente y futura.



Seamos para Nuestra Señora lo que la Verónica fue para Nuestro Señor


Jesús y la Verónica. Carlo Caliari. Basílica dei Santi Giovanni e Paolo, Venecia




     Hay algo que causó gran impresión en el grupo, los señores conocen la situación histórica en la que nos encontramos, es precisamente esta: Nuestra Señora es como una reina sentada en su trono, pero, por maldad de los hombres —¡y qué hombres!— es ya humillada, ya atada con cuerdas y ya condenada a ser arrancada de su trono. En esa sala donde se prepara este crimen, unos pocos son fieles y están dispuestos a hacer cualquier cosa para que este crimen no se consuma. Estos fieles, que están luchando en este momento, que tienen la incomparable felicidad de soportar los sufrimientos, las incertidumbres, las torturas espirituales de esta situación, estos fieles representan todas las almas marianas del pasado, presente y futuro en este momento de tanto sufrimiento por Nuestra Señora.

     Somos para Nuestra Señora lo que la Verónica fue para Nuestro Señor. Limpiando el Divino Rostro, la Verónica representó al mundo entero, y no hubo un alma piadosa, desde el momento de la práctica de este acto, que no sintiera celos de ella y no se sintiera, por así decirlo, representada por ella. Y se nos dio la alegría y la vocación de limpiar el rostro santísimo de Nuestra Señora, lleno de lágrimas, como nos hizo sentir la lágrima en Siracusa [1], en este momento doloroso.




La estrella es para los Magos lo que Nuestra Señora es para nosotros  





     Y sentimos la necesidad de representar en este acto, frente a lo que representaron los Reyes Magos ante el Niño Jesús. La doctrina de la representación debería animarnos. Pidamos a los Reyes Magos que oren por nosotros —ciertamente ellos están en el Cielo con Dios— para que tengamos una de las muchas formas de coraje que se nos pide y que debemos tener, el coraje de estar solos como ellos; solos en medio del mundo pagano, listos a pasar aquel desierto, esperando ver la estrella, esperando la hora de Dios, para cumplir con su voluntad cuando aparezca aquella Estrella, y cumplir con toda fidelidad y puntualidad, cuando aparezca.

     La hora, para ellos, fue consoladora: fue la hora en que nació el Niño Jesús. La hora, para nosotros, debe ser la hora de la plena realización de los acontecimientos previstos por Nuestra Señora en Fátima y en consonancia con los anunciados por Nuestra Señora del Buen Suceso; pero, en cualquier caso, nos llegará el tiempo preciso en el que la Estrella que es Nuestra Señora nos dirá que ha llegado el momento. No será una estrella exterior, será una voz interior que es Su voz. Será una convicción que los tiempos tendrán su fin, que felizmente ha llegado la hora. Debemos prepararnos para esa hora, para ser modelos de exactitud y fidelidad como lo fueron los Magos, siendo ahora modelos de fidelidad en aislamiento.

Adaptado de la conferencia dada por Plinio Corrêa de Oliveira, el 5 de enero de 1965

(1) Milagrosa lacrimación de una imagen de la Santísima Virgen en Siracusa - Italia, ocurrida en 1953.

jueves, 31 de diciembre de 2020

FELIZ NAVIDAD Y FELIZ AÑO NUEVO






                
FELIZ NAVIDAD y
 FELIZ AÑO NUEVO



¡Penitencia, Penitencia, Penitencia! Si el mundo actual quiere salir del caos en que se encuentra, debe en primer lugar, regresar al regazo materno de la Santísima Virgen

 






En Lourdes, la Santísima Virgen manifestó que el medio por el cual el mundo podía apartarse de los flagelos divinos que penden sobre él, es mediante el arrepentimiento y la conversión: ¡Penitencia, penitencia, penitencia! dijo la Madre de Dios, el 24 de febrero de 1958 a Santa Bernadette, además de pedirle que rece por la conversión de los pecadores.

El Tercer Secreto de Fátima nos presenta a un ángel con una espada de fuego, dispuesto a lanzar sus llamas contra la humanidad reunida a la vista de Nuestra Señora. La Virgen María, con el fulgor que salía de sus manos extingue ese fuego, pero “el ángel, señalando la tierra con su mano derecha, con voz fuerte dijo: ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!” La escena siguiente es la de una ciudad semi destruida.
Ante eso la interpretación parece obvia: la humanidad se está mereciendo un castigo de proporciones apocalípticas. Para evitarlo, el ángel muestra la solución: 
“¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!”.
Fue concedido, pues, a la humanidad, un tiempo para hacer penitencia, la cual, si no es hecha, acarreará un mundo semi destruido.



Pero el sendero de la penitencia es precisamente el que mundo actual, agobiado por crisis de toda índole, inclúyase una muy profunda crisis en la Iglesia, y otra sanitaria, la pandemia del Covid 19, no quiere tomar.
En Fátima, la Santísima Virgen en Fátima tenía muy en vista el estado concreto del mundo en nuestros días. ¿Habrá algún sentido especial que dar a la penitencia que podamos hacer, frente a la actual situación de la sociedad moderna? —La respuesta es Sí.

En su primera aparición, el día 13 de mayo de 1917, preguntó a los videntes: “¿Quieren ofrecer a Dios, para soportar todos los sufrimientos que os quiera enviar en reparación por los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?”  “Sí, queremos” — respondió Lucía. Nuestra Señora continuó: “Irán, pues, a sufrir mucho, pero la gracia de Dios será vuestra fortaleza”.

Es importante observar cómo María Santísima considera el sufrimiento, aceptado por amor de Dios, como valioso para la conversión de los pecadores. Ella misma insistirá sobre esta idea en las siguientes apariciones. En la cuarta aparición llegó a decir: “Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, que muchas almas se van al infierno por no haber quién se sacrifique y pida por ellas”.

La penitencia consiste en una privación que nos imponemos voluntariamente, o en un sufrimiento que se abate sobre nosotros, y que aceptamos por amor de Dios. En último análisis, consiste en una participación en los sufrimientos de Nuestro Señor Jesucristo, en su Pasión y Muerte en la Cruz.

San Pablo decía: “Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo” (Col 1, 24). Es decir, Jesucristo quiso asociarnos a los méritos infinitos de su Pasión, invitándonos a cargar la Cruz junto con Él, así como el Cireneo lo hizo en la subida al Calvario. Con nuestros sufrimientos —aunque sean de pequeño valor— unidos a los de valor infinito de nuestro Redentor, nuestros pecados son perdonados (claro está, que esto no excluye la confesión sacramental hecha al sacerdote en el caso de los pecados mortales), así como ayudamos a pagar las culpas de los demás hombres.

Pero además, Dios nos exige otra penitencia, quizás más importante en nuestros días: consiste en enfrentar los errores y pecados de la sociedad moderna.

La causa dominante de la presente situación de pecado es el proceso revolucionario que tiene sus raíces hacia el final de la Edad Media con el advenimiento del Renacimiento. Y una de sus manifestaciones más protuberantes es la laicidad del Estado, que destronó a la Santa Iglesia de su lugar de Reina, a que tenía derecho como la única y verdadera Iglesia instituida por Nuestro Señor Jesucristo. En consecuencia, sus leyes no se imponen más sobre toda la sociedad, que pasa a impugnar los principios fundamentales de su moral, y hasta de la ley natural, de la cual la Iglesia es guardiana.

La familia, célula básica de la sociedad, está hecha pedazos: el matrimonio religioso, cuando aún se realiza, es precedido por el “enamoramiento”, que ya es considerado como detentor de todos los derechos del matrimonio legítimo. Las “parejas” más conservadoras aún usan el anillo en la mano derecha, presentándose como antiguamente lo hacían los novios, a la espera del matrimonio religioso que está por realizarse. Pero viven en una unión de hecho…

La anticoncepción se generalizó, no sólo dentro del matrimonio, sino ya en el período del “enamoramiento”, y hasta entre adolescentes que ni siquiera tienen la edad legal para casarse.

Como esta situación da origen a embarazos precoces, presentan como solución el aborto, cuya legalización pasa a ser reivindicada de la forma más amplia posible.

En ese contexto de liberación total, no debe sorprendernos que el homosexualismo pase a exigir derechos de ciudadanía, y comiencen a ser aceptados por la sociedad “parejas” de dos padres o de dos madres. Y hasta se pretende que quien se oponga a ello tenga su libertad de opinión coartada y sea condenado por “crimen de homofobia”.

Para completar el cuadro de las abominaciones, las personas mayores que persistan en vivir mucho o los enfermos que den mucho trabajo, ¡corren el riesgo de ser eliminados por la eutanasia!

Frente a este panorama, ser católico exige el sufrimiento de no tolerar los errores del mundo moderno; exige una actitud de heroísmo, la valentía de decir “¡estoy en contra!”, “¡no lo acepto!”:

— ¡No acepto el enamoramiento como equivalente al matrimonio!

— ¡No acepto el matrimonio civil como equivalente al matrimonio religioso!

— ¡No acepto la anticoncepción dentro o fuera del matrimonio!

— ¡No acepto el “matrimonio” entre personas del mismo sexo!

— ¡No acepto el aborto en ningún caso!

— ¡No acepto la eutanasia!

Ésta es la penitencia más importante que el Mensaje de Fátima exige de nosotros, para evitar el cataclismo anunciado.

En síntesis, esa penitencia se traduce en la valentía de enfrentar al mundo, en la valentía heroica de decir:

— ¡Yo persevero en la fe en Dios!

— ¡Yo persevero en la fe en Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios y de la Virgen María!

— ¡Yo persevero en la fidelidad a las enseñanzas de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, fundada sobre la roca de Pedro y perpetuada por sus legítimos sucesores! ¡Que la Santísima Virgen me ayude! 

Monseñor José Luis Villac*


Fuentes: 
Revista Catolicismo
Tesoros de la Fe

Monseñor José Luiz Villac


*Monseñor José Luis Marinho Villac, nació en São Paulo, el 26 de julio de 1929. Sus padres, católicos ejemplares, lo orientaron desde muy temprano hacia el servicio de la Iglesia. La Cruzada Eucarística, la Congregación Mariana del Colegio San Luis, en la capital paulista, el grupo de amigos formado por Plinio Corrêa de Oliveira, y el Seminario de San Leopoldo, en Río Grande del Sur, fueron las etapas de su formación religiosa, coronada con su solemne ordenación sacerdotal el 1 de diciembre de 1597 en Jacarezinho, Paraná. Inició así, una larga trayectoria de 60 años de celo apostólico y de dedicación a la causa en defensa de la Santa Iglesia y de la Civilización Cristiana.

Monseñor Villac fue un verdadero y celoso sacerdote de Nuestro Señor Jesucristo. Reflejaba una profunda vida interior, cercando su persona y sus actos de una gravedad conveniente a su ministerio. Fue un confesor inflexible, director espiritual, administrador y rector de seminario, atendía a todos, orientándolos, aliviándolos y estimulándolos a tomar las vías de Dios.

Desde 1996, fue destacado y apreciado colaborador de la revista católica brasileña, Catolicismo. Su sección La Palabra del Sacerdote, publicada mensualmente, fue de las más leídas, constituyéndose en un  verdadero curso de doctrina católica y de respuesta a preguntas de sus lectores.

Merece especial destaque su particular relación con Plinio Corrêa de Oliveira, su padrino de Ordenación Sacerdotal, y con quien estableciéndose entre ambos, una profunda afinidad de pensamiento y de propósitos, que duraría toda la vida. El Dr. Plinio tenía en su ahijado, una gran confianza como confesor y orientador de conciencias, y a él recorrió en innumerables ocasiones para resolver cuestiones canónicas o espirituales. Monseñor reconoció en el líder católico brasileño, la vocación princeps de denunciar la Revolución anticristiana y de emprender la Contra-Revolución, una visión referente para toda acción apostólica en nuestra época. Por una feliz disposición de la Providencia, el admirable sacerdote fue quien le administró, en octubre de 1995, los últimos sacramentos a su padrino de Ordenación Sacerdotal. Monseñor José Luis Villac falleció el 27 de octubre de 2018, a los 89 años.

viernes, 25 de diciembre de 2020

Stille Nacht, la canción de Navidad que bajó del Cielo - VIDEOS

 




 VIDEO

Stille Nacht, la canción de Navidad 

que bajó del Cielo



VIDEO

El canto Stille Nacht comentado por 

Plinio Corrêa de Oliveira (en portugués)



La simple y llana historia de un himno providencial


     Hertha Ernestine Pauli (1906-73) en su libro Ein Lied vom Himmel (Una canción del cielo) cuenta la historia del Stille Nacht. Ahí señala que la aldea austríaca de Oberndorf es vecina de Salsburgo, la famosa ciudad natal de Mozart. En el centro de la misma, a orillas de un sonoro riachuelo de montaña, el Salzach, se alza la iglesia de San Nicolás, cuya torre domina el paisaje. En 1818, San Nicolás era una construcción pequeña y pobre, rodeada de pocas casas. Visto desde uno de los altos picos que lo circundan, este pequeño conjunto arquitectónico parece un remoto nido de pájaros entre altas montañas.

     Un joven sacerdote, Joseph Franz Mohr (1792-1848), era párroco de San Nicolás. También había una escuela en la aldea, cuyo maestro era Franz Xaver Gruber (1787-1863), un modesto organista y compositor, gran amigo del padre Mohr. Eran las personas más instruidas del lugar. Franz era cinco años mayor que el padre Mohr y tenía 29 años de edad cuando fue destacado para enseñar en la escuela de Oberndorf. En la tranquilidad de la aldea, podían seguir con la mayor calma las inspiraciones poéticas y musicales de sus corazones. Gélidos inviernos los recogían en sus casas, donde se dedicaban a escribir y componer.

     Con una clara vena poética, el padre Mohr expresaba a menudo sus pensamientos por medio de versos simples y sin mayores pretensiones, donde interpretaba los sentimientos de su región y de su país. En vísperas de la Navidad de 1818, dirigió su mirada a las montañas vecinas —cuyos caminos solía recorrer en las visitas pastorales a sus feligreses, en el silencio de los valles y en medio de los pinos nevados— y sintió promesas de paz y de bendición propias de la Noche Sagrada en que nació el Salvador.

     Estas percepciones de su sensibilidad le hicieron caminar suavemente entre los abundantes copos de nieve, acompañando el repicar de las campanas de las aldeas vecinas. Se le ocurrió entonces ofrecer al Niño Jesús la poesía que palpitaba en su pecho. Escribió un poema corto, inocente y puro, que hoy es la letra de la canción navideña más famosa del mundo: el Stille Nacht.


Modesto debut musical, en la Navidad de 1818

     — “Estos versos también palpitan en mi alma”. El padre Mohr pronto le mostró el poema a su amigo Gruber. El maestro de escuela recibió el escrito del sacerdote, lo leyó atentamente y le hizo una confidencia:

     Volvió a leer el poema, pensando en las notas musicales para cada frase, y pidió su consentimiento para componer una canción:

     — “Si la composición sale bien, quizás podamos cantarla en Nochebuena”.

     En las primeras notas —todavía vacilantes, corregidas sucesivamente, modificadas, pero ya sorprendentemente encantadoras— el padre Mohr se dejó maravillar. Luego llevaron el texto y la partitura al coro de la pequeña iglesia de San Nicolás, compuesto por feligreses con buena voz, que la admiraron y la ensayaron. Embelesado, el coro la cantó por primera vez la noche de Navidad de 1818.

     Poco después, un conocido constructor de órganos, Karl Mauracher, de paso por la aldea, escuchó en recogido silencio la canción navideña recién compuesta. Cogiendo su larga barba, dijo pausadamente:

     — “Me gustaría escuchar eso una vez más, señor Gruber”.

     El profesor atendió el pedido del instruido organista y junto con el sacerdote la volvió a cantar. De regreso a la ciudad, Mauracher pidió permiso para llevarse la letra y la partitura. Allí la envió a otros coros, recomendándola con su autoridad musical. No hubo quien no la admirara y comenzó a ser interpretada con motivo de las fiestas navideñas, pues sería inapropiado fuera de aquel ambiente. Y así, de Navidad en Navidad, dondequiera que era presentada, la canción transportaba las almas al pesebre donde dormía el Divino Niño, impregnándolas con la unción que emanaba de la Sagrada Familia.

     El Stille Nacht despertaba la imaginación. Y esta es exactamente la finalidad de la música. Era como una rendija entre las tablas del establo de Belén, a través de la cual se podía escuchar y sentir ese momento grandioso de la gruta bendita, en la vida doméstica de la Sagrada Familia.

     Así, la música comenzó a extenderse por la región vecina del Tirol y luego por toda Austria. Cruzando los Alpes, llegó a Alemania, y desde entonces ha sido cantada con ternura y compenetración en todo el mundo cristiano.



Fuente: 

Revista Catolicismo

martes, 22 de diciembre de 2020

El milagro del Niño Jesús en Hungría comunista (incluye video)

 






     Los hechos presentados a continuación los publicó por primera vez, en 1858, la periodista católica polaca afincada en París, María Winowska, en su libro "Les Voleurs de Dieu", de la editorial Saint-Paul de la capital francesa, que luego fue reeditado muchas veces y en varios idiomas.

     Maria Winowska (1909-1993) fue una de las fundadoras de la revista "Verbum" en Polonia en 1933 (cuando tenía 24 años). En 1940 vivía en Toulouse, Francia, y colaboró con la resistencia francesa y los servicios secretos aliados. No fue una desconocida: en 1950 recibió un premio de la Academia francesa por su libro "Le Fou de Notre-Dame, Le Père Maximilien Kolbe".

     Diplomada en filología clásica, devota de Santa Faustina Kowalska y del Padre Pío, era muy crítica con la jerarquía polaca y cierta izquierda cuando parecía ceder a presiones del gobierno comunista y a menudo la criticaba en libros con pseudónimo (por ejemplo, con el nombre Pierre Lennert, escribió "La Iglesia Católica en Polonia").

     La fuente de la historia relatada a continuación es un sacerdote húngaro al que la periodista llama "Padre Norbert", que es quien se la contó. Este sacerdote huyó de Hungría en 1956, con la invasión de los tanques rusos, pocos meses después de los hechos que aquí cuenta. El suceso se dio en la escuela del pueblo húngaro que él atendía, cuyo nombre no proporciona, pero especifica que tenía unos 1.500 habitantes. Puesto que el libro se publica menos de dos años después, es un hecho fresco en su memoria. Las fuentes del sacerdote son varias de las niñas que asistieron al hecho.

Dictadura comunista, maestra atea militante




     Se acercaban las fiestas de Navidad de 1955 en aquel pueblo húngaro bajo la dictadura comunista. La maestra, Gertrudis, atea y comunista, tenía como objetivo educar a las niñas de la escuela en el ateísmo y el materialismo marxista. El párroco Norbert así lo narra a la periodista Winowska:

     "Ella aprovechaba cualquier ocasión para burlarse, denigrar y despreciar la fe de sus alumnas. Se la tomaba sobre todo con las niñas que recibían con frecuencia la Sagrada Comunión. En el curso de 4ºA, la mejor alumna era Angela, quien no sólo era muy inteligente, sino además era una chiquilla buena y generosa, gracias a lo cual se ganaba la simpatía de sus compañeras. Un día me pidió permiso para recibir a diario la Sagrada Comunión. Le pregunté:
'¿sabes a lo que te expones?' Riéndose, me respondió muy resoluta: 'Señor cura, a ella le costará trabajo pillarme haciendo alguna falta, se lo aseguro'".

     Gertrudis se embarcó entonces en una auténtica cruzada por encontrar en su devota alumna de 10 años algún motivo para hacerle la vida difícil.

     Cuando el sacerdote preguntaba a la niña si no sería demasiado acoso para ella, Angela respondía que no, que aún no le habían escupido como a Jesús.

     "Gertrudis, dejando de lado el cumplimiento del programa educativo, 
desplegaba sobre la clase todo un arsenal de argumentos en contra de la fe, frente a los cuales Angela no era capaz de responder. Se quedaba de pie callada y cabizbaja, conteniendo el llanto. Tenía una fe inamovible, pero no sabía como defenderla", leemos en "Les voleurs de Dieu".


La fe, una superstición; Cristo, como Caperucita

     El 17 de diciembre la profesora puso en marcha un juego burlón buscando terminar con las "supersticiones ancestrales que infestaban la escuela", como solía llamar a las creencias cristianas.


Una imagen clásica de felelés en una escuela húngara

     Hizo poner de pie a Angela en medio de la clase, rodeada de sus compañeras. Era el temido felelés, como llamaban en las escuelas húngaras al ser examinado de pie ante todos los compañeros junto a la pizarra. La maestra planteó lo siguiente:

     - A ver, niña mía, cuando tus padres te llaman, ¿qué sucede? Que vienes. Y si llaman al deshollinador, él viene. Pero si llaman a tu abuela no vendrá, porque está muerta. Y si llaman a Barba Azul o a Caperucita Roja, o la Cenicienta o al Gato con Botas, ¿qué pasará?

     - No vendrá nadie, porque son personajes de cuentos -respondió Angela.

     - Perfecto. Como pueden ver, niñas, los vivos, los que existen, responden al llamado, pero no responderán los que no existen o han dejado de vivir. ¿Está claro, ¿no?

     -Sí -respondió en coro la clase. (A las niñas no se les ocurrió ser posible que alguien que está vivo no llegue a oír que se le llame, o que lo oiga pero algo le impida acudir, o que tenga buenas razones para decidir no acudir).

     - Supongamos ahora que Ustedes llaman al Niño Jesús. ¿Hay entre ustedes alguna que todavía crea en el Niño Jesús? -planteó la maestra.

     Después de un instante de silencio, algunas niñas dijeron tímidamente "sí, sí". La maestra preguntó entonces directamente a Angela, y la niña respondió:

     - Sí, yo creo que Él me escucha.


     - Muy bien, hagamos el experimento -dijo Gertrudis: -Si el Niño Jesús existe, escuchará tu llamado. Griten entonces, todas juntas y muy fuerte: ¡ven, Niño Jesús! A la una, a las dos... ¡y a las tres!

     Las niñas, cabizbajas, no se atrevían a hacerlo. Aquel silencio lleno de tensión quedó roto por el estallido de una sarcástica carcajada de la maestra quien sentenció:

     - Aquí es a donde quería hacerlas llegar. Aquí está mi prueba. Ustedes no se atreven a llamarlo, porque saben bien que su Niño Jesús 
¡no vendrá! Y si no las escucha es porque no existe, como Caperucita Roja o Blancanieves; porque no es más que un mito, una historia para mujeres buenas que ronronean junto al fuego y que nadie se toma en serio porque no es verdadera -proclamaba Gertrudis, triunfante.

     Las niñas, calladas y desconcertadas, pensaban que aquél parecía un argumento de peso. Si el Niño Jesús existe, ¿por qué no se lo puede ver?

Sucede lo inesperado

     Angela se colocó en medio del aula -se entiende que entre las niñas, alejándose de la pizarra y la maestra- y con un brillo en los ojos dijo:

     - Bien, nosotras lo llamaremos. ¿De acuerdo? Todas juntas: ¡Ven, Niño Jesús! 
¡Ven, Niño Jesús!

     Las niñas dudaron un poco, pero Angela les habló de nuevo y ellas repitieron el llamado: "¡Ven, Niño Jesús!"

     La narración de Winowska, a partir del testimonio del párroco, es detallada, y al parecer se basa en la narración de varias de las niñas, no sólo de una, ya que habla de lo que "contaban después".

     "Las niñas no estaban viendo hacia la puerta. Su vista la tenían dirigida al frente, hacia Angela. Entonces la puerta se abrió silenciosamente. Las alumnas vieron sin querer hacia la entrada del aula, cuando -como contaban después- 
'toda la luz del día huyó de repente hacia la puerta'. Esa claridad se hacía cada vez más intensa, hasta que al final se formó algo parecido a una esfera de luz. Las niñas quedaron atemorizadas por aquel fenómeno inesperado. Tenían tanto miedo que incluso eran incapaces de gritar".

     "De repente, la esfera luminosa se entreabrió y de adentro apareció un niño muy pequeño, quien sonrió a la clase, pero no dijo nada. Como recordaban luego las que habían participado en este acontecimiento extraordinario, se trataba de un niño 'hermoso como nunca antes ellas habían visto', y su presencia 'era de una inmensa dulzura'. El niñito 'estaba vestido de blanco y parecía un solecito'."

     "Las alumnas dejaron de sentir temor y la alegría se adueñó de ellas. Algunas niñas se quejaban de que les dolían los ojos por el resplandor que irradiaba Jesús. Otras, en cambio, podían contemplarlo sin problemas. El niño no decía nada, solamente se reía. Al final, desapareció en la esfera de luz, la cual también se fue difuminando poco a poco. La puerta, sin embargo, se cerró igual en silencio".
 



Un silencio, unos gritos, una oración

     "Todo este hecho duró... ¿un instante, un cuarto de hora, una hora? En esta cuestión hay diversidad de pareceres. Con toda seguridad no debió superar el límite de tiempo que marca lo que dura una clase. Las niñas no salían de su asombro y de la impresión eran incapaces de emitir cualquier sonido".

     "El silencio lo rompieron, no obstante, los gritos estridentes de la maestra que decía: 
'¡Ha venido, ha venido!'. A continuación salió corriendo del aula, dando un portazo tras de sí. Angela, en cambio, 'parecía salir de un sueño'. Ella dijo simplemente: '¿Lo ves? Él existe. Y ahora, vamos a darle las gracias'. Todas las niñas se pusieron sumisamente de rodillas y rezaron el Padrenuestro, el Avemaría y el Gloria. Después sonó la sirena del colegio y las alumnas salieron al recreo".

     "Esta historia, evidentemente, se difundió enseguida, puesto que Gertrudis repetía sin cesar: ¡Ha venido! ¡Ha venido! En tal estado no podía quedarse más tiempo en la escuela. Al final de todo la internaron en un hospital psiquiátrico. Intenté verme con ella, pero fue en vano, ya que no estaba permitido a los sacerdotes entrar en un centro para enfermos mentales. Angela, en cambio, al acabar la escuela se dedicó a ayudar a su madre, cuidando de sus hermanos pequeños. Pienso que la vocación iba madurando despacio en ella, pero desde que abandoné Hungría no tengo noticias al respecto", concluye la narración que Winowska publicó, a partir de las palabras del sacerdote húngaro, en plena Guerra Fría, y que sin duda reforzó la fe y la esperanza de muchos cristianos en ambos lados del tiránico Telón de Acero.


VIDEO (en portugués)



Fuente: 

- Religión en Libertad

- Video: IPCO

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