domingo, 1 de marzo de 2020

CASTIGO DIVINO, Sufrimiento, Amor a la Cruz y Misericordia








     A lo largo de la historia, se han abatido sobre el mundo incontables epidemias que han causado infinidad de muertes terribles. La Iglesia, a través de los siglos, las ha considerado como flagelos de Dios, para mover a los hombres a enderezar sus caminos. Ante estas manifestaciones del desagrado divino, los remedios oportunos son la oración y la penitencia. Un ejemplo de esto es la peste que asolo Roma durante el pontificado de San Gregorio I, conocido para la posteridad como Magno.

     En el año 590, Roma estaba sumergida en la corrupción y la degradación moral. De repente, se desencadenó una peste tan exterminadora, que sus habitantes vieron en ella un castigo divino. Ante la evidencia del castigo, San Gregorio Magno organiza de inmediato una procesión, encabezada por la imagen de Nuestra Señora de Araceli, pintada por el evangelista San Lucas. Muchos seguían sucumbiendo a la peste en el transcurso de la procesión. El papa pidió no detenerse, mientras clamaba: «Mirad a vuestro alrededor y ved la espada de la ira de Dios desenvainada sobre todo el pueblo. La muerte nos arrebata repentinamente del mundo, sin concedernos un instante de tregua. ¡Cuántos en este mismo momento están en poder del mal a nuestro alrededor, sin poder pensar siquiera en la penitencia!». Esta fue la imprecación que hiciera San Gregorio a los romanos, pidiéndoles imitar contritos y penitentes el ejemplo de los ninivitas. De pronto, casi al final, el aire se volvió más puro, cesó su pestilencia, se sanaban las llagas de los apestados, y hubo una serie de hechos sobrenaturales, señal que indicaba que Dios había escuchado las súplicas de piedad. El papa comprendió que la peste había desaparecido.




    En Paray-le-Monial, Borgoña, en 1675, Santa Margarita María de Alacoque, religiosa del convento de la Orden de la Visitación, recibe directamente de Nuestro Señor Jesucristo mensajes de profundo dolor por los sacrilegios y la irreverencia con su Sagrado Corazón.  Tiempo más tarde, Nuestro Señor le encarga confeccionar un escudo del Sagrado Corazón: el Detente. En 1720 empieza una epidemia terrible en Marsella.  Millares de detentes fueron repartidos donde se había propagado la peste. La historia registra que, una vez que todos los habitantes llevaban el detente, la epidemia cesó asombrosamente.





     En los días que corren, se cierne sobre nosotros una amenaza de epidemia. Si bien es cierto que existe la esperanza de que pueda ser superada, no deja de ser una señal para estos tiempos libertinos. Debemos estar atentos a estos signos y elevar al cielo oraciones impetratorias, y ofrecer actos reparadores de ayuno y penitencia. 

     “Dios no castiga; Él es misericordia”. Este es el alegato de la generalidad del mundo, y se les antoja que así es. Buscan miles de argumentos para exaltar la misericordia de Dios a expensas de su justicia, de la que nadie se podrá retraer en sus postrimerías: muerte, juicio, cielo, infierno. 

     Sin embargo, por su caridad insondable, Dios desea que todos se salven, abriéndose al conocimiento aquiescente de la Verdad (1 Timoteo 2:4). Pues a quien ama el Señor le corrige; y azota a todos los hijos que acoge (Hebreos 12:6). Dichoso el hombre que ha encontrado la sabiduría, y el hombre que alcanza la prudencia (Proverbios 3:13).

     Ciertamente, ninguna corrección parece agradable   en el momento de recibirla, sino más bien, penosa. Sin embargo, después produce una cosecha de justicia y paz para quienes han sido entrenados por ella (Hebreos 12:11).


    Pero Dios, queriendo nuestro bien, no espera hasta las postrimerías para que corrijamos nuestro rumbo. Sería cínico negar que nuestra sociedad ha entrado en connivencia con pecados gravísimos, como la sodomía, que motivo a la justicia divina a llover fuego del cielo sobre Sodoma y Gomorra. Seguir por propia voluntad esta inclinación contraria al orden natural creado por Dios, contrariando su derecho soberano de ser obedecido; tomar a la ligera, permitir o, peor aún, solidarizarse con tales prácticas abominables; todo esto es abusar de la paciencia de Dios. Si bien es cierto que la ira de Dios es temperada por su misericordia, nacida de su magnanimidad (tardo a la cólera y lleno de amor, Salmo 103:8), es igualmente verdad que la misericordia tiene un límite: el punto en que la justicia sería como suprimida por la misericordia, lo que es un imposible por la misma inmortalidad del Ser de Dios (la supresión de uno de sus atributos implicaría la supresión de Él todo entero). Pero en su eterna sabiduría, y justamente por misericordia, en no pocas oportunidades, en lugar de hacerlos sufrir el castigo eterno sin remedio, Dios ha optado por enviar castigos a los hombres para que vuelvan sus corazones al Señor y corrijan su proceder.





     Al grave pecado de la sodomía presente en todas partes, se añaden otros mucho más recientes que van colmando la paciencia divina: alentar la idolatría dentro del templo de Dios, permitiendo signos, símbolos, rituales como si se tratara de una inocente expresión cultural. Según la Agencia de Prensa Católica y otros medios, informan que la dictadura China impone a los obispos la anticoncepción, el aborto y la eutanasia, muy a pesar del acuerdo “secreto” firmado entre el Vaticano y el Partido Comunista Chino, sin mencionar la persecución implacable contra los fieles chinos, o la destrucción de Iglesias y —por medio de los actuales obispos de la Iglesia Oficial China reconocidos recientemente por el Vaticano— exaltar la primacía del Partido Comunista Chino sobre la fe católica. El cine también hace su parte con obras blasfemas, algunas dirigidas a los niños, otras lesionando gravemente la dignidad divina de Nuestro Señor y la pureza de María Santísima. También tenemos manifestaciones públicas obscenas, que van creciendo en número como en grado de depravación y en ofensas a la Iglesia, el Carnaval de Río, Mardi Gras en New Orleans, las frecuentes protestas en favor de grupos LGTBI y el aborto, que incluyen desnudos públicos.



Ídolo de la Pachamama

     Aquellos que dicen que no existe un Dios que no castiga, conscientes -o inconscientemente- están cambiando el pecado por un concepto modernista: “el pecado es una debilidad”, una caída, por tal razón “Dios no castiga”, “Dios te ha hecho así, no es tu culpa, y así te quiere, por lo tanto no debemos esperar cambiar”. Pareciera que estos criterios se inclinan a una visión luterana del pecado: “Sé un pecador y peca fuerte pero deja que tu fe sea más fuerte.” En oposición a estos pensamientos, leemos las palabras saludables en la primera epístola de San Juan: “Hijos míos, que nadie os engañe. Quien obra la justicia es justo, como Él es justo. Quien comete el pecado es del Diablo, pues el Diablo peca desde el principio. El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del Diablo. Todo el que ha nacido de Dios no comete pecado porque su germen permanece en él; y no puede pecar porque ha nacido de Dios. En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del Diablo: todo el que no obra la justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano” (1 Juan 3:7-10). 



Persecución religiosa en China


     Dios se manifiesta en conducirnos como sus ovejas, a veces imponiendo su caritativa disciplina porque nos ama. Igual, del mismo modo, los fieles debemos amar a nuestro prójimo, advirtiendo y disciplinando —si nos corresponde hacerlo— a quien se desvía. Quizás podría la Autoridad imponer legítimamente la excomunión, como una demostración caritativa a quien miserablemente se desvía gravemente. 

     Cabe diferenciar, para evitar confusión, que el castigo no es lo mismo que los sufrimientos o la Cruz que nos llevan a Dios. Recordemos que en la Iglesia conocemos innumerables Santos que pasaron por el sufrimiento, como los mártires, Dios lo permitió para que sean santos en grado altísimo. Otros, como Santa Jacinta y San Francisco Marto, los pastorcitos de Fátima, o la Venerable Madre Mariana de Jesús Torres, religiosa concepcionista que vivió en Quito,
se ofrecieron en calidad de víctimas expiatorias sufriendo la fiebre española. Muchos de estos Mártires llevaron una vida intachable, pero quisieron entregarse a la palma del martirio, muchas veces con gran gozo sobrenatural, por amor a Dios, en defensa del Santo Nombre de Nuestro Señor Jesucristo, por no dar culto a falsos dioses o ídolos de madera, metal o piedra. Llevaron con alegría sobrenatural —no la que da el mundo— toda clase de sufrimientos por amor a Dios, en reparación por la iniquidad del mundo, por la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana. 



Penitentes en Procesión de Semana Samta, España


     De ésta manera hay una diferencia grandísima entre el castigo divino reparador y los padecimientos de la Cruz, el sufrimiento y el dolor expiatorios. Su diferencia es tan grande y profunda como el abismo que separa el Cielo del infierno.


                      Guillermo Cajas Lermanda

viernes, 21 de febrero de 2020

Visión del 3 de enero de 1944 arroja luz sobre las advertencias de María Santísima en Fátima








     La Santísima Virgen dio inicio a sus apariciones en Fátima el 13 de mayo de 1917. En ellas, deploró la decadencia de las costumbres, pidiendo penitencia y reforma de vida, para evitar que Dios tuviera que corregir a la humanidad por medio de un castigo. También pidió la consagración de Rusia a su Inmaculado Corazón, como medio de impedir que aquella diseminara sus errores por el mundo.

     Subyugada luego, ese mismo año, por el despotismo comunista, esa nación sería un instrumento del castigo del mundo impenitente, esparciendo dichos errores y promoviendo guerras, así como persecuciones contra la Iglesia y el Santo Padre, lo que fue advertido también por María Santísima, caso el mundo no se convirtiera y no hiciera penitencia.



Misil intercontinental ruso exhibido en un desfile militar en Moscú.


     La escandalosa realidad de los hechos muestra que la humanidad no ha tomado en serio sus misericordiosas advertencias, y todo se ha ido cumpliendo tal como Ella lo anunció.  No obstante, la Santísima Virgen agregó que, después de terribles castigos, por fin su Inmaculado Corazón triunfará.

    El mensaje de Fátima incluía un secreto, cuyas dos primeras partes fueron dadas a conocer por la Hermana Lucía, una de los videntes, el 31 de agosto de 1941, dejando pendiente, por orden de la misma Virgen, la tercera parte, que debía ser revelada en 1960. Sin embargo, el Papa Juan XXIII no quiso darla a conocer.

     Cuatro décadas más tarde, en junio del año 2000, el Papa Juan Pablo II hizo conocer lo que se afirmó ser la parte aún no revelada del secreto.  Este es el texto:

     «Después de las dos partes que ya he expuesto, hemos visto al lado izquierdo de Nuestra Señora, un poco más arriba, a un ángel con una espada de fuego en la mano izquierda, que, centelleando, emitía llamas que parecían iban a incendiar el mundo; pero se apagaban al contacto con el resplandor que Nuestra Señora irradiaba con su mano derecha dirigida hacia él [mundo]. El ángel, señalando la tierra con su mano derecha, dijo con fuerte voz: “¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!” Y vimos, en una inmensa luz, que es Dios, de modo semejante a como se ven las personas en un espejo cuando pasan delante él, a un obispo vestido de blanco —hemos  tenido el presentimiento de que fuera el Santo Padre—, también a otros obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, subir una montaña empinada, en cuya cumbre había una gran cruz de maderos toscos, como si fueran de alcornoque con su corteza. El Santo Padre, antes de llegar a ella, atravesó una gran ciudad medio en ruinas, y medio tembloroso, con paso vacilante, apesadumbrado de dolor y pena, rezando por las almas de los cadáveres que encontraba por el camino, llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran cruz, fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas; y del mismo modo murieron, uno tras otro, los obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y diversas personas seglares, hombres y mujeres, de diversas clases y posiciones. Bajo los dos brazos de la cruz había dos ángeles, cada uno de ellos con una jarra de cristal en la mano, en la que recogían la sangre de los mártires y regaban con ella las almas que se acercaban a Dios».





Sale a la luz pública un impresionante complemento del mensaje de Fátima 

     El 13 de mayo de 2010, en una visita a Fátima, el Papa Benedicto XVI afirmó que «se engañaría quién piense que la misión profética de Fátima está terminada». Y agregó: «El hombre puede desencadenar un ciclo de muerte y de terror sin lograr interrumpirlo. La fe, en vastas regiones de la tierra, amenaza con apagarse como una llama que ya no es alimentada».

     Uno podría haber pensado que, con lo publicado el año 2000, dicha misión profética hubiera concluido. Pero no es así.

     En octubre del año 2013 apareció un documento inédito de la Hermana Lucía, que se inserta en dicho conjunto profético y fue publicado por el Carmelo de Coimbra, convento en el que vivió muchos años y donde murió el 2005. Se encuentra en su biografía («Un camino bajo la mirada de María», Carmelo de Santa Teresa, Coimbra, Ediciones Carmelo, 2da edición, 2017), redactada por sus hermanas del carmelo, y que contiene escritos inéditos de la propia religiosa.





     Dicho documento revela cosas nuevas e impactantes sobre el desenlace de la crisis de un mundo que ha abandonado la fe y las vías de la civilización cristiana. Presentamos a continuación un relato de los hechos que se sucedieron con antelación a una nueva visión y lo que a la Hermana Lucía le fue dado a conocer en ella.


El gran temor que inundó el alma de Sor Lucía antes de escribir el tercer secreto

     A partir de junio de 1943, y durante algunos meses, la hermana Lucía (aún en España como Hermana Dolores en las religiosas doroteas, antes de pasar a las carmelitas de Portugal) se vio muy afectada en su salud. Temiendo que lo peor pudiera suceder, el Obispo de Leiría le ordenó, entre septiembre y octubre, que escribiera la tercera parte del secreto. La vidente se estremeció ante la orden. Se vio entonces embargada por una gran aflicción, y un tormento interior la asaltaba e, incluso, quedaba físicamente imposibilitada de poner por escrito el contenido de la parte aún no revelada.

     En una carta escrita a Mons. Antonio García y García, administrador apostólico de Tuy y arzobispo designado de Valladolid, con quien tenía amistad, le contó los tormentos de alma que le imposibilitaban escribir el tercer mensaje: «Tres veces he intentado escribirlo, pero no sé qué me sucede, me pongo a temblar, y termino sintiéndome incapaz de escribir nada».

     Le escribió también al Obispo de Leiría, diciéndole que lo había intentado en cinco ocasiones pero no fue capaz; que podía escribir con mano firme cualquier otro asunto, pero esta temblaba cuando se decidía a relatar la tercera parte del secreto. Sería dos meses después, el día 3 de enero de 1944, que la hermana Lucía superaría el gran temor que le impedía escribir lo que le había sido ordenado.


Una nueva visión en 1944

     Relata ella: «…el día 3-1-1944… de nuevo hice el intento, sin conseguir nada; lo que más me impresionaba era que enseguida escribía sin dificultad cualquier otra cosa. Pedí entonces a Nuestra Señora que me hiciese conocer cuál era la voluntad de Dios. Me dirigí a la capilla.  Eran las 4 de la tarde, hora en que acostumbraba hacer la visita al Santísimo, por ser la hora en que ordinariamente está más solo, y no sé por qué, pero me gusta encontrarme a solas con Jesús en el sagrario».

     «Me arrodillé en el centro, al pie del peldaño del comulgatorio, y le pedí a Jesús que me hiciera conocer cuál era su voluntad. …. con las manos en la cara, esperaba, sin saber cómo, una respuesta. Sentí entonces que una mano amiga, cariñosa y maternal me toca el hombro; levanto la mirada y veo a la querida Madre del Cielo».

     La Virgen le dice: «No temas, quiso Dios probar tu obediencia, fe y humildad; estés en paz y escribe lo que te mandan, pero no lo que te es dado a entender de su significado. Después mételo en un sobre, ciérralo y lácralo, y escribe por fuera que solo puede ser abierto en 1960…».

     «Sentí —prosigue  la Hermana Lucía— el espíritu inundado por un misterio de luz que es Dios, y en Él vi y oí: “La punta de la lanza, como llama que se desprende, toca el eje de la Tierra. Ella se estremece: montañas, ciudades, villorrios y aldeas, con sus habitantes, son sepultados. El mar, los ríos y las nubes salen de sus límites; se desbordan, inundan y arrastran, en un remolino, casas y gente en un número que no se puede contar; es la purificación del mundo, por el pecado en el cual está sumergido. – ¡El odio, la ambición, provocan la guerra destructora!”



   «Después sentí, en el palpitar acelerado del corazón y en mi espíritu, una voz suave que decía: “En el tiempo, una sola Fe, un solo Bautismo, una sola Iglesia, Santa, Católica, Apostólica. En la eternidad, ¡el Cielo!”

     «Esta palabra, “Cielo”, llenó mi corazón de paz y felicidad, de tal forma que, casi sin darme cuenta, me quedé repitiendo por mucho tiempo: ¡El Cielo! ¡El Cielo!».

     Alentada por estas maravillosas palabras finales, Sor Lucía cobró fuerzas para escribir la tercera parte del secreto, tal como la Virgen le había ordenado: «Tan pronto como hubo pasado la mayor fuerza de lo sobrenatural, fui a escribir y lo hice sin dificultad, el día 3 de enero de 1944, de rodillas, apoyada sobre la cama, que me sirvió de mesa. —Ave  María». Así concluye el relato manuscrito de la nueva visión.



Facsímil del diario espiritual de la Hermana Lucía en donde narra la aparición de 1944.


     Cuanto a la tercera parte del secreto del 13 de julio de 1917 (la parte publicada por Juan Pablo II el año 2000), ella sólo escribió lo que le fue revelado, ateniéndose a las instrucciones que acababa de recibir de la Madre de Dios, que le dijo omitiera lo que se le daba a entender del secreto. Ahora bien, en la nueva visión, Dios le reveló a la Hermana Lucía, como en una película, a la humanidad atada a las cadenas del pecado y enceguecida por la indiferencia con la Ley de Dios.





   La vidente también diría, consternada: «Asusta ver el mundo de hoy, cómo en él reina el desorden, y la facilidad con que se hunde en la inmoralidad. Como remedio, resta solo una solución: arrepentirse, cambiar de vida y hacer penitencia». La advertencia divina era contundente: o la humanidad toma el camino de la enmienda, o la intervención severa de Dios será inevitable.

      Agregó además: «Pero la penitencia y la oración que más pide y exige ahora el Señor, es la penitencia pública y colectiva, junto con abstenerse del pecado... El Señor espera enviar a su ángel con la espada de fuego, para disipar los ejércitos diabólicos que invaden el mundo y destruyen la paz; la paz de la Iglesia, la paz de las naciones, la paz de las familias en los hogares, la paz de las conciencias en las almas. Falta la paz porque falta la fe, y faltan la penitencia y la oración pública colectivas».


Interpretando la visión de 1944

     De la visión, algunas consideraciones y reflexiones son necesarias:

     - En ella, la Virgen le hace «comprender» a la vidente su «significado».  Por lo tanto, no solo bastó la visión. Fue necesario que ella vea, escuche y tenga muy claro todo lo que la Madre de Dios le reveló, realzando de ese modo la grandeza y seriedad del propio mensaje de Fátima.

     - La figura de «la punta de la lanza, como una llama que se desprende» es notablemente parecida a la espada de fuego que sostiene el ángel en la visión del tercer secreto, en 1917. Sin embargo, esta vez la llama no se disipa sino que, al tocar «el eje de la Tierra», convulsiona de tal modo la naturaleza, que hasta «ciudades, villorrios y aldeas con sus habitantes son sepultados». Esto coincide plenamente con la segunda parte del mensaje anunciado por Nuestra Señora en 1917, que «varias naciones serán aniquiladas...».





     - A ese escenario pavoroso se suma la «guerra destructora», que la hermana Lucía entiende que tiene dos causas: «el odio» y «la ambición». Esto coincide de lleno con la «guerra formidable» y la «noche horrorosísima» anunciadas por Nuestra Señora del Buen Suceso en Quito, en 1634, a la Madre Mariana de Jesús Torres.

     - Es importante remarcar que a la vidente le fue dado entender que esas catástrofes son causadas por el pecado que cubre la Tierra, y tienen por objeto la «purificación del mundo». Tras la purificación viene un gran triunfo universal de la Iglesia, representado por la voz que proclama «una sola Fe, un solo Bautismo, una sola Iglesia». La consonancia con la instauración del Reino de María previsto por San Luís María Grignion de Montfort, en su Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, es total.

     La revelación de esta visión, 70 años después, se da en instancias muy oportunas, pues nos permite entender los actuales momentos tan convulsionados que vivimos, y prever —por qué no— el desenlace que estos puedan tener.

     Si el mundo actual no renuncia a la impiedad y a la corrupción moral, por fuerza de lógica se concluye que ese desenlace será el castigo advertido, por lo que la difusión de esta visión es oportuna para  comprender cuán necesaria es la purificación y, así, mover a la humanidad a adelantarse a «enderezar sus sendas» (Marcos 1: 3) por medio de una compenetrada y profunda enmienda de vida, conforme con el apelo que la Santísima Virgen hizo en Fátima.





     El mundo se haría, así, acreedor de una misericordia especial de Dios, de cara a un castigo cada vez más probable. Esto, después de la gloria de Dios, sería el mayor beneficio del celestial mensaje, que a todos debe hacernos recapacitar.


Redacción preparada junto con comentarios tomados de las siguientes fuentes:

https://aparicaodelasalette.blogspot.com 

https://www.fatima.org.pe
http://www.rainhamaria.com.br
https://www.credochile.cl

domingo, 9 de febrero de 2020

La portentosa elaboración de la Imagen de Nuestra Señora del Buen Suceso






     La Madre Mariana, relató al Obispo el pedido de Nuestra Señora de mandar a elaborar la imagen. El Prelado quedó profundamente conmovido y entró en contacto con don Francisco del Castillo.

     El escultor apenas podía contener su sorpresa, alegría y gratitud por haber sido nombrado para este santo  proyecto y rechazó cualquier pago, en vista de que ya se consideraba completamente recompensado al haber sido elegido por la misma Santísima Virgen. Pidió solamente que su familia y descendientes permanezcan siempre en los rezos de la comunidad.


     
     Se confesó, comulgó y empezó la elaboración de la imagen, en el Coro alto, el lugar donde la Virgen había aparecido la mayoría de las veces y en donde la futura efigie tendría que permanecer para desde allí gobernar el Convento. Su trabajo contó 
siempre con la orientación de la Madre Mariana, que le indicaba las facciones y la postura de Nuestra Señora. Por indicación de la santa religiosa, que anhelaba el acabado perfecto de la imagen, el artista tuvo que rehacerla muchas veces.

El escultor sale de viaje

     Al quinto mes, en enero de 1611, la imagen estaba casi terminada. El día 10, el Obispo fue al convento a presenciar el trabajo, y viendo la imagen quedó muy satisfecho por lo que felicitó al artista, quien le indicó que solamente le faltaban los retoques finales de pintura, y que siendo el acabado lo más importante, deseaba contar con los mejores materiales que existieran. Sin embargo, era necesario ir a buscarlos fuera de Quito, por lo que acordó con la Madre Mariana en que saldría de viaje, prometiendo regresar en una semana, para el domingo 16 de enero.

Fervor en el Convento

     Durante esos días en la comunidad sólo se hablaba de la santa imagen que estaba a punto de ser acabada, bendecida y coronada como Reina y Superiora del Convento.


     "Qué felices somos" decían las religiosas. "La Reina de los Cielos y su Santísimo Hijo, se quedarán con nosotras, gobernándonos. Pensemos ahora más que nunca en santificarnos de verdad. En nuestra Abadesa tenemos el mejor ejemplo... ¡Ella es una santa.! — Basta recordar su vida tan llena de padecimientos increíbles, persecuciones, cárceles e injusticias. Y todo esto lo sufrió con una paz inalterable, sin abrir sus labios para proferir quejas, mucho menos murmuraciones".


     Las monjas no podían contener su regocijo ni pensar en otra cosa. Estaban compenetradas enteramente en los trabajos del Sr. del Castillo, y pedían a Dios que lo inspire para que sus últimos retoques le den a la imagen el acabado que todas deseaban, teniendo en vista el culto que durante todos los siglos ésta recibiría. Por tal motivo, cada una se esforzaba en ser más perfecta, multiplicando sus penitencias y actos públicos de humildad en el comedor.



     El día 15, debido al encendido fervor de las monjas, le pidieron a la Madre Mariana para rezar el Oficio Parvo durante la madrugada, suplicando a la Santísima Virgen que sea Ella misma quien termine la imagen. Estaban totalmente confiadas en el poder y bondad de tal reina que nunca desampara los humildes ruegos de sus hijas, tratándose sobre todo de la veneración que ellas le rinden aquí en la tierra.


     En la mañana del 16 de enero, muy temprano como de costumbre, las religiosas se dirigieron 
al Coro alto para rezar el Oficio Matinal, llenas de santas emociones. Casi llegando, escucharon hermosas melodías. Entonces, presurosas entraron en el Coro, quedando maravilladas al verlo, 
— ¡oh milagro!  iluminado por una luz celestial, mientras que ecos de voces angelicales aun resonaban y cantaban el himno “Salve Sancta Parens” - Ave Santa Progenitora -

     Vieron que la Imagen había sido exquisitamente acabada y que su rostro emitía rayos brillantes de luz que se difundían por todo el coro y la iglesia, y que luego, pausadamente se atenuaban para que las religiosas pudiesen contemplar de cerca aquella maravilla que Dios había obrado para favorecer al Convento y al pueblo en general. 

     Rodeada de esa luz muy viva, la fisonomía de la sagrada imagen era majestuosa, serena, dulce, afable y atrayente. El rostro del Niño Jesús era un reflejo del amor que el Corazón divino dispensaba a sus esposas tan queridas por Él y por su Santísima Madre. 


La Imagen de Nuestra Señora del Buen Suceso, en el Coro Alto. Delante de Ella, religiosas de la Inmaculada Concepción de Quito


     Las monjas concepcionistas eran antorchas encendidas de amor y agradecimiento a Dios. Todas progresaron en la vida espiritual, y recibiendo luces a respecto de la vocación, se empeñaron en el pleno cumplimiento de la regla, conscientes de la división en el convento, precisamente por el relajamiento de las monjas rebeldes.

El Obispo y el artista reconocen la transformación milagrosa de la imagen

     Ya de regreso, el Sr. del Castillo se presentó en el Convento a la hora convenida luego de recibir la Sagrada Comunión, trayendo consigo los más finos esmaltes, y listo para terminar su creación.


     Sin contársele nada, fue invitado por la Madre Mariana y las Fundadoras para subir al Coro alto donde, sorprendido por la maravilla que veían sus ojos, exclamó emocionado:

     “Madres, ¿qué es lo que veo? Esta imagen tan bella ¡no es obra de mis manos! ¡No puedo describir lo que siento en mi corazón! !Esto es obra de manos angelicales! Es imposible en la tierra para cualquier escultor, por más hábil que sea, imprimir ¡tal perfección y tal extraordinaria belleza!”.

     Y llorando, en medio de sentimientos profundos de fe y piedad, cayó a los pies de la santa imagen.

     Enseguida, pidiendo papel y lápiz, juramentó por escrito
 que aquella bendita imagen no era obra suya, sino más bien de los Ángeles, pues la encontró totalmente distinta a su regreso. Jamás había visto en sus 67 años, ni en España, color de piel similar al de aquella milagrosa y bendita imagen.

    Don Francisco del Castillo, presuroso, salió del Convento, llegando donde el Obispo y emocionado le narró lo que sus ojos acababan de ver por lo que el Prelado acudió de inmediato donde las Madres, encontrando la imagen transformada pero mucho más perfecta de lo que se desprendía del relato del escultor, y arrodillándose ante ella, reconoció el prodigio, mientras que de sus grandes ojos brotaban lágrimas. Atestiguó que la imagen había sido modificada y enriquecida por manos no humanas, y conmovido y extasiado proclamó a los pies de la misma:

     “María, Madre de Gracia y Madre de Misericordia, en la vida y sobre todo en la hora de la muerte, amparadnos, Grande Señora! Alcánzame de vuestro Santísimo Hijo, Señora mía, que me conceda un tiempo más de vida (el Obispo estaba próximo a morir), pues tengo de ella necesidad
”.



Mons. Salvador de Ribera, quinto obispo de Quito


     Enseguida le pidió a la Madre Mariana para salir del Coro e ir a hablar en el confesionario, presintiendo que Dios había intervenido en el acabado repentino de la imagen, y que la santa religiosa tenía conocimiento de ello.


La Madre Mariana revela la creación milagrosa de Nuestra Señora del Buen Suceso 

     La venerable Abadesa se presentó entonces en el confesionario con la finura, dulzura y humildad que la caracterizaban, dispuesta a responder todo lo que el Obispo, con su autoridad sobre el Convento, necesitaba saber, especialmente de lo sucedido con la imagen del escultor. 

     La Madre Mariana le relató entonces que el día 15 de enero de 1611, Dios le previno que al día siguiente contemplaría sus Misericordias, pidiéndole que se prepare con penitencias y mucha oración.

    Ya en la madrugada del 16 de enero, vio el Coro alto y toda la iglesia iluminarse con luces celestiales. Luego se abrieron las puertas del Sagrario y en la santa Hostia aparecía la Santísima Trinidad, y le fue dado a conocer en ese instante el sublime misterio de la Encarnación del Verbo, así como el amor infinito de las Tres Divinas Personas a María Santísima, ahí presente, quien era aclamada como Reina y Señora por los nueve Coros Angelicales. La Santísima Virgen se dejaba ver tan hermosa, bella y atrayente.



El Coro alto del Monasterio de la Inmaculada Concepción de Quito 

     Los arcángeles San Miguel, San Gabriel y San Rafael se presentaron primero delante del trono divino, recibiendo 
una orden de Dios, que la Madre Mariana no alcanzó a entender de qué se trataba, pero pudo contemplar que luego de una profunda reverencia, se aproximaron al trono de la Reina del Cielo y saludándola, San Miguel le decía:

     “María Santísima, Hija de Dios Padre!".

     Le seguía San Gabriel, diciendo:

     “María Santísima, Madre de Dios Hijo!".

     Y San Rafael:

     “María Santísima, Esposa Purísima del Dios Espíritu Santo!".


     Finalmente, toda la milicia celestial exclamaba al unísono: 


     "María Santísima, Templo y Sagrario de la Santísima Trinidad".



Los Arcángeles San Miguel, San Gabriel y San Rafael, junto a San Francisco de Asís

     En eso apareció San Francisco de Asís, con un brillo que iluminaba sus estigmas; entonces los tres arcángeles y el Padre seráfico se acercaron a la imagen trabajada por el escultor del Castillo, y en un instante le hicieron con sus propias manos un nuevo rostro que reemplazaría al creado por el escultor.


     La Madre Mariana así se lo confesó al Obispo:

     "No tuve luces para ver de qué manera se operó esa transformación instantánea, pero la imagen quedó tan linda, como Vuestra Excelencia pudo verla"

     
     La imagen estaba totalmente iluminada como si estuviera en medio del sol. La Santísima Trinidad miraba complacida y los ángeles cantaban el himno Salve Sancta Parens -Ave Santa Progenitora-.

     En medio de esas alegrías la Reina de los Ángeles se acercó a la imagen y entró en ella, así como los rayos del sol que se reflejan en bellísimos cristales, y la santa imagen cobró vida y cantó con celestial harmonía el ¡Magnificat! Esto sucedió a las tres horas de la mañana. 

     La Madre Mariana finalmente pudo contemplar a la Fundadora del Convento, su tía, la Madre María de Jesús Taboada, quien entre otras cosas, le reveló la significativa importancia de la devoción a María Santísima del Buen Suceso, especialmente en el siglo XX, ante las grandes calamidades en el pueblo en esos aciagos tiempos.

jueves, 6 de febrero de 2020

Vida admirable de la Madre Mariana de Jesús Torres. Segunda parte






Cómo la vida de cruz de la Madre Mariana de Jesús Torres atrajo la presencia de Nuestra Señora del Buen Suceso 


Madre Mariana de Jesús Torres y Berriochoa


Eficaz intercesora

     La vida de la Madre Mariana fue una sucesión constante de revelaciones, intervenciones y milagros divinos. Durante su vida, levitaba, se bilocaba para salvar un alma, multiplicaba el pan, reconciliaba familias, predecía el futuro, hacía conversiones y curaba enfermos. Cuántas enfermedades curó dando a tomar agua de anís del país, hecha por sus propias manos. Era ésta su receta predilecta. Obraba prodigios diariamente, sobre todo en las parturientas, evitando la muerte prematura de los niños. Es la razón por la que en esos tiempos mucho se generalizaron los nombres Mariano y Mariana, que las madres agradecidas colocaban a sus hijos e hijas en la pila bautismal.


     Pero hubo una particular característica en su vida: la vida de cruz. Desde muy tierna niña se vio inclinada a sufrir lo indecible por la salvación de las almas, lo que hizo de ella una criatura verdaderamente angelical. En el éxtasis que tuvo el día de su profesión religiosa, Nuestro Señor tomándola como esposa, le obsequió como presente lo que muchos rechazarían: Su propia cruz. La venerable religiosa a partir de ese instante, la adoptó como suya y jamás la abandonó. Con toda seguridad, fueron los sufrimientos de la Madre Mariana las columnas que sostuvieron el Monasterio de la Inmaculada Concepción de Quito, amenazado de desaparecer no mucho después de su fundación, por causa de la furiosa irrupción del movimiento revolucionario que arremetía en su interior.


Confinada en la prisión

     Inmediatamente, con la Madre Valenzuela al mando del Convento pero manipulada por la facción ingobernable, la observancia de la regla comenzó a declinar, la prescripción del silencio no fue observada más, y los abusos se multiplicaron.


     Preocupada y afligida en su corazón con esta situación, que derrotaba el propósito verdadero de la vida conventual, la Madre Mariana se acercó humildemente a su nuevo superior, Fray Salvador de Ribera, O.P., quinto Obispo de Quito, pidiéndole como fundadora y ex-priora que estas infracciones y desviaciones se corrijan por el bien del Monasterio.


     El Prelado escuchó esta súplica, pero la facción rebelde se cercioró de que recibiera el peor informe posible, haciendo parecer a la Madre Mariana como ingobernable e insubordinada.


     Como resultado, el Obispo ordenó que la inocente Sierva fuese encarcelada por tres días. También pidió que su velo le sea quitado, que atienda al público en las horas de comida en el refectorio, y que coma de rodillas en el piso. Esos tres días fueron cumplidos en una prisión oscura y subterránea. Allí, la Madre Mariana tuvo que expiar su perfecta inocencia.


     Luego de tres días, la llevaron a un cuarto solitario. Las Madres Fundadoras, incapaces de contenerse viendo su sufrimiento, allí la visitaron. Por esto, fueron encarceladas junto con la Madre Mariana por un mes completo. Otras, que demostraron solidaridad para con ellas, también fueron enviadas junto a las santas religiosas en la prisión. Fueron veinticinco a la vez las que pagaban así su fidelidad.




La Madre Mariana prisionera en la cárcel del Convento

Consolaciones divinas


     Una noche, una cruz pequeña que la Madre Mariana había pintado en la pared comenzó a brillar intensamente. Mientras la luz aumentaba maravillosamente ante el asombro de las inocentes cautivas, cada una de las siete fundadoras cayó en un sublime éxtasis y a cada una de ellas se les mostró una visión diferente.


San Francisco de Asís

     Por ejemplo, la Madre Francisca de los Ángeles, vio a su Padre Seráfico, San Francisco de Asís, en estado de indignación y que con un arco apuntaba sobre el convento, lanzando flechas en todas direcciones. Una de las flechas perforó el corazón de una de las monjas desobedientes, que cayó muerta inmediatamente.

     A la mañana siguiente las rebeldes encontraron muerta a dicha monja en su celda, con su rostro color púrpura y ennegrecido. Hicieron que las cautivas cargaran el cuerpo para el entierro. ¡Imaginemos el dolor de la Madre Francisca, de tener que cargar el cuerpo de esta hermana que ella amó y sirvió pero que no pudo salvar!

     En otra visión, Sor Magdalena de San Juan contempló a San Juan Evangelista, quien le reveló que en la Última Cena y en momentos en que reposó su cabeza sobre el Sagrado Corazón, el Divino Redentor le dio a conocer muchos secretos. Uno de ellos, era la fundación de este Monasterio. Nuestro Señor le dejó saber cuánto amaba esta Casa y que en ella vivirían siempre almas Eucarísticas que tomarían sobre sus hombros la reparación de los sacrilegios cometidos contra la Víctima Divina.


     De este modo, estas almas santas pasaban días amargos encarceladas dentro de su propia casa, perseguidas, ultrajadas y abandonadas por sus propias hermanas.


Las prisioneras son liberadas


     Torturada por la compasión y el remordimiento, la Madre Valenzuela no pudo soportar más el pensamiento de que estas monjas santas e inocentes estuvieran encarceladas en ese horrible lugar. Escribió una carta al Obispo en la que confesaba su debilidad en permitir que las monjas rebeldes la manipulen y causen el encarcelamiento de estas mujeres perfectamente libres de culpa. El Prelado quedó consternado al recibir este mensaje. Reprendió a la Madre Valenzuela seriamente y pidió la libertad inmediata de las víctimas. Al ser liberadas, las sufridas religiosas besaron humildemente los pies de su Priora y los de sus perseguidoras.


     Fueron constantes los episodios de calumnia y persecución estimulados por el demonio contra las monjas fieles. Esto apenas era el principio de una persecución terrible sufrida por estas almas heroicas, que fueron devueltas más adelante a esa horrible prisión.


Una vez más, elección y encarcelamiento


     Luego de salir del encierro, la Madre Mariana fue otra vez elegida Abadesa recibiendo la mayoría de los votos de la facción obediente del convento. Esto causó tal furia en el bando rebelde que sería ella otra vez difamada a tal punto que el Obispo, no sabiendo qué hacer, la hizo aislar en una celda. El grupo de rebeldes deseaba enviarla a la oscura prisión nuevamente, pero se encontraron  esta vez con la oposición de la Priora anterior, la Madre Valenzuela.


La Madre de Dios pide que una Imagen sea elaborada


     Cierto día, durante ese segundo período de aislamiento, mientras rezaba y sufría, la Madre Mariana contempló otra vez a la Señora de majestad y belleza incomparables rodeada por una luz, y que una vez más presentándose bajo el nombre de María del Buen Suceso, llevaba como en la aparición anterior, al Niño Jesús en sus brazos y en la mano derecha el Báculo de oro, adornado de una cruz con diamantes incrustados relucientes como el sol; piedras preciosas adornaban el centro de la cruz y el nombre de María se hallaba grabado en una estrella de rubíes, brillando con diversidad de luces.


     Esta vez, entre muchas otras cosas, la Santísima Virgen del Buen Suceso le pide a la Madre Mariana que mande a confeccionar una imagen tal como se presentaba ante sus ojos. Deseaba que la misma fuese colocada sobre el asiento de la Priora en el Coro Alto, para desde allí, ser Ella, quien gobierne con eficacia aquél Su Convento. Quería también que el báculo fuese colocado en su mano derecha como muestra de Su autoridad como Abadesa, junto con las llaves del Monasterio para defenderlo en los siglos venideros.


     Defensa que Nuestra Señora cumplió. En varias ocasiones futuras, funcionarios gubernamentales hostiles intentaron desalojar a las hermanas o cerrar el Convento. Ninguno de esos intentos tuvo éxito. En algunos casos la persona responsable moría o era destituida antes de que la consigna fuera realizada. En una ocasión, un gran número de hombres asignados para converger en el Monasterio en un tiempo especificado, se olvidaron inexplicablemente de la cita hasta que el tiempo había pasado.


Medición de la Santísima Virgen


     La Madre Mariana al recibir el encargo de la Santísima Virgen de mandar a elaborar la imagen desconocía el tamaño en que debía ser entallada.  Sintiéndose por esto afligida le dijo a la Reina del Cielo:


     “Linda Señora, mi Madre Querida, debo atreverme a tocar Vuestra frente Divina, cuando ni los Ángeles pueden hacerlo?"


     “Vos sois el Arca viva de la Alianza entre los pobres mortales y Dios, y si Osa sólo por el hecho de haber tocado el Arca Santa para evitar que rodase al suelo, cayó muerto, cuánto más yo ! mujer pobre y débil".


     Nuestra Señora entonces le respondió:


     “No temáis por ello. Me alegra tu recelo y veo el amor ardiente a tu Madre del Cielo que te habla; medid vos misma mi estatura con el cordón que traes en tu cintura".


     Cogió entonces Nuestra Señora una punta del cordón colocándola en su propia frente, mientras la Madre Mariana aplicaba el otro extremo sobre los sagrados pies de la Santísima Virgen obteniendo así la medida exacta de la Madre de Dios.



Cuadro de la Medición de la Santísima Virgen.
Iglesia del Monasterio de la Inmaculada Concepción de Quito

Las dificultades continúan


     Los inconvenientes estaban lejos de desaparecer en el Convento de la Inmaculada Concepción. Estimuladas siempre por el demonio que había hecho la promesa de destruir esa santa Casa, el mismo grupo de monjas rebeldes trazaron un plan para lograr su fin.


     Llegó otra vez el tiempo de una nueva elección para Superiora. El elemento revolucionario levantó tanto la fricción que después de muchas sesiones, ninguna decisión fue tomada. El propio Obispo tuvo que intervenir y presidir la nueva elección.


     Cegada por la envidia y el odio, la líder de la rebelión, una monja de contextura gruesa, de baja estatura y tez morena conocida como “la Capitana” solicitó el puesto de Priora para sí misma mientras que insultaba y se revelaba contra la Madre Mariana y las demás fundadoras españolas. También pedía el regreso de éstas a España.


     Esto resultó ser un error fatal para las insubordinadas, pues el Obispo veía entonces claramente con quién estaba tratando. Indignado, pidió a “La Capitana” que se retire y ordenó que sea inmediatamente encerrada en la misma prisión donde anteriormente sus víctimas inocentes tanto habían sufrido. En cuanto a las otras rebeldes, les revocó su derecho de votar y ordenó que realicen el trabajo más extenuado del Convento. De resistirse, irían a la prisión junto con su líder. Además fueron expulsadas del cuarto de votación.


     Finalmente, eligieron a la Madre Valenzuela como Priora una vez más.


La Santísima Virgen insiste en la elaboración de la Imagen


     La Madre Mariana temía que la población indígena de Quito, recientemente catequizada y aún con inclinaciones idolatras ofreciera la reverencia incorrecta a una representación tan magnífica de la Madre del Dios.


     El 2 de febrero de 1610, arrodillada ante el Santísimo Sacramento y mientras rezaba sus acostumbradas oraciones de la noche, de repente sintió su corazón saltar de alegría en su interior.


     En un instante se encontró ante la Reina del Cielo, Quien se hallaba cubierta de luces que resplandecían intensamente dentro de un marco oval de estrellas que brillaban tenuemente. Notó entonces que Nuestra Señora la vía con cierta severidad y sin decir una palabra.


     La Madre Mariana rogó a la Celestial Reina que no la mirara de esa forma y le prometió realizar todo lo que Ella le ordene aunque le cueste su vida.


     La Divina Señora entonces la reprendió pacentemente, preguntándole porqué dudó y temió a pesar de saber que Ella es una poderosa Reina. Le aseguró que no habría peligro de idolatría. Más por el contrario, esta imagen no sólo sería necesaria para el convento sino también para la gente en general a través de los siglos.


     Entonces la Santísima Virgen escogió al artista que debía realizar esta santa tarea. Sería Don Francisco de la Cruz del Castillo, hombre de buena familia y un escultor consumado, temeroso de Dios, honesto y vertical con su esposa e hijos, gobernando su hogar guiado por los diez mandamientos. A este hombre piadoso, tendría la Madre Mariana que indicarle los pormenores físicos de la Reina del Cielo, a quien veía con sus propios ojos. Creyéndose incapaz de ello, la Sierva de Dios se dirigió a Nuestra Señora diciéndole:


     “Pero Señora, Madre Querida de mi alma, yo, insignificante criatura, jamás podré describir vuestra hermosa figura a artista alguno…. Realmente sería necesario que uno de los arcángeles elabore esta Santa Imagen que vos deseáis”.


     La celestial Reina calmó su preocupación asegurándole que Francisco del Castillo la esculpiría y sus ángeles le darían el toque final.





sábado, 1 de febrero de 2020

Con ocasión de la festividad de Nuestra Señora del Buen Suceso





     Porque no hace nada el Señor Dios sin revelar su designio a sus siervos los profetas (Amós 3:7).

     A lo largo de la historia de la Iglesia, la Santísima Virgen ha ejercido su solicitud maternal en una infinidad de maneras. En la era contemporánea se  destacan dos apariciones, debidamente aprobadas por la autoridad eclesiástica.

     Una fue en Francia, en 1846, en La Salette, localidad de las estribaciones alpinas, a los pastorcitos Melanie Calvat y Maximin Giraud.  Monseñor Brouillard, obispo de Grenoble, la aprobó a los tres años. En 1851 fue oficialmente aprobada por el Papa Beato Pío IX, quien la defendió contra sus impugnadores.

     La segunda es conocida por la casi generalidad de los católicos practicantes. Se trata de las apariciones de la Virgen en Fátima, en 1917, a los pequeños pastores Lucía, Francisco y Jacinta, en seis ocasiones, de mayo a octubre. Fueron aprobadas por el obispo de Leiría y refrendadas incontables veces por alocuciones e, incluso, visitas papales.

     El tema central de las dos apariciones es el mismo: la impiedad creciente de la humanidad (proliferación del pecado y abandono de la Fe); pedido ingente de oración y penitencia (reforma de vida); y la amenaza de un castigo formidable si la humanidad no se convierte.

     En Ecuador tenemos el singular privilegio de varias apariciones de la Virgen a la Madre Mariana de Jesús Torres, en la que se identificó como María del Buen Suceso, advirtiendo de lo mismo con dos siglos y medio de antelación, entre 1594 y 1634.

     En La Salette, María Santísima habló de una completa derrota futura del mal y de la restauración plena de la Iglesia y de la civilización cristiana. En Fátima indicó lo mismo, al afirmar: "Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará". 

     En nuestra nación, Ella ya había hecho revelaciones en el mismo sentido:

     "…cundirán en estas tierras, entonces república libre, varias herejías. Se apagará la luz preciosa de la Fe en las almas por la total corrupción de las costumbres".

     "…en esos tiempos estará la atmósfera repleta del espíritu de impureza, el que, a manera de un mar inmundo, correrá por calles, plazas y sitios públicos".

     ".... Se apoderará de estas tierras el maldito Satanás, que todo lo conseguirá por medio de tanta gente extranjera sin Fe... [Esas son sus llanas palabras. Señalamos que no se trata de una alusión a ninguna nacionalidad específica.]  Con esa gente entrarán todos los vicios, que atraerán, a su vez, toda suerte de castigos, como la peste, el hambre y la apostasía...”   La Virgen agrega que, como purificación, “habrá una guerra formidable y espantosa... ...humanamente el mal parecerá triunfar".

     "Para poner a prueba en los justos esta fe y confianza, llegarán momentos en los cuales, al parecer, todo estará perdido y paralizado; y entonces será feliz principio de la restauración completa… Es llegada mi hora, en la que Yo, de una manera asombrosa, destronaré al soberbio Satanás, poniéndolo bajo mi planta y encadenándolo en el abismo infernal, dejando por fin libres a la Iglesia y a la Patria de esa cruel tiranía”.

     De forma similar a las apariciones de La Salette y Fátima, las apariciones de María Santísima del Buen Suceso cuentan con importante anuencia eclesiástica. Monseñor Salvador de Rivera, quinto obispo de Quito, creyó en el pedido de la Virgen que fuese tallada su imagen y que fuese él quien la bendijera y entronizara sobre la silla de la Abadesa en el Coro Alto del Monasterio de la Inmaculada Concepción de Quito; y tanto a él como a su sucesor, Mons. Pedro de Oviedo, la Madre Mariana daba cuenta de su alma y experiencias místicas. También confirió un trascendental realce la Coronación Canónica efectuada el 2 de febrero de 1991 por Mons. Antonio González, lo que redunda en una tácita autenticación de las apariciones por parte del Vaticano, ya que la autorización para las coronaciones canónicas es otorgada por la más alta instancia de la Iglesia universal (coronación canónica es el término eclesiástico equivalente a coronación oficial).

     Con la elaboración de la imagen, la Virgen quiso perennizar las apariciones y ser venerada de modo visible como perpetua Abadesa del convento. La misma Santísima Virgen pidió que el maestro Francisco del Castillo la tallara, pero el acabado final del rostro fue por intervención milagrosa de los tres Arcángeles San Miguel, San Gabriel y San Rafael. 

     La Virgen también profetizó que la futura República del Ecuador sería consagrada al Sagrado Corazón de su Hijo por un presidente “de veras católico” que sería martirizado "en la misma plaza donde queda mi convento", evidente alusión a don Gabriel García Moreno.  Dijo que esa consagración garantizaría la conservación de la Fe en medio de la desolación futura.

     Hace cuarenta años, el insigne líder católico brasileño Plinio Corrêa de Oliveira alentó la difusión de la devoción a Nuestra Señora del Buen Suceso en el propio Ecuador y en todo el mundo. Los ecuatorianos debemos intensificar esa difusión en todo nuestro territorio, confiados en el pronto triunfo de su Corazón Inmaculado. 

     Si escucharais hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones (Salmo 95: 7-8).



Bolívar Plaza Illingworth

Lea aquí trechos del presente artículo publicados hoy, 2 de febrero del 2020, por Diario El Universo

viernes, 31 de enero de 2020

25 años de la Coronación Canónica en videos





      Para Plinio Corrêa de Oliveira, la Imagen de Nuestra Señora del Buen Suceso es una de las que más se ajustan a la idea que él se hacía de la Santísima Virgen tal como Ella se encuentra en su trono celestial.

     La Coronación Canónica de 1991 otorgó un trascendental realce a la devoción a María Santísima del Buen Suceso. Fue una autenticación tácita de las apariciones por parte del Vaticano. En el 2016, la conmemoración de los 25 años de esa fecha memorable, quedará escrita con letras de oro.

Coronación Canónica del 2 de febrero de 1991

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La Portentosa Imagen de Nuestra Señora del Buen Suceso recorre por primera vez en 400 años, el centro histórico de Quito 
VIDEO 2
Flashes del Rosario de la Aurora por las Bodas de Plata de la Coronación Canónica



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 Las insignias de Generala del Ejército ecuatoriano colocadas a la Virgen del Buen Suceso 


VIDEO 4


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