jueves, 31 de diciembre de 2020

FELIZ NAVIDAD Y FELIZ AÑO NUEVO






                
FELIZ NAVIDAD y
 FELIZ AÑO NUEVO



¡Penitencia, Penitencia, Penitencia! Si el mundo actual quiere salir del caos en que se encuentra, debe en primer lugar, regresar al regazo materno de la Santísima Virgen

 






En Lourdes, la Santísima Virgen manifestó que el medio por el cual el mundo podía apartarse de los flagelos divinos que penden sobre él, es mediante el arrepentimiento y la conversión: ¡Penitencia, penitencia, penitencia! dijo la Madre de Dios, el 24 de febrero de 1958 a Santa Bernadette, además de pedirle que rece por la conversión de los pecadores.

El Tercer Secreto de Fátima nos presenta a un ángel con una espada de fuego, dispuesto a lanzar sus llamas contra la humanidad reunida a la vista de Nuestra Señora. La Virgen María, con el fulgor que salía de sus manos extingue ese fuego, pero “el ángel, señalando la tierra con su mano derecha, con voz fuerte dijo: ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!” La escena siguiente es la de una ciudad semi destruida.
Ante eso la interpretación parece obvia: la humanidad se está mereciendo un castigo de proporciones apocalípticas. Para evitarlo, el ángel muestra la solución: 
“¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!”.
Fue concedido, pues, a la humanidad, un tiempo para hacer penitencia, la cual, si no es hecha, acarreará un mundo semi destruido.



Pero el sendero de la penitencia es precisamente el que mundo actual, agobiado por crisis de toda índole, inclúyase una muy profunda crisis en la Iglesia, y otra sanitaria, la pandemia del Covid 19, no quiere tomar.
En Fátima, la Santísima Virgen en Fátima tenía muy en vista el estado concreto del mundo en nuestros días. ¿Habrá algún sentido especial que dar a la penitencia que podamos hacer, frente a la actual situación de la sociedad moderna? —La respuesta es Sí.

En su primera aparición, el día 13 de mayo de 1917, preguntó a los videntes: “¿Quieren ofrecer a Dios, para soportar todos los sufrimientos que os quiera enviar en reparación por los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?”  “Sí, queremos” — respondió Lucía. Nuestra Señora continuó: “Irán, pues, a sufrir mucho, pero la gracia de Dios será vuestra fortaleza”.

Es importante observar cómo María Santísima considera el sufrimiento, aceptado por amor de Dios, como valioso para la conversión de los pecadores. Ella misma insistirá sobre esta idea en las siguientes apariciones. En la cuarta aparición llegó a decir: “Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, que muchas almas se van al infierno por no haber quién se sacrifique y pida por ellas”.

La penitencia consiste en una privación que nos imponemos voluntariamente, o en un sufrimiento que se abate sobre nosotros, y que aceptamos por amor de Dios. En último análisis, consiste en una participación en los sufrimientos de Nuestro Señor Jesucristo, en su Pasión y Muerte en la Cruz.

San Pablo decía: “Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo” (Col 1, 24). Es decir, Jesucristo quiso asociarnos a los méritos infinitos de su Pasión, invitándonos a cargar la Cruz junto con Él, así como el Cireneo lo hizo en la subida al Calvario. Con nuestros sufrimientos —aunque sean de pequeño valor— unidos a los de valor infinito de nuestro Redentor, nuestros pecados son perdonados (claro está, que esto no excluye la confesión sacramental hecha al sacerdote en el caso de los pecados mortales), así como ayudamos a pagar las culpas de los demás hombres.

Pero además, Dios nos exige otra penitencia, quizás más importante en nuestros días: consiste en enfrentar los errores y pecados de la sociedad moderna.

La causa dominante de la presente situación de pecado es el proceso revolucionario que tiene sus raíces hacia el final de la Edad Media con el advenimiento del Renacimiento. Y una de sus manifestaciones más protuberantes es la laicidad del Estado, que destronó a la Santa Iglesia de su lugar de Reina, a que tenía derecho como la única y verdadera Iglesia instituida por Nuestro Señor Jesucristo. En consecuencia, sus leyes no se imponen más sobre toda la sociedad, que pasa a impugnar los principios fundamentales de su moral, y hasta de la ley natural, de la cual la Iglesia es guardiana.

La familia, célula básica de la sociedad, está hecha pedazos: el matrimonio religioso, cuando aún se realiza, es precedido por el “enamoramiento”, que ya es considerado como detentor de todos los derechos del matrimonio legítimo. Las “parejas” más conservadoras aún usan el anillo en la mano derecha, presentándose como antiguamente lo hacían los novios, a la espera del matrimonio religioso que está por realizarse. Pero viven en una unión de hecho…

La anticoncepción se generalizó, no sólo dentro del matrimonio, sino ya en el período del “enamoramiento”, y hasta entre adolescentes que ni siquiera tienen la edad legal para casarse.

Como esta situación da origen a embarazos precoces, presentan como solución el aborto, cuya legalización pasa a ser reivindicada de la forma más amplia posible.

En ese contexto de liberación total, no debe sorprendernos que el homosexualismo pase a exigir derechos de ciudadanía, y comiencen a ser aceptados por la sociedad “parejas” de dos padres o de dos madres. Y hasta se pretende que quien se oponga a ello tenga su libertad de opinión coartada y sea condenado por “crimen de homofobia”.

Para completar el cuadro de las abominaciones, las personas mayores que persistan en vivir mucho o los enfermos que den mucho trabajo, ¡corren el riesgo de ser eliminados por la eutanasia!

Frente a este panorama, ser católico exige el sufrimiento de no tolerar los errores del mundo moderno; exige una actitud de heroísmo, la valentía de decir “¡estoy en contra!”, “¡no lo acepto!”:

— ¡No acepto el enamoramiento como equivalente al matrimonio!

— ¡No acepto el matrimonio civil como equivalente al matrimonio religioso!

— ¡No acepto la anticoncepción dentro o fuera del matrimonio!

— ¡No acepto el “matrimonio” entre personas del mismo sexo!

— ¡No acepto el aborto en ningún caso!

— ¡No acepto la eutanasia!

Ésta es la penitencia más importante que el Mensaje de Fátima exige de nosotros, para evitar el cataclismo anunciado.

En síntesis, esa penitencia se traduce en la valentía de enfrentar al mundo, en la valentía heroica de decir:

— ¡Yo persevero en la fe en Dios!

— ¡Yo persevero en la fe en Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios y de la Virgen María!

— ¡Yo persevero en la fidelidad a las enseñanzas de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, fundada sobre la roca de Pedro y perpetuada por sus legítimos sucesores! ¡Que la Santísima Virgen me ayude! 

Monseñor José Luis Villac*


Fuentes: 
Revista Catolicismo
Tesoros de la Fe

Monseñor José Luiz Villac


*Monseñor José Luis Marinho Villac, nació en São Paulo, el 26 de julio de 1929. Sus padres, católicos ejemplares, lo orientaron desde muy temprano hacia el servicio de la Iglesia. La Cruzada Eucarística, la Congregación Mariana del Colegio San Luis, en la capital paulista, el grupo de amigos formado por Plinio Corrêa de Oliveira, y el Seminario de San Leopoldo, en Río Grande del Sur, fueron las etapas de su formación religiosa, coronada con su solemne ordenación sacerdotal el 1 de diciembre de 1597 en Jacarezinho, Paraná. Inició así, una larga trayectoria de 60 años de celo apostólico y de dedicación a la causa en defensa de la Santa Iglesia y de la Civilización Cristiana.

Monseñor Villac fue un verdadero y celoso sacerdote de Nuestro Señor Jesucristo. Reflejaba una profunda vida interior, cercando su persona y sus actos de una gravedad conveniente a su ministerio. Fue un confesor inflexible, director espiritual, administrador y rector de seminario, atendía a todos, orientándolos, aliviándolos y estimulándolos a tomar las vías de Dios.

Desde 1996, fue destacado y apreciado colaborador de la revista católica brasileña, Catolicismo. Su sección La Palabra del Sacerdote, publicada mensualmente, fue de las más leídas, constituyéndose en un  verdadero curso de doctrina católica y de respuesta a preguntas de sus lectores.

Merece especial destaque su particular relación con Plinio Corrêa de Oliveira, su padrino de Ordenación Sacerdotal, y con quien estableciéndose entre ambos, una profunda afinidad de pensamiento y de propósitos, que duraría toda la vida. El Dr. Plinio tenía en su ahijado, una gran confianza como confesor y orientador de conciencias, y a él recorrió en innumerables ocasiones para resolver cuestiones canónicas o espirituales. Monseñor reconoció en el líder católico brasileño, la vocación princeps de denunciar la Revolución anticristiana y de emprender la Contra-Revolución, una visión referente para toda acción apostólica en nuestra época. Por una feliz disposición de la Providencia, el admirable sacerdote fue quien le administró, en octubre de 1995, los últimos sacramentos a su padrino de Ordenación Sacerdotal. Monseñor José Luis Villac falleció el 27 de octubre de 2018, a los 89 años.

viernes, 25 de diciembre de 2020

Stille Nacht, la canción de Navidad que bajó del Cielo - VIDEOS

 




 VIDEO

Stille Nacht, la canción de Navidad 

que bajó del Cielo



VIDEO

El canto Stille Nacht comentado por 

Plinio Corrêa de Oliveira (en portugués)



La simple y llana historia de un himno providencial


     Hertha Ernestine Pauli (1906-73) en su libro Ein Lied vom Himmel (Una canción del cielo) cuenta la historia del Stille Nacht. Ahí señala que la aldea austríaca de Oberndorf es vecina de Salsburgo, la famosa ciudad natal de Mozart. En el centro de la misma, a orillas de un sonoro riachuelo de montaña, el Salzach, se alza la iglesia de San Nicolás, cuya torre domina el paisaje. En 1818, San Nicolás era una construcción pequeña y pobre, rodeada de pocas casas. Visto desde uno de los altos picos que lo circundan, este pequeño conjunto arquitectónico parece un remoto nido de pájaros entre altas montañas.

     Un joven sacerdote, Joseph Franz Mohr (1792-1848), era párroco de San Nicolás. También había una escuela en la aldea, cuyo maestro era Franz Xaver Gruber (1787-1863), un modesto organista y compositor, gran amigo del padre Mohr. Eran las personas más instruidas del lugar. Franz era cinco años mayor que el padre Mohr y tenía 29 años de edad cuando fue destacado para enseñar en la escuela de Oberndorf. En la tranquilidad de la aldea, podían seguir con la mayor calma las inspiraciones poéticas y musicales de sus corazones. Gélidos inviernos los recogían en sus casas, donde se dedicaban a escribir y componer.

     Con una clara vena poética, el padre Mohr expresaba a menudo sus pensamientos por medio de versos simples y sin mayores pretensiones, donde interpretaba los sentimientos de su región y de su país. En vísperas de la Navidad de 1818, dirigió su mirada a las montañas vecinas —cuyos caminos solía recorrer en las visitas pastorales a sus feligreses, en el silencio de los valles y en medio de los pinos nevados— y sintió promesas de paz y de bendición propias de la Noche Sagrada en que nació el Salvador.

     Estas percepciones de su sensibilidad le hicieron caminar suavemente entre los abundantes copos de nieve, acompañando el repicar de las campanas de las aldeas vecinas. Se le ocurrió entonces ofrecer al Niño Jesús la poesía que palpitaba en su pecho. Escribió un poema corto, inocente y puro, que hoy es la letra de la canción navideña más famosa del mundo: el Stille Nacht.


Modesto debut musical, en la Navidad de 1818

     — “Estos versos también palpitan en mi alma”. El padre Mohr pronto le mostró el poema a su amigo Gruber. El maestro de escuela recibió el escrito del sacerdote, lo leyó atentamente y le hizo una confidencia:

     Volvió a leer el poema, pensando en las notas musicales para cada frase, y pidió su consentimiento para componer una canción:

     — “Si la composición sale bien, quizás podamos cantarla en Nochebuena”.

     En las primeras notas —todavía vacilantes, corregidas sucesivamente, modificadas, pero ya sorprendentemente encantadoras— el padre Mohr se dejó maravillar. Luego llevaron el texto y la partitura al coro de la pequeña iglesia de San Nicolás, compuesto por feligreses con buena voz, que la admiraron y la ensayaron. Embelesado, el coro la cantó por primera vez la noche de Navidad de 1818.

     Poco después, un conocido constructor de órganos, Karl Mauracher, de paso por la aldea, escuchó en recogido silencio la canción navideña recién compuesta. Cogiendo su larga barba, dijo pausadamente:

     — “Me gustaría escuchar eso una vez más, señor Gruber”.

     El profesor atendió el pedido del instruido organista y junto con el sacerdote la volvió a cantar. De regreso a la ciudad, Mauracher pidió permiso para llevarse la letra y la partitura. Allí la envió a otros coros, recomendándola con su autoridad musical. No hubo quien no la admirara y comenzó a ser interpretada con motivo de las fiestas navideñas, pues sería inapropiado fuera de aquel ambiente. Y así, de Navidad en Navidad, dondequiera que era presentada, la canción transportaba las almas al pesebre donde dormía el Divino Niño, impregnándolas con la unción que emanaba de la Sagrada Familia.

     El Stille Nacht despertaba la imaginación. Y esta es exactamente la finalidad de la música. Era como una rendija entre las tablas del establo de Belén, a través de la cual se podía escuchar y sentir ese momento grandioso de la gruta bendita, en la vida doméstica de la Sagrada Familia.

     Así, la música comenzó a extenderse por la región vecina del Tirol y luego por toda Austria. Cruzando los Alpes, llegó a Alemania, y desde entonces ha sido cantada con ternura y compenetración en todo el mundo cristiano.



Fuente: 

Revista Catolicismo

martes, 22 de diciembre de 2020

El milagro del Niño Jesús en Hungría comunista (incluye video)

 






     Los hechos presentados a continuación los publicó por primera vez, en 1858, la periodista católica polaca afincada en París, María Winowska, en su libro "Les Voleurs de Dieu", de la editorial Saint-Paul de la capital francesa, que luego fue reeditado muchas veces y en varios idiomas.

     Maria Winowska (1909-1993) fue una de las fundadoras de la revista "Verbum" en Polonia en 1933 (cuando tenía 24 años). En 1940 vivía en Toulouse, Francia, y colaboró con la resistencia francesa y los servicios secretos aliados. No fue una desconocida: en 1950 recibió un premio de la Academia francesa por su libro "Le Fou de Notre-Dame, Le Père Maximilien Kolbe".

     Diplomada en filología clásica, devota de Santa Faustina Kowalska y del Padre Pío, era muy crítica con la jerarquía polaca y cierta izquierda cuando parecía ceder a presiones del gobierno comunista y a menudo la criticaba en libros con pseudónimo (por ejemplo, con el nombre Pierre Lennert, escribió "La Iglesia Católica en Polonia").

     La fuente de la historia relatada a continuación es un sacerdote húngaro al que la periodista llama "Padre Norbert", que es quien se la contó. Este sacerdote huyó de Hungría en 1956, con la invasión de los tanques rusos, pocos meses después de los hechos que aquí cuenta. El suceso se dio en la escuela del pueblo húngaro que él atendía, cuyo nombre no proporciona, pero especifica que tenía unos 1.500 habitantes. Puesto que el libro se publica menos de dos años después, es un hecho fresco en su memoria. Las fuentes del sacerdote son varias de las niñas que asistieron al hecho.

Dictadura comunista, maestra atea militante




     Se acercaban las fiestas de Navidad de 1955 en aquel pueblo húngaro bajo la dictadura comunista. La maestra, Gertrudis, atea y comunista, tenía como objetivo educar a las niñas de la escuela en el ateísmo y el materialismo marxista. El párroco Norbert así lo narra a la periodista Winowska:

     "Ella aprovechaba cualquier ocasión para burlarse, denigrar y despreciar la fe de sus alumnas. Se la tomaba sobre todo con las niñas que recibían con frecuencia la Sagrada Comunión. En el curso de 4ºA, la mejor alumna era Angela, quien no sólo era muy inteligente, sino además era una chiquilla buena y generosa, gracias a lo cual se ganaba la simpatía de sus compañeras. Un día me pidió permiso para recibir a diario la Sagrada Comunión. Le pregunté:
'¿sabes a lo que te expones?' Riéndose, me respondió muy resoluta: 'Señor cura, a ella le costará trabajo pillarme haciendo alguna falta, se lo aseguro'".

     Gertrudis se embarcó entonces en una auténtica cruzada por encontrar en su devota alumna de 10 años algún motivo para hacerle la vida difícil.

     Cuando el sacerdote preguntaba a la niña si no sería demasiado acoso para ella, Angela respondía que no, que aún no le habían escupido como a Jesús.

     "Gertrudis, dejando de lado el cumplimiento del programa educativo, 
desplegaba sobre la clase todo un arsenal de argumentos en contra de la fe, frente a los cuales Angela no era capaz de responder. Se quedaba de pie callada y cabizbaja, conteniendo el llanto. Tenía una fe inamovible, pero no sabía como defenderla", leemos en "Les voleurs de Dieu".


La fe, una superstición; Cristo, como Caperucita

     El 17 de diciembre la profesora puso en marcha un juego burlón buscando terminar con las "supersticiones ancestrales que infestaban la escuela", como solía llamar a las creencias cristianas.


Una imagen clásica de felelés en una escuela húngara

     Hizo poner de pie a Angela en medio de la clase, rodeada de sus compañeras. Era el temido felelés, como llamaban en las escuelas húngaras al ser examinado de pie ante todos los compañeros junto a la pizarra. La maestra planteó lo siguiente:

     - A ver, niña mía, cuando tus padres te llaman, ¿qué sucede? Que vienes. Y si llaman al deshollinador, él viene. Pero si llaman a tu abuela no vendrá, porque está muerta. Y si llaman a Barba Azul o a Caperucita Roja, o la Cenicienta o al Gato con Botas, ¿qué pasará?

     - No vendrá nadie, porque son personajes de cuentos -respondió Angela.

     - Perfecto. Como pueden ver, niñas, los vivos, los que existen, responden al llamado, pero no responderán los que no existen o han dejado de vivir. ¿Está claro, ¿no?

     -Sí -respondió en coro la clase. (A las niñas no se les ocurrió ser posible que alguien que está vivo no llegue a oír que se le llame, o que lo oiga pero algo le impida acudir, o que tenga buenas razones para decidir no acudir).

     - Supongamos ahora que Ustedes llaman al Niño Jesús. ¿Hay entre ustedes alguna que todavía crea en el Niño Jesús? -planteó la maestra.

     Después de un instante de silencio, algunas niñas dijeron tímidamente "sí, sí". La maestra preguntó entonces directamente a Angela, y la niña respondió:

     - Sí, yo creo que Él me escucha.


     - Muy bien, hagamos el experimento -dijo Gertrudis: -Si el Niño Jesús existe, escuchará tu llamado. Griten entonces, todas juntas y muy fuerte: ¡ven, Niño Jesús! A la una, a las dos... ¡y a las tres!

     Las niñas, cabizbajas, no se atrevían a hacerlo. Aquel silencio lleno de tensión quedó roto por el estallido de una sarcástica carcajada de la maestra quien sentenció:

     - Aquí es a donde quería hacerlas llegar. Aquí está mi prueba. Ustedes no se atreven a llamarlo, porque saben bien que su Niño Jesús 
¡no vendrá! Y si no las escucha es porque no existe, como Caperucita Roja o Blancanieves; porque no es más que un mito, una historia para mujeres buenas que ronronean junto al fuego y que nadie se toma en serio porque no es verdadera -proclamaba Gertrudis, triunfante.

     Las niñas, calladas y desconcertadas, pensaban que aquél parecía un argumento de peso. Si el Niño Jesús existe, ¿por qué no se lo puede ver?

Sucede lo inesperado

     Angela se colocó en medio del aula -se entiende que entre las niñas, alejándose de la pizarra y la maestra- y con un brillo en los ojos dijo:

     - Bien, nosotras lo llamaremos. ¿De acuerdo? Todas juntas: ¡Ven, Niño Jesús! 
¡Ven, Niño Jesús!

     Las niñas dudaron un poco, pero Angela les habló de nuevo y ellas repitieron el llamado: "¡Ven, Niño Jesús!"

     La narración de Winowska, a partir del testimonio del párroco, es detallada, y al parecer se basa en la narración de varias de las niñas, no sólo de una, ya que habla de lo que "contaban después".

     "Las niñas no estaban viendo hacia la puerta. Su vista la tenían dirigida al frente, hacia Angela. Entonces la puerta se abrió silenciosamente. Las alumnas vieron sin querer hacia la entrada del aula, cuando -como contaban después- 
'toda la luz del día huyó de repente hacia la puerta'. Esa claridad se hacía cada vez más intensa, hasta que al final se formó algo parecido a una esfera de luz. Las niñas quedaron atemorizadas por aquel fenómeno inesperado. Tenían tanto miedo que incluso eran incapaces de gritar".

     "De repente, la esfera luminosa se entreabrió y de adentro apareció un niño muy pequeño, quien sonrió a la clase, pero no dijo nada. Como recordaban luego las que habían participado en este acontecimiento extraordinario, se trataba de un niño 'hermoso como nunca antes ellas habían visto', y su presencia 'era de una inmensa dulzura'. El niñito 'estaba vestido de blanco y parecía un solecito'."

     "Las alumnas dejaron de sentir temor y la alegría se adueñó de ellas. Algunas niñas se quejaban de que les dolían los ojos por el resplandor que irradiaba Jesús. Otras, en cambio, podían contemplarlo sin problemas. El niño no decía nada, solamente se reía. Al final, desapareció en la esfera de luz, la cual también se fue difuminando poco a poco. La puerta, sin embargo, se cerró igual en silencio".
 



Un silencio, unos gritos, una oración

     "Todo este hecho duró... ¿un instante, un cuarto de hora, una hora? En esta cuestión hay diversidad de pareceres. Con toda seguridad no debió superar el límite de tiempo que marca lo que dura una clase. Las niñas no salían de su asombro y de la impresión eran incapaces de emitir cualquier sonido".

     "El silencio lo rompieron, no obstante, los gritos estridentes de la maestra que decía: 
'¡Ha venido, ha venido!'. A continuación salió corriendo del aula, dando un portazo tras de sí. Angela, en cambio, 'parecía salir de un sueño'. Ella dijo simplemente: '¿Lo ves? Él existe. Y ahora, vamos a darle las gracias'. Todas las niñas se pusieron sumisamente de rodillas y rezaron el Padrenuestro, el Avemaría y el Gloria. Después sonó la sirena del colegio y las alumnas salieron al recreo".

     "Esta historia, evidentemente, se difundió enseguida, puesto que Gertrudis repetía sin cesar: ¡Ha venido! ¡Ha venido! En tal estado no podía quedarse más tiempo en la escuela. Al final de todo la internaron en un hospital psiquiátrico. Intenté verme con ella, pero fue en vano, ya que no estaba permitido a los sacerdotes entrar en un centro para enfermos mentales. Angela, en cambio, al acabar la escuela se dedicó a ayudar a su madre, cuidando de sus hermanos pequeños. Pienso que la vocación iba madurando despacio en ella, pero desde que abandoné Hungría no tengo noticias al respecto", concluye la narración que Winowska publicó, a partir de las palabras del sacerdote húngaro, en plena Guerra Fría, y que sin duda reforzó la fe y la esperanza de muchos cristianos en ambos lados del tiránico Telón de Acero.


VIDEO (en portugués)



Fuente: 

- Religión en Libertad

- Video: IPCO

lunes, 14 de diciembre de 2020

Con la Aparición en el Monte Pichincha, nace la devoción al Niño Jesús en el Ecuador. Novena de Navidad

 




El Niño Jesús, que la Santísima Virgen presentaba constantemente en sus brazos durante las apariciones de Nuestra Señora del Buen Suceso manifestaría también su predilección por estas tierras del Sagrado Corazón así como la ingratitud del Ecuador ante las misericordias divinas. En el año de 1628 Nuestra Señora así decía a la Madre Mariana de Jesús Torres:

“Levanta ahora la vista y mira hacia el cerro de Pichincha, donde será crucificado este Divino Infante que traigo en mis brazos. Lo entrego a la Cruz a fin de que Él dé siempre buenos sucesos a esta República, la que será muy feliz cuando en toda en su extensión me conozcan y me honren bajo esta advocación (como María del Buen Suceso), pues será buen suceso para las almas, casas y familias, y esta invocación será prenda de salvación”.

Enseguida, la Madre Mariana de Jesús vio a los tres Arcángeles, San Miguel, San Gabriel, y San Rafael que tomaron al Divino Niño de los brazos de su Santísima Madre y lo condujeron a la cima de dicho cerro, dejándolo allí con reverente acatamiento,




Toda la montaña se envolvió de una luz celestial y el Niño Jesús, vestido de una larga túnica blanca salpicada de estrellas y un manto de color rosado muy precioso, nunca visto en la tierra, encontró delante de sí una cruz de madera lisa y achatada de la cual pendía una corona de agudas espinas.

Hermoso y lleno de Divinidad, oculta en su Santa Humanidad se postró en tierra con los brazos en cruz, y rezando al Dios Padre decía:

“Padre Mío y Dios Eterno, considerad benigno esta pequeña porción de tierra, ( el Ecuador ) que hoy me das, para que en ella, reine como Señor absoluto, mi amoroso y tierno Corazón y el de mi Madre Santísima, criatura tan pura y tan bella cual no hay otra”

El Divino Niño se aproximó a la cruz, fijándose a ella con amor y por sus rosadas mejillas caían gruesas lágrimas que fueron luego recogidas por los tres Arcángeles y esparcidas por ellos por toda la nueva nación. Ciñendo la corona de puntiagudas espinas, el Divino Niño se apegó a la cruz y extendió sus manos, quedando crucificado delante del gran Pichincha. Dicha colina que domina la ciudad (de Quito) quedó santificada a partir de ese instante y quiso desde allí el Corazón Santísimo de Jesús, ejercer su dominio.





Su frente, manos y pies emanaban sangre, y mientras su triste miraba abarcaba todo el Ecuador, entre sollozos decía:

“No puedo hacer más por tí, para demostrarte mi Amor! Almas ingratas no me paguéis con desprecio, sacrilegios y blasfemias, tanto Amor y delicadezas de mi Corazón! Por lo menos vosotros mis devotos sed mi consuelo en mis soledades eucarísticas, velad en mi compañía, alejad de vosotros el sueño de la indiferencia con relación a Dios que tanto os ama"

“En medio de las amarguras y funestos tiempos que sobrevendrán a esta Patria, vuestra humilde, secreta, y silenciosa oración juntamente con vuestra penitencia voluntaria, la salvará de la destrucción a donde la conducen sus hijos ingratos, pues éstos, humillando y despreciando a los buenos, exaltarán y alabarán a los malos advenedizos satélites de Satanás”


Devoción al Niño Jesús, Símbolo de la Inocencia Espiritual

La Madre Mariana recibiría luego, en el año de 1634, el mandato de Nuestra Señora de reproducir en estampas su visión del Niño Divino:

“No fue por casualidad que viste crucificado a mi Divino Niño en el cerro del Pichincha..."

“...Ya que colocaste mi Imagen sobre el Trono de Abadesa de éste mi Convento tal como te lo pedí, para gobernarlo y defenderlo, y hacer el bien a todas las poblaciones y ciudades, así también queremos que, valiéndote del Obispo, reproduzcas en estampas esta visión que tuviste de mi Amadísimo Niño Crucificado, escribiendo en ellas las palabras que oíste de sus labios".




Nuestra Señora del Buen Suceso le ordenó entonces, “difundir dichas estampas por todo el mundo". La Providencia tenía en ello un Santísimo propósito :

“Estas estampas diría la Santísima Virgen volarán por el mundo entero y a todos impresionará santamente, sin saberse de su procedencia en el transcurso de los tiempos".

Al día siguiente, el Obispo de Quito, Don Pedro de Oviedo, acudió al Monasterio de las Conceptas, para saludar a las dos únicas sobrevivientes, en ese entonces, de la Fundación del Convento, siendo ellas, la Madre Mariana de Jesús Torres y la Madre Francisca de los Ángeles.

“Queridas Hermanas, - dijo el Prelado - en sueños me pareció ver a mi Madre Santísima, que llena de amor y ternura maternal, me indicaba la visión del Niño Crucificado en el cerro del Pichincha, pidiéndome también, mandarla a grabar en unas estampas, añadiéndole las palabras mencionadas por el Divino Niño en dicha colina".

Nuestra Señora le indicaba así al Obispo, lo mismo que le había revelado a la Madre Mariana, acerca de la difusión de la devoción al Niño Jesús Crucificado, por todo el mundo, incluso Don Oviedo tuvo la impresión también de que las referidas estampas jamás se perderían, por el contrario, serían continuamente reproducidas y tendrían el don de conquistar corazones para el amor a Dios.

El Obispo ordenó a la Santa Fundadora, elaborar un dibujo que plasmase la aparición del Niño en la Cruz, y enviarlo a España, lugar donde iban a ser editadas las estampas. Al dibujo, Monseñor Oviedo le adjuntaría una carta dirigida al Rey pidiéndole especial prontitud en la impresión. Prometió también a las Madres, encargarse personalmente, luego de su publicación, de distribuirlas a todas las religiosas del Convento, oferta que cumplió tiempo después.

En todas sus apariciones hechas a la Madre Mariana de Jesús Torres, Nuestra Señora del Buen Suceso, llevaba consigo al Niño Jesús. Y como prueba de su Amor para con el Convento de la Inmaculada Concepción, como también para con estas tierras del Sagrado Corazón de Jesús, entregó en varias ocasiones a su Divino Infante en brazos de la santa religiosa, quien complacida lo recibía con presteza inimaginable y gozo inefable.

Tres meses antes de la muerte la Sierva de Dios, en medio de uno de esos sublimes momentos, el Niño Dios, acariciándola, le dice:

“Mi querida y pobre esposa, fíjate bien y medita en tu interior, que la devoción al Niño Jesús será siempre, en todo conflicto, la salvaguardia de éste Convento. Si faltara esta devoción, desaparecerá el bello espíritu de la infancia espiritual en el que se complace mi Padre Celestial".

“Mientras dicho espíritu exista no habrá poder humano capaz de destruir este Convento mío, tan querido. Felices quienes me amen y me den culto. Yo los llenaré de Luces y Gracias para que sus almas sean preciosas ante mi Padre Celestial y la Santísima Trinidad, en ellas nos deleitaremos".

“Yo los asistiré en la última agonía y volveré suave su juicio, menor el tiempo de su purificación, y grande el grado de Gloria que tuvieren en el Cielo".

Así el Hijo de Dios, recordaba la Divina sentencia manifestada en cierta ocasión a los Apóstoles: «Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis; porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. En verdad os digo, que quien no recibiere el Reino de Dios como un niño, no entrará en él» (Lc. 18, 16-17).

La Madre Mariana de Jesús Torres consiguió así, a través de una devoción sin par al Niño Jesús de la Cruz, que aquella inocencia infantil, junto a dones de naturaleza y de Gracia embellezcan su alma por siempre.

Nace la Novena de Navidad

Con la devoción al Niño Jesús del Pichincha, Nuestra Señora quiso legarnos un verdadero y heroico amor a la vida de cruz y a la inocencia espiritual. El Niño Dios es una flor hermosísima, peregrina, esbelta y lozana, como la flor misteriosa comparada por el profeta Isaías, y que coronaba la vara que salía del tronco de Jesé. Él es la azucena fragantísima, todavía plegada, recién entreabriéndose, pero al final de cuentas vino para ser el Redentor del mundo, para sufrir y para morir.


Fray Fernando de Jesús Larrea Dávalos OFM


Quiso entonces Nuestra Señora del Buen Suceso que la inocencia y el amor a la cruz sean virtudes constantemente honradas en la devoción al dulcísimo Niño Jesús de la Cruz del Pichincha, así como también en otra devoción, muy afín con la primera, y que nacería después, en 1743, cuando Fray Fernando de Jesús Larrea,​ franciscano nacido en Quito, escribió la Novena de Navidad, o de Aguinaldos, por petición de la fundadora del Colegio de La Enseñanza en Bogotá, doña Clemencia de Jesús Caycedo Vélez. Tiempo después una religiosa de dicho establecimiento, la Madre María Ignacia Samper, le agregó los gozos.

La Navidad, el mundo de lo maravilloso




La celebración de la Navidad, era para Plínio Corrêa de Oliveira motivo de un respeto profundo y sacral.

El episodio de Nuestro Señor elogiando a los niños, incentivándolos a aproximarse de Él, no es sino un elogio a los valores de alma que el niño tiene, y que pueden encontrarse también en el hombre inocente. El alma del inocente es toda impregnada, desde las primeras luces de la razón, del sentido de lo sobrenatural y de lo maravilloso. Por esto el espíritu de un niño se encanta con el árbol de Navidad. Pero, ¿qué es el árbol de Navidad? Es algo que nos sumerge en el mundo de lo maravilloso, en el mundo de los “cuentos de hadas”, de la inocencia.

Ver al Niño recién nacido en Belén, recostado en un pesebre, significaba para el Dr. Plínio, el momento propicio para pedir al Divino Redentor la conservación o restauración de la inocencia primaveril adquirida con el bautismo. En cierta ocasión dictó la siguiente jaculatoria para pedir esa gracia muy especial:
«Dame !oh¡ Niño Jesús una centella de tu Inocencia, y seré la persona más inocente del mundo».




Novena al Niño Jesús

Oración para Todos los Días

Benignísimo Dios de infinita caridad, que tanto amaste a los hombres, que les diste en vuestro Unigénito​ la mejor prenda de vuestro amor para que hecho hombre en las entrañas de una Virgen, naciese en un pesebre para nuestra salud y remedio. Yo, en nombre de todos los mortales os doy infinitas gracias por tan soberano beneficio; y en retorno de él os ofrezco la pobreza, humildad y demás virtudes de vuestro hijo humanado, suplicándoos por sus divinos méritos, por las incomodidades con que nació, y por las tiernas lágrimas que derramó en el pesebre, que dispongáis nuestros corazones con humildad profunda, con amor encendido, con total desprecio de todo lo terreno, para que Jesús recién nacido tenga en ellos su cuna, y more eternamente. Amén.

(Se reza tres veces el Gloria al Padre)

Consideraciones Diarias

Día Primero

En el principio de los tiempos el Verbo reposaba en el seno de su Padre en lo más alto de los cielos: allí era la causa, a la par que el modelo de toda creación. En esas profundidades de una incalculable eternidad permanecía el Niño de Belén. Allí es donde debemos datar la genealogía del Eterno que no tiene antepasados, y contemplar la vida de complacencia infinita que allí llevaba.

La vida del Verbo Eterno en el seno de su Padre era una vida maravillosa y sin embargo, misterio sublime, busca otra morada en una mansión creada. No era porque en su mansión eterna faltase algo a su infinita felicidad sino porque su misericordia infinita anhelaba la redención y la salvación del género humano, que sin Él no podría verificarse.

El pecado de Adán había ofendido a un Dios y esa ofensa infinita no podría ser condonada sino por los méritos del mismo Dios. La raza de Adán había desobedecido y merecido un castigo eterno; era pues, necesario para salvarla y satisfacer su culpa que Dios, sin dejar el cielo, tomase la forma del hombre sobre la tierra y con la obediencia a los designios de su Padre, expiase aquella desobediencia, ingratitud y rebeldía.

Era necesario en las miras de su amor que tomase la forma, las debilidades e ignorancia sistemática del hombre, que creciese para darle crecimiento espiritual; que sufriese, para morir a sus pasiones y a su orgullo y por eso el Verbo Eterno ardiendo en deseos de salvar al hombre resolvió hacerse hombre también y así redimir al culpable.

Oración a la Santísima Virgen

Soberana María, que por vuestras grandes virtudes y especialmente por vuestra humildad, mereciste que todo un Dios os escogiese por madre suya. Os suplico que vos misma preparéis y dispongáis mi alma, y la de todos los que en este tiempo hiciesen esta novena, para el nacimiento espiritual de vuestro adorado Hijo.

¡Oh dulcísima Madre! Comunicadme algo del profundo recogimiento y divina ternura con que le aguardaste, para que nos hagáis menos indignos de verle, amarle y adorarle por toda la eternidad.

Amén.

(Se reza nueve​ veces el Ave María). 

Oración a San José

¡Oh, Santísimo José! Esposo de María y padre putativo de Jesús. Infinitas gracias doy a Dios porque os escogió para tan altos ministerios y os adornó con todos los dones proporcionados a tan excelente grandeza. Os ruego, por el amor que tuviste al Divino Niño, me abraces en fervorosos deseos de verle y recibirle sacramentalmente, mientras en su divina esencia le veo y le gozo en el cielo. Amén.

(Se reza Padre Nuestro, Ave María y Gloria al Padre) 

Gozos

Coro
Dulce Jesús Mío,
mi niño adorado:
¡Ven a nuestras almas!
¡Ven no tardes tanto!
1
¡Oh Sapiencia suma
del Dios soberano,
que a infantil alcance
te rebajas sacro!
¡Oh Divino Niño
ven para enseñarnos
la prudencia que hace
verdaderos sabios!

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven no tardes tanto!
2
¡Oh, Adonaí potente
que a Moisés hablando,
de Israel al pueblo
disteis los mandatos!
¡Ah, ven prontamente
para rescatarnos,
y que un niño débil
muestre fuerte brazo!

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven no tardes tanto!
3
¡Oh raíz sagrada
de Jesé que en lo alto​
presentas al orbe
tu fragante nardo!
¡Dulcísimo Niño
que has sido llamado
“Lirio de los Valles,
Bella flor del campo”!

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven no tardes tanto!
4
¡Llave de David
que abre al desterrado
las cerradas puertas
de regio palacio!
¡Sácanos, oh Niño,
con tu blanca mano
de la cárcel triste
que labró el pecado!

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven no tardes tanto!
5
¡Oh lumbre de Oriente,
sol de eternos rayos,
que entre las tinieblas
tu esplendor veamos!
¡Niño tan precioso,
dicha del cristiano,
luzca la sonrisa
de tus dulces labios!

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven no tardes tanto!
6
¡Espejo sin mancha
santo de los santos,
sin igual imagen del
Dios soberano!
¡Borra nuestras culpas,
salva al desterrado
y en forma de niño,
da al mísero amparo!

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven no tardes tanto!
7
¡Rey de las naciones,
Emmanuel preclaro.
de Israel anhelo,
pastor de rebaño!
¡Niño que apacientas
con suave cayado
ya la oveja arisca
ya el cordero manso!

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven no tardes tanto!
8
¡Ábranse los cielos
y llueva de lo alto
bienhechor rocío
como riego santo!
¡Ven hermoso Niño!
¡Ven Dios humanado!
¡Luce, hermosa estrella,
brota, flor del campo!

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven no tardes tanto!
9
Ven que ya María
previene sus brazos
de su Niño vean
en tiempo cercano!
¡Ven que ya José
con anhelo sacro
se dispone a hacerse
de tu amor sagrario!

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven no tardes tanto!
10
¡Del débil auxilio,
del doliente amparo,
consuelo del triste,
luz del desterrado!
¡Vida de mi vida,
mi dueño adorado,
mi constante amigo,
mi divino hermano!

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven no tardes tanto!
11
¡Véante mis ojos
de ti enamorados!
¡Bese ya tus plantas!
¡Bese ya tus manos!
¡Prosternado en tierra
te tiendo los brazos,
y aún más que mis frases
te dice mi llanto!

¡Ven a nuestras almas!
¡Ven no tardes tanto!
12
¡Ven Salvador Nuestro
por quien suspiramos!
¡Ven a nuestras almas!
¡Ven no tardes tanto!

Oración al Niño Jesús

Acordaos, ¡oh dulcísimo Niño Jesús!, que dijiste a la Venerable Margarita del Santísimo Sacramento, y en persona suya a todos vuestros devotos, estas palabras tan consoladoras para nuestra pobre humanidad tan agobiada y doliente:

“Todo lo que quieras pedir, pídelo por los méritos de mi infancia y nada te será negado”.

Llenos de confianza en Vos, ¡Oh Jesús!, que sois la misma verdad, venimos a exponeros toda nuestra miseria. Ayúdanos a llevar una vida santa, para conseguir una eternidad bienaventurada. Concedednos por los méritos infinitos de vuestra encarnación y de vuestra infancia, la gracia de la cual necesitamos tanto. Nos entregamos a Vos, ¡oh Niño omnipotente! Seguros de que no quedará frustrada nuestra esperanza y de que en virtud de vuestra divina promesa, acogerás y despacharás favorablemente nuestra súplica. Amén. 


Consideraciones para los días siguientes

Día Segundo

El verbo eterno se halla a punto de tomar su naturaleza creada en la santa casa de Nazaret, en donde moraban María y José. Cuando la sombra del decreto divino vino a deslizarse sobre ella, María estaba sola y engolfada en la oración. Pasaba las silenciosas horas de la noche en la unión más estrecha con Dios; y mientras oraba, el Verbo tomó posesión de su morada creada. Sin embargo, no llegó inopinadamente: antes de presentarse envió a un mensajero, que fue el Arcángel San Gabriel, para pedir a María de parte de Dios su consentimiento para la encarnación. El creador no quiso efectuar ese gran misterio sin la aquiescencia de su criatura. Aquel momento fue muy solemne: era potestativo en María rehusar... Con qué adorables delicias, con qué inefable complacencia aguardaría la Santísima Trinidad a que María abriese los labios y pronunciase el "sí" que debió ser suave melodía para sus oídos, y con el cual se conformaba su profunda humildad a la omnipotente voluntad divina. La Virgen Inmaculada ha dado su asentimiento. El arcángel ha desaparecido. Dios se ha revestido de una naturaleza creada; la voluntad eterna está cumplida y la creación completa. En las regiones del mundo angélico estalla el júbilo inmenso, pero la Virgen María ni le oía ni le hubiese prestado atención a él. Tenía inclinada la cabeza y su alma estaba sumida en el silencio que se asemejaba al de Dios. El Verbo se había hecho carne, y aunque todavía invisible para el mundo, habitaba ya entre los hombres que su inmenso amor había venido a rescatar. No era ya sólo el Verbo eterno; era el Niño Jesús revestido de la apariencia humana, y justificando ya el elogio que de Él han hecho todas las generaciones en llamarle el más hermoso de los hijos de los hombres.

Día Tercero

Así había comenzado su vida encarnada el Niño. Consideremos el alma gloriosa y el santo cuerpo que había tomado, adorándolos profundamente. Admirando en el primer lugar el alma de ese divino Niño, consideremos en ella la plenitud de su gracia santificadora; la de su ciencia beatífica, por la cual desde el primer momento de su vida vio la divina esencia más claramente que todos los ángeles y leyó lo pasado lo porvenir con todos sus arcanos conocimientos. No supo nunca por adquisición voluntaria nada que no supiese por infusión desde el primer momento de su ser; pero él adoptó todas las enfermedades de nuestra naturaleza a que dignamente podía someterse, aun cuando no fuesen necesarias para la grande obra que debía cumplir. Pidámosle que sus divinas facultades suplan la debilidad de las nuestras y les den nueva energía; que su memoria nos enseñe a recordar sus beneficios, su entendimiento a pensar en Él, su voluntad a no hacer sino lo que Él quiere y en servicio suyo. Del alma del Niño Jesús pasemos ahora a su cuerpo. Que era un mundo de maravillas, una obra maestra de la mano de Dios. No era, como el nuestro, una traba para el alma: era por el contrario, un nuevo elemento de santidad. Quiso que fuese pequeño y débil como el de todos los niños, y sujeto a todas las incomodidades de la infancia, para asemejarse más a nosotros y participar de nuestras humillaciones. El Espíritu Santo formó ese cuerpecillo divino con tal delicadeza y tal capacidad de sentir, que pudiese sufrir hasta el exceso para cumplir la grande obra de nuestra redención. La belleza de ese cuerpo del divino Niño fue superior a cuanto se ha imaginado jamás; la divina sangre que por sus venas empezó a circular desde el momento de la encarnación es la que lava todas las manchas del mundo culpable. Pidámosle que lave las nuestras en el sacramento de la penitencia, para que el día de su Navidad nos encuentre purificados, perdonados y dispuestos a recibirle con amor y provecho espiritual.

Día Cuarto

Desde el seno de su madre comenzó el Niño Jesús a poner en práctica su entera sumisión a Dios, que continuó sin la menor interrupción durante toda su vida. Adoraba a su Eterno Padre, le amaba, se sometía a su voluntad; aceptaba con resignación el estado en que se hallaba conociendo toda su debilidad, toda su humillación, todas sus incomodidades. ¿Quién de nosotros quisiera retroceder a un estado semejante con el pleno goce de la razón y de la reflexión?, ¿quién pudiera sostener a sabiendas un martirio tan prolongado, tan penoso de todas maneras? Por ahí entró el Divino Niño en su dolorosa y humilde carrera; así empezó a anonadarse delante de su Padre, a enseñarnos lo que Dios merece por parte de su criatura, a expiar nuestro orgullo, origen de todos nuestros pecados y hacernos sentir toda la criminalidad y desórdenes del orgullo.

Deseamos hacer una verdadera oración; empecemos por formarnos de ella una exacta idea contemplando al Niño en el seno de su madre. El divino Niño ora y ora del modo más excelente. No habla, no medita ni se deshace en tiernos afectos. Su mismo estado, aceptado con la intención de honrar a Dios, es su oración y ese estado expresa altamente todo lo que Dios merece y de qué modo quiere ser adorado de nosotros.

Unámonos a las oraciones del Niño Dios en el seno de María; unámonos al profundo abatimiento y sea este el primer efecto de nuestro sacrificio a Dios. Démonos a Dios no para ser algo como lo pretende continuamente nuestra vanidad sino para ser nada, para quedar enteramente consumidos y anonadados, para renunciar a la estimación de nosotros mismos, a todo cuidado de nuestra grandeza aunque sea espiritual, a todo movimiento de vanagloria. Desaparezcamos a nuestros propios ojos y que Dios sólo sea todo para nosotros.

Día Quinto

Ya hemos visto la vida que llevaba el Niño Jesús en el seno de su purísima Madre; veamos hoy la vida que llevaba también María durante el mismo espacio de tiempo. Necesidad hoy de que nos detengamos en ella si queremos comprender, en cuanto es posible a nuestra limitada capacidad, los sublimes misterios de la encarnación y el modo como hemos de corresponder a ellos.

María no cesaba de aspirar por el momento en que gozaría de esa visión beatífica terrestre: la faz de Dios encarnado. Estaba a punto de ver aquella faz humana que debía iluminar el cielo durante toda la eternidad. Iba a leer el amor filial en aquellos mismos ojos cuyos rayos deberían esparcir para siempre la felicidad en millones de elegidos. Iba a ver aquel rostro todos los días, a todas horas, cada instante, durante muchos años. Iba a verle en la ignorancia aparente de la infancia, en los encantos particulares de la juventud y en la serenidad reflexiva de la edad madura... Haría todo lo que quisiese de aquella faz divina; podría estrecharla contra la suya con toda la libertad del amor materno; cubrir de besos los labios que deberían pronunciar la sentencia a todos los hombres; contemplarla a su gusto durante su sueño o despierto, hasta que la hubiese aprendido de memoria... ¿Cuán ardientemente deseaba ese día!

Tal era la vida de expectativa de María... era inaudita en sí misma, más no por eso dejaba de ser el tipo magnífico de toda vida cristiana, no nos contentemos con admirar a Jesús residiendo en María, sino pensemos que en nosotros también reside por esencia, potencia y presencia.

Sí, Jesús nace continuamente en nosotros y de nosotros, por las buenas obras que nos hace capaces de cumplir, y por nuestra cooperación a la gracia; por la manera que el alma del que se halla en gracia es un seno perpetuo de María, un Belén interior sin fin. Después de la comunión Jesús habita en nosotros, durante algunos instantes, real y sustancialmente como Dios y como hombre, porque el mismo niño que estaba en María está también en el Santísimo Sacramento. ¿Qué es todo esto sino una participación de la vida de María durante esos maravillosos meses, y una expectativa llena de delicias como la suya?

Día Sexto

Jesús había sido concebido en Nazaret, domicilio de San José y de María, y allí era de creerse que había de nacer, según todas las probabilidades. Más Dios lo tenía dispuesto de otra manera y los profetas habían anunciado que el Mesías nacería en Belén de Judá, ciudad de David. Para que se cumpliese esa predicción, Dios se sirvió de un medio que no parecía tener ninguna relación con este objeto, a saber: la orden dada por el emperador Augusto de que todos los súbditos del imperio romano se empadronasen en el lugar de donde eran originarios. María y José como descendientes que eran de David, no estaban dispensados de ir a Belén, y ni la situación de la Virgen Santísima ni la necesidad en que estaba José del trabajo diario que les aseguraba la subsistencia, pudo eximirles de este largo y penoso viaje, la estación más rigurosa e incómoda del año. No ignoraba Jesús en qué lugar debería nacer e inspiraba a sus padres que se entreguen a la Providencia, y que de esta manera concurran inconscientemente a la ejecución de sus designios. Almas interiores observad este manejo del divino Niño, porque es el más importante de la vida espiritual: aprended que quien se haya entregado a Dios ya no ha de pertenecerse a sí mismo, ni ha de querer en cada instante sino lo que Dios quiera para él; siguiéndole ciegamente aún en las cosas exteriores, tales como el cambio de lugar donde quiera que le plazca conducirle. Ocasión tendréis de observar esta dependencia y esta fidelidad inviolable en toda la vida de Jesucristo, y este es el punto sobre el cual se han esmerado en imitarle los santos y las almas verdaderamente interiores, renunciando absolutamente a su propia voluntad.

Día Séptimo

Representémonos el viaje de María y José hacia Belén, llevando consigo aún no nacido, al creador del universo, hecho hombre. Contemplemos la humildad y la obediencia de ese Divino Niño, que aunque de raza judía y habiendo amado durante siglos a su pueblo con una predilección inexplicable obedece así a un príncipe extranjero que forma el censo de población de su provincia, como si hubiese para él en esa circunstancia algo que le halagase, y quisiera apresurarse a aprovechar la ocasión de hacerse empadronar oficial y auténticamente como súbdito en el momento en que venía al mundo.

El anhelo de José, la expectativa de María son cosas que no puede expresar el lenguaje humano. El Padre Eterno se halla, si nos es lícito emplear esta expresión, adorablemente impaciente por dar a su hijo único al mundo y verle ocupar su puesto entre las criaturas visibles.

El Espíritu Santo arde en deseos de presentar a la luz del día esa santa humanidad, que El mismo ha formado con divino esmero.

Día Octavo

Llegan a Belén José y María buscando hospedaje en los mesones, pero no encuentran, ya por hallarse todos ocupados, ya porque se les deshace a causa de su pobreza. Empero, nada puede turbar la paz interior de los que están fijos en Dios.

Si José experimentaba tristeza cuando era rechazado de casa en casa, porque pensaba en María y en el Niño, sonreíase también con santa tranquilidad cuando fijaba la mirada en su casta esposa. El ruido de cada puerta que se cerraba ante ellos era una dulce melodía para sus oídos.

Eso era lo que había venido a buscar. El deseo de esas humillaciones era lo que había contribuido a hacerle tomar la forma humana. Oh! Divino Niño de Belén! Estos días que tantos han pasado en fiestas y diversiones o descansando muellemente en cómodas y ricas mansiones, ha sido para vuestros padres un día de fatiga y vejaciones de toda clase. ¡Ay! el espíritu de Belén es el de un mundo que ha olvidado a Dios.

¡Cuántas veces no ha sido también el nuestro! Pónese el sol el 24 de diciembre detrás de los tejados de Belén y sus últimos rayos doran la cima de las rocas escarpadas que lo rodean. Hombres groseros, codean rudamente al Señor en las calles de aquella aldea oriental y cierran sus puertas al ver a su Madre.

La bóveda de los cielos aparece purpurina por encima de aquellas colinas frecuentadas por los pastores. Las estrellas van apareciendo unas tras otras. Algunas horas más y aparecerá el Verbo Eterno.

Día Noveno

La noche ha cerrado del todo en las campiñas de Belén. Desechados por los hombres y viéndose sin abrigo, María y José han salido de la inhospitalaria población, y se han refugiado en una gruta que se encontraba al pie de la colina. Seguía a la Reina de los Ángeles el jumento que le había servido de cabalgadura durante el viaje y en aquella cueva hallaron un manso buey, dejado ahí probablemente por alguno de los caminantes que había ido a buscar hospedaje en la ciudad.

El Divino Niño, desconocido por sus criaturas va a tener que acudir a los irracionales para que calienten con su tibio aliento la atmósfera helada de esa noche de invierno, y le manifiesten con esto su humilde actitud, el respeto y la adoración que le había negado Belén. La rojiza linterna que José tenía en la mano iluminaba tenuemente ese paupérrimo recinto, ese pesebre lleno de paja que es figura profética de las maravillas del altar y de la íntima y prodigiosa unión eucarística que Jesús ha de contraer con los hombres.. María está en adoración en medio de la gruta, y así van pasando silenciosamente las horas de esa noche llena de misterios. Pero ha llegado la media noche y de repente vemos dentro de ese pesebre antes vacío, al Divino Niño esperado, vaticinado, deseado durante cuatro mil años con tan inefables anhelos. A sus pies se postra su Santísima Madre en los transporte de una adoración de la cual nada puede dar idea. José también se le acerca y le rinde el homenaje con que inaugura su misterioso e imperturbable oficio de padre putativo del redentor de los hombres.

La multitud de ángeles que descienden del cielo a contemplar esa maravilla sin par, deja estallar su alegría y hace vibrar en los aires las armonías de esa "Gloria in Excelsis", que es el eco de adoración que se produce en torno al trono del Altísimo hecha perceptible por un instante a los oídos de la pobre tierra. Convocados por ellos, vienen en tropel los pastores de la comarca a adorar al "recién nacido" y a prestarle sus humildes ofrendas.

Ya brilla en Oriente la misteriosa estrella de Jacob; y ya se pone en marcha hacia Belén la caravana espléndida de los Reyes Magos, que dentro de pocos días vendrán a depositar a los pies del Divino Niño el oro, el incienso y la mirra, que son símbolos de la caridad, de la oración y de la mortificación. Oh, adorable Niño! Nosotros también los que hemos hecho esta novena para prepararnos al día de vuestra Navidad, queremos ofreceros nuestra pobre adoración; no la rechacéis: venid a nuestras almas, venid a nuestros corazones llenos de amor.

Encended en ellos la devoción a vuestra Santa Infancia, no intermitente y sólo circunscrita al tiempo de vuestra Navidad sino siempre y en todos los tiempos; devoción que fiel y celosamente propagada nos conduzca a la vida eterna, librándonos del pecado y sembrando en nosotros todas las virtudes cristianas. 

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