jueves, 26 de enero de 2023

La extraordinaria herencia que nos dejó la Madre Mariana de Jesús Torres

 




     El testamento de la Venerable Madre Mariana de Jesús Torres, es realmente excepcional. Por su profundo contenido espiritual, su lectura enriquece y eleva el alma; en él, la religiosa concepcionista española, nos legó una serie de maravillas para ser admiradas con nuestros ojos y veneradas con fervor, resaltando entre todas, la portentosa Imagen de Nuestra Señora del Buen Suceso. 

     En medio de un mundo cada vez más gobernado por el igualitarismo, el error y la vulgaridad, es menester que admiremos la majestad, misericordia, poder, belleza, justicia, bondad, pureza y superioridad incomparables y que en la Sagrada Imagen se reflejan de modo admirable. Desea Ella, gobernar nuestras almas enteramente.

     En su testamento, la Sierva de Dios, fallecida el 16 de enero de 1635, nos incentiva a mover nuestras almas en dicho sentido. Reside ahí el fundamento de una auténtica devoción a Nuestra del Buen Suceso:

      "Mientras el Divino Maestro se hallaba colgado en el infame patíbulo de la Cruz, expirando entre dolores y tormentos casi infinitos, la cuarta palabra que pronunció o que dejó como legado a la humanidad redimida, fue dejarnos como madre a su propia Madre. Y, dirigiéndose a la Virgen Madre, le dijo: 'Madre he aquí a tu hijo', el discípulo amado. Y luego, dirigiéndose a él, le dijo: 'Aquí tienes a tu Madre'.

     "Apropiándome de esta cuarta palabra de mi esposo moribundo, yo, moribunda Madre de éstas mis hijas, les digo mis últimas palabras en el lecho de la agonía. Me dirijo a Ustedes, mis hijas actuales, como también a todas que lo serán en todos los tiempos, hasta la consumación de los siglos.

     "Ahí tienen a su Madre del Cielo, María Santísima del Buen Suceso. Ella les dará siempre buenos sucesos.

     "Como Ustedes saben, Ella siempre me trató con su amabilidad y ternura de Madre, y me ordenó mandar a elaborar una estatua, nombrando para esto a un hombre de Dios, como lo fue Francisco del Castillo, quien ya goza de la Eternidad. Quiso él, una vez terminada su obra, darle los últimos retoques con los mejores barnices y pinturas. Pero la amabilísima voluntad de nuestro buen Dios, por el amor de predilección que tiene para éste, su querido Monasterio, dispuso que la bella Imagen que se encuentra en el coro alto sobre el sillón de las señoras Abadesas, fuese no sólo acabada por los ángeles, sino ¡Oh prodigio!, ¡terminada por ellos!

     "[Me fue dado poder ver que] las primeras manos de pintura aplicadas en la imagen por don Francisco, se hallaban regadas en el suelo. Él, lleno de un especial espíritu de admiración y honestidad, aseguró después bajo juramento y por escrito, que el acabado de la imagen no era el mismo que él había logrado en el día anterior, siendo tal la sacralidad y respeto que emanaba la estatua, que no osaría ni siquiera besarla pues la consideraba una obra de los ángeles y no suya.

     "A partir de entonces sucedieron tantos y tantos prodigios relacionados con la santa Imagen, la cual les dejo como herencia, y así constará en mi testamento. Ámenla con entusiasmo y con amor porque Ella ha querido ser la perpetua Abadesa de este Monasterio, el cual le pertenece. Por eso ordenó ser colocada en el lugar en que se encuentra, con las llaves de la clausura puestas en sus benditas manos, para proteger su morada de la codicia de los hombres incitados por el diablo en todos los tiempos, y contra la satánica envidia, que con empeño y poder diabólicos, querrá destruir esta obra de Dios.

     "Amen mucho a la Santísima Virgen. Imiten sus virtudes, sobre todo su profunda humildad. Su ardiente amor a Dios y a los pobres pecadores. Conserven y difundan el culto a Nuestra Señora bajo la tierna advocación del Buen Suceso y con ésta obtendrán todo cuanto pidan a Jesús y a María".

     Con toda certeza, Nuestra Señora dará también al mundo, cada vez más perdido, el colosal buen suceso del desplome de Satanás, y de su obra, la Revolución anticristiana.


Tomado de la obra Vida admirable de la Madre Mariana de Jesús Torres, Padre Manoel de Souza Pereira OFM. Las palabras en negrito fueron resaltadas por nuestro blog).




lunes, 16 de enero de 2023

El memorable día de la muerte de la Madre Mariana de Jesús Torres

 









 Continuación del artículo anterior Enfermedad y muerte de la Venerable Madre Mariana de Jesús Torres

     

     El obispo había ordenado que se le avise de inmediato cuando la Madre Mariana se haya agravado pues quería él personalmente administrarle los últimos Sacramentos y asistir en la muerte a aquella criatura verdaderamente justa y acrisolada durante toda la vida por el fuego más riguroso y altivo de la tribulación. Infelizmente, ese día el prelado amaneció con fiebre y lamentó profundamente no poder acudir al Convento.

     Por tal motivo, tan noble tarea recayó en manos del Padre Anguita, quien presuroso se puso en marcha rumbo al Monasterio de la Concepción, acompañado del Padre Guardián.

     Luego de entrar a la clausura por el coro inferior, el misionero franciscano confesó a la santa enferma. El claustro estaba exuberantemente adornado con guirnaldas y cortinas y el suelo revestido de flores. Se percibía un aroma del Cielo, el fervor del espíritu aumentaba y se sentía una paz celestial.

      En la celda en que se encontraba agonizante la Madre Mariana, se había improvisado un modesto pero bello altar. Encima del mismo, fue colocado un Cristo grande de la Agonía que inspiraba devoción, ternura y amor, elevaba el espíritu e inculcaba en el alma el desprecio por las cosas terrenales, en sí mismas banales y perecibles, evocando las palabras de Salomón: "Vanidad de vanidades, todo es vanidad y aflicción de espíritu. Amar y servir a Dios es lo único que vale" (Ecles. 1,2).

     Los dos sacerdotes conducían en procesión al Santísimo Sacramento por los pasillos del Claustro rumbo a la enfermería, iniciando así tal dolorosa y conmovedora ceremonia.

    Para acompañar el recorrido de Su Majestad, doce religiosas entonaron el "Pange Lingua" con primor, pareciendo un coro de espíritus angélicos.

     La procesión entró finalmente en la celda, mientras la Madre Mariana aguardaba al Esposo Celestial como la virgen prudente con la lámpara en la mano. Su lámpara estaba adornada con las virtudes heroicas y sólidas, practicadas durante sus casi sesenta años de vida monástica. Lámpara encendida vigorosamente por el fuego del ardiente amor a Dios y al prójimo, por quien muchas veces se ofreció como víctima para alcanzarle la conversión y la salvación; lámpara provista de suficiente aceite del sacrificio y del completo abandono a la voluntad de Dios.

     Esperaba ansiosa al Dios de su amores, con el rostro cubierto con el velo de la clausura, y cuando escuchó el tañido de la campanita entonó con primor y melodía el cántico "Ven Hostia Divina", que enfervorizaba el alma de los allí presentes y los llenaba de santas emociones.

     Terminado el canto, y con el Santísimo Sacramento ya en el Altar, los sacerdotes se aproximaron a la enferma, acompañados de la Madre Abadesa y de la Congregación del Convento. El Padre Guardián le dirigió las siguientes palabras inolvidables:

     "Madre Mariana de Jesús, llegó el gran momento de tu partida. Darás el gran salto del tiempo hacia la eternidad, del cual depende tu felicidad o desgracia eterna. Para darte fuerza y valor en este momento supremo, viene Jesucristo en persona, veladamente bajo las especies sacramentales, para entrar en tu pecho y tomar asiento en tu corazón, y en él ser tu escudo y defensa contra la astucia diabólica, que redoblará su furor para perderte.

     "Pero no temas, ¡Esposa predilecta del Cordero Divino!

     "Es propio de la naturaleza humana errar y delinquir. Al despedirte de tus numerosas hijas aquí presentes, te ordeno, en nombre y virtud de la santa obediencia — para que sea más meritorio este último acto de humildad — que pidas perdón por las faltas que pudiste haber cometido en tu vida, dando así algunos malos ejemplos. Para esto únete a Jesucristo, y unida a Él, habla, Madre y hermana, habla".

     Una vez proferidas las palabras del Padre, la santa enferma respondió: "¡Sí, Padre mío, sí! -¡Esto lo he deseado inmensamente!". Y mandó a traer un envoltorio suyo que contenía entre otras cosas, una cuerda negra llena de nudos que luego se la puso en el cuello, y siendo ayudada por la madre enfermera se arrodilló, juntó las manos al pecho y dijo:

     "Madres e hijas queridas, termina por fin mi triste destierro. Dentro de poco ya no me escucharán pues seré como un cadáver inanimado. Escuchen entonces las penúltimas palabras de ésta su hermana, que aquí arrodillada en el lecho de la muerte, con las manos unidas al pecho y con la cuerda colgada en el cuello como culpable, les pide por caridad y bondad, perdón por todos los malos ejemplos que les di durante mi larga vida.

     "Yo debería ser un modelo de santidad y perfección religiosa, por el hecho de ser una de las Fundadoras de este querido Convento y la única que resta de las Madres antiguas que las más jóvenes ni siquiera conocieron, pero mi debilidad y maldad me impidieron ser lo que debería. Perdónenme, les ruego mil veces.

      "Y ahora, les hablaré de un mejor modo: no imiten mis malos ejemplos. Demuestra grandeza de alma y gran virtud religiosa, quien perdona el mal ejemplo y el mal proceder de una hermana que se humilla y pide perdón en el momento supremo de la muerte. Rueguen por mí y no olviden cuanto sufrí y trabajé para sustentar y conservar la observancia de la Regla del Convento. Esto se los suplico postrada a los pies de cada una".

      Terminada esta conmovedora exposición, el Padre dijo emocionado: "Madre, tus hijas y hermanas te perdonan y te aman, y te ruegan que no las olvides en el Cielo. Tampoco te olvides de tus hermanos, los Padres Menores".

      La Madre Mariana respondió:

    "Humildes y reconocidas gracias doy al Autor de todo bien, y a Ustedes Padres.

     "Muero en el seno de la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana, confesando y creyendo todos los Misterios, Verdades y Dogmas que Ella cree, confiesa y manda".

     Después, y como último favor y caridad, pidió que se le permita morir postrada en el piso como lo hizo San Francisco de Asís. Luego de un rato de postración, se le ayudó a arrodillarse y enseguida con las manos juntas pegadas al pecho, comulgó con un fervor que edificaba.

     Finalmente, el Padre Guardián le ordenó quitarse el velo con el que cubría su rostro pues quería proceder cómodamente con la unción de sus sentidos. Su cara ya no estaba pálida sino más bien rosada. Sus ojos azules y vivos exprimían dulzura y tranquilidad, manifestando que su alma era posesión de Dios, a quien nada perturba ni espanta.

          Luego de un breve receso, la Madre Mariana preguntó por la hora, le respondieron que era pasada la una de la tarde. Pidió entonces que toquen la campana de la Comunidad.

          Al escuchar el toque grave, todas las monjas se reunieron y se colocaron alrededor de la santa Fundadora, quien, luego de leerles su Testamento, les dijo:




     "Reciban ahora la última bendición que con la mayor ternura les da su Madre, que las lleva a todas en el corazón y que desde el Cielo velará por Ustedes y por el Convento. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén. 
Que Jesús, María, José y Francisco graben en sus corazones el testamento y también los consejos que les dejo. ¡Adiós, hijas de mi alma!"

     La Comunidad quedó arrodillada delante de ella, que respiraba con mucha dificultad. Su rostro era como una rosa y bella su fisonomía.

     Su vitalidad era escasa, sin embargo se dirigió a los padres en voz baja:

     "Padres y hermanos míos, es hora de partir, encomienden mi alma con sus oraciones, les agradezco por todo. Les ruego que cuiden siempre de este Convento y de sus hermanas. Muero jubilosa y tranquila en los brazos de mi Madre, la Orden Seráfica.

     Terminadas estas palabras, el Padre Anguita le hizo besar un Cristo pequeño usado en sus misiones y se lo colocó en las manos. Ella lo estrechó fuertemente junto a su corazón.

     Cuando los sacerdotes terminaron las oraciones encomendando su alma, dos grandes lágrimas caían por el rosado rostro de la Madre Mariana y con un suspiro profundo su alma bendita salió del cuerpo, el cual fue siempre templo del Espíritu Santo. No tuvo expresiones de aflicción ni contorsiones.

     La campana del reloj público sonaba en aquel momento, las tres de la tarde del memorable día 16 de enero del año del Señor de 1635. A los 72 años de edad, se apagaba en la tierra la lámpara preciosa, para lucir con mayor esplendor en la Jerusalén celestial.

¡Así viven y mueren los santos!

domingo, 15 de enero de 2023

Enfermedad y muerte de la Venerable Madre Mariana de Jesús Torres

 





Venerable Madre Mariana de Jesús torres, cuadro de la época


     A partir del primer día del año de 1635, la Madre Mariana se sintió muy debilitada y empeoraba con el pasar de los días. Pero mejoró para el día de Reyes, el 6 de enero, y se sintió algo restablecida. Justamente en esa fecha hizo una preciosa prédica en la que les enseñó a las religiosas la manera de cómo debían ofrecer al Niño Jesús el oro del amor, el incienso de la oración y la mirra de la mortificación incesante y de la penitencia voluntaria, esta última, con el conocimiento y la bendición del director espiritual para que sea meritoria y agradable a Dios.

     - "¡Ay!, hijas mías — decía la santa fundadora — ¡Cuán necesaria es para las religiosas la santa penitencia!, sea para prevenirse contra las enfermedades del alma como la tibieza, cuyo microbio penetra insensiblemente, o para convertir a los pecadores y salvar esas pobres almas que valen tanto cuanto las nuestras.

     - "¡Amen la santa penitencia! Hagan de ella su virtud predilecta, pues es la joya y el ornato con la que la esposa de Jesucristo se adorna para presentarse siempre bella ante su Divino Esposo, cuyo Santísimo Cuerpo fue destrozado por corazones inhumanos, justamente para salvar nuestras almas.

     - "Como religiosas, debemos llevar siempre en nuestros cuerpos las insignias de la cruz y, ante cualquier calamidad pública o privada, recurrir a la santa penitencia unida a la Pasión dolorosa de nuestro Redentor Divino. Verán que se remedia más rápido de lo que puedan esperar. ¡Oh!, ¡cuán dulces y apetitosos son los frutos de la penitencia!".

Sus últimos días

     A partir del día 7 de enero, la Madre Mariana comenzó a sufrir diariamente desmayos prolongados; era como una lámpara que se extinguía lentamente, sin embargo, no se quedaba en cama y se esforzaba para estar siempre acompañando a su tan amada Comunidad.

     El día 11, y luego de la Comunión, tuvo un fuerte desmayo y luego de sentirse un poco mejor quiso caminar como en los días anteriores pero no resistió y cayó estrepitosamente. Fue llevada a su cama, pero ante su insistencia, fue finalmente conducida a la enfermería pues deseaba terminar allí sus últimos días. Las religiosas, con lágrimas de dolor, atendieron su deseo.

     Ella no volvió a levantarse más. Su bendito cuerpo temblaba como si hubiera sido azotado. Sentía mucha fatiga y los latidos de su corazón eran tan fuertes que podían escucharse de lejos. Los vómitos de sangre eran frecuentes y en abundancia, de día y de noche, y le impedían hablar. Su fisonomía, sin embargo, era suave y serena, como quien espera la recompensa de su arduo esfuerzo; siempre afable, cariñosa, agradecida a cuantas atenciones y servicios les prestaban, lo que cautivaba aún más los corazones.

En las vísperas de la muerte

     El día 14, la monja enfermera le preguntó: "Madre, hoy es es el feliz aniversario de la fundación de nuestro Convento, y Usted, Reverencia, siempre celebró esta fecha con mucha solemnidad junto a sus hijas. Pero ahora que se encuentra muy enferma, ¿querrá que se prepare lo necesario para recibir el Santo Viático y la Extrema Unción?".

     La Madre Mariana le respondió:

     "Hija querida, tienes razón de recordarme lo del aniversario; lo hemos conmemorado siempre y así debe ser hoy y todos años en esta fiesta de la alegría del Corazón de Dios y de nuestra Madre Inmaculada. En cuanto al Santo Viático y la Extrema Unción, aún no es hora. No creas que estoy eludiendo. Recibiré los Sacramentos con el fervor y gozo de mi alma el día 16, el último día de mi vida, después de leerles mi testamento".

16 de enero de 1635

     Amaneció por fin el día 16 de enero del memorable año de 1635.

     Y la santa Fundadora española, Madre Mariana de Jesús Torres, le suplicó a la Priora que mande a llamar a su director espiritual para que le dé los últimos Sacramentos puesto que ella moriría en ese día.

     En ese tiempo, era su confesor. y director espiritual el Rvdmo. Padre Fray Francisco Anguita, un fervoroso misionero franciscano que encomendaba todo su apostolado entre los indios a las oraciones y sacrificios su hija santa.

     La abadesa la escuchó con amargura indecible y llorando, la abrazó diciéndole: "¡Ay!  Madre, ¿Será posible que nos va a dejar? ¿Qué será de nosotros sin Usted, Reverencia? Pídale al Señor que, caritativo y bondadoso, permita que se quede con nosotras al menos un tiempo más".

La santa enferma le respondió:

     "Madre e hija querida, ya están marcados el tiempo y la hora en el reloj divino, y debo irme. Y voy al Cielo a velar por Ustedes y por todas mis futuras hijas de este amado Convento. Aquí viviré siempre, invisible, todo el tiempo.

     En dicho día, la santa Fundadora había amanecido muy debilitada, pero bastó solamente que entrara en comunicación con sus numerosas y afligidas hijas, que sacó fuerzas de flaqueza, y haciendo un supremo esfuerzo se sentó sobre su cama para despedirse de todas y cada una de las monjas, quienes le conversaban, le consultaban y salían en paz, transformadas al mismo tiempo en un mar de lágrimas, y que viendo el tesoro que se les escapaba de las manos, se lamentaban: "Se apaga la luz que nos ilumina, se va nuestra cariñosa madre. El pararrayo de esta pobre ciudad dejará de existir". 

     La noticia de la gravedad de la santa enferma se había corrido rápidamente fuera del Monasterio y en poco tiempo, un gran número de gente, pugnaba entre llantos, por llegar a la puerta. 

     Al escuchar tantos "ayes" de parte de la multitud, la abadesa lloraba también y decía: "Se acabó la madre de los pobres, el consuelo de nuestros dolores, la luz de nuestras tinieblas, nuestro refugio en toda tribulación, la paz de nuestras familias, nuestra intercesora ante Dios". Y la muchedumbre gritaba desde afuera: "¡Madre Marianita, danos tu última bendición! ¡Madre abadesa, denos una reliquia de nuestra Fundadora! ¡Ella es santa!, y por ella esperamos ser favorecidos. Por Dios, ¡no nos prive de este consuelo!".

jueves, 12 de enero de 2023

¿Por qué el tercer secreto de Fátima no fue divulgado en 1960? (PRIMERA PARTE)

 






¿Por qué el tercer secreto de Fátima no fue divulgado en 1960?
(primera parte)


Entrevista al autor del bestseller "Fátima: ¿Mensaje de Tragedia o de Esperanza?"


     El 13 de julio de 1917, la Santísima Virgen transmitió a los tres pequeños videntes de Fátima un mensaje que no deberían revelarlo a nadie. Al ser interrogados, inmediatamente después de la aparición, sobre lo que la Madre de Dios les había dicho, respondieron que eso era secreto. De modo que desde entonces se supo que había un secreto en el Mensaje de Fátima.

     Obrando así, la Santísima Virgen obviamente estaba queriendo atraer la atención del mundo hacia algo muy importante, cuyo contenido sería hecho público tan solo en el momento en que la Providencia divina lo juzgara oportuno.





     Todo esto creó una aureola de misterio alrededor de Fátima y del secreto, el cual fue creciendo a lo largo de los años y de las décadas, resaltando con ello la importancia de su contenido.

     Las dos primeras partes del secreto fueron dadas a conocer por la hermana Lucía, por inspiración de la Santísima Virgen, en la tercera Memoria, escrita por la vidente el 31 de agosto de 1941. El 3 de enero de 1944, a instancias del obispo de Leiria y con el debido permiso de la Madre de Dios, la hermana Lucía escribió la tercera parte del secreto, que mandó entregar al obispo por medio de un portador, en sobre lacrado, con una nota que señalaba que no podía ser divulgado antes de 1960. El obispo, Mons. José Alves Correia da Silva, colocó el sobre enviado por la hermana Lucía dentro de uno mayor, que asimismo lacró y guardó en la caja fuerte de la Curia episcopal.

     A comienzos de 1957, la Sagrada Congregación del Santo Oficio, actual Congregación para la Doctrina de la Fe, pidió que el documento fuese remitido a Roma. Para ese efecto, fue entregado en la Nunciatura Apostólica de Lisboa, desde donde el nuncio, Mons. Fernando Cento, lo condujo al Vaticano, donde ingresó en el Archivo Secreto del Santo Oficio el día 4 de abril de 1957.


Dr. Antonio Augusto Borelli Machado


     Solicitado por Juan XXIII el 17 de agosto de 1959, el Papa recibió el documento de manos de un comisario del Santo Oficio, abriéndolo —por primera vez— algunos días después y leyéndolo con la ayuda del traductor portugués de la Secretaría de Estado. Habiendo decidido no publicarlo, lo devolvió al Santo Oficio.

     Esa decisión, como era previsible, provocó una gran frustración en todo el mundo, dando origen a los más sensatos e insensatos vaticinios sobre su contenido.

     Los siguientes pontífices, Paulo VI y en un comienzo también Juan Pablo II, confirmaron tal decisión.

     Finalmente, el 13 de mayo de 2000, Juan Pablo II anunció en Fátima que el tercer secreto sería revelado junto con un oportuno comentario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, lo que efectivamente ocurrió el 26 de junio de ese mismo año.

     Ese día, en una sesión solemne presidida por el cardenal Joseph Ratzinger en la Sala de Prensa del Vaticano, fue presentado a los periodistas acreditados ante la Santa Sede el texto del tercer secreto que, a partir de entonces, fue conocido en el mundo entero.

     En aquella ocasión, se facultó a los principales vaticanistas a formular preguntas de esclarecimiento.

     Una de esas preguntas versaba justamente sobre la razón que llevó a la Santa Sede a frustrar en 1960 la expectativa mundial creada por la revelación del tercer secreto en aquel año. La respuesta del cardenal Ratzinger es altamente reveladora de las graves razones que orientaron la decisión de la Santa Sede.

     Tan importante información no podía dejar de ser puesta en conocimiento de nuestros lectores. Para tal efecto, pedimos a nuestro colaborador Benoît Bemelmans que entrevistara al respecto a un conceptuado autor y especialista en el tema, Antonio Augusto Borelli Machado. En sus respuestas son abordados importantes asuntos que elucidan los grandes problemas que han afligido a la Iglesia y al mundo, en ese largo periodo de 100 años que transcurrió desde las apariciones de Fátima.

* * *

     Tesoros de la Fe — En 1960, la expectativa de que fuese revelado el tercer secreto llegó a su auge. Pero esa revelación no tuvo lugar, provocando una gran frustración. Fue solamente después de 40 años, al final del milenio, que la Santa Sede lo hizo público. Durante la presentación del mismo, periodistas presentes preguntaron sobre el porqué de tal demora. ¿Qué explicación dio entonces el cardenal Ratzinger, que presidía la sesión?

     Antonio Borelli Machado — Cuando fue dado a conocer el tercer secreto, el 26 de junio de 2000, la Santa Sede resolvió hacerlo por medio de un acto rodeado de un gran despliegue publicitario, a cargo de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Fueron invitados los periodistas acreditados ante el Vaticano. A los presentes les fue distribuido un ejemplar del opúsculo El Mensaje de Fátima, conteniendo el texto del secreto. La sesión fue presidida por el cardenal Ratzinger, prefecto de la Congregación, con la participación de Mons. Tarcisio Bertone, secretario de la misma, y del director de la Sala de Prensa de la Santa Sede, Joaquín Navarro-Valls. Emisoras de televisión de diversas partes del mundo la transmitieron en vivo. Después de las exposiciones del cardenal Ratzinger y de monseñor Bertone, el director de la Sala de Prensa franqueó la palabra a los periodistas presentes, para que formularan preguntas. Tres de ellas versaron justamente sobre los motivos que llevaron a los Papas a posponer la difusión del tercer secreto hasta exactamente 40 años después de la fecha esperada. La pregunta mejor elaborada fue la del escritor y vaticanista Gian Franco Svidercoschi, quien fue subdirector del "Osservatore Romano". Su pregunta (extraída del video de la sesión puesto a disposición por la Sala de Prensa) fue la siguiente:

     "Eminencia: Me permito hablar sobre el porqué del atraso, de esta prolongada prudencia de la Iglesia de 1960 hasta hoy. De alguna forma usted ya respondió, hablando justamente sobre la evolución de la historia. […] Está también la descripción de Mons. Bertone de las diversas decisiones tomadas por los Papas, mudadas las situaciones histórico-políticas. Pero yo le pregunto: ¿no terminó la Iglesia pagando un precio demasiado alto por este largo silencio, este largo secreto sobre el secreto? Al final de cuentas, ¿la tercera parte del secreto no contiene ya a la segunda, al aludir al obispo vestido de blanco? ¿La tercera parte no es al final sino, digamos, el corolario de lo que está dicho en las partes precedentes? Este martirio [descrito en el tercer secreto] ya existía en 1960. ¿No hay una forma diferente, de parte de la Iglesia, no apenas con relación a Fátima, de fijar una posición frente a las revelaciones privadas —que no afectan el depósito de la fe— y, por tanto, se podría haber evitado provocar toda esa serie de instrumentalizaciones y de escándalos que hubo precisamente a causa de ese silencio que duró tanto? Gracias".

     A esto, el cardenal Ratzinger respondió sin vacilación:

     "Ciertamente la decisión de los tres Papas de no publicar el secreto —porque tampoco el Papa actual [Juan Pablo II], en 1981, quiso hacerlo— fue una decisión no dogmática, sino prudencial. Y siempre se puede discutir sobre la prudencia de una decisión, si políticamente una otra prudencia no habría sido preferible. Por tanto, no se debe dogmatizar esta actitud de los Papas. Además, considerando la cuestión retrospectivamente, puedo decir: ciertamente pagamos un precio por las especulaciones que tuvimos en estos últimos decenios. Pero, por otra parte, pienso que era apropiado esperar un momento para tener una visión retrospectiva. En 1960, estábamos en el umbral del Concilio, esa gran esperanza de poder alcanzar una nueva relación positiva entre el mundo y la Iglesia, y también de abrir un poco las puertas cerradas del comunismo. Igualmente en tiempos del Papa Paulo VI: estábamos aún, por decirlo así, en la digestión del Concilio, con tantos problemas, que este texto [el tercer secreto] no habría tenido una correcta presentación. Ídem poco después del atentado [a Juan Pablo II]: salir inmediatamente en ese momento con este texto no habría producido, me parece, una correcta comprensión del mismo. Pienso, sin dogmatizar esta decisión, pero con una sincera convicción personal, pienso que estaba bien, en suma, esperar un poco más hasta el final del siglo, para tener una visión más global y poder comprender mejor el verdadero imperativo y las verdaderas indicaciones de esta visión".


Gian Franco Svidercoschi


     Tesoros de la Fe — Por tanto, el cardenal Ratzinger reconoció que la revelación del secreto en 1960 perturbaría políticas muy importantes que la Santa Sede tenía en vista… ¿Cuáles son esas metas que serían perjudicadas por la revelación del tercer secreto a tal altura del siglo XX?

     Antonio Borelli Machado — Tres metas políticas y religiosas de primera importancia marcaron la vida de la Iglesia en la segunda mitad del siglo XX, fueron mencionadas sucesivamente por el cardenal Ratzinger en su respuesta:

     1) El ralliement1 de la Iglesia con el mundo moderno: "esa gran esperanza de poder alcanzar una nueva relación positiva entre el mundo y la Iglesia",

     2) La Ostpolitik vaticana, es decir, el ralliement de la Iglesia con el comunismo: la esperanza "de abrir un poco las puertas cerradas del comunismo",

     3) La implantación de las directrices del Concilio que pretendían promover este doble ralliement, y que fueron la causa de "tantos problemas" de "digestión" de las innovaciones conciliares por el mundo católico.

     Tesoros de la Fe — ¿De qué manera el tercer secreto choca con esas metas?

     Antonio Borelli Machado — El tercer secreto consiste en una visión en que aparece "un Ángel con una espada de fuego", la cual, "centelleando emitía llamas que parecía iban a incendiar el mundo". Ahora, un mundo que Dios quiere castigar de esa manera, es un mundo que está provocando el rechazo divino… No era un mundo que justificara "esa gran esperanza de poder alcanzar una nueva relación positiva entre el mundo y la Iglesia".

     Por tanto, divulgar en 1960 el tercer secreto habría sido andar en dirección opuesta al ralliement de la Iglesia con el mundo moderno.

     Uso aquí la palabra ralliement en referencia a la famosa política de León XIII con relación a los Estados laicos que se instalaron en el mundo siguiendo el rastro de la Revolución Francesa. En particular, la república laica vigente en Francia. Como se sabe, aquel pontífice llegó a lamentar en su vejez el fracaso de sus esperanzas.2

     En el Concilio Vaticano II, influyentes Padres conciliares estaban animados por un optimismo análogo para promover un nuevo ralliement de la Iglesia con el mundo moderno, en perfecta consonancia con el de León XIII. Si ellos hubiesen consagrado la debida atención a las dos partes del secreto de Fátima ya entonces conocidas, tal vez habrían moderado su optimismo: bastaba prestar atención a la frase "varias naciones serán aniquiladas", contenida en la segunda parte del secreto. La revelación de la tercera parte en 1960, ampliamente difundida y con unos oportunos comentarios —pensemos en la "gran ciudad medio en ruinas"…— podría haberles abierto los ojos o, al menos, hacerles comprender que la opinión católica no comprendería tal ralliement, lo que posiblemente los inhibiera de dar ese paso.

     Como los hombres de la Iglesia estaban resueltos a lograr, a cualquier costo, esa aproximación con el mundo, tenían que optar por no revelar el tercer secreto y pagar el precio de la extrañeza que ello produciría entre los fieles católicos, como de hecho ocurrió.

     Tesoros de la Fe — Que un castigo tan grande penda sobre el mundo indica que la conducta de la sociedad humana actual está en contradicción con los principios que Dios querría que en ella vigorasen. ¿Es posible destacar el punto en que reside esencialmente esa contradicción?

     Antonio Borelli Machado — Para que el público de nuestros días pueda medir la distancia que nos separa de un recto orden social, viene a propósito citar un famoso texto de León XIII: "Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad. La religión fundada por Jesucristo se veía colocada firmemente en el grado de honor que le corresponde y florecía en todas partes gracias a la adhesión benévola de los gobernantes y a la tutela legítima de los magistrados. El sacerdocio y el imperio vivían unidos en mutua concordia y amistoso consorcio de voluntades. Organizado de este modo, el Estado produjo bienes superiores a toda esperanza. Todavía subsiste la memoria de estos beneficios y quedará vigente en innumerables monumentos históricos que ninguna corruptora habilidad de los adversarios podrá desvirtuar u oscurecer" (encíclica Immortale Dei, del 1º de noviembre de 1885, nº 9).


León XIII

     Ahora bien, los Estados de nuestros días, como un resultado del laicismo que profesan, se sienten libres de la obligación de ajustar las normas de conducta individual y social a los Diez Mandamientos de la Ley de Dios, y de conceder a la Iglesia "el grado de honor que le corresponde". En consecuencia, se vienen implantando en el mundo entero toda clase de transgresiones a las leyes natural y divina, como el divorcio, el aborto, la unión homosexual, etc.

     Así, el laicismo de Estado, que se proclama neutro en materia de religión y de moral, se revela como un obstinado enemigo de la Iglesia Católica y de la moral cristiana. Y eso es una constante en la historia: aquel que se declara neutro entre la verdad y el error, en realidad se coloca a favor de todos los errores contra la única verdad. Tal es la posición del laicismo frente a la Iglesia verdadera.

     El laicismo no es neutro en materia de religión, sino militantemente ateo. Lo señala León XIII en la misma encíclica: Immortale Dei: "En materia religiosa, pensar que las formas de culto, distintas y aun contrarias, son todas iguales, equivale a confesar que no se quiere aprobar ni practicar ninguna de ellas. Esta actitud, si nominalmente difiere del ateísmo, en realidad se identifica con él" (nº 14).

     El laicismo es, pues, la "no religión" del mundo moderno, es decir, el ateísmo; ateísmo doctrinario y práctico, que penetra en toda la sociedad. Sobre esta pende el mensaje de Fátima, que advierte: o la sociedad se convierte y hace penitencia, o vendrá un castigo de proporciones cósmicas.

     ¿Cómo alimentar "esa gran esperanza de poder alcanzar una nueva relación positiva entre el mundo y la Iglesia"? A quienes estaban animados con tal esperanza, no les convenía en lo absoluto que el tercer secreto fuese revelado en 1960... 

     Tesoros de la Fe — ¿Cuándo surgió en la Iglesia ese deseo de establecer una "relación positiva" con el mundo?

     Antonio Borelli Machado — La palabra mundo aparece en los Evangelios tanto en un sentido genérico, como para designar a los que no aceptaban la prédica de Nuestro Señor Jesucristo y se oponían a Él. En ese segundo sentido aparece, por ejemplo, en el Evangelio de san Juan, en los versículos 18 y 19 del capítulo 15: "Si el mundo los odia, saben que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia"

     Esta misma suerte marca a todos los discípulos de Cristo, desde entonces hasta nuestros días. De allí que la porción más tibia del campo católico siempre intente enfriar el odio del mundo entrando en composición con él. Ello está en la naturaleza caída del hombre y por eso se manifestó en todos los periodos de la historia de la Iglesia. Basta abrir los compendios para constatarlo.

     Con una característica fácil de percibir: los que ceden a esta tentación, intentan quedarse a medio camino entre la verdad y el error.

      Vayamos directamente a los tiempos modernos: Erasmo de Rotterdam (1466-1526), célebre humanista, difundía "un espíritu de reacción contra la escolástica, de libertad de pensamiento y de simplificación del cristianismo",3 que lo condujo a un intento de aproximación con Lutero; fracasado, debido al carácter belicoso de este último. Así, desde la seudo-Reforma protestante y el Renacimiento, una corriente de católicos, ampliamente inspirada en Erasmo, ha intentado entrar en composición con los errores de su época.

     La idea de una reconciliación entre la Iglesia y el mundo, resultante de la Revolución Francesa, fue preconizada por los católicos liberales del siglo XIX, a partir de Félicité de Lamennais, más tarde condenado por Gregorio XVI (1831-1846).


Pío IX

     Pío IX (1846-1878) compendió los errores del liberalismo católico en el Syllabus praecipuorum nostrae aetatis errorum ("Índice de los principales errores de nuestro siglo"), del 8 de diciembre de 1864, los cuales sintetizó en la proposición 80: "LXXX. El Romano Pontífice puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, con el liberalismo y con la moderna civilización".

     Observen, desde luego, que la oposición de la Iglesia no era contra el progreso en sí, sino contra lo que éste traía escondido de revolucionario, con el objeto de demoler lo que la sociedad de entonces, aunque decadente, conservaba de bueno y de conforme a los principios del orden natural y cristiano.

     Sin embargo, la posición firme de Pío IX fue contrapuesta por el siguiente pontífice, León XIII (1878-1903), quien promovió en Francia la política de ralliement con la república nacida de la Revolución Francesa, a la cual aludí anteriormente (cf. 2ª pregunta). Este pontífice esperaba que tal política, conducida con obstinada determinación durante todo su pontificado, fuese continuada por sus sucesores. Lo que ciertamente habría sucedido si su Secretario de Estado, el cardenal Mariano Rampolla del Tindaro, hubiese sido elegido Papa, como se creía. La imprevista elección del cardenal Giuseppe Sarto, con el nombre de Pío X (1903-1914), frustró la continuidad inmediata de esa política.


San Pío X

     Ella resurge de forma muy definida, a mediados de los años 30, en el pontificado de Pío XI (1922-1939), en las alas del optimismo y de la apertura al mundo propugnada por el movimiento de la Acción Católica.4 En el campo intelectual, alimentaban una posición análoga autores muy apreciados en esos mismos medios de la Acción Católica, especialmente Jacques Maritain con su libro Humanismo integral (1936).

     Desde entonces, la actitud de ralliement con el mundo moderno no dejó de manifestarse claramente en los ambientes católicos liberales, aunque solo fue públicamente asumida, casi medio siglo después, por el Papa Juan XXIII (1958-1963). En el discurso de apertura del Concilio Vaticano II (11 de octubre de 1962), refiriéndose a aquellos que "no ven en los tiempos modernos sino prevaricación y ruina", el Pontífice declara: "Nos parece justo disentir de tales profetas de calamidades, avezados a anunciar siempre infaustos acontecimientos, como si el fin de los tiempos estuviese inminente" (subtítulo Opportunitas celebrandi Concilii).

     Con la promulgación de la Constitución Pastoral Gaudium et spes, de Paulo VI (1962-1978), al final del Concilio (1965), la política de ralliement con el mundo moderno fue finalmente decretada y extendida a todo el orbe. La línea pastoral preconizada por la Gaudium et spes no constituyó una novedad concebida por los Padres Conciliares del Concilio Vaticano II, sino ¡la concreción efectiva de una "pastoral" ya propugnada por el sacerdote Lamennais, en 1830!


Concilio Vaticano II

     De esa manera, en lugar de prevenir a los católicos sobre el castigo anunciado por la Santísima Virgen en Fátima, el Concilio Vaticano II propuso establecer buenas relaciones entre la Iglesia y el mundo, auspiciando el advenimiento de una era de alegría y esperanza para la humanidad de nuestros días.

     Tal fue el efecto subliminal producido simplemente por el título dado al documento conciliar —Gaudium et spes— que expresaba, independientemente de su complejo contenido, las nuevas y benévolas disposiciones que el Concilio asumía entonces ante el mundo.

     El Mensaje de Fátima, sin embargo, ¡iba en un sentido diametralmente opuesto!

     Continuará...



Notas.- 
Artículo extraído de tesorosdelafe.com
1. Acuerdo, adhesión. 2. Sobre el ralliement de León XIII, véase el libro de Plinio Corrêa de Oliveira, Nobleza y élites tradicionales análogas en las alocuciones de Pío XII al Patriciado y a la Nobleza romana, Apéndice III, 21. León XIII interviene, p. 235-239; Ed. Fernando III el Santo, Madrid, 1993. Ver también Roberto de Mattei, Il ralliement di Leone XIII – Il fallimento di un progetto pastorale, Le Lettere, Firenze, 2014, 366 p. 3. Guillermo Fraile, Historia de la filosofía, BAC, Madrid, 1991, 3ª ed., t. III, p. 74. 4. Cf. Plinio Corrêa de Oliveira, Em defesa da Ação Católica, Editora Ave María, São Paulo, 1943.

martes, 10 de enero de 2023

Los dos papas y el misterio de la Iglesia. Por Roberto de Mattei

 



Los dos papas y el misterio de la Iglesia

Por Roberto de Mattei


     Este año 2023 proyecta hacia el futuro una imagen totalmente inédita: los funerales de un papa presididos por otro pontífice. Una imagen que afecta la esencia misma del papado, que Jesucristo quiso uno e indivisible.

     En una entrevista que concedió a Bruno Vespa el viernes santo de 2005, cuando todavía era prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el cardenal Josef Ratzinger afirmó que el pontificado es un cargo único que da el Señor y sólo él puede retirar. Sin embargo, ocho años más tarde, el 11 de febrero de 2013, el anuncio de su abdicación cayó como un rayo en un cielo sereno, según la comparación que hizo el cardenal decano del momento, Angelo Sedano. Hay quienes están convencidos de que la renuncia al pontificado por parte de Benedicto obedeció a presiones de diversa índole de que habría sido objeto. Pero Benedicto, en sus Últimas conversaciones con Peter Seewald recalcó: «Todo eso es enteramente absurdo. Nadie intentó chantajearme. Yo tampoco me habría prestado a ello». Siempre ha repetido que la decisión la tomó con plena y consciente libertad.

     ¿Fue el debilitamiento psicofísico el motivo de la abdicación del Sumo Pontífice? Ahora bien, el postpontificado de Benedicto ha durado diez años, más que su pontificado, y con sus 95 años de edad ha sido el papa más longevo de la historia de la Iglesia. No sólo eso: Benedicto ha utilizado el título de papa emérito, y ha seguido vistiendo sotana blanca e impartiendo bendiciones apostólicas, dando a entender con ello que había una diarquía pontificia. Luego, el papa dimisionario fallece y su sucesor celebra las exequias, pero también está enfermo, en silla de ruedas, y su pontificado se acerca a su fin. Una luz crepuscular parece cernirse sobre la Iglesia. ¿Cómo se puede negar un debilitamiento objetivo de la institución del papado, que hasta los fieles de a pie perciben?

     A todo lo que hizo Benedicto XVI en sus ocho años de reinado se sobrepone el recuerdo de lo que no hizo en los diez años siguientes, dominados por la imagen de dos pontífices que los medios de prensa nos presentan en una poco menos que simbiótica sintonía. Con todo, primero estuvo el papa de la hermenéutica de la continuidad y los principios no negociables, el restaurador de la liturgia, el crítico de la dictadura del relativismo y el defensor de Occidente; luego, el papa que no soporta a los tradicionalistas y aprecia a los teólogos progresistas; el de la apertura a los homosexuales y los divorciados vueltos a casar; el papa del ecologismo, la inmigración y el Tercer Mundo. Si estas dos maneras de presentar el Evangelio al hombre de hoy han suscitado entre los fieles controversias doctrinales y hasta canónicas, se ha debido también a una cohabitación en el Vaticano que parecía proponer que se tomara partido por uno de dos bandos enfrentados, olvidándose que la historia de la Iglesia ha conocido disparidades, incluso muy marcadas, entre pontífices. Sucedió por ejemplo con León XIII y San Pío X, o entre Pío XII y Juan XXIII. Los papas son humanos, y no hay que poner de relieve sus diferencias hasta el extremo de imaginar que hay actualmente dos iglesias enfrentadas, la de Benedicto y la de Francisco, porque como sólo hay un vicario de Cristo, hay una sola Iglesia Católica, apostólica y romana.

     En todo caso, el misterio permanece y es preciso afrontarlo con reflexión y oración y no con el estruendo de los medios informativos. El verdadero filósofo cristiano posee aquello que el padre Réginal Garrigou-Lagrange (1877-1964) llamaba sentido del misterio, es decir, el ser consciente de no saber explicarlo todo rigurosamente por medio de la razón. Aunque la fe católica es razonable, la razón se detiene en el umbral de lo incomprensible. Por eso, si bien la fe católica rechaza el fideísmo, o sea la voluntad de creer contra la razón, condena igualmente ese semirracionalismo que impone a la razón el deber de explicar la fe en su totalidad.

     Otro gran teólogo, el padre Matthias Scheeben  (1835-1888), en una célebre obra titulado Los misterios del cristianismo, afirma que «cuanto más grande, sublime y divino es el cristianismo, tanto más debe ser forzosamente su contenido insondable, indemostrable y misterioso». De todos modos, explica, si no somos capaces de penetrar el misterio, ello no se debe al misterio mismo, que es una verdad de por sí luminosa, sino a la debilidad de nuestra mente. Los misterios son verdades que escapan a nuestra mirada; no por una oscuridad intrínseca, sino por un exceso de sublimidad y belleza a las que no se puede acercar el más agudo ojo humano sin quedar ciego. En unas palabras pronunciadas el 21 de noviembre de 2012, Benedicto XVI recordaba que «el misterio no es irracional, sino sobreabundancia de sentido, de significado, de verdad. Si, contemplando el misterio, la razón ve oscuridad, no es porque en el misterio no haya luz, sino más bien porque hay demasiada».

     Entre los misterios del cristianismo, de los cuales se ocupa la teología, está el de la Iglesia. Misterio, afirma también Scheeben, grande y maravilloso por su naturaleza, estructura, virtud y actividad. Tal vez más que nunca en este momento histórico el misterio envuelve al Cuerpo Místico de Cristo, realidad humana y divina al mismo tiempo, y por tanto superior a la fragilidad de la mente humana. Benedicto XVI, o más sencillamente Josef Ratzinger, ha muerto el 31 de diciembre, último día del año, en el que la Iglesia conmemora a San Silvestre (324-336), primer papa de la era constantiniana. En estos momentos de preocupación e incertidumbre, nos dirigimos a San Silvestre con las palabras de dom Prosper Guéranger (1805-1875): «¡Oh Pontífice de la Paz, desde la tranquila morada donde descansas, mira a la Iglesia de Dios, agitada por las más espantosas tormentas, y pide a Jesús, el Príncipe de la Paz, que ponga fin a tan crueles revueltas. Dirige tus miradas hacia esa Roma que amas y que guarda con tanto cariño tu recuerdo; ampara y dirige a su Pontífice. Haz que triunfe de la astucia de los políticos, de la violencia de los tiranos, de las emboscadas de los herejes, de la perfidia de los cismáticos, de la indiferencia de los mundanos, de la flojedad de los cristianos. Haz que sea honrada, amada y obedecida; que resuciten las grandezas del sacerdocio; que el poder espiritual se emancipe; que la fortaleza y la caridad se den la mano y que, por fin, comience el reino de Dios sobre la Tierra para que no haya más que un solo rebaño y un solo Pastor. Vela, oh Silvestre, por el sagrado tesoro de la fe que tú guardaste con tanta integridad; triunfe su luz de todos esos falsos y atrevidos sistemas que surgen por doquier como fantasías de la soberbia humana. Sométase toda inteligencia creada al yugo de los misterios, sin los cuales la humana sabiduría no es más que tinieblas; reine, por fin, Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María; reine por medio de su Iglesia en los espíritus y en los corazones». 






domingo, 8 de enero de 2023

El uso de teléfonos inteligentes por parte de los niños representa una revolución que destruye la sociedad

 







   
El advenimiento relativamente reciente de los teléfonos inteligentes y su rápida dominación han sido tan sin precedentes como omnipresentes. La forma en que la sociedad se ha vuelto tan dependiente de los teléfonos inteligentes en unos pocos años debería dar lugar a una considerable pausa para la reflexión. De particular preocupación es cómo los niños se han vuelto apegados, "fieles devotos" e incluso adictos a sus teléfonos, con consecuencias devastadoras.


Niños y teléfonos: los datos

     Los niños se han vuelto singularmente dependientes de los teléfonos inteligentes en poco más de una década. Según un estudio del Centro de Investigación Pew Research de 2020, el 67 % de los niños menores de 11 años estuvieron expuestos a un teléfono inteligente o lo usaron con el conocimiento de sus padres.

     La cifra de años anteriores fue aún más alarmante: un total del 62 % de los niños menores de cuatro años estuvieron expuestos al uso de teléfonos inteligentes, mientras que casi la mitad (49 %) de los niños menores de 2 años entraron en la misma categoría.

     Debido a los confinamientos relacionados con el COVID-19 hubo un gran aumento en el uso de computadoras y teléfonos inteligentes. esto llevó a Pew Research a emprender un seguimiento con los mismos padres encuestados en 2020, y descubrió que el uso de teléfonos inteligentes y otros dispositivos digitales por parte de los niños había aumentado de manera predecible en 2021, con un 71 %. de los menores de 11 años expuestos o usando un teléfono inteligente, además, el 81% de los padres dijeron que sus hijos menores de 11 años usaban una tableta.

Pasar el tiempo conectados

     Los niños más pequeños tampoco suelen usar el dispositivo de sus padres. Pew Research encontró que "el 37 % de los padres de un niño de 9 a 11 años mencionó que su hijo tiene su propio teléfono inteligente, en comparación con el 13 % de los de 5 a 8 años, el 5 % de los de 3 a 4 y el 3 % de los de dos años o menos".

Ley eterna y natural: el fundamento de la moral y la ley

     Aún más sorprendente es la cantidad de tiempo que los niños pequeños pasan con estos dispositivos electrónicos. El impactante informe de 2019 del Instituto Nacional de Salud señaló que los niños de solo 12 meses tenían un promedio de 53 minutos de tiempo al día delante de la pantalla.

     Con un uso tan intenso en los primeros años, los investigadores descubrieron que la tendencia continúa hasta la preadolescencia y años posteriores. En 2020, la Academia Estadounidense de Psiquiatría Infantil y Adolescente publicó un informe que "reveló que los niños de entre 8 y 12 años en los EE. UU. pasaban entre 4 y 6 horas al día delante de las pantallas".

     La principal fuente de recomendaciones de entretenimiento y tecnología para las familias, Common Sense Media, se hizo eco de esta estadística en 2019 al descubrir que los niños de ocho a doce años pasaban un promedio de casi 5 horas en las pantallas por día.

     Este número salta alarmantemente a medida que aumenta la edad. La Academia Estadounidense de Psiquiatría Infantil y Adolescente encontró que los adolescentes pasan hasta 9 horas diarias delante de la pantalla. Common Sense Media indicó que los adolescentes promedian casi siete horas y media por día, sin incluir el tiempo que pasan frente a la pantalla con fines escolares.

El uso del teléfono destruye la salud de los niños

     Con el acceso instantáneo al internet, un teléfono inteligente ofrece fuentes casi infinitas de distracción y supuesta diversión. Por lo tanto, los niños ya no tienen que relacionarse con amigos o usar su imaginación para crear juegos y así ocupar su tiempo. Se pierden en un mundo virtual de ficción digital a través de sus teléfonos.

     Este cambio de hábitos es el responsable del marcado descenso en el número de adolescentes que leen un libro físico con asiduidad. En la encuesta de 2019 de Common Sense, el 15 % de los adolescentes dijo que nunca lee libros, mientras que el 17 % dijo que lee solo una vez al mes.

     Los efectos dañinos del uso de teléfonos inteligentes y pantallas van mucho más allá de un descenso en la lectura de libros. Los investigadores están descubriendo que el aumento del tiempo frente a una pantalla estimula el estrés al tiempo que disminuye la capacidad del cuerpo para producir melatonina, que es necesaria para dormir bien.

      El tiempo prolongado de permanencia delante de las pantallas también está relacionado con problemas emocionales y de conducta en los niños, mientras que el tiempo que se pasa lejos de las interacciones humanas reales y la estimulación poco gratificante de las actividades en pantalla socava la formación que el niño necesita para progresar en la vida.

     Un artículo de 2017 en la revista Child Development advirtió "de las las tecnologías digitales (inalámbricas) y sus implicaciones en la salud, en las enfermedades neurológicas, la adicción fisiológica, la cognición, la falta de sueño y los problemas de comportamiento, además del cáncer".

     Child Magazine señaló cómo los niños se acostumbran al uso regular de teléfonos inteligentes al ver a los adultos volverse cada vez más adictos a ellos. También desarrollan malos hábitos cuando los padres les dan aparatos para entretenerse. Los autores del estudio destacaron los impactos en la salud poco informados y potencialmente catastróficos de este uso. Refiriéndose a un informe de 2008 presentado a la Organización Mundial de la Salud (OMS), señalaron que los niños que usan teléfonos enfrentan regularmente "interrupción de la memoria, disminución de la atención, disminución de las capacidades cognitivas y de aprendizaje, aumento de la irritabilidad, problemas para dormir, aumento de la sensibilidad al estrés y aumento de la preparación epiléptica".

     El informe de 2008 advirtió que los riesgos posibles y más remotos en el futuro de estos niños incluían tumores cerebrales, tumores nerviosos (incluso antes de los 30 años), enfermedad de Alzheimer, depresión y síntomas tempranos de demencia. El informe advirtió sobre el daño al sistema nervioso del cerebro cuando los usuarios de teléfonos llegan a los cincuenta.

Teléfonos que socavan la sociedad tradicional

     Con tales advertencias hechas en 2008 antes de la llegada del "sofisticado" iPhone, la perspectiva para los niños de hoy, que pasan hasta un tercio de cada día en la pantalla, no es particularmente esperanzadora.

     Tales advertencias no son comúnmente difundidas. Muchos artículos mayormente se limitan a advertir del aumento del tiempo de uso de los teléfonos y a aconsejar a los padres limitar dicho uso. Sin embargo, mencionar los datos más impactantes, como los contenidos en el informe de 2008 se evita cuidadosamente.

     El uso omnipresente de todo lo digital se suma a la confusión de los niños. En todas partes, las personas están en sus teléfonos, ya sea enviando mensajes mientras caminan distraídos por las calles, fotografiando religiosamente sus sándwiches antes de comerlos, usando un teléfono para guiarlos al próximo punto turístico, o empleando el estacionamiento de pago ya que muchos parquímetros ya no permiten el pago personalizado.

     De hecho, el uso de los teléfonos inteligentes por parte de los niños es parte de un círculo vicioso que está revolucionando la sociedad. Con tanto tiempo delante de una pantalla, los niños están siendo entrenados para aceptar una vida digital donde la interacción humana es reemplazada por los píxeles. Están siendo formados para que nada les parezca anormal, en pasar más tiempo en las redes sociales viendo contenido de video sin sentido, en lugar de pasar tiempo realizando tareas reales o disfrutando de eventos físicos.

     La revolución digital también está obligando a las personas a utilizar algún tipo de tecnología digital. Esta tendencia es visible en todos los ámbitos: ya sea con máquinas de autoservicio en las tiendas, el uso de códigos de contraseña digitales al intentar acceder a los servicios bancarios o incluso para comprar ciertos productos en línea.

     La era COVID empeoró las cosas al acostumbrar a jóvenes y mayores a pasar aún más de su vida diaria a la pantalla. Para las familias, las reuniones “virtuales” reemplazaron las reuniones familiares. Para los católicos, la Misa “virtual” reemplazó la asistencia a las iglesias. Los niños vieron cómo sus aulas se convertían en una colección en línea de cabezas borrosas en una pantalla. Los trabajadores de oficina experimentaron aún más la vida detrás de una pantalla de lo que antes creían posible.

     En todo ello, el avance radical de una sociedad digital se dirige principalmente a los niños. Si bien hace pocos años, solo los adolescentes parecían adictos a sus teléfonos, este apego se puede encontrar en menores de 13 años o incluso menores de 7 años.

     Los niños están siendo sacrificados en el altar del llamado progreso social en una era cada vez más digital. Los sumos sacerdotes de este sacrificio no son solo las empresas tecnológicas, que gustosos recaudan cientos de miles de millones de dólares en ganancias cada año, sino también los padres, que lamentablemente prefieren exponer a sus hijos a los daños de Internet en lugar de comprometerse con una vida familiar más tradicional, y permiten la invasión de teléfonos inteligentes y tabletas en el hogar.

      El apego a la tecnología debe frenarse rápida y firmemente para proteger a los niños de un daño mayor.


Notas: 

- Artículo de Michael Haynes, publicado por tfp.org el 28 de diciembre de 2022. La foto y los trechos en negrito son de este blog


lunes, 26 de diciembre de 2022

Nuestra Señora trajo el Buen Suceso al mundo y nos prometió el Reino de Su Inmaculado Corazón

 





     El Niño Jesús recién nacido está recostado en el pesebre en Belén en una noche fría. Nuestra Señora, previendo todo con el amor que podemos imaginar, a pesar de su pobreza, dispuso pequeñas túnicas para ponerle, apenas naciera. Evidentemente dispuso estas túnicas según las diversas temperaturas posibles de tal manera que el Niño Dios no sintiera frío.

     ¿¡Cómo sería el interior, lo íntimo de María Santísima, considerando estas cosas!? Se admite piadosamente que Nuestro Señor nació a medianoche y que antes de nacer, Ella entró en un éxtasis muy profundo durante el cual dio a luz al Niño Jesús.

     El nacimiento del Hombre-Dios se produjo de la manera maravillosa por la que su Santísima Madre permaneció virgen antes, durante y después del parto; esta verdad ha sido siempre afirmada por la Iglesia con la energía de un lenguaje del que sólo es capaz el pensamiento católico, testimoniando así categóricamente, la virginidad materna de María.

      ¿Cómo pudo suceder esto? Hay una escena en el Evangelio en la que Nuestro Señor entra en una habitación con todas las puertas y ventanas cerradas. Es costumbre citar este pasaje como una explicación de la virginidad durante el parto. Jesús puede atravesar todos los obstáculos materiales, porque, siendo Dios, su Cuerpo terrenal podría asumir las propiedades de los cuerpos gloriosos y atravesarlo todo, incluso antes de su Resurrección.

"¡A quien has concebido, lo engendrarás!"

     Siendo concebida sin pecado original, la Santísima Virgen poseía una inteligencia perfecta, exenta de las debilidades inherentes a nuestra naturaleza manchada por el pecado original. En consecuencia, al leer las Escrituras y aún más, inundada de las gracias de Dios para interpretarlas, llegó a componer la fisonomía, el espíritu, la mentalidad del Mesías anunciado por los profetas y largamente esperado por Ella.

     Y en el momento en que completó la imagen del Mesías, formada en su meditación, apareció el Ángel invitándola a ser Madre de Aquel a quien su espíritu había concebido.

     Por tanto, una primera tarea en la vida de Nuestra Señora fue concebir, a través de su inteligencia, cómo sería el Hijo de Dios, y tal concepción la haría con sumo cuidado, evitando toda distracción y descuido que pudiera hacer un poco menos clara, menos santa, la imagen que Ella estaba llamada a tener de Aquel que, sin Ella saberlo, sería su Divino Hijo.

     ¡Qué santidad se necesita para imaginar la mirada, el tono de voz, los gestos, el caminar, el reposo divino del Hijo de Dios! ¡Qué alma se necesita para intentar algo como esto y tener éxito!

     Aún más, qué alma debe poseer, para que después de haber hecho este trabajo interior de composición, Dios le diga: "¡A quien tú has ideado, tú lo engendrarás!" Qué maravilloso premio es este: "¿Lo pensaste, dedicaste tu mente a resolverlo? ¡Aquí lo tienes! Lo hiciste con tanto amor y éxito, que te aseguro: '¡Tú lo engendrarás!'". ¡Nunca ha habido ni habrá un premio igual en la historia del mundo!

Jesús se despide de su Madre

     Nuestra Señora se encargó de cuidar al Niño para que en ningún momento sintiera un pequeño sufrimiento por el frío o por el calor, y que todo su desarrollo físico y mental fuese perfecto. Ella tenía la enorme responsabilidad y obligación de llevar su tarea al punto perfecto, y ese punto perfecto fue el momento feliz y triste cuando Jesús, creciendo, le dijo:

     – Madre, estoy plenamente constituido y formado. Ha llegado mi hora; voy a predicar, para maravillar a los hombres y ser crucificado por ellos. ¡Madre mía, adiós!


Cristo se despide de su Madre, Retablo de la la Dolorosa, Centro Cultural / Arte Contemporáneo, Cdad. de México, D.F.

     Podemos imaginarnos a Nuestra Señora yendo a la puerta de la casa, viéndolo bajar por el camino, quizás al anochecer, y contemplando Su sombra que se extiende por el camino. Después, cerró la puerta y se quedó sola. ¡Quizás, para consolarla, los Ángeles comenzaron a cantar! Sin duda, era maravilloso, pero no era lo mismo que ver a Su Hijo y manifestarle su cariño y respeto. Sólo escuchar, por ejemplo, el eco de sus pies divinos en aquel piso pobre, la ponía sumamente contenta. ¿Qué sería el caminar de un rey, de un general, de un maestro, comparado con eso? !Pobres reyes, pobres generales, pobres maestros… ¿Qué es todo esto comparado con el resonar de un paso del Mesías sobre las tablas de madera de la santa casa que se encuentra en Loreto? ¿Quién remediaría esta ausencia?

     El Evangelio, a lo largo de su narración del Evangelio, cita varias veces a Nuestra Señora, sobre todo, en aquel encuentro con su Divino Hijo rumbo al Calvario. En mi opinión, es la escena más conmovedora que haya ocurrido en la Tierra.

La misión de engendrar sucede a la de cuidar

     María Santísima tenía pues, una primera misión: concebir al Hombre-Dios, y lo concibió espléndidamente y tenía también la misión de engendrarlo, y para eso se cuidó mucho de que todo saliera perfecto y que esta gestación fuera para el Divino Embrión como un sol que sale todo perfectamente correcto, adecuado, conveniente, santo. Imagínese su éxtasis cuando sintió en sus entrañas virginales que Él se movía, comunicándose con Ella cuando conversaban por medio de la oración.

     Luego, la tarea de engendrar perfectamente bien a Jesús es sucedida por la de cuidarlo, también perfectamente. Termina una tarea, comienza otra. El Niño nace, es el final de todo un período que comienza desde su primera reflexión sobre cómo sería el Salvador hasta el momento de su nacimiento. Y contempla, por primera vez, ese rostro que tanto había querido contemplar: el rostro pequeño de un niño inocente, pero ya la fisonomía de un Rey, de un Maestro, de Quien hará milagros, porque lo sobrenatural irradiaba en Nuestro Señor de tal manera que se tiene la impresión de que al acercarse a Él cualquier enfermo se curaría inmediatamente.


La Virgen confeccionando la túnica inconsútil

      Sin duda, una de las tareas de la Santísima Virgen fue vestir a su Divino Hijo. Cuando Adán y Eva pecaron, Dios les hizo las primeras vestiduras. Cuando nació el Niño, fue la criatura humana la que vistió a Dios. ¡Qué hermoso y meditativo es todo esto!

     El niño ha nacido en medio de peligros. Todo embarazo conlleva riesgos. Pero después de todo, Él nació. ¡Oh buen suceso! Es la prueba de que la gestación fue perfecta. La madre toma al niño, y lo llevará poco después al Templo y ofrece a Dios esa criatura que es de Dios, porque Él lo creó. ¡Allí estaba el Hijo de Dios!

Patrona del Reino de María en la Tierra

     ¿Qué significa un buen suceso? Un suceso es digno de mención, es algo que requiere cuidado, esfuerzo y resultados. ¡Es hijo del esfuerzo, de la dedicación y del heroísmo!

     Quienes reciben por encomienda una ardua tarea para cumplir, contraen al mismo tiempo una gran responsabilidad, una serie de cosas difíciles por hacer para llegar a un resultado, y cuando logran un buen resultado habrán obtenido un buen suceso.

     Por tanto, Nuestra Señora del Buen Suceso es la patrona de todos aquellos que buscan un buen suceso en beneficio de la causa de Ella, es decir de quienes trabajan para que el reinado del Corazón Sapiencial e Inmaculado de María sea implantado en toda la Tierra.

     ¡Cómo merece llamarse "buen suceso" el éxito de quienes, en la oscuridad de la noche del neo paganismo actual, trabajan para que nazca el sol del Reino de María!

     ¡Todos los que trabajan a favor de la Contrarrevolución, en última instancia actúan para que el sol del Reino de María aparezca sobre el mundo! Es algo parecido a una gestación, y el Reino de María será admirablemente un buen éxito, un magnífico buen suceso.

     Quizás ahí se encuentre la explicación del por qué Nuestra Señora aparece tan regia en la imagen que la representa, en el convento de las concepcionistas de Quito, esculpida milagrosamente por los ángeles.


Nuestra Señora del Buen Suceso, Real Monasterio de la Inmaculada Concepción de Quito 


     Durante una de sus apariciones a la Madre Mariana de Jesús Torres, la Santísima Virgen dio todas las indicaciones de cómo debía ser confeccionada su imagen, incluyendo el tamaño, tomando el cordón del hábito de la Madre Mariana y midiéndose a Sí misma.

     El escultor empezó a hacer la imagen y no podía plasmar la belleza incomparable de la Madre del Redentor. Un buen día llegó al coro donde estaba tallando la imagen en madera y la encontró terminada.

     Después de eso, y en incontables ocasiones, Nuestra Señora se aparecía para conversar con la Madre Mariana y caminaban juntas por aquellos claustros del Monasterio. Como prueba de la autenticidad de estas apariciones, al amanecer, el manto de la Virgen aparecía humedecido con gotas del rocío. ¡Qué maravilla! ¡El rocío cayendo sobre el manto de la Reina del Cielo y de la Tierra! ¡Ningún palacio, ninguna diadema real, nada tendría la belleza de aquellas gotas de rocío posándose y centelleando sobre el manto de la Virgen!

     Ella aparece trayendo en sus brazos al Buen Suceso por excelencia que es Nuestro Señor Jesucristo, pero aparece también para prometer al mundo la implantación del Reino de María en la Tierra, no sin antes prometer terribles castigos si la humanidad no se convierte.

      Entonces Nuestra Señora del Buen Suceso, bien puede ser una patrona señalada muy afortunadamente para el momento en que finalmente el Reino de María nazca en la Tierra, e hijos indignos de la Santísima Virgen, pero amorosos y colmados ​​de admiración, podrán decirle cuando aparezca la luz de Su Reino:

     "Señora, te presentamos el mundo que Tú iluminas; la luz de tu Reino es nuestro suceso; ¡Madre nuestra, es tu suceso! Tú hiciste todo, comenzando por hacernos a nosotros. Cuando éramos niños y nos llevaron a las pilas bautismales, ¿Qué mérito teníamos para eso? Fueron tus oraciones las que nos alcanzaron esa gracia. ¡Y qué gratitud tan grande deberíamos tener por ese asombroso regalo!".

    Fue el Hijo engendrado por Ella quién trajo esta gracia al género humano, pero esa gracia, de alguna manera, comenzó a hacerse presente en el mundo en el momento en que Ella dijo: "¡Fiat mihi secundum verbum tuum!" – "¡Hágase en mí según tu palabra!". Y brotó sobre el mundo en el momento en que el Padre Eterno le pidió su consentimiento para que Nuestro Señor Jesucristo muriera en la Cruz. Y Ella hizo algo sublimemente terrible, diciendo: "Que muera, pues, por amor al género humano y para que se haga tu voluntad".

     Nuestra Señora del Buen Suceso, ruega por nosotros.



Artículo elaborado con trechos de una conferencia de Plínio Corrêa de Oliveira para jóvenes, en la ciudad de São Paulo, el 2 de febrero de 1985.

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