viernes, 22 de enero de 2021

La Madre Mariana de Jesús Torres, un alma con las entrañas de misericordia de Cristo, sufre por una religiosa cinco años de las penas del infierno

 





     Hace parte del flujo de gracia de la comunión de los santos no solo el que los fieles puedan rezar unos por otros, sino también ofrecer sufrimientos y expiar de diversas formas pecados ajenos, para volver a Dios propicio hacia esas almas. San Pablo se refiere a esto explícitamente cuando dice: “Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1:24).

     Estos padecimientos pueden ser de varios tipos morales y físicos. En ambos, puede jugar un papel importante la acción diabólica, permitida por Dios en su sabiduría insondable.

     Consta que es así en las experiencias corroboradas de santos de lo más célebres, como la fundadora de las carmelitas descalzas, Santa Teresa de Jesús (de Ávila), que al rodarse unas escaleras del convento, afirmó que era el demonio que la quería matar; San Juan María Vianney, el santo Cura de Ars, a quien el demonio le prendía fuego en la cama; la venerable Sor Josefa Menéndez, madrileña de la Sociedad del Sagrado Corazón de Jesús, en Poitiers, Francia, en la tercera década del siglo XX, a quien el demonio chamuscaba y trasladaba contra su voluntad a recantos remotos de la casa comunal (sufría estos padecimientos en consecuencia de un pedido habitual de Nuestro Señor: “Josefa, ¿quieres ayudarme a salvar un alma?”); o el Santo Padre Pío, que algunas veces fue agredido físicamente por el demonio, que se le aparecía como un perro furioso.

     El personaje que es materia de este artículo padeció cosas semejantes, una especialmente. Se trata de un padecimiento formidable y, cabe decir, espeluznante, en el que no debemos imaginarnos en nuestro estado ordinario de la economía de la gracia.  En efecto, sin una asistencia de la gracia extraordinaria, totalísimamente fuera de lo común, absolutamente ninguna criatura humana tiene la fortaleza para soportar algo semejante.

     Nos referimos a la Madre Mariana de Jesús Torres, española del siglo XVI, que llegó muy joven con el grupo de fundadoras de Monasterio de la Inmaculada Concepción de Quito, diagonal a la Plaza Grande, y del cual fue varias veces abadesa. La orden había sido fundada por Santa Beatriz da Silva, en Toledo, a inicios de ese siglo.

     El presente relato, basado en una biografía de la religiosa escrita en Quito por el franciscano portugués Manoel de Souza Pereira, comienza con el momento en que una religiosa insubordinada, apodada de “Capitana”, conversaba con el obispo, en un recinto de penitencia del convento.



La Madre Mariana recibe luces místicas sobre el estado de alma de las rebeldes


     Mientras la “Capitana", confinada en la prisión, llena de odio y enloquecida, hablaba al obispo, la Madre Mariana se sentó silenciosamente en una esquina del recinto, desde donde vio unos simios horribles que se acercaban a dicha monja. Sus bocas, ojos y narices vomitaban fuego, vertiéndolo luego en el corazón de la rebelde y en los de sus seguidoras.

     La Madre Mariana veía que esta infeliz alma y varias de sus adeptas se condenarían. Por esto, Nuestro Señor se le apareció, presentándole la manera de salvar a la monja rebelde de las llamas eternas del infierno que bien merecía por sus numerosos pecados y por el daño que repercutiría en la comunidad en los siglos venideros. Para evitar su castigo eterno y salvarla era necesario que la Madre Mariana aceptara sufrir cinco años en el infierno. La heroica santa fundadora lo aceptó, como se verá más adelante.


La Capitana

     Un día, la Madre Valenzuela, elegida nuevamente abadesa, oyó con la Madre Mariana voces que venían de la prisión. La superiora le preguntó qué podía ser aquello.

     “Madre —le respondió la Madre Mariana— esta pobre hermana es una víctima del demonio. Vamos a asistirla y saquémosla al jardín para que no se desespere. Debemos ocuparnos de su alma”.

     Al verlas, la desgraciada criatura comenzó a correr alrededor de la prisión mientras golpeaba su cabeza contra las paredes y gritaba: “¡Estoy muriendo! ¡Estoy muriendo! El demonio va a tomarme!"  Entonces cayó cara en tierra.

     La Madre Mariana, llorando desconsoladamente, se acercó a la monja para levantarla. Sus lágrimas bañaron la cara de la desgraciada criatura, la cual botaba espuma por la boca, fluyéndole sangre de la nariz. Limpiándola, la frotó, procurando hacerla recuperar los sentidos. Entonces le pidió a la Madre Francisca de los Ángeles que fuera a la enfermería por unos remedios.

     La Madre Valenzuela permanecía en la puerta, paralizada por el pánico, por lo que la sierva de Dios, animándola, le dijo: “No se preocupe su reverencia.  ¡Jesús y María están conmigo!”


Exorcismo


     Mientras la santa fundadora esperaba, notó repentinamente a dos criaturas negras agazaparse tímidamente contra una esquina del cuarto, intentando ocultarse de ella. Indignada, las increpó con fuerte voz:

     “Bestias viles y abominables, ¿qué están haciendo aquí? Vuelvan al infierno, que éste es un lugar santo, una casa de oración y de penitencia. Todos sus esfuerzos por arrebatar el alma de mi hermana serán inútiles. Jesucristo murió por ella y, a pesar de ustedes, la salvará. Les ordeno en nombre de los misterios de la Santísima Trinidad, de la Divina Eucaristía, de la Maternidad Divina de María Santísima y de la Asunción gloriosa de su cuerpo y alma al Cielo, que salgan inmediatamente de este santo lugar. Déjenlo, y nunca más vuelvan a atormentar a cualesquiera de mis hermanas con su abominable presencia”.

     Luego de que pronunciara estas palabras, se escuchó un estruendo, la tierra se sacudió, y se oyeron gritos horribles. Entonces, los demonios se marcharon.



Enfermedad y muerte

  
     Al regresar a sus sentidos, la monja enferma estaba muy desconcertada, y seguía empecinada.  Hablaría solamente con la Madre Valenzuela. Pasó una noche terrible, sufriendo las crueldades de su conciencia criminal. Pese a eso, la envidia que sentía hacia la Madre Mariana estaba tan asentada en su corazón, que no podía atreverse a pedirle perdón ni, mucho menos, intentar concebir estima hacia ella.

     A pedido del doctor, la trasladaron a un cuarto en donde podría ser cuidada, debido a que tenía una enfermedad contagiosa y estaba muy mal. Las Madres Mariana y Francisca de los Ángeles la cuidaron con gran amor, dulzura y afecto. Aun así, la enferma las trató groseramente, quejándose por todo.

     A pesar del cuidado y tratamiento propiciado, su condición empeoró hasta el punto en que la muerte era inminente. Sintiéndose morir, gritó en medio de una agitación terrible: “Es muy tarde para mí. No puedo (refiriéndose a la Madre Mariana) apreciarla ni perdonarla. Deseo ser salvada pero no puedo. ¡Oh! ¡Hagan que esas criaturas negras salgan de aquí! ¡Ayúdenme, porque me llevarán!”

     Sin más remedio, se aferró a los brazos de la Madre Mariana. Enseguida, las monjas llamaron a un sacerdote, pero no se confesó. El clérigo se fue entristecido por esta escena de la impenitente moribunda, que poco después daba su último suspiro.

     La Madre Mariana sostenía el cadáver en sus brazos. Sus hermanas y cofundadoras españolas le pidieron que la acostara en la cama, pero la venerable religiosa respondió:

     “Mis Madres y hermanas, ¿tan pronto se olvidan del sacrificio que acepté para salvar esta alma? Roguemos a Dios fervientemente por ella. Ahora está esperando el juicio de Dios. Ya ha cometido todo el mal que ha podido. Ella vivirá otra vez. No se asusten; permanezcan en calma porque se arrepentirá y enmendará sus males por su propia voluntad. Morirá y será salvada más adelante, pero su purgatorio durará hasta el día del juicio final. Esto me lo reveló Nuestro Señor”.

     Al decir esto, el cuerpo de la monja muerta tembló y abrió los ojos. Miraba todo alrededor del cuarto como si buscara a alguien. Entonces, fijando su mirada en la santa fundadora, deseó hablar pero su voz se estrangulaba en un mar de llanto. La angelical Madre Mariana secó las lágrimas con amor maternal y le habló de la confianza en la bondad de Dios. La Capitana finalmente sintió cuánto era amada.

     Después de una confesión general, comenzó lentamente a recuperarse. Era ahora tan dócil como un niño y nunca más deseó estar lejos de su venerable benefactora.


Tenacidad contra los demonios y un sacrificio inmenso para la salvación de un alma


     Tiempo después, Nuestro Señor se le apareció a la Madre Mariana, recordándole que había llegado el tiempo de que pague el precio de la salvación del alma de la Capitana.

     "Esposa y querida mía —le dijo Nuestro Señor—, llegó ya el momento en que debes sufrir por cinco años las penas del infierno que aceptaste con caridad heroica para salvar el alma de tu pobre hermana. Entonces, prepara tu ánimo y templa tu espíritu con el don de fortaleza, que debes pedir con insistencia a mi Divino Espíritu. Desciende al fondo de tu alma y tómala con los brazos de la confianza en mi amorosa bondad; enciérrala en la llaga de mi costado, que fue abierta para en ella asilar a mis almas predilectas, colocándolas bajo el amoroso cuidado de mi hermosa Madre Virgen.

     "Purifica algo más tu alma con la gracia de la absolución que recibirás, con el aumento de fe y humildad, y mañana, después de permanecer contigo en la comunión, luego de que en ti se consuman las especies sacramentales, comenzará tu infierno".



La Madre Mariana entra en el infierno






     El relato de este hecho, nada común en la historia de los santos, recogido por el Padre Manoel de Souza Pereira, es extraordinario, y lo compartimos aquí.

     En la mañana del día siguiente, la Madre Mariana se aproximó a la mesa de los Ángeles para comulgar. Luego de la convivencia sacramental, la despedida, por el largo periodo de cinco años, de la íntima unión y trato familiar que tenía con Dios, a quien amaba con todas sus fuerzas vitales, fue como si se le arrancara el corazón.

     Quería, si le fuese posible, retener a Nuestro Señor Jesucristo por algunos momentos más. Pero su hora había llegado...

     Consumidas las especies sacramentales, la Madre Mariana sintió un fuerte dolor en el corazón, como si se lo arrancaran del pecho, y en ese instante quedó insensible a Dios. Le vino tedio en relación a Él, juntamente con una especie de odio, y una desesperación en la que no se vislumbra la más mínima esperanza. Procuraba reflexionar sobre el heroico sacrificio que había hecho en favor de la salvación de aquella alma, pero, en vez de encontrar alivio, lo que sentía era rabia, desesperación y total desconfianza en Dios. Quería recordar que el Divino Corazón la amó hasta entregarse por ella a crueles tormentos y a humillaciones infinitas, pero lo que sentía sobre sí era el peso de la Sangre de Dios derramada en vano por un alma condenada.

     Traía a su mente, también, todos los sublimes misterios de Dios humanado, de su Virgen Madre, pura e inmaculada desde su concepción, pero estos recuerdos constituían para ella una fuente incesante de rabia y desesperación; ella se sentía una hija de la Inmaculada Concepción que ahora estaba condenada.

     La noción de cinco años se desvanecía de su mente, y por delante no conseguía discernir sino una eternidad de aflicción. Quería animarse pensando que algún día terminaría su infierno, pero escuchaba voces roncas y terribles que le decían desacompasadamente: "Eternidad… Eternidad... Para siempre…  Para siempre...  ¡En el infierno, nula es la Redención! Monja que desperdició el tiempo, que disipó innumerables gracias, merece tormentos inauditos y el más terrible padecimiento de la pena de perdición..."

     Los terribles castigos de los cincos sentidos recaían sobre la Madre Mariana. Su cuerpo era como una brasa viva que ardía sin consumirse, en medio de dolores incomparables e indecibles. Del calor, pasaba inmediatamente a un frío imposible de expresar o describir, mucho más intenso que si estuviese enterrada bajo una montaña de nieve. Su respiración era oprimida por un peso inmenso que llegaba ora por el fuego, ora por la nieve.

     Delante de sus ojos aparecían horribles visiones infernales; sus oídos eran fustigados atrozmente con las blasfemias de los condenados y de los demonios; le inundaban el olfato olores repugnantes, más intensos que si tuviera encima las inmundicias de toda la humanidad; el tacto era atormentado en un como lecho en que ella parecía estar postrada, y que era duro, con la dureza del infierno, y lleno de puntas agudas que la punzaban hasta las entrañas; y el paladar era torturado por un sabor horrible, completamente desconocido para ella, además del azufre derretido que, a la fuerza, los demonios le hacían tragar, dándole duros golpes que le abrían el cerebro, removiéndole los sesos, e incitándola a la rabia, a la desesperación y a la blasfemia. Sin embargo, durante ese tiempo, nunca abrió sus labios para pronunciar siquiera una sola palabra que dejara transparentar sus amarguras delante de su comunidad. Sólo lo sabía su director espiritual.

     Su memoria era afligida por el recuerdo de las gracias recibidas de la amorosa bondad de Dios y de María Santísima, a quien, en medio de su prueba, parecía haber perdido para siempre. Le causaba también horror el recuerdo de la gracia de la vocación religiosa y de la vida monástica, en la que había sufrido grandes padecimientos pero que, comparados con los que la atormentaban, le parecían verdaderos gozos, ya que en la primera situación podía amar a Dios, lo que ya no podía en la circunstancia en que se encontraba ahora.

     Su entendimiento comprendía perfectamente, y con mayor claridad, lo que eran Dios y María Santísima, así como el Cielo y el éxtasis eterno en el que viven los bienaventurados. Pero sentía que para ella, definitivamente, estaba todo acabado, sin ninguna esperanza de poseerlos.

     Su voluntad ya no tenía libertad para hacer el mal o preferir la práctica del bien, como cuando estaba en su vida mortal, pues ahora estaba cautiva y presa, sufriendo los rigores de la justicia divina. Quería acudir a la misericordia pero, en el fondo, su alma atormentada oía ecos que le decían: "Ya es tarde. Todo terminó. Ahora sólo te queda el castigo eterno. La justicia vengadora pesa sobre ti. ¡Oh, infierno!... ¡Oh, eternidad!..."

     Y ella se decía: "¡Oh, tiempo malogrado! Ahora veo que erré el camino de la verdad".

     La Madre Mariana cargaba sobre sí todos los pecados de su hermana religiosa, por quien sufría como si fuesen pecados suyos que la atormentaban con su peso y su recuerdo, sin que hubiera esperanza de alivio, menos aún de perdón, pues veía a Dios irritado y disgustado con ella, mientras María Santísima le demostraba indiferencia, así como su Padre Seráfico San Francisco de Asís, su Madre Fundadora [Santa Beatriz da Silva] y todos sus amigos celestiales.

     Ella estaba convencida de que el castigo era justo por ser tantos los pecados de su hermana, y que debía expiarlos. Sin embargo, el pensamiento de que era un alma amada de Dios y de que la razón de sufrir por el espacio de cinco años era el haberse sacrificado heroicamente para salvar un alma hermana, escapaba de su mente, y sólo le quedaba la idea de que estaba condenada para siempre. Esas sombras tan tétricas que le inundaban todo su espíritu eran lo que constituía su mayor infierno.

     Quería amar a Dios, elevarse hasta Él, pero se sentía rechazada. Miraba hacia Dios, y contemplando su infinita hermosura, que había perdido para siempre, entraba en una desesperación tan angustiante, que le venía la idea de acabar consigo. Pero como el alma es inmortal, eso la llenaba de un furor tanto más desesperante, que hacía un infierno así algo simplemente incomprensible e inexplicable. En una palabra, no había para esa sufrida criatura el menor consuelo, la menor tregua en su dolor, ni ninguna forma de alivio, físico o moral.

     Todas las criaturas constituían para ella fuente de gran tormento. Los cuidados y atenciones que le brindaban su abadesa y las demás religiosas, le aumentaban los sufrimientos. Se consideraba sola e irremediablemente perdida. Aún más, vivía y respiraba una atmósfera de odio.

     Todos los tormentos que aquí dejo descritos, y tantos otros más que esta santa criatura padeció en ese entonces, los sufrió de día y de noche, a toda hora, en todo tiempo y lugar.

     Durante ese período de dura expiación, ella fue un ejemplo de dulzura, mansedumbre y estricta observancia de la Regla del convento. Grave [seria y solemne], digna y dulcemente amable, las religiosas tenían en ella un espejo en el cual mirarse y un modelo a imitar. Atraía el afecto y las miradas del convento. Manifestaba en su semblante una mortal y terrible tristeza, pero nadie se atrevía a preguntarle el motivo de su dolor.

     La única muestra exterior de sus sufrimientos en el infierno era que sus mejillas, normalmente atractivas y sanas, realzando su belleza natural, perdieron su color y se pusieron pálidas en extremo. Era ella como un cadáver que deambulaba.





Muerte de la Capitana


     Cinco años más adelante, mientras rezaba, la Madre Mariana gritó fuertemente y cayó como si hubiera muerto. Permaneció mucho tiempo inconsciente. Finalmente, suspirando de manera profunda, abrió los ojos, que estaban llenos de lágrimas de alivio. Su infierno había terminado, y gradualmente fue recuperando su salud y hermoso color.

     No pasó mucho tiempo de esto cuando la Capitana cayó enferma y, acercándose su fin, confesó todos sus pecados y murió tranquilamente, asistida por la Santa Madre Iglesia.

     La Madre Mariana de Jesús contempló el juicio de la monja, a quien le fue mostrado que su salvación se debía a los cinco años que su benefactora estuvo en el infierno. La Capitana llevó consigo a la eternidad esta gratitud inmensa. En el purgatorio, su benefactora la ayudó mucho, ya que no dejó de rezar nunca por ella. Después de la muerte de la Madre Mariana, esta alma del purgatorio fue olvidada gradualmente.


jueves, 14 de enero de 2021

410 años de la terminación de la Portentosa imagen de Nuestra Señora del Buen Suceso. Oración a la Madre Mariana de Jesús Torres



 




VIDEO 
(Editado en el 2010 por los 400 años de la terminación milagrosa de la imagen de Nuestra Señora del Buen Suceso)




ORACIÓN A LA SIERVA DE DIOS, MADRE MARIANA DE JESÚS TORRES




     ¡Oh Venerable Sierva de Dios, Madre Mariana de Jesús Torres, gloria de la Orden de las Concepcionistas en Ecuador, modelo eximio de obediencia, pobreza y castidad, a quien se dignó aparecer la Santísima Virgen, particularmente bajo la advocación de Nuestra Señora de El Buen Suceso, en más de un coloquio místico de gran contenido e inefable dulzura, y a quien Ella dotó de luces proféticas extraordinarias sobre lo que sucedería en nuestras días a las poblaciones sudamericanas, entonces gobernadas por la corona española! Mirad con benignidad, os lo pedimos, a vuestros devotos que os imploran una eficaz intercesión.

Contemplad a estos países, y muy especialmente a nuestro querido Ecuador, expuestos hoy a la saña agresiva del comunismo, el cual va penetrando en todos ellos, ora por la fuerza, ora por la astucia. ¡Ved cuán pocos son los ecuatorianos, y de modo general los sudamericanos, compenetrados de la gravedad de ese peligro y de la urgencia de hacerle frente mediante la oración, los sacrificios, y una acción intrépida y eficaz! Y obtened del Divino Espíritu Santo, por los ruegos de María, que difunda por estos pueblos la abnegación y la valentía con que otrora se inmortalizaron los Macabeos, los Cruzados, y los héroes de la resistencia ibérica contra los moros.

Considerad, oh Venerable Madre Mariana, la inmoralidad de las costumbres que asola toda la tierra y ved que esos pecados llevaron a Nuestra Señora a pronosticar en Fátima que terribles castigos caerían sobre la humanidad infiel.

Atended a la sangre de García Moreno, derramada en nuestra tierra para que ésta se convierta en un verdadero Reino de los Corazones de Jesús y de María.

Escuchad, oh benignísima Abadesa del Monasterio de la Inmaculada Concepción de Quito, las oraciones que os hacen tantas almas angustiadas por sus necesidades de alma y de cuerpo, y a todas dad una acogida generosa y alentadora, continuando así, en lo alto del Cielo, en favor de nuestro país, la misión tan bienhechora que en él ejercisteis en vuestra vida terrena. Así Sea.

(De autoría de Plínio Corrêa de Oliveira).

miércoles, 6 de enero de 2021

EPIFANÍA DE NUESTRO SEÑOR y los tiempos presentes

 



Adoración de los Reyes Magos. F. Angélico - 1433


     En cuanto a la adoración de los magos, aquí tenemos un hermoso cuadro perteneciente a una persona que conocemos. Y al respecto, es necesario hacer la siguiente consideración: el valor de las cosas de carácter representativo y simbólico dentro de los planes de la Providencia. No hay comentarista sobre la adoración de los Magos, que no diga que fue conveniente que los Magos vinieran a adorar a Nuestro Señor para representar a los diversos pueblos de la gentilidad que desde el principio se acercaron a su cuna; y que también convenía que fueran magos [La palabra Mago, del latín magus, significa hombre sabio —original del griego magos y del persa magush—], para representar toda la sabiduría ancestral rindiendo homenaje a Nuestro Señor.

     Sabemos que la palabra mago aquí designa a un hombre de extraordinaria sabiduría, de sabiduría relevante, que viene de todos lados, para adorar a Nuestro Señor. Si estos magos fueran reyes, es costumbre de hoy poner en duda. En mi opinión, esta duda tiene un cierto aspecto igualitario. Porque el cristianismo, servido por una venerable tradición, creyó en todo momento que eran reyes. Y esta tradición es tan continua, y tiene cierta consonancia con partes de la Escritura que hablan de “reyes que vienen de lejos para adorar al Mesías”, esta tradición en sí misma merece fe, merece fe y no veo razón para cuestionar que no eran reyes.

     Entiendo que puede incomodar [a la llamada izquierda católica], que hombres con una profesión tan "terrible" como la de un rey, hayan sido llamados a adorar a Nuestro Señor desde que era un niño. Pero creo que es del todo razonable, veo, por el contrario, objetable poner dudas sobre esto.

     De todos modos, aquí tenemos a tres hombres de distintas razas, y uno de raza negra, que representan a todo el mundo antiguo y que representan toda la sabiduría antigua homenajeando a Nuestro Señor, en las formas ya conocidas, ofreciendo oro, incienso y mirra.

     ¿Pero a qué título representan y de qué manera? Casi nadie sabía que ellos iban a estar ahí; no recibieron ninguna delegación para ir y, sin embargo, estaban en una representación real. Porque el motivo por el que fueron no fue un motivo individual, sino por un motivo de querer representar algo.

     Los señores están viendo que todo es simbólico. Ellos representaban a todos los pueblos porque Nuestro Señor quería que así los representaran, y estaban allí porque Nuestro Señor los llamó como representantes. Quería tener representantes de esos pueblos, eligió a quién representaría y se hizo la representación. Y fue válido, con su carácter simbólico, aunque no hubo sufragio de ningún tipo para ser elegidos, ningún poder que los acreditara a los pies de Nuestro Señor.

     Y el hecho es que hubo allí uno de cada uno de estos pueblos, constituía, en el orden absoluto y profundo de los hechos, una verdadera representación. Allí, de hecho, estaban representando a todos. Esta representación tuvo un valor en los planes de Providencia. Solo habían tres, pero estos tres representaban algo en los planes de Dios.


Calvario, siglo 18. Escuela Cusqueña



     Algo así lo encontramos al pie de la Cruz. Con Nuestra Señora, San Juan y las santas mujeres que representan todo lo bueno y fiel en el género humano en el pasado, en el presente y en el futuro, también al pie de la Cruz. Representan una delegación, están representando en su calidad de fieles, están al pie de la Cruz. Y a todos los que son de cierta clase de hombres, y se hace en una ocasión muy solemne, naturalmente representan a sus contrapartes. Por eso representaban a sus contrapartes mediante divina selección y elección.

     Hoy, al pie de la Iglesia humillada, Nuestra Señora quiso que, aunque pocos, verdaderos católicos representaran la fidelidad de generaciones pasadas, presentes y futuras.

     Y podemos preguntarnos si se puede sacar algo de esta verdad que se aplica a nosotros. También somos pocos [los que aún somos íntegramente fieles], también representamos una minoría muy pequeña y tan comprimidos que cuando sentimos que somos muchos —pero muchos no en el sentido de masa de la población— sino muchos solo en relación en lo pueda normalmente las relaciones de un hombre, ya nos sentimos asombrados, que es antinatural en nuestro tiempo que seamos numerosos.

     Sin embargo, representamos aquel deber que es la fidelidad; a los pies de la Iglesia perseguida, a los pies de la Iglesia humillada, a los pies de la Iglesia desechada, en una época de la más profunda confusión de su historia, Nuestra Señora quiso que representáramos la fidelidad, la pureza, la ortodoxia, la osadía, el espíritu de iniciativa, de ataque, de acción, en un momento en que todo lo que se habla es de retirada, de hacer compromisos, de estar vencidos.

     ¿Qué representamos nosotros ahí? Al pie de esta nueva crucifixión de Nuestro Señor que vive la Iglesia, representamos a todos los fieles, representamos la fidelidad de todos los que fueron fieles en el pasado, de todos los que durmieron en la paz del Señor y que nos precedieron. Si un San Gregorio, si un San Luis de Francia, si un San Luis María Grignon de Monfort, si un San Fernando de Castilla, un Beato Nuno Alvares, si hubiesen podido conocer ellos, al morir, que en un tiempo de crisis de tal magnitud habrían aún creyentes que representarían la fidelidad de toda la Iglesia Católica, nos habrían bendecido desde lejos, se habrían sentido como nuestros homólogos, de sentirse representados, desde lejos habrían sentido una especie de alivio: “al menos están haciendo lo que yo hubiera querido hacer si yo estuviera vivo en ese momento”, seguramente pensarían.

     Somos, por tanto, representantes de todos ellos, estamos representando a todas las almas fieles esparcidas y aplastadas por este mundo y que no saben dónde depositar su fidelidad, pero que quieren hacer lo que estamos haciendo. Estamos representando las almas que vienen después de nosotros, esas almas que, mirando hacia atrás, estarán entusiasmadas con lo que hacemos. Dirán: “si estuviéramos en ese momento, haríamos lo mismo”.

     Existen estas interpenetraciones en la historia, debido a esta doctrina de la representación, algunas de las cuales son realmente impresionantes: Los señores saben que cuando San Remigio y sus ayudantes catequizaron a Clovis y sus Francos, cuando se les enseñaba la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, alzaron al instante sus lanzas y gritando fuertemente dijeron: "¿Por qué no estuvimos allí en el momento de la Pasión para defender a Nuestro Señor?"

     Y estuvieron presentes. Porque, en la Pasión, Nuestro Señor en su corazón previó lo que querían, previó que dirían eso, y fue una gran consolación para Él en ese momento. Existe, por tanto, una especie de reversibilidad en el tiempo de estas diversas acciones, y todo ello se funde en un escenario único y grandioso; en este escenario único y grandioso, los pocos fieles de esa época representan toda la fidelidad pasada, presente y futura.



Seamos para Nuestra Señora lo que la Verónica fue para Nuestro Señor


Jesús y la Verónica. Carlo Caliari. Basílica dei Santi Giovanni e Paolo, Venecia




     Hay algo que causó gran impresión en el grupo, los señores conocen la situación histórica en la que nos encontramos, es precisamente esta: Nuestra Señora es como una reina sentada en su trono, pero, por maldad de los hombres —¡y qué hombres!— es ya humillada, ya atada con cuerdas y ya condenada a ser arrancada de su trono. En esa sala donde se prepara este crimen, unos pocos son fieles y están dispuestos a hacer cualquier cosa para que este crimen no se consuma. Estos fieles, que están luchando en este momento, que tienen la incomparable felicidad de soportar los sufrimientos, las incertidumbres, las torturas espirituales de esta situación, estos fieles representan todas las almas marianas del pasado, presente y futuro en este momento de tanto sufrimiento por Nuestra Señora.

     Somos para Nuestra Señora lo que la Verónica fue para Nuestro Señor. Limpiando el Divino Rostro, la Verónica representó al mundo entero, y no hubo un alma piadosa, desde el momento de la práctica de este acto, que no sintiera celos de ella y no se sintiera, por así decirlo, representada por ella. Y se nos dio la alegría y la vocación de limpiar el rostro santísimo de Nuestra Señora, lleno de lágrimas, como nos hizo sentir la lágrima en Siracusa [1], en este momento doloroso.




La estrella es para los Magos lo que Nuestra Señora es para nosotros  





     Y sentimos la necesidad de representar en este acto, frente a lo que representaron los Reyes Magos ante el Niño Jesús. La doctrina de la representación debería animarnos. Pidamos a los Reyes Magos que oren por nosotros —ciertamente ellos están en el Cielo con Dios— para que tengamos una de las muchas formas de coraje que se nos pide y que debemos tener, el coraje de estar solos como ellos; solos en medio del mundo pagano, listos a pasar aquel desierto, esperando ver la estrella, esperando la hora de Dios, para cumplir con su voluntad cuando aparezca aquella Estrella, y cumplir con toda fidelidad y puntualidad, cuando aparezca.

     La hora, para ellos, fue consoladora: fue la hora en que nació el Niño Jesús. La hora, para nosotros, debe ser la hora de la plena realización de los acontecimientos previstos por Nuestra Señora en Fátima y en consonancia con los anunciados por Nuestra Señora del Buen Suceso; pero, en cualquier caso, nos llegará el tiempo preciso en el que la Estrella que es Nuestra Señora nos dirá que ha llegado el momento. No será una estrella exterior, será una voz interior que es Su voz. Será una convicción que los tiempos tendrán su fin, que felizmente ha llegado la hora. Debemos prepararnos para esa hora, para ser modelos de exactitud y fidelidad como lo fueron los Magos, siendo ahora modelos de fidelidad en aislamiento.

Adaptado de la conferencia dada por Plinio Corrêa de Oliveira, el 5 de enero de 1965

(1) Milagrosa lacrimación de una imagen de la Santísima Virgen en Siracusa - Italia, ocurrida en 1953.

jueves, 31 de diciembre de 2020

FELIZ NAVIDAD Y FELIZ AÑO NUEVO






                
FELIZ NAVIDAD y
 FELIZ AÑO NUEVO



¡Penitencia, Penitencia, Penitencia! Si el mundo actual quiere salir del caos en que se encuentra, debe en primer lugar, regresar al regazo materno de la Santísima Virgen

 






En Lourdes, la Santísima Virgen manifestó que el medio por el cual el mundo podía apartarse de los flagelos divinos que penden sobre él, es mediante el arrepentimiento y la conversión: ¡Penitencia, penitencia, penitencia! dijo la Madre de Dios, el 24 de febrero de 1958 a Santa Bernadette, además de pedirle que rece por la conversión de los pecadores.

El Tercer Secreto de Fátima nos presenta a un ángel con una espada de fuego, dispuesto a lanzar sus llamas contra la humanidad reunida a la vista de Nuestra Señora. La Virgen María, con el fulgor que salía de sus manos extingue ese fuego, pero “el ángel, señalando la tierra con su mano derecha, con voz fuerte dijo: ¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!” La escena siguiente es la de una ciudad semi destruida.
Ante eso la interpretación parece obvia: la humanidad se está mereciendo un castigo de proporciones apocalípticas. Para evitarlo, el ángel muestra la solución: 
“¡Penitencia, Penitencia, Penitencia!”.
Fue concedido, pues, a la humanidad, un tiempo para hacer penitencia, la cual, si no es hecha, acarreará un mundo semi destruido.



Pero el sendero de la penitencia es precisamente el que mundo actual, agobiado por crisis de toda índole, inclúyase una muy profunda crisis en la Iglesia, y otra sanitaria, la pandemia del Covid 19, no quiere tomar.
En Fátima, la Santísima Virgen en Fátima tenía muy en vista el estado concreto del mundo en nuestros días. ¿Habrá algún sentido especial que dar a la penitencia que podamos hacer, frente a la actual situación de la sociedad moderna? —La respuesta es Sí.

En su primera aparición, el día 13 de mayo de 1917, preguntó a los videntes: “¿Quieren ofrecer a Dios, para soportar todos los sufrimientos que os quiera enviar en reparación por los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?”  “Sí, queremos” — respondió Lucía. Nuestra Señora continuó: “Irán, pues, a sufrir mucho, pero la gracia de Dios será vuestra fortaleza”.

Es importante observar cómo María Santísima considera el sufrimiento, aceptado por amor de Dios, como valioso para la conversión de los pecadores. Ella misma insistirá sobre esta idea en las siguientes apariciones. En la cuarta aparición llegó a decir: “Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, que muchas almas se van al infierno por no haber quién se sacrifique y pida por ellas”.

La penitencia consiste en una privación que nos imponemos voluntariamente, o en un sufrimiento que se abate sobre nosotros, y que aceptamos por amor de Dios. En último análisis, consiste en una participación en los sufrimientos de Nuestro Señor Jesucristo, en su Pasión y Muerte en la Cruz.

San Pablo decía: “Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros: así completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo” (Col 1, 24). Es decir, Jesucristo quiso asociarnos a los méritos infinitos de su Pasión, invitándonos a cargar la Cruz junto con Él, así como el Cireneo lo hizo en la subida al Calvario. Con nuestros sufrimientos —aunque sean de pequeño valor— unidos a los de valor infinito de nuestro Redentor, nuestros pecados son perdonados (claro está, que esto no excluye la confesión sacramental hecha al sacerdote en el caso de los pecados mortales), así como ayudamos a pagar las culpas de los demás hombres.

Pero además, Dios nos exige otra penitencia, quizás más importante en nuestros días: consiste en enfrentar los errores y pecados de la sociedad moderna.

La causa dominante de la presente situación de pecado es el proceso revolucionario que tiene sus raíces hacia el final de la Edad Media con el advenimiento del Renacimiento. Y una de sus manifestaciones más protuberantes es la laicidad del Estado, que destronó a la Santa Iglesia de su lugar de Reina, a que tenía derecho como la única y verdadera Iglesia instituida por Nuestro Señor Jesucristo. En consecuencia, sus leyes no se imponen más sobre toda la sociedad, que pasa a impugnar los principios fundamentales de su moral, y hasta de la ley natural, de la cual la Iglesia es guardiana.

La familia, célula básica de la sociedad, está hecha pedazos: el matrimonio religioso, cuando aún se realiza, es precedido por el “enamoramiento”, que ya es considerado como detentor de todos los derechos del matrimonio legítimo. Las “parejas” más conservadoras aún usan el anillo en la mano derecha, presentándose como antiguamente lo hacían los novios, a la espera del matrimonio religioso que está por realizarse. Pero viven en una unión de hecho…

La anticoncepción se generalizó, no sólo dentro del matrimonio, sino ya en el período del “enamoramiento”, y hasta entre adolescentes que ni siquiera tienen la edad legal para casarse.

Como esta situación da origen a embarazos precoces, presentan como solución el aborto, cuya legalización pasa a ser reivindicada de la forma más amplia posible.

En ese contexto de liberación total, no debe sorprendernos que el homosexualismo pase a exigir derechos de ciudadanía, y comiencen a ser aceptados por la sociedad “parejas” de dos padres o de dos madres. Y hasta se pretende que quien se oponga a ello tenga su libertad de opinión coartada y sea condenado por “crimen de homofobia”.

Para completar el cuadro de las abominaciones, las personas mayores que persistan en vivir mucho o los enfermos que den mucho trabajo, ¡corren el riesgo de ser eliminados por la eutanasia!

Frente a este panorama, ser católico exige el sufrimiento de no tolerar los errores del mundo moderno; exige una actitud de heroísmo, la valentía de decir “¡estoy en contra!”, “¡no lo acepto!”:

— ¡No acepto el enamoramiento como equivalente al matrimonio!

— ¡No acepto el matrimonio civil como equivalente al matrimonio religioso!

— ¡No acepto la anticoncepción dentro o fuera del matrimonio!

— ¡No acepto el “matrimonio” entre personas del mismo sexo!

— ¡No acepto el aborto en ningún caso!

— ¡No acepto la eutanasia!

Ésta es la penitencia más importante que el Mensaje de Fátima exige de nosotros, para evitar el cataclismo anunciado.

En síntesis, esa penitencia se traduce en la valentía de enfrentar al mundo, en la valentía heroica de decir:

— ¡Yo persevero en la fe en Dios!

— ¡Yo persevero en la fe en Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios y de la Virgen María!

— ¡Yo persevero en la fidelidad a las enseñanzas de la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, fundada sobre la roca de Pedro y perpetuada por sus legítimos sucesores! ¡Que la Santísima Virgen me ayude! 

Monseñor José Luis Villac*


Fuentes: 
Revista Catolicismo
Tesoros de la Fe

Monseñor José Luiz Villac


*Monseñor José Luis Marinho Villac, nació en São Paulo, el 26 de julio de 1929. Sus padres, católicos ejemplares, lo orientaron desde muy temprano hacia el servicio de la Iglesia. La Cruzada Eucarística, la Congregación Mariana del Colegio San Luis, en la capital paulista, el grupo de amigos formado por Plinio Corrêa de Oliveira, y el Seminario de San Leopoldo, en Río Grande del Sur, fueron las etapas de su formación religiosa, coronada con su solemne ordenación sacerdotal el 1 de diciembre de 1597 en Jacarezinho, Paraná. Inició así, una larga trayectoria de 60 años de celo apostólico y de dedicación a la causa en defensa de la Santa Iglesia y de la Civilización Cristiana.

Monseñor Villac fue un verdadero y celoso sacerdote de Nuestro Señor Jesucristo. Reflejaba una profunda vida interior, cercando su persona y sus actos de una gravedad conveniente a su ministerio. Fue un confesor inflexible, director espiritual, administrador y rector de seminario, atendía a todos, orientándolos, aliviándolos y estimulándolos a tomar las vías de Dios.

Desde 1996, fue destacado y apreciado colaborador de la revista católica brasileña, Catolicismo. Su sección La Palabra del Sacerdote, publicada mensualmente, fue de las más leídas, constituyéndose en un  verdadero curso de doctrina católica y de respuesta a preguntas de sus lectores.

Merece especial destaque su particular relación con Plinio Corrêa de Oliveira, su padrino de Ordenación Sacerdotal, y con quien estableciéndose entre ambos, una profunda afinidad de pensamiento y de propósitos, que duraría toda la vida. El Dr. Plinio tenía en su ahijado, una gran confianza como confesor y orientador de conciencias, y a él recorrió en innumerables ocasiones para resolver cuestiones canónicas o espirituales. Monseñor reconoció en el líder católico brasileño, la vocación princeps de denunciar la Revolución anticristiana y de emprender la Contra-Revolución, una visión referente para toda acción apostólica en nuestra época. Por una feliz disposición de la Providencia, el admirable sacerdote fue quien le administró, en octubre de 1995, los últimos sacramentos a su padrino de Ordenación Sacerdotal. Monseñor José Luis Villac falleció el 27 de octubre de 2018, a los 89 años.

viernes, 25 de diciembre de 2020

Stille Nacht, la canción de Navidad que bajó del Cielo - VIDEOS

 




 VIDEO

Stille Nacht, la canción de Navidad 

que bajó del Cielo



VIDEO

El canto Stille Nacht comentado por 

Plinio Corrêa de Oliveira (en portugués)



La simple y llana historia de un himno providencial


     Hertha Ernestine Pauli (1906-73) en su libro Ein Lied vom Himmel (Una canción del cielo) cuenta la historia del Stille Nacht. Ahí señala que la aldea austríaca de Oberndorf es vecina de Salsburgo, la famosa ciudad natal de Mozart. En el centro de la misma, a orillas de un sonoro riachuelo de montaña, el Salzach, se alza la iglesia de San Nicolás, cuya torre domina el paisaje. En 1818, San Nicolás era una construcción pequeña y pobre, rodeada de pocas casas. Visto desde uno de los altos picos que lo circundan, este pequeño conjunto arquitectónico parece un remoto nido de pájaros entre altas montañas.

     Un joven sacerdote, Joseph Franz Mohr (1792-1848), era párroco de San Nicolás. También había una escuela en la aldea, cuyo maestro era Franz Xaver Gruber (1787-1863), un modesto organista y compositor, gran amigo del padre Mohr. Eran las personas más instruidas del lugar. Franz era cinco años mayor que el padre Mohr y tenía 29 años de edad cuando fue destacado para enseñar en la escuela de Oberndorf. En la tranquilidad de la aldea, podían seguir con la mayor calma las inspiraciones poéticas y musicales de sus corazones. Gélidos inviernos los recogían en sus casas, donde se dedicaban a escribir y componer.

     Con una clara vena poética, el padre Mohr expresaba a menudo sus pensamientos por medio de versos simples y sin mayores pretensiones, donde interpretaba los sentimientos de su región y de su país. En vísperas de la Navidad de 1818, dirigió su mirada a las montañas vecinas —cuyos caminos solía recorrer en las visitas pastorales a sus feligreses, en el silencio de los valles y en medio de los pinos nevados— y sintió promesas de paz y de bendición propias de la Noche Sagrada en que nació el Salvador.

     Estas percepciones de su sensibilidad le hicieron caminar suavemente entre los abundantes copos de nieve, acompañando el repicar de las campanas de las aldeas vecinas. Se le ocurrió entonces ofrecer al Niño Jesús la poesía que palpitaba en su pecho. Escribió un poema corto, inocente y puro, que hoy es la letra de la canción navideña más famosa del mundo: el Stille Nacht.


Modesto debut musical, en la Navidad de 1818

     — “Estos versos también palpitan en mi alma”. El padre Mohr pronto le mostró el poema a su amigo Gruber. El maestro de escuela recibió el escrito del sacerdote, lo leyó atentamente y le hizo una confidencia:

     Volvió a leer el poema, pensando en las notas musicales para cada frase, y pidió su consentimiento para componer una canción:

     — “Si la composición sale bien, quizás podamos cantarla en Nochebuena”.

     En las primeras notas —todavía vacilantes, corregidas sucesivamente, modificadas, pero ya sorprendentemente encantadoras— el padre Mohr se dejó maravillar. Luego llevaron el texto y la partitura al coro de la pequeña iglesia de San Nicolás, compuesto por feligreses con buena voz, que la admiraron y la ensayaron. Embelesado, el coro la cantó por primera vez la noche de Navidad de 1818.

     Poco después, un conocido constructor de órganos, Karl Mauracher, de paso por la aldea, escuchó en recogido silencio la canción navideña recién compuesta. Cogiendo su larga barba, dijo pausadamente:

     — “Me gustaría escuchar eso una vez más, señor Gruber”.

     El profesor atendió el pedido del instruido organista y junto con el sacerdote la volvió a cantar. De regreso a la ciudad, Mauracher pidió permiso para llevarse la letra y la partitura. Allí la envió a otros coros, recomendándola con su autoridad musical. No hubo quien no la admirara y comenzó a ser interpretada con motivo de las fiestas navideñas, pues sería inapropiado fuera de aquel ambiente. Y así, de Navidad en Navidad, dondequiera que era presentada, la canción transportaba las almas al pesebre donde dormía el Divino Niño, impregnándolas con la unción que emanaba de la Sagrada Familia.

     El Stille Nacht despertaba la imaginación. Y esta es exactamente la finalidad de la música. Era como una rendija entre las tablas del establo de Belén, a través de la cual se podía escuchar y sentir ese momento grandioso de la gruta bendita, en la vida doméstica de la Sagrada Familia.

     Así, la música comenzó a extenderse por la región vecina del Tirol y luego por toda Austria. Cruzando los Alpes, llegó a Alemania, y desde entonces ha sido cantada con ternura y compenetración en todo el mundo cristiano.



Fuente: 

Revista Catolicismo

Entrada destacada

La Hermana Lucía predijo que sin la consagración de Rusia al Inmaculado Corazón de María, Estados Unidos caería de algún u otro modo, bajo las garras del comunismo

† IHS In memoriam del Señor Gonzalo Larraín Campbell      Tenemos el penoso deber de comunicar el fallecimiento del sr. Gonzalo Larrain C...